Por Paulo QuinterosCrítica de series: El Oso cocina un final digno de una de las mejores series de este siglo
En su último ciclo de episodios, la serie de Christopher Storer completa con precisión el viaje de sus personajes y entrega un cierre que reivindica todo lo construido desde su primera temporada.

Aunque aún me falta ver el último episodio de El Oso, ya que la prensa solo tuvo acceso a siete de los ocho capítulos de su temporada final, desde ya estoy absolutamente convencido de que el cierre de la serie es simplemente excepcional.
A pesar de que en redes sociales se ha instalado la idea de que la serie bajó su nivel con el ciclo anterior, algo que también estaría más que dispuesto a discutir, no tengo dudas de que esta última temporada mantiene el nivel más alto de la televisión actual, tanto por sus actuaciones como por su tratamiento audiovisual y, por supuesto, por el extraordinario trabajo que sus responsables lleva a cabo con los personajes.
Basta decir que este desenlace termina de cocinar, en su punto justo, todo lo que la serie venía construyendo desde que Carmen “Carmy” Berzatto soñó con un oso, volvió a la sanguchería que heredó tras la muerte de su hermano y emprendió el camino para levantar un restaurante de primer nivel, con aspiraciones de obtener estrellas Michelin, solo para terminar enfrentándose a una verdad mucho más incómoda: que la cocina, por sí sola, no lo hace feliz.
La historia retoma así el complejo escenario que dejó la temporada anterior. Tras dos meses de intenso trabajo, marcados por fuertes restricciones presupuestarias, la cuenta regresiva llegó a su fin sin que el restaurante lograra funcionar sin pérdidas. Desde ese punto al borde del abismo, la nueva temporada plantea una idea tan simple como poderosa: completar el turno de un día que aún tienen por delante.
Ese punto resulta clave porque, a diferencia de las temporadas anteriores, prácticamente toda la acción transcurre en el transcurso de unas pocas horas. Todo comienza con los preparativos de la jornada y, poco a poco, se acumulan problemas, imprevistos e incluso situaciones de enorme magnitud que amenazan con convertir ese posible último día del restaurante en un completo desastre.

Sin embargo, frente a cada obstáculo, la serie pone el foco en sus personajes para demostrar no solo cuánto han crecido profesionalmente, sino también para resaltar por qué el trabajo en equipo, y sus interacciones inclusive en medio de las peleas más grandes, ha sido un importante elemento que les ha permitido evolucionar.
Sin entrar en grandes detalles sobre lo que pasa con cada personaje, basta decir que a lo largo de estos siete episodios ocurren innumerables situaciones que llevan a todos al borde del colapso. Pero a pesar de ello, siempre aparece algo que les permite corregir el rumbo, ya sea porque terminan comprendiendo qué es lo que están haciendo mal o dando un paso atrás para pedir perdón y encontrar una solución.
Ahí es donde El Oso vuelve a demostrar su mayor fortaleza. La serie entiende que la cocina nunca fue el verdadero tema, sino las personas que encontraron en ella un propósito. Cada personaje transmite con enorme naturalidad por qué este oficio lo apasiona y por qué el restaurante jamás fue una mala idea. Ese contraste se vuelve aún más potente frente a Carmy y su decisión de abandonar aquello que durante años definió su vida.
Por supuesto, alrededor de ese conflicto aparecen numerosos problemas adicionales, especialmente los relacionados con la delicada situación financiera del tío Jimmy y con una jornada marcada por una intensa lluvia que provoca inundaciones y desperfectos inesperados en el edificio. No obstante, la serie siempre encuentra la manera de convertir esos obstáculos en oportunidades para fortalecer a sus personajes, en lugar de utilizarlos como simples giros dramáticos.

Todo lo anterior funciona porque Christopher Storer, creador de la serie, escribe y dirige gran parte de los episodios, reforzando una cohesión narrativa que siempre ha sido una de las principales virtudes de la serie. Cada capítulo mantiene una identidad propia, pero al mismo tiempo aporta con precisión al relato mayor.
Esa cohesión también se refleja en uno de los símbolos más importantes de la temporada: el reloj. Jimmy deja claro desde el comienzo que ya no queda dinero y que el negocio no puede continuar en esas condiciones, por lo que a lo largo de toda la temporada busca diversos caminos para no perderlo todo.
Sin embargo, la chef Syd, mientras enfrenta sus propias inseguridades, consigue resignificar esa cuenta regresiva y transformar el reloj en un símbolo de esperanza: en lugar de descontar el tiempo que les queda, comienza a sumar segundos de vida para el restaurante y para quienes lo hacen posible.
Otro aspecto destacable es que, fiel a la identidad de la serie, la mayoría de los episodios dura menos de treinta minutos. La gran excepción es el séptimo capítulo, que a lo largo de casi una hora se convierte en un auténtico torbellino donde convergen todos los problemas acumulados durante la jornada y, en medio de la atención de los comensales, permite que aflore lo mejor de cada uno de sus personajes.
Es justamente en ese episodio donde la temporada alcanza su punto más alto. La serie administra con precisión la tensión, el desarrollo de sus personajes y el ritmo narrativo para construir un capítulo que se siente como la guinda de una torta tan apetitosa como ha sido El Oso desde sus inicios. Gran parte de ese efecto nace de cómo las emociones de la audiencia, y el cariño que inevitablemente se desarrolla por sus protagonistas, terminan fundiéndose con una historia cuyo desenlace resulta profundamente satisfactorio.

Claro, escribo todo esto sin haber visto todavía el episodio final. Pero después de estos siete capítulos tengo la sensación de que, ocurra lo que ocurra en ese cierre, el viaje ya condujo a cada uno de sus personajes hacia el destino que realmente necesitaban.
De ahí que si el último episodio consigue sostener todo lo que la temporada ha construido hasta ahora, El Oso no solo disipará cualquier duda sobre su supuesto declive, sino que terminará consolidándose, con toda justicia, como una de las mejores series que ha dado la televisión en este siglo. Es decir, algo digno de un chef kiss.
Todos los episodios de la última temporada de El Oso se estrenarán este jueves 25 de junio a las 21 horas.
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