Nadie está a salvo de convertirse en Lenwa Dura
“Hablar de empatía sin hablar de mejoras en las condiciones materiales es puro sentimentalismo. Para proteger a los artistas, hay que entrar en lo incómodo: la brecha entre el prestigio simbólico y las condiciones de vida dignas”.
Lenwa Dura trató de quitarse la vida. Antes de hacerlo, subió una historia y un video culpando tanto a los haters como al lado oscuro de la industria musical. Sus actos, más que por una causa única, se explican por una acumulación de presiones que terminaron convergiendo: por un lado, la suma de sus fracasos; por otro, la acción corrosiva de las redes.
Resulta clave señalar que, debido a esta mezcla, Lenwa Dura se encontraba en un círculo vicioso. Todos sus intentos por salir de su mala situación financiera se convertían en material de humillación pública, alimentando una imagen de rapero obsoleto y amargo que nunca pudo superar el éxito de su juventud. Internet lo volvió un meme viviente.
Como la plata y la salud mental van de la mano, Lenwa Dura no solo fue perdiendo oportunidades de trabajo, sino también su sentido de sí mismo, de su identidad, de su propósito. Nadie está preparado para volverse un chiste después de haber sido un héroe. Y ojo ahí porque ningún artista chileno exitoso está a salvo de un infierno como ese.
Acá la enorme mayoría de los músicos trabajan en la informalidad, sin derechos laborales. Cuando les va bien, todo parece sostenible, pero después cambian las tendencias y el único capital que les queda es el simbólico. Pero ese no paga las cuentas. Por algo Lenwa Dura, ante la burla de las redes, vendía copias autografiadas de “Ser Hümano!!”.
“When no capitalizas tu éxito pasan estas cosas”, se lee entre los comentarios que le dejan a Lenwa Dura. Pero ahí falta contexto: los 90 eran full chanchullos, letra chica, regalías microscópicas y piratería. Así, difícil construir patrimonio económico, menos siendo un cabro humilde y con nula educación financiera que salta a la fama de un día para otro.
Lo de Lenwa Dura no es solo un drama personal: también hay un trasfondo colectivo que obliga a ver su situación como una advertencia. La fragilidad en la que viven los artistas no ha cambiado. Todos están a merced de los caprichos del algoritmo, del clima de opinión digital y de variables como los streams, la viralidad y el número de seguidores.
Por supuesto que hay que trabajar en reducir el ciberacoso, pero no nos quedemos con la narrativa cómoda del “pucha que son malos, tenemos que ser más amables” porque ya es sabido que así todos se lavan las manos y nada cambia. Entendamos que si mañana desapareciera el bullying, las condiciones de trabajo de los músicos seguirían siendo paupérrimas.
El hostigamiento digital pega más fuerte donde hay carencias porque las detecta, las amplifica y las vuelve un espectáculo morboso. Lenwa Dura estaba mal de lucas, sin pega y solo; uno más entre muchos artistas que el sistema deja caer, en un país donde ni siquiera inscribirte en la memoria cultural garantiza resguardo frente al abandono material.
¿Cuántos artistas chilenos estarán cerca de hacer lo mismo que Lenwa Dura? ¿Cuántos sufren desprotección social y económica? ¿Cuántos más se están ahogando con la presión constante de las redes? ¿Cuántos de los que parecen exitosos materialmente lo son de verdad? ¿Cuántos se sostienen solo en plata volátil que tarde o temprano se irá?
Hablar de empatía sin hablar de mejoras en las condiciones materiales es puro sentimentalismo. Para proteger a los artistas, hay que entrar en lo incómodo: la brecha entre el prestigio simbólico y las condiciones de vida dignas. Si no lo hacemos, vamos a seguir pensando que casos como el de Lenwa Dura son accidentes y no consecuencias.
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