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Robbie Williams en Chile: un showman total que convirtió su historia en un gran espectáculo

El británico se tomó el Estadio Bicentenario de La Florida con un espectáculo que repasó sus mayores hits, reivindicó su presente y convirtió su propia historia, desde los excesos hasta su familia, en el hilo conductor de una noche marcada por su enorme capacidad para entretener.

Robbie Williams en el Estadio Bicentenario de la Florida. Fotos: Lotus.

Probablemente todos tengan alguna opinión sobre Robbie Williams. Incluso quienes jamás compraron uno de sus discos cargan con una imagen previa: el ídolo pop, la estrella, el ególatra, el pelafustán bocón, el tipo excesivo que durante décadas pareció empeñado en convertir su propia vida en espectáculo.

También están los prejuicios. Porque resulta fácil reducirlo al ex Take That que conquistó estadios con la pinta o a la estrellita liviana que acumuló hits y construyó un personaje más grande que sus canciones. Pero bastó verlo sobre un escenario para entender que aquella lectura se queda cortísima.

Déjenme entretenerlos

“Mi nombre es Robbie Fucking Williams”, lanzó el cantante durante los primeros minutos de un concierto que comenzó prácticamente sin freno. Con cuerpo de baile, una banda de excelente nivel y Williams dispuesto a dominar cada rincón del escenario, haciendo gala de un carisma a prueba de balas, quedó claro desde el minuto uno que su mayor virtud sigue siendo la de un showman formidable y completamente consolidado.

Let Me Entertain You funcionó, entonces, como algo más que una canción de apertura. Fue prácticamente su manifiesto. Robbie estaba ahí para entretener y durante las siguientes dos horas se encargó de demostrar que conoce cada truco necesario para conseguirlo.

También demostró rápidamente que necesitaba la respuesta de la gente. Tras un guiño a Land of 1000 Dances y su inconfundible “na na-na na na”, se lanzó con el grito de “Chi-chi-chi” para dar paso al clásico cántico posterior de “Le-le-le, ¡viva Chile!”.

“¿Lo hice bien? ¡Eso fue entretenido! Ustedes me divierten”, celebró. Poco después, ante la euforia, soltó un satisfecho “I still got it!” y en el caminó bromeó con sus excesos diciendo que hace muchos años tuvo relaciones con alguien en Chile y procedió a mostrar y luego agradecer a un seguidor que siguió el juego. Y claro, ese tipo de diálogo permanente con el público terminó siendo uno de los motores de la noche, incluso cuando su necesidad de hablar y controlar cada momento frenó ocasionalmente el impulso musical.

En ese camino, canciones mundialmente populares como Rock DJ y Supreme vuelven a pegar con fuerza pese a los cambios impulsados en el juego en vivo. En esa parte inicial del show, también funcionaron no solo como recuerdos de una época, sino también como lo que son: enormes canciones pop de estadio, ideales para corear de principio a fin por miles de personas.

Pero volviendo a sus interacciones con el público, no pasó mucho rato para que Williams asegurase que estaba tan sudado que necesitaba un cambio. Ahí se sacó la camiseta, jugó con los gritos que provocó entre la audiencia su torso desnudo y terminó poniéndose una de la selección chilena, con el número 8 y “Rob W.” en la espalda.

Y aunque ese saludo para la galería fue otra demostración de alguien que entiende perfectamente cómo ganarse a un estadio, durante la noche también pareció genuinamente sorprendido por algunas de sus respuestas. “Chile es muy loco. Es muy loco que ustedes sepan quién soy yo”, dijo en otro momento, antes de menearse con el coro de “Robbie, Robbie,¡Robbie!”.

El hombre detrás del showman

Pero lo más interesante del Robbie Williams actual, con todo el tobogán emocional que logra ejecutar, apareció cuando el espectáculo comenzó a mirar más allá de aquella estrella que conquistó el mundo. Después de años marcados por adicciones, inseguridades, problemas de salud mental y una relación conflictiva con la fama, su presente parece construido alrededor de la decisión de abrazar sus demonios en lugar de esconderlos.

Y ahí su familia adquirió un papel fundamental. Antes de una canción, Williams grabó un mensaje para una de sus hijas. Contó que llevaba tres semanas sin verla y que probablemente pasarían otras tres antes de reencontrarse. Dijo que pensaba en ella todos los días y pidió al estadio que coreara su nombre para registrar aquel momento y enviárselo en video.

