Rock en Isla Negra, cuecas pop y de poetas: Ángel Parra recuerda a Ángel Parra

Con ocasión de la recuperación de la discografía de Ángel Parra, célebre cantautor chileno, su hijo Ángel rememora con el diario pop las historias tras su material discográfico grabado entre los sesentas hasta 1973. Allí salen los cruces con Neruda, los Blops, las cuecas contingentes y las canciones funcionales. Pero también perfila a un creador inquieto y abierto a nuevos sonidos.


A pesar de su historia, esa que lo sitúa como un nombre indispensable en la cantautoría vinculada a la Nueva Canción Chilena, Ángel Parra (nacido como Luis Ángel Cereceda Parra) no era un nostálgico del pasado. Más bien, el célebre hijo de Violeta, hermano de Isabel y sobrino favorito de Roberto, prefería el diálogo con el presente.

“No era muy de mirar al pasado”, recuerda su hijo Ángel Parra Orrego, desde el otro lado de la pantalla. Y detalla algunas de sus decisiones al momento de elegir repertorio para sus conciertos. “Cuando lo acompañaba, le pedía tocar el ‘Tango en colombes’, o le decía que me gustaba ‘La televisión’ o ‘La democracia’, pero él siempre estaba renovando su repertorio y prefería tocar cosas nuevas”.

Para Ángel, la particular relación de su padre con el pasado, o al menos, con parte de él, está mediada por su experiencia como detenido en el campo de concentración Chacabuco, tras el golpe de estado.

“Eso lo aprendió seguramente por todas las cosas que vio cuando chico, y por la etapa del golpe de estado, la cárcel -detalla-. Él fue como un líder entre los presos, Entre Jorge Montealegre y el Gato Gamboa, me relataron la fortaleza como ser humano que tenía para llevar a la gente a aguantar la tortua y el maltrato. Salió muy fortalecido en unas cosas y muy quebrado en otras. Por eso no era muy de revisar el pasado”.

Pero en estos días, Ángel hijo ha vuelto sobre la obra de su padre. A propósito del aniversario de su natalicio en junio, se ha vuelto a publicar buena parte de la discografía del cantautor, gracias a un trabajo de recuperación de su material en el que colaboraron Manuel Lagos, Marcelo Millavil y la productora Evolución. En una primera etapa están disponibles en las plataformas los discos grabados entre los primeros años de la década del sesenta y hasta 1973.

Más que en palabras, el proyecto se originó en un gesto. Parra hijo recuerda que en 2008, su padre le pasó un montón de discos compactos, que contenían toda su discografía. “Era un cerro de CD’s copiados y cuando llegué a mi casa los puse. Seguí con mi vida adelante y deben haber pasado unos cinco años por lo menos antes de que los pusiera en un reproductor”.

Pero hubo otros motivos para recuperar la obra de Parra. El tiempo había hecho mella en los CD. “Aparecieron unas cosas de Atahualpa Yupanqui, otros estaban mal copiados”, recuerda Parra. Además, la discografía estuvo disponible un tiempo en la página web del cantautor y faltaba gestionar su disponibilidad en las plataformas. “Mi papá decidió un día subir todos los discos y se podían descargar. Eso era muy bonito, ahí el caballero se adelantó una vez más a su época”.

Con su oído afinado por los años como guitarrista entre el mundo del jazz y la música popular, Ángel descarta que la familia Parra tenga un sonido particular; más bien cada uno desarrolló su estilo. “Don Lalo era un sonido, también don Robert, la Violeta, mi papá, cada uno tenía el suyo. La Violeta no podía copiar los punteos del tío Roberto, el tío Roberto no podía tocar las anticuecas, mi papá tampoco. Pero él sí tenía esta mezcla de guitarra de Atahualpa Yupanqui pasando por Alfredo Zitarrosa, y el guitarrón chileno. Él sabía adaptar el sonido del guitarrón chileno a la guitarra acústica”.

Parra asegura que su padre incorporó diversas influencias en su estilo. “Con los años fue perfeccionándose como pasa con los músicos -cuenta-. Cuando chico ya tocaba muy bien todos los estilos que dominaba; el estilo Zitarrosa, la milonga, después el estilo de Atahualpa Yupanqui.

