Por Salvador EscobarNi un clavo
“La acusación de Pailita pone en evidencia que las comunidades esperan más de las grandes marcas cuando el país arde, y también deja en claro que los artistas sí mueven la aguja al sacar la voz”.

En medio de la crisis por los incendios forestales en el sur, Pailita se organizó con otros cantantes para donar casas a familias que lo perdieron todo. Y entonces apareció Homecenter Sodimac, un gigante del retail de la construcción. Pero, en vez de ayuda, lo que esta megaempresa ofreció fue una venta: 30 casas a precio de mercado, el doble de la tarifa solidaria que cobran las pequeñas constructoras que están trabajando con Pailita.
Pailita fue contactado por Sodimac a través de un ejecutivo de ventas. Sodimac, en su respuesta, afirma que el ejecutivo actuó por cuenta propia, un descarte penca que revela mucho sobre su cultura corporativa. En un país donde la responsabilidad social de las empresas suele traducirse en comunicados tibios y acciones simbólicas, la acusación de Pailita pone en evidencia que las comunidades esperan más de las grandes marcas cuando el país arde, y también deja en claro que los artistas sí mueven la aguja al sacar la voz.
El fondo del gesto de Pailita no es sólo la crítica puntual (“ni un clavo”, como dijo en sus historias de Instagram) sino la revelación de un imaginario económico y moral: el de una empresa gigante que ve la crisis como una oportunidad comercial más que como una emergencia humana. Y la respuesta de la empresa, que asegura que están trabajando con donaciones de insumos básicos a través de una fundación, suena más a apaciguamiento de reacciones negativas que a reconocimiento de su responsabilidad social.
Aquí está el corazón de la cuestión: Pailita no pidió castigo, no exigió multas, no llamó a boicots. Simplemente dejó claro algo que muchos sienten, pero pocos con tribuna dicen: que hay momentos en que el precio de mercado se vuelve una excusa para lucrar mientras otros sufren. Y eso, viniendo de un artista conocido por su prudencia, no es poco decir. Pailita pone sobre la mesa una tensión vieja: la de un país donde muchas veces se nos educa a callar, a no incomodar, a caber en los parámetros del gusto y la respetabilidad.
Algo cambia en el paisaje cuando un artista con llegada popular señala con dureza a un Goliat comercial. No se trata de abanderar con una causa a Pailita o de forzarle una militancia que no buscó, sino de reconocer que cuando el gesto supera al cálculo, el arte sobrepasa sus dimensiones habituales y se convierte en herramienta de presión moral. Pailita demostró que incluso los perfiles más templados pueden tensar las cuerdas si la situación lo exige. Allá afuera hay más verdades esperando gestos de valentía similares para salir a la luz.
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