Por Salvador EscobarQuerido enemigo
“Después de tirarse tanto la pelá mutuamente, ver a Bayron Fire en el tributo a una canción de Pablo Chill-E deja un gusto a cierre de ciclo”.

En la música, como en la vida misma, es imposible hacer historia sin hacer enemigos. Uno avanza de la mano con sus aliados, pero también comparte la ruta con sus antagonistas. Los rivales son necesarios: te empujan, te irritan, te obligan a definirte. En ese sentido, un enemigo no es solo quien busca destruirte, sino también quien te obliga a existir con más claridad. Como una especie de espejo incómodo que te revela cosas sobre ti mismo, te muestra los límites de tu identidad y te obliga a elegir bando, a explicar lo que haces, a tomar posición.
Las fricciones internas construyen escenas. El rap, sin ir más lejos, incluye la confrontación verbal como uno de sus pilares. Desde Biggie versus 2Pac hasta Kendrick versus Drake, los beefs incluso marcan época. Lo mismo ocurre en las mutaciones del rap, como las que se juntan bajo el paraguas del género urbano, donde el conflicto también puede ser motor. Así ha funcionado en el caso de nuestro país, donde la rivalidad por excelencia en el género urbano es la de Pablo Chill-E y Bayron Fire, en pie desde finales de la década pasada y hoy al fin en pausa.
Pablo y Bayron son polos opuestos. Pablo desde muy joven ocupa un lugar clave en la escena con su discurso que mezcla crónica de la periferia, sensibilidad social y una estética vinculada al barrio. Bayron Fire, en cambio, siempre ha ocupado un lugar más incómodo dentro del mapa. Un artista impulsado por su talento y también por la polémica, con dichos controversiales y un largo historial de peleas públicas. Mientras Pablo ha ido aprendiendo de diplomacia con el paso del tiempo, Bayron sigue teniendo actitudes problemáticas. El primero, además, ha levantado a su alrededor una épica colectiva, mientras el segundo tiene un perfil más individualista.
Durante años la relación entre ambos, brevemente amistosa y prolongadamente antagónica, estuvo marcada por las pullas, las indirectas y la tensión. Toda la escena supo que se tenían mala, y por lo mismo, la sorpresa fue mayúscula al ver a Bayron Fire como uno de los participantes (junto a Kidd Voodoo, Marlon Breeze, Gianluca y y un largo etcétera) del tributo de la escena a ‘My Blood’. Y es que, si bien las asperezas ya habían sido limadas, una cosa es acordar el cese de las hostilidades y otra es ser parte activa de un homenaje al mayor de tus enemigos.
La aparición de Bayron Fire tiene algo simbólicamente muy poderoso. Es el tipo de cosa que solo ocurre cuando una escena entra a su adultez. Llegado ese punto, las rivalidades que alguna vez definieron una etapa comienzan a transformarse. No necesariamente desaparecen, pero cambian de forma. Se vuelven lore, memoria, historia del movimiento. Un proceso que coincide con otro: la institucionalización de lo que alguna vez fue una subcultura con aura de novedad, secreto y peligro. Como si no fuese evidente su maduración, el género ahora también tiene tradiciones.
Después de tirarse tanto la pelá mutuamente, ver a Bayron Fire en el tributo a una canción de Pablo Chill-E deja un gusto a cierre de ciclo. Para Bayron, al menos por ahora, es el fin de un bloqueo histórico que siempre ha sido una piedra en su zapato porque llevaba años frenando su integración a la escena. Para Pablo, la señal es todavía más poderosa: se trata de la ratificación definitiva de su status como líder generacional indiscutido. Podrá haber otras peleas, otras polémicas y otras tiraderas entre ambos, pero el gesto de Bayron queda y, además, nos recuerda que los enemigos también forman parte de la historia. A veces incluso la hacen posible.
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