“Años después cuando graba el álbum La guitarra popular de Chile (1978) -se va a reeditar más adelante- ya tenía un dominio de varias técnicas; el trémolo, las dinámicas, la manera en que se movía en el conocimiento de los adornos musicales, pero conservado una sobriedad que me llamaba mucho la atención”, agrega.

Pero hubo cosas que persistieron. “Tengo mucho orgullo de decir que nunca bajó el tono de las canciones, su voz se mantuvo perfecta hasta la última vez que tocamos juntos, en una Universidad en Bellavista; lo escuche cantar muy potente y eso que estaba enfermo del pulmón y tenía el cáncer muy avanzado”.

“Por supuesto que los años de tratamiento médico te van deteriorando y no puedes estar mucho rato con la guitarra, entonces ahí se vio una baja en su desempeño con la guitarra -continúa-. Pero así la vida, todos vamos para allá”.

En Charla con La Cuarta, Ángel revisa las historias tras los primeros discos de su padre que vuelven a estar disponibles en línea.

Ángel Parra & los Norteños – Cuatro Villancicos chilenos (1958)

Al filo de la década de los cincuenta, Ángel Parra entró a grabar un primer registro a su nombre. Se trata de un epé en que el músico -entonces de quince años- se hace acompañar por Los Nortinos, un conjunto armado durante su paso por el Liceo Enrique Molina, en los días en que su madre Violeta trabajaba como investigadora folclórica para la Universidad de Concepción.

“Es como la piedra fundacional de su carrera como cantautor -explica Parra Orrego-. Ahí aparece su primera canción, ‘Del norte vengo, Maruca’ y una grave voz sobria, pero no tan dramática como se fue transformando con el tiempo. Tenía una precisión en su manera de apregiar la guitarra bien sorprendente”.

Según Parra, se trata de un registro que sigue algunas de las tendencias estilísticas de la época. “Hay unas voces media nuevaolescas, como la influencia que había en todas las bandas de esa época, con segundas voces y todo eso”.

Además destaca el tema “En un pesebre botado”, un guiño al repertorio popular chileno. “Él se acompaña solo con el kultrún, eso es demasiado Violeta -detalla Parra-. Entonces está muy potente la conexión con su madre, pero también hay un intento de despegarse de su influencia”.

Ángel Parra y su guitarra (1965)

Tras dos años en Europa en compañía de su madre, Ángel e Isabel vuelven a Chile en 1964. Los comienzos fueron difíciles, pero ambos consiguieron hacerse un nombre como un dúo y además un espacio que se volvió legendario. En una casa que mantenía el pintor Juan Capra en el número 340 de la calle Carmen, surgió la Peña de los Parra.

Fue en esos días entre vasos de vino y empanadas, que Ángel dio forma al repertorio que grabó en su primer álbum en solitario, Ángel Parra y su guitarra. Un registro de 14 canciones, que reúne composiciones propias, otras de su madre (ahí están “Arauco tiene una pena”, “Me gustan los estudiantes”) y algunas cuecas de su tío, Roberto.

Según Parra Orrego, en la carrera de su padre este álbum “define su pasta de músico. Está la presencia de su mamá, hay elementos que hablan de su relación con la política, la música latinoamericana y la relación increíble que tenía con su tío Roberto”.

Por primera vez aparecen las cuecas en la discografía de Parra, entre estas, “El chute Alberto”, una composición sobre choros y puñaladas en el canal Bio Bío, que Parra Orrego grabó años después como guitarrista de Los Tres en el álbum Peineta, el cual recopila grabaciones junto a Roberto y Lalo Parra.

“Don Robert era el tío favorito de mi papá, y él su sobrino favorito -detalla el guitarrista-. Aprendió de él, de Nicanor. Era muy agudo en su manera de observar a la gente y aprender, esa era su escuela. Iba a escuchar guitarroneros, observaba. Eso le permitió ser busquilla y encontrar caminos diferentes a otros folcloristas”.

Ángel Parra y su guitarra vol. 2 (1966)

En el año en que el mundo giraba alrededor de los surcos de Revolver, de los Beatles, y la selección chilena cerraba una olvidable presentación en el Mundial de Inglaterra, Ángel Parra grabó su segundo trabajo en solitario. Uno en que desarrolló, con más ahínco la vocación de cantautor.