No fue una anécdota aislada. Más adelante habló del amor de su esposa y de sus cuatro hijos, asegurando que su vida realmente comenzó cuando la conoció. Ahí aseguró que, pese a su éxito musical, estuvo largo tiempo perdido. Luego llegaron las pequeñas manos de sus hijos y todo cambió, porque a ellos les daba igual la estrella mundial: lo único realmente importante era que estuviese ahí con ellos. “Mis bebés y mi esposa salvaron mi vida”, resumió.

Por eso Better Man adquirió otra dimensión. Durante toda la jornada el concierto tuvo un relato íntimo atravesando el repertorio y aquella canción permitió conectar al Robbie Williams que pasó buena parte de su carrera intentando sobrevivirse a sí mismo con el hombre que ahora encuentra un sentido diferente para todo aquello.

También por eso las canciones nuevas tuvieron un espacio lógico. Rocket y Pretty Face, incluidas en su disco más reciente, BRITPOP, también fueron coreadas por la audiencia y no quedaron reducidas a simples excusas promocionales. Actuaron como reflejo del presente de un artista que no renuncia a lo que todavía quiere ser.

Obviamente, aún así, la nostalgia siguió siendo un combustible fundamental y Williams sabe administrarla como pocos. En uno de los segmentos más juguetones invitó al vocalista de The Lottery Winners, quien durante su celebrada presentación como telonero había pedido al público que se volviera loco cuando Robbie lo presentara más tarde, como si fuese una estrella todavía más grande que el propio protagonista de la noche.

Williams siguió la broma escrita en el libreto y ambos terminaron enfrascados en un desafío musical que incluyó Wonderwall de Oasis. La posterior presentación de la banda prolongó con otro juego que incluyó guiños a Red Hot Chili Peppers, The White Stripes, Queen, Eurythmics y The Beatles. Y por momentos el Bicentenario se convirtió en un gigantesco karaoke, pero uno manejado por alguien que jamás ha pretendido estar por encima del espectáculo popular.

De hecho, uno de los mejores momentos de la noche ocurrió precisamente cuando el libreto pareció romperse. Una fanática elegida para recibir la dedicatoria de She’s the One simplemente se descontroló ante Williams: lo abrazó, le besó los brazos y parecía incapaz de procesar lo que estaba viviendo.

Robbie hizo lo que mejor sabe hacer. Jugó con la situación, bromeó con ella, le pidió que respirara y terminó diciéndole al hijo de la mujer que ahora él era su papá. Fue divertido precisamente porque durante unos minutos dejó de sentirse como una rutina perfectamente calculada y pasó a depender de la reacción impredecible de alguien que no podía creer que Robbie Williams estuviese cantándole a centímetros de distancia.

Porque esa es también la contradicción de su espectáculo. A ratos su necesidad permanente de entretener puede jugarle en contra. Todo parece pensado para provocar una respuesta y Williams conoce demasiado bien los botones que debe presionar. Habla mucho, estira algunas intervenciones y ocasionalmente amenaza con convertir un concierto en una demostración de oficio con tintes de monólogo.

Pero constantemente aparece algo emotivo o juguetón que es capaz de darle sentido al artificio. Hacia el final del bloque principal habló de su padre, del orgullo y de una relación que también forma parte esencial de su historia. Así preparó el terreno para My Way, canción que terminó funcionando como un cierre especialmente apropiado para el recorrido autobiográfico que había construido durante toda la noche.

Por supuesto, todavía faltaba el encore. Con Feel y Angels, Williams prácticamente ya no necesitó empujar al público. Las voces se multiplicaron por todo el Bicentenario y dejaron expuesta la razón más sencilla detrás de su permanencia: sus mejores canciones hace mucho que dejaron de pertenecerle solamente a él.

De ahí que, cuando el estadio completo cantó Angels, poco importaron el personaje, las bromas o cualquier artificio desplegado durante las dos horas anteriores.

Quizás por eso su presente resulta más interesante que una simple celebración nostálgica: Robbie Williams ya no necesita ajustar cuentas con aquellos años de gloria para seguir viviendo de ellos. Puede recordar sus caídas, hablar de quienes lo ayudaron a levantarse y convertir todo ese recorrido en espectáculo. Y por eso tampoco debería sorprender que en La Florida terminara ratificando algo que hasta sus detractores deberían poder reconocer al verlo en acción.

Podrá gustar o irritar, emocionar o parecer excesivo, pero con más de cincuenta años y una carrera lejos de su peak, Robbie Williams todavía sabe exactamente cómo cumplir aquello que prometió desde la primera canción: entretener de forma avasalladora.

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