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Crítica de series: Wonder Man, una serie sin acción ni grandes cruces con el MCU que vale la pena justamente por eso

Lejos de la épica, los cameos y la obsesión por conectar todo, la nueva serie de Marvel Studios apuesta por un conflicto íntimo y contenido que expone el cansancio de la fórmula y demuestra que la compañía todavía puede hacer buena televisión cuando se baja de la fórmula.

Crítica de series: Wonder Man.

Desde que Marvel Studios decidió asumir el control total de su frente televisivo, cerrando definitivamente la etapa de Marvel TV y dejando atrás apuestas como Agents of S.H.I.E.L.D., Agente Carter y las series producidas junto a Netflix, el objetivo trazado por Kevin Feige fue claro: que la televisión dejara de ser un complemento separado y pasara a formar parte directa del engranaje cinematográfico.

La idea, en el papel, parecía lógica. Sin embargo, su ejecución distó bastante de ser consistente. Algunos proyectos lograron justificar esa ambición, como WandaVision, que supo aprovechar el formato episódico para construir identidad y propuesta.

Pero la mayoría de las series terminó atrapada en una zona incómoda, incapaz de sostenerse por sí misma y, al mismo tiempo, demasiado dependiente de un universo que exigía atención constante.

Así, por cada caso exitoso como Loki o el rescate de Daredevil, también aparecieron producciones que no lograron resolver su razón de existir. Series como Ms. Marvel o She-Hulk quedaron suspendidas entre la presentación forzada de nuevos personajes y la obligación de alimentar una narrativa global que ya mostraba signos evidentes de agotamiento.

El resultado fue desigual, con tropiezos graves como Secret Invasion y proyectos que simplemente se diluyeron en el ruido general, como Ironheart.

Crítica de series: Wonder Man.

En ese escenario, Wonder Man aparece como una anomalía dentro del propio sistema que Marvel ayudó a construir. Más cercana en espíritu a Moon Knight, pero aún más radical en su aislamiento, la serie opta por renunciar casi por completo a la hiperconectividad que ha definido al MCU en su etapa reciente.

Es decir, aquí no hay cruces relevantes, ni ganchos evidentes hacia futuras películas, ni la ansiedad permanente por preparar el siguiente gran evento.

Esto no significa que la serie ignore por completo el pasado del universo. Ben Kingsley regresa como Trevor Slattery, un personaje con un recorrido amplio dentro del MCU, desde Iron Man 3 hasta Shang-Chi. No obstante, su presencia no está al servicio de la nostalgia ni del reciclaje de viejas tramas. Aunque se menciona su historial como supuesto “terrorista”, el relato es claro en desplazar ese pasado a un segundo plano para concentrarse en su vínculo con Simon Williams, el verdadero eje de la historia.

Ese foco es, probablemente, la decisión más interesante y también la más arriesgada de la serie. Wonder Man no está interesada en narrar hazañas heroicas ni en construir un relato épico.

De hecho, el conflicto central es mucho más mundano y, por lo mismo, más incómodo para el estándar Marvel: el fracaso, la frustración y la obsesión de Simon por convertirse en actor.

Crítica de series: Wonder Man.

Los obstáculos que enfrenta no provienen de villanos ni de amenazas cósmicas, sino de su propia personalidad. La sobreexigencia constante, la necesidad de dotar de profundidad a personajes que no siempre lo requieren y el miedo persistente a no estar a la altura de sus aspiraciones terminan por definir su recorrido. Aquí no hay ciudades en peligro ni portales en el cielo. Hay audiciones fallidas, inseguridades y una sensación de vacío que se repite episodio a episodio.

En ese sentido, la serie apuesta todo a la travesía actoral de Williams y a su intento por conseguir el papel de Wonder Man, un personaje ficticio dentro del propio mundo del espectáculo, asociado a películas que marcaron su infancia y su relación con su padre fallecido, por lo que podría significar el punto de inflexión de su carrera. El conflicto se concentra en salas de casting, reuniones con agentes y encuentros con directores, donde el mayor enemigo es él mismo.

Aunque por supuesto que los superpoderes existen y no se ocultan, la serie los aborda con cautela. Desde el primer episodio queda claro que están ahí, pero su peso narrativo es contenido. Un capítulo completo en blanco y negro, que funciona tanto como recurso estilístico como guiño a los cómics, establece una regla clave dentro del Hollywood que presenta la serie: las personas con poderes no pueden participar en producciones audiovisuales.

Marvel evita profundizar en el origen de las habilidades de Simon y tampoco se esfuerza en explicarlas en exceso. Esa omisión, que en otras series sería un problema, aquí opera como una decisión consciente. Y es que el conflicto no es cómo obtuvo sus poderes, sino cómo estos se transforman en un obstáculo más para alcanzar su objetivo. En paralelo, Damage Control comienza a seguirle la pista, añadiendo una tensión externa que nunca termina de imponerse sobre el conflicto personal.

A lo largo de sus ocho episodios, Wonder Man se permite un ritmo inusual para el MCU. Se toma el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes, explorar relaciones y construir conflictos sin la urgencia de cumplir con una cuota de acción. Es una apuesta que puede sentirse lenta para parte del público, pero que refuerza su identidad como serie y no como simple extensión de una franquicia.

No hay grandes secuencias espectaculares ni momentos diseñados para alimentar teorías en redes sociales. Tampoco hay crossovers ni apariciones sorpresa pensadas para sostener el interés artificialmente. Esa ausencia probablemente genere rechazo en un sector de la audiencia, acostumbrado a la narrativa serializada y casi interminable que Kevin Feige ha impulsado durante años. Pero es precisamente esa renuncia la que permite que Wonder Man funcione como una serie de televisión más sólida y coherente.

El trabajo de Yahya Abdul-Mateen II como Simon Williams es clave para que la propuesta se sostenga. Su interpretación logra transmitir vulnerabilidad, frustración y ambición sin caer en caricaturas. La química con Ben Kingsley eleva varias escenas y convierte a Trevor Slattery en algo más que un alivio cómico reciclado. De hecho, Kingsley termina siendo uno de los mayores aciertos de la serie.

En conjunto, Wonder Man ofrece una mirada más autoconsciente sobre la industria, Hollywood y el propio mito del superhéroe. Tantea el terreno del MCU, pero nunca pierde el control de su relato ni se somete por completo a sus reglas. Y eso, en el contexto actual de Marvel, es casi un acto de rebeldía.

Después de tantas fases, eventos cruzados y promesas de futuro, el MCU parece necesitar justamente esto: historias más pequeñas, cocinadas con tiempo, donde los personajes importen más que la maquinaria promocional. Marvel perdió terreno intentando estirar una fórmula que ya mostraba fatiga. Wonder Man no soluciona todos esos problemas, pero sí deja una señal clara de que otro camino es posible, uno donde la televisión vuelva a ser un espacio para contar historias y no solo una vitrina del próximo gran evento.

Los ocho episodios de Wonder Man ya están disponibles en Disney+.

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