“Sí, está la raíz folclórica, pero hay un desarrollo de la composición de mi papá -analiza Ángel-. Hay canciones como ‘El Pelusa’, donde describe muy bien la raíz del estrato social bajo que él conoció bien. Su esencia viene desde ese pueblo chileno sufrido, pero alegre”.

También hubo espacio para los temas de amor filial. ”Está ‘Dos veces te vi mujer’, una canción que es poesía pura, amorosa, que él le hizo a mi mamá (Marta Orrego) porque yo venía en camino”, recuerda Ángel.

Ese álbum fue el espacio para los intereses personales de Parra, en los días que consolidaba un nombre junto a Isabel. Ese año, grabaron el LP Los Parra de Chile (Demon), en que recopilaron canciones folclóricas del repertorio chileno y venezolano. Aquellas grabaciones le dieron un piso. “Yo diría que lo único comercial que realmente se transformó en hito, son los dúos con su hermana, esos sí sonaron en la radio”, explica Ángel.

Arte de Pájaros (1966)

Además de la música, ese año el clan Parra-Orrego celebró la llegada del primer hijo. “Llevaban un par de años juntos con mi mamá -señala Ángel-. Muchas veces le escuché decir a mi papá que el amor entre dos personas en esa forma, ocurría solamente una vez en la vida. Suena medio cursi, pero yo creo que mis padres tuvieron unos 8-10 años enamoradísimos”.

El vínculo familiar le entregó a Ángel padre una inesperada conexión que pronto se coló en su obra; en Arte de Pájaros, se abre el interés por trabajar sobre textos de escritores chilenos. No será la primera vez.

“Los padres de mi mamá tenían una casa en Isla Negra y ahí estaba la casa de Neruda, porque entonces había pocas casas allí -cuenta. En los veraneos seguramente se hicieron amigos de Neruda, entonces en estas tertulias aparece esta relación con la literatura”.

El poeta conocía al clan Parra; a instancias de Nicanor, conoció a Violeta en 1953, en un memorable encuentro en su casa de La Reina. Desde entonces comprendió que había una chispa creativa en ese núcleo. De allí a que prestara atención al joven heredero de la autora de “Gracias a la vida”.

“Neruda lo admiraba como cantante también -cuenta Parra Orrego-. Por eso fue un disco especial que marca el camino del acercamiento hacia los escritores chilenos”.

Las cuecas de Ángel Parra y Fernando Alegría (1967)

Cada vez que Ángel Parra recomendaba un libro, siempre mencionaba el mismo: Caballo de Copas, de Fernando Alegría. Un texto sobre desarraigo, barrios de calles mugrosas y un golpe de suerte jugado a la veleidosa fortuna de la Hípica.

Como en Arte de Pájaros, este álbum se elaboró a partir de textos de Alegría. Allí destacan temas en que se cuela la cultura pop sazonada con picardía popular, como “La cueca a go-go”, “Los astronautas”, “La minifalda”, entre otras.

“Este disco me llamaba la atención cuando yo era cabro chico -recuerda Ángel hijo-. Encontraba que eran las canciones más entretenidas que he escuchado en mi vida, por la forma de escribir cuecas de Fernando Alegría”,

“Acá se despierta con todo la picardía de mi papá -agrega-. Es una mezcla perfecta entre dos personas que se entienden muy bien. Creo que las debe haber grabado muy rápido porque es un disco mucho más fluido que el de Neruda, que tenía una solemnidad”.

Ángel Parra y el tocador afuerino (1967)

La muerte de Violeta Parra, en febrero de 1967, sorprendió a Ángel en Isla Negra. Tras enterarse, viajó a la capital para participar en su velorio y funeral. En esa temporada, aún masticando el dolor, se reunió con el suizo Gilbert Favre, músico y antropólogo que mantuvo una intensa relación con Violeta; a él, por ejemplo, la escribió “Run Run se fue pa’l norte”.

“Su relación con Gilbert Favre fue muy linda -detalla Parra Orrego-. En ese año falleció la Violeta entonces se juntan muchas cosas, también la necesidad de darle un espacio a Gilbert, poniéndolo al nivel que merecía porque era un gran músico, era el quenista de América”.

La mención a la quena, el tradicional instrumento de viento de los Andes, le recuerda a Ángel la habilidad que tenía su padre con ella. “Él tocaba muy bien -detalla-. Cuando lo fui a ver a Europa, lo vi tocar la quena varias veces: la sacaba, hacía algo de música. Me llamaba la atención porque sabía hacer los semitonos y todo eso”.

