Libro ventila la firme de la Blondie y sus cahuines

Blondie

Acaba de llegar a librerías Gente común, el libro del periodista Rodrigo Fluxá que baja al subsuelo húmedo de la Blondie para contarnos, entre jales y niños pintados, una historia única: el auge y caída de una Meca del mundillo alternativo en Santiago.

Primero fue uno de los enormes cines que poblaron el centro de Santiago: el Teatro Alessandri. Luego, la galería que oculta la entrada al rotativo, comenzó a vivir la expansión del comercio sexual en la Alameda. Uno a uno los locales se transformaron en cafés con mujeres semidesnudas que alejaron a las familias de los estrenos. Así, los caminos de un dueño de toples, un trabajador de la construcción, un tímido joven de provincias y un diyéi recién salido del servicio militar, se cruzaron azarosamente en ese pedazo de subsuelo llamado, en honor al grupo de la cantante Debbie Harry, Blondie.

La firme la cuenta el libro Gente común, una historia oral de la Blondie (2022, Catalonia), donde el periodista Rodrigo Fluxá reúne las voces de los primeros protagonistas de la famosa discoteca de Estación Central, ícono de la cultura alternativa en la capital chilena.

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A través de un obsesivo montaje, tan parecido al de los detectives de La ley y el orden, Fluxá escarba en los recuerdos nostálgicos de una generación. Y lo hace a través de los protagonistas y asistentes a un verdadero antro de la noche santiaguina, donde ir consistía en meterse en un hoyo sin señal de celular y bajar peldaños hasta entrar en un ambiente donde no te pegaban por ser raro y las parejas del mismo sexo podían besarse sin problemas.

Algo impensado en el Chile de 1993, donde arranca esta historia que no es otra que la de un papá que pone a sus dos hijos a competir administrando dos discotecas que quedan a cuatro cuadras, la de tres amigos que se traicionan y la del ocaso de un DJ que envejece y no se da cuenta.

“Ahora Chile se parece a la Blondie”

Con una cuota de humor, el libro indaga brevemente en el olor de la Blondie (“humedad, dejémoslo ahí”, dice el músico Silvio Paredes) o en la aparición de sus conocidas Fiestas Kitsch. Surgieron de manera casual, relata uno de sus productores. Cuando buscaban bajar el telón y echar a la gente poniendo canciones de Camilo Sesto, acabaron por provocar el efecto contrario: la fiesta completa se puso a cantarlas.

También hay espacio para la mitología, como el pasaje donde se habla de la existencia de un supuesto túnel que va a dar al Estadio Víctor Jara. Allí habrían aparecido huesitos y un proveedor de la Blondie dijo haber estado detenido en dictadura, aunque una integrante de la Comisión Valech lo descarta.

En esto sí coincide la mayoría: la Blondie, dirá buena parte de los entrevistados en el libro, se armó desde las clases obreras. “Mucha gente que salía de la población se maquillaba en la micro para ir a la Blondie y después se desmaquillaba en la micro de vuelta, porque si no, o les sacaban la chucha o los agarraban a chuchadas”, sintetiza una de las voces de Gente común.

Si lo alternativo siempre se había asociado a las élites, la Blondie tenía el componente de que estaba en el poniente de la ciudad, casi siempre llena de gente que trabajaba, o “el típico rollo inglés de working class”, como dice otro de los entrevistados.

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Entre canciones de The Cure, Depeche Mode y New Order; entre sonidos de Suede, The Human League y afiches que terminarían en las piezas de los adolescentes, era fácil encontrarse con ropa dark, pelos escarmenados y cadenas, ojos delineados, mucho maquillaje, góticos, punks, new waves y drogas como el LSD, el M o la coca.

Fluxá es hábil para retratar cómo a través de carteles pegados con engrudo y un efectivo boca a boca callejero, la Blondie atrajo incluso a gente de sectores acomodados y tan lejanos geográficamente. De pronto, alguien de un lugar como Vitacura no tenía otra razón para llegar a Estación Central. Eran personas unidas por intereses en común: la música, la liberación sexual, una estética y tal vez una ética.

Pese a la presencia de Gustavo Cerati (quien fue un habitual en los años en que vivió en Providencia) o al desfile de parroquianos como los miembros de Glup!, Pánico, Javiera Mena y uno que otro actor, la Blondie nunca sufrió de “famositis”, sugiere otro pasaje de Gente común. Era, si hubiese que generalizar, gente sin identidad: repartidores, estilistas o telefonistas de call center se reconocen en el libro, entre estudiantes universitarios, cuicos-que-no-cruzaban-Santiago-en-plan-etnográfico e incluso los asesinos de Daniel Zamudio; todos con ganas de bailar, escuchar buena música y probablemente algo más.

“La Blondie ganó”, propone uno de los entrevistados. “Morrissey tocó en el Festival de Viña”, argumenta. “Ahora Chile se parece a la Blondie”, sugiere el cineasta Jorge Olguín. Lo cierto es que el libro retrata perfectamente cómo la generación que creció con Pinochet comenzó a liberarse y destaparse, pero también a descubrirse y aceptarse, en una discoteca que operó como una probeta y se adelantó a los años por venir.

Gente común

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