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Un influencer no es un artista (y fingirlo nos está saliendo caro)

“Hoy un influencer puede sentarse en la misma mesa que un músico que lleva años escribiendo canciones, girando, grabando discos, fracasando en silencio. Y el formato no cambia”.

Katteyes hace historia y es la segunda artista femenina en ser la número 1 en Spotify en nuestro país.

Hay algo que se volvió cotidiano sin que lo discutiéramos demasiado: en la actualidad, los espacios de difusión cultural (medios, programas, festivales, paneles, etc.) ya no distinguen con claridad entre quien hace obras y quien genera visibilidad. No es un accidente. Tampoco es solo una moda. Es un síntoma.

Hoy un influencer puede sentarse en la misma mesa que un músico que lleva años escribiendo canciones, girando, grabando discos, fracasando en silencio. Y el formato no cambia. Las preguntas no cambian. El respeto escénico es el mismo. En programas como LaJunta, por ejemplo, el código es horizontal: da lo mismo si escribiste un disco o si optimizaste un algoritmo. Ambos “tienen algo que decir”. Ambos “conectan con la gente”. Ambos “mueven audiencia”.

Es aquí donde surgen mis dudas: ¿son equivalentes esos méritos? ¿O estamos fingiendo que lo son para no discutir qué valoramos hoy como cultura? Durante décadas, al artista se le pedía una cosa muy clara: obra. Canciones, discos, películas, libros, cuadros. Algo que quede para después. El influencer, en cambio, nace de otro pacto: presencia constante, legibilidad inmediata, cercanía performativa. No hace falta obra: hace falta continuidad. No hace falta riesgo: hace falta relevancia sostenida.

El problema para mí no es que el influencer exista. El problema es cuando empieza a ocupar el mismo lugar simbólico que la obra, sin que nadie se atreva a marcar la diferencia. Y acá viene lo incómodo para la música: muchos artistas ya entendieron que el sistema no premia la profundidad, sino la visibilidad. Entonces se adaptan. Aprenden a hablar en stories, a generar clips, a narrarse en tiempo real, a convertir su proceso creativo en contenido. El disco deja de ser el centro y pasa a ser un insumo más. Un “momento” dentro del flujo.

Así, el cantante empieza a comportarse como influencer no porque quiera, sino porque corre el riesgo de desaparecer si no lo hace. Entonces la pregunta se da vuelta sola: ¿los artistas se están volviendo influencers o el sistema dejó de saber cómo tratar a los artistas?

Porque también está la otra lectura: quizá el influencer no es solo un parásito del sistema cultural, sino una figura nueva, todavía mal entendida. Alguien que trabaja con narrativas personales, con puesta en escena de la intimidad, con control del ritmo, con relación directa con una audiencia. Hay influencers que manejan timing, guión, personaje y tono con una precisión que muchos músicos jamás podrían alcanzar. Eso no es nada. Eso no es vacío. Pero tampoco es lo mismo que escribir una canción que sobreviva a tu propio peak de relevancia.

El conflicto no está en quién se sienta en la mesa, sino en qué mesa estamos construyendo. El verdadero fondo del asunto es saber qué es lo que estamos dispuestos a llamar mérito hoy. Porque cuando todo se evalúa bajo la lógica del engagement, la obra se vuelve secundaria. Y cuando la obra es secundaria, el arte empieza a parecer un accesorio, no un fin.

El panorama actual requiere hilar más fino que antes. No se trata de expulsar al influencer o de romantizar al artista. Se trata de volver a distinguir. De entender que no todo lo visible es culturalmente equivalente. Que no todo lo que conecta hoy va a decir algo mañana. Y que no todo creador necesita comportarse como una marca personal para justificar su lugar.

Si el influencer es un nuevo tipo de creador, habrá que construirle un marco propio. Si el artista necesita visibilidad, habrá que discutir cómo proteger la obra dentro de tanto ruido ensordecedor. Y si seguimos fingiendo que todo es lo mismo, lo único que vamos a lograr es que nadie sepa ya por qué está ahí. Ni el músico, ni el influencer, ni mucho menos nosotros mirando desde afuera, tratando de entender cuándo la cultura dejó de preguntarse por el fondo y empezó a obsesionarse solo con la forma.

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