Según él, es una habilidad que desarrolló durante el camino, sin más lecciones que la práctica. “Después del disco de los Villancicos fue a tocar a Helsinki con la Violeta, en ese viaje aprendió mucho”, en referencia a la presentación en el VIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, de 1962, que marcó la previa a un recorrido por parte de la Unión Soviética, Alemania, Italia y Francia, donde se instaló junto a sus hijos.

“Tocó mucha quena. Un amigo y discípulo de mi padre, Jaime Barrueto, contaba que a él se le acababa el aire en los conciertos, porque la Violeta lo obligaba a tocar quena, aprendió medio a la fuerza a tocar -recuerda Parra Orrego-. Una vez terminó silbando porque no le quedaba aire”.

Ángel destaca que su padre no solo tocaba bien la guitarra y la quena, sino que se las arreglaba con varios instrumentos. “Lo admiraba mucho porque tenía facilidad. Él tocaba también tumbadoras, percusión y era un percusionista increíble. Lo vi tocando en algunas fiestas por ahí ajaja (ríe) estaban pasándolo bastante bien”.

Chile de arriba a abajo (1968)

Este álbum de 1968, reúne ocho composiciones trabajadas sobre diferentes ritmos folclóricos esparcidos entre el desierto salitrero y los helados canales australes. “Aparece el trote nortino, sirilla chilota y pericona, todos los rostros de cada rincón del país -detalla Ángel-. Es un disco super ilustrativo en ese sentido, tiene una hermosa identidad regional en cada una de las canciones”.

Nuevamente, el cantautor recurrió a los inspirados versos de un autor chileno, esta vez, de Manuel Rojas. Una influencia que, según Ángel, fue decisiva en su carrera. “La sabiduría de mi papá de mezclarse con los poetas, le abrió las llaves para escribir textos cada vez mejores -asegura-. Él ya venía con la formación de la Violeta, pero la experiencia con estos tres escritores ya podrás imaginar lo que te deja en tu impronta como compositor”.

Al mundo niño, le canto (1968)

En ese 1968, mientras el mundo ebullía con el mayo francés y la masacre de Tlateloloco, la carrera de Ángel Parra tuvo un breve hiato de la contingencia.

Con la llegada de la segunda hija, Javiera (quien hará historia años más tarde junto a Los Imposibles), la rutina de la crianza y la cercanía al mundo infantil se colaron en su obra. Así surgió el álbum Al mundo niño, le canto, con acompañamiento del guitarrista Julio Villalobos y la carátula ad-hoc, diseñada por Florencia Sánchez, “una media hermana mía”, cuenta Ángel, hija de Marta, su madre, .

“Yo creo que el disco tiene harto que ver con el nacimiento mío y de mi hermana, y de una inquietud que se manifestó no solo en esta ocasión, sino que él tenía una relación muy particular con los niños”, agrega.

Ángel Parra junto a sus hijos Javiera y Ángel. Fotografía: Graciela Iturbide

El guitarrista cuenta que a su padre le gustaba generar vínculos creativos con el mundo infantil, y recuerda un ejemplo. “Hay muchos cuadernos en los que tengo cuentos de él que son inéditos, están por ahí guardados. Eran cuentos que le hacía a mis hijas”.

Además de las canciones dedicadas a su hijos (“ Canción para Angélico” y “Canción para Javiera”), Parra trabajó algunas letras con un enfoque casi didáctico, como la del perrito andariego que recorre Chile, de Arica a Chiloé, en “La Gabriela del Palomar”.

“Es una canción sencilla, pero que te enseña a conocer Chile de forma brillante -detalla Ángel-. Detrás de esto parece que hubiera un gesto poético simple, pero muy complejo a la vez. Están los juegos de palabras, que son algo muy chileno”.

Canciones funcionales (1969)

Una foto de Ángel Parra con lentes y pañuelo de colores psicodélicos, obra de Vicente Larrea, ilustra la portada de “Canciones funcionales”. Un álbum que en su cara A reúne piezas trabajadas con una mirada particular sobre la contingencia; allí está, “La democracia”, aquella pieza en que declara “soy demócrata, tecnócrata, plutócrata e hipócrita”.

