La adultez del género urbano chileno: apuntes a raíz de Pablo Chill-E en Viña
“En su momento, las canciones de Pablo Chill-E sembraron el pánico moral entre los adultos de la misma forma en que lo hicieron los primeros asomos del jazz, el rock and roll, el punk o el hip hop”.
I.
Amo a Pablo Chill-E porque, en el fondo de mi corazón, siempre quise vivir una oleada musical como las que admiraba cuando chico. Algo que le diera miedo a los viejos, que tuviera aura de peligro. Acá en Chile no había nada así. El indie pop era sofisticado, el rap social era lúcido y la nueva cumbia era festiva, pero les faltaba la chispa para encender al país entero. Ese fuego sagrado estaba en las manos de Pablo.
No recuerdo a otro artista chileno tan imitado. A Pablo Chill-E le decimos Boss, Jefe, pero también podríamos llamarlo Prototipo. Como la revolución del punk, cuando una camada de músicos que no eran virtuosos cacharon que para hacer canciones solo se necesitaban tres acordes y algo que decir, Pablo logró que a una generación completa le cayera la teja de que ellos también podían ser artistas como él.
Si Pablo Chill-E es la causa, el género urbano chileno es el efecto. Su aparición le inyectó a la música juvenil local todo lo que necesitaba: nuevos sueños y aspiraciones, amor propio, calle, desacato, vértigo, insolencia. Otra forma de habitar el rol de ser cantante y, de la mano, una banda sonora acorde al país más zarpado en el que nos estábamos volviendo después de la Copa América y antes del estallido social.
En su momento, las canciones de Pablo Chill-E sembraron el pánico moral entre los adultos de la misma forma en que lo hicieron los primeros asomos del jazz, el rock and roll, el punk o el hip hop. Para mí, ver lo que generaba su música era un sueño cumplido. La sociedad tuvo que hacerse cargo de algo que no pidió, pero que necesitaba con urgencia: una oleada artística protagonizada por sus marginados.
II.
Lloré con el show de Pablo Chill-E en Viña. Había demasiada memoria emotiva sobre el escenario, ambientado como las poblaciones, con una construcción improvisada con material ligero, planchas de zinc y malla raschel, así como un mural dedicado a los caídos: Kevin Martes 13, Giuliano Yankees, Galee Galee y Milan Ruiz. Era un manifiesto: puedes sacar a un hombre de la calle, pero no puedes sacarle la calle a un hombre.
Pablo Chill- E se cortó el pelo, empezó a modular más y anunció que no diría nada muy bomba durante su show en la Quinta Vergara, pero aun así hizo el llamado con más sustancia política de todo el evento: no abandonar a las infancias en riesgo social si de verdad queremos frenar la drogadicción y la delincuencia. Incluso en su versión más amable, Pablo sigue forzando las miradas hacia el Chile que nadie quiere ver.
Tener a Pablo Chill-E en el Festival de Viña fue una señal de cómo ha volado el tiempo. Pensar que el 2023, cuando subió a cantar ‘My Blood’ con Polimá Westcoast y su micrófono estaba malo, mucha gente pensó que lo habían censurado por miedo a lo que pudiera decir. La sospecha era verosímil porque había una percepción colectiva de Pablo como un incendiario, alguien irreductible, demasiado “de verdad” para la tele.
Pero lo que antes era un artista que el sistema no sabía procesar, hoy ya está bien integrado. Viña fue el ritual mediante el cual el mainstream declaró que Pablo Chill-E ahora le pertenece también. De ser temido por los canales, Pablo pasó a ser el protagonista de un momento televisivo perfecto, con cobertura total en medios, respaldo de grandes marcas, apoyo de un municipio y relato de evento-país. Más oficial, imposible.
III.
El arte imita a la vida, y en la vida hay varias muertes. Uno se muere cuando deja de ser igual que antes, cuando descubre que crecer no es lo mismo que traicionar, cuando empieza a negociar con el mundo sabiendo que siempre se gana por un lado y se pierde por otro. A las músicas les pasa lo mismo, y para mí, el género urbano chileno sufrió la más grande de sus muertes simbólicas cuando Pablo cantó en Viña.
El género urbano chileno va a seguir acaparando preferencias y llenando recintos. Lo que se extingue es la sensación de que está ocurriendo algo fuera de control, la capacidad de incomodar. Cuando un idioma diseñado para ser secreto es decodificado, deja de ser un refugio y se vuelve paisaje turístico. En ese tránsito, el género no desaparece: se estabiliza. Y es justo ahí donde pierde su condición de amenaza.
Crecer es exactamente esto: dejar atrás la forma más salvaje de uno mismo para ganar permanencia. Descubrir que algunas versiones de uno tienen que desaparecer para que otras nuevas puedan existir. En otras palabras, el género urbano chileno está entrando en su adultez, y para llegar hasta ese punto es necesario entregar algo que nunca más será recuperado para obtener, a cambio, algo que será imborrable.
El lugar que Pablo Chill-E ocupó como niño terrible de la música popular chilena ahora está vacante, listo para que lleguen otros con otro sonido y otra insolencia, otra generación dispuesta a desordenar lo que esta intenta ordenar. Ojalá no tarden. Ojalá metan todo el ruido posible y no estén ni ahí con nadie. Lo que la cultura necesita, cada cierto tiempo, es que llegue un grupo de adolescentes dispuestos a incendiar la casa.
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