Allí vuelve a colaborar con Julio Villalobos, un guitarrista virtuoso formado en el rigor de la música clásica, pero con gusto amplio. En esos veranos, comenzó a fraguarse el sonido de los Blops, banda en que Villalobos compartía con los primos Juan Pablo y Andrés Orrego, a su vez, emparentados con Marta, la esposa de Ángel Parra. Y como todo queda en familia, Villalobos se puso de novio con Paula Sánchez, hija de Marta.

Fue entonces que entre pololeos y guitarreos, surgió la amistad entre Parra y Villalobos. “Mi papá tenía una gran complicidad con Julio”, asegura Ángel.

Todo ocurrió bajo el sol de Isla Negra, entre caracolas y el rugir del rompiente de las olas. “En la casa de Isla Negra donde mi papá conoció a Neruda, abajo había una cabaña que mis abuelos le pusieron a los nietos, rockeros; estaba Juan Pablo Orrego, Felipe Orrego, ahí llegaba Eduardo Gatti en su Austin Mini y metían bulla como locos.

“Entonces mi papá los debe haber escuchado desde la ventana de la casa y le empezó a llamar la atención -agrega-. Además mi mamá escuchaba a los Beatles. En esos años le debe haber puesto la primera cuerda metálica a la guitarra para lograr ese mismo sonido más cercano a los riffs”.

Pese a los cruces con el rock y la contingencia de las canciones funcionales, en la cara B, Ángel Parra decidió grabar temas del repertorio de su admirado Atahualpa Yupanqui. “Fue un gesto para decirle a la gente que yo estoy en esto de la gente joven, porque me gusta apoyar a la gente joven, pero además les demuestro que no estoy aburguesado, también soy esto”, explica Parra Orrego. Un vaivén entre estilos y sonidos que bien puede considerarse uno de los sellos de la carrera del cantautor.

¿Solía Ángel Parra tocar la guitarra eléctrica?,”Sí le metía mano a mis guitarras eléctricas -recuerda Ángel hijo-. Pero después me la devolvía y me decía, ‘ya tómela usted nomás’. Años después, cuando volvió a Chile, tenía una guitarra que la enchufaba a un módulo de sonido midi; hacía unas melodías y cuestiones que sonaban muy mal, pero igual lo usaba”.

Canciones de patria nueva (1971)

En plena vorágine del primer año del gobierno de Salvador Allende, Parra grabó este álbum que nuevamente desarrolla dos mundos; en una cara reúne piezas del mundo popular (allí está su versión de “Corazón de escarcha”, conocida en la voz de Héctor Pavez), y en otra, hay piezas como “Sol, volantín y bandera”, en que detalla su compromiso con el socialismo con sabor a empanadas y vino tinto.

“Acá mi papá vuelve a buscar la raíz y al otro lado está el rock n roll, es otra manifestación casi anárquica de decirle a la gente, soy hijo de Violeta, pero estoy en otra”, explica Ángel.

Y cómo no, en los créditos del LP figuran algunos invitados. Por ejemplo, en “Corazón de bandido” , está la participación de Horacio Salinas y Marcelo Coulon, de Inti Illimani, como guitarristas. “Mi papá siempre invitando gente interesante -recuerda Parra Orrego-. Cuando se enchufaba bien con ellos, les daba la pasada y seguía para adelante, cuando algo no le parecía, los sacaba y los borraba para siempre ajaja (ríe)”.

También vuelven a participar Los Blops. Un gesto con el mundo de la fusión rockera que por esos días también llamó la atención de Víctor Jara, quien incorporó al grupo de Orrego y Gatti en un par de temas de su álbum El derecho de vivir en paz, publicado ese mismo año.

Tiempo después, junto a Los Blops y a Los Jaivas, grabó el single “Vamos subiendo la cuesta”. Una decisión que confirma su desprejuicio. Según Ángel, su padre escuchaba lo que viniera.

“Nos pegábamos sesiones de escucha de muchas cuestiones diferentes, y era bien abierto; le gustaba harto la música clásica, le gustaban los Beatles, el rock; una vez escuché MGMT con él, y le iba traduciendo la letra. También le gustaban Los Tres, se emocionaba con que hubiéramos grabado el Unplugged. Años después, cuando lo invitamos a grabar con Manuel García, también fue un momento de una claridad artística muy bonita”.

Cuecas sin pasaporte

Este EP de seis temas es el único diseñado especialmente para el proceso de recuperación de la discografía de Ángel Parra. Es un registro que recopila algunos temas grabados en los días en que trabajaba el disco Cuecas del tío Roberto, aunque él no estaba en la sesión.

“Ya no estaba don Robert en la formación, pero estas cuecas son unos bonus track que las deben haber grabado ya con unos traguitos en el cuerpo, como ‘hagamos esta a ver como sale’, y estaban ahí el [Iván] Cazabón, el [Rafael] Traslaviña, con Arturo Giolito en batería -detalla Ángel-. Un amigo de mi papá me dijo que él había estado ahí”.

En el EP hay un tema inédito, “El choriflaite”, un tema sobre peleas de choros, cargado con la imaginería del hombre que escribió las Décimas de la Negra Ester. “Nuevamente graba una canción de don Robert, es un gesto con su tío”.

La portada del trabajo es una foto del músico a su arribo al país tras su viaje a Cuba en 1967, donde participó en el Primer Encuentro de la Canción Protesta, junto a su hermana Isabel y al folclorista Rolando Alarcón. “Fue fundamental en su vida -comenta Ángel-. Conoció el sonido de Leo Brouwer, compartió con la gente de la Nueva Trova, imaginate el nivel de cultura que absorbió en ese viaje”.

Cuando amanece el dia (1972)

Otro álbum marcado por el fervor del proceso de la UP, de allí surge el tema que le da título con su particular estribillo. “Esa frase ‘el hombre se levanta, crece y se agiganta’ se la escuche a Claudio Palma en un relato de un partido ¡fue increíble escucharla! ahí se ve la trascendencia que tuvo”, recuerda Parra Orrego con una sonrisa. “Una vez la versionamos media Hendrixiana con Los Tres en el Estadio Nacional”.

Pero no solo es política, también hay espacio para vínculos más personales. “Está ‘Abril’, esa canción me encanta, se la hizo a mi mamá, estaban super enamorados”. También hay un vínculo a la familia paterna, en el tema que fue lanzado como single, “El ferroviario”; El padre de Ángel, Luis Cereceda Arenas, fue, precisamente, un ferroviario.

“‘El ferroviario’ me fascina y hasta yo que soy negado para cantar me he atrevido a cantarla -revela Ángel Parra Orrego-. A mi abuelo Pepe Cereceda, le tengo un cariño enorme. Él me regalaba una bicicleta todos los años. Lo íbamos a ver a Llay Llay donde tenía un taller de bicicletas en la casa, tiene muebles muy bonitos. Con mi papá tenía una relación muy linda. Por eso fue muy duro para él cuando falleció don Luis y estaba en el exilio. No haber podido ir a su entierro debió ser duro”.

Pisagua (1973)

Como una jugarreta atroz de la historia, los temas del álbum Pisagua resultaron proféticos. Originalmente, reúne textos basados en la novel Pisagua, la semilla en la arena, de Volodia Teiltelboim, cuya trama discurre en el campo de prisioneros levantado en la ciudad costera del norte chileno, donde fueron relegados aquellos arrestados bajo la Ley de defensa de la democracia, dictada por el gobierno de Gabriel González Videla para proscribir al Partido Comunista, con el que simpatizaban buena parte de los artistas de la Nueva Canción Chilena.

El álbum, con arte de José Venturelli, debió llegar a los escaparates las segunda semana de septiembre de 1973, pero el golpe de estado lo frustró. “Se grabó tres meses antes del golpe -detalla Ángel-. Hay canciones como ‘El novio raptado’ que lo hemos tocado como ‘Vals para Herminia’, es una canción muy bella”.

“También hay una canción que me gusta mucho que es ‘La libertad’, me vuelve loco, es muy fuerte la letra y tiene una dinámica que crece de una manera impactante”, agrega el músico.

La historia que se desgrana en los surcos del LP, de alguna forma resonó en los días de prisión de Ángel Parra en el campo de prisioneros de Chacabuco. “Cuando lo fueron a buscar los milicos a la casa se basaron en ese disco, yo creo, para maltratarlo como lo maltrataron -cuenta Parra Orrego-. Estaba haciendo un gesto a algo que ya había ocurrido antes. Años después se reversiona en otra etapa, con músicos cubanos”.

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