Por Paulo QuinterosCandelabro en La Cúpula: la ceremonia catártica que confirmó al mejor acto de rock en vivo de Chile
La banda presentó “Deseo, carne y voluntad” con un show cargado de teatralidad, furia y simbolismo, transformando al recinto del Parque O’Higgins en una gran experiencia colectiva.

Lo realizado por Candelabro en el Teatro La Cúpula fue un rito de celebración digno de uno de los discos más importantes de la música chilena del último año. Y es que “Deseo, carne y voluntad”, el elogiado lanzamiento que la banda concretó a fines de 2025, tuvo su ruidosa, efusiva y sólida ceremonia de presentación en vivo frente a una audiencia que estuvo prendida desde el primer minuto y nunca bajó los brazos.
De ahí que en una noche que confirmó a una banda que solo ha ganado fuerza con el paso del tiempo, y que también ha ajustado su propuesta artística de forma brillante, Candelabro se paró en el escenario con una mezcla de furia y catarsis para desplegar una propuesta que no solo sonó impecable, sino que también se sintió profundamente honesta.
Todo comenzó como una ceremonia espiritual, replicando el acto litúrgico del uso del incensario, en el que el saxofonista Nahuel Alavia limpió el escenario de las malas vibras, como si estuviese encapsulando todo lo que sucedería ahí en un espacio seguro.
A partir de ese momento, y en un despliegue dividido en varios actos, la banda presentó con solvencia y seguridad las 14 canciones de Deseo, carne y voluntad.

La ceremonia tomó forma con el choque sonoro y poético de "Las Copas", una apertura cargada de tensión que funcionó como una declaración de principios para todo lo que vendría después.
Entre saxos, cuerdas y una atmósfera marcada por la solemnidad, la canción preparó el camino para esa mezcla de fragilidad, culpa, resistencia y búsqueda espiritual que atraviesa a la propuesta musical de la banda en su segundo álbum.
Luego, el show avanzó con fuerza hacia la canción más popular del disco, la notable "Domingo de Ramos", que transformó el recinto en un coro colectivo al ritmo de ese grito de proclamación para “Desalambrar, sentir las voces”.
En un acto celebratorio coreado de principio a fin, la banda también orquestó elementos que expandieron la teatralidad de su propuesta, incluyendo una mesa con parroquianos, pan y hasta vino.
Más que simples adornos escénicos, cada uno de esos elementos reforzó la idea de estar frente a una ceremonia marcada por símbolos religiosos, culpa heredada y catarsis colectiva, conceptos que atraviesan lo que hace Candelabro “hasta el momento de su muerte”.

Luego, la secuencia cambió de tenor: salió la mesa y entró una estructura con telas blanca que imitaba un confesionario, pasando del tono albo a un rojo intenso a medida que avanzó el show.
A partir de ahí, la banda siguió con otro de los grandes momentos del disco, la visceral "Prisión de Carne", en donde la figura a contraluz de Javiera Donoso desató de inmediato los gritos del público y empujó el concierto hacia un terreno todavía más intenso.
Entre voces desgarradas, explosiones instrumentales y una audiencia completamente entregada, el recital comenzó a reforzar esa sensación de desahogo colectivo que convierte a Candelabro en uno de los proyectos más conectados con la ansiedad y las contradicciones de la juventud chilena actual.
De hecho, aquello también se reflejaba entre el público, especialmente en la parte frontal de la cancha, donde los rostros jóvenes eran amplia mayoría entre los feligreses de una ceremonia marcada por la culpa, la rabia y la necesidad de encontrar algún tipo de respuesta frente a un presente que impulsó, en más de una ocasión, y tal como pasó en Lollapalooza, los gritos contra el presidente José Antonio Kast.

En toda esa ruta, y tomando elementos que por momentos acercaron la noche a las formas de una ópera rock, aunque desde un relato mucho más libre y emocional, el acto siguiente tomó forma como una especie de enjuiciamiento colectivo que tuvo uno de sus momentos más especiales con "Liebre" y la recitación cada vez más punzante del guitarrista Luis Ávila.
Con la confesión íntima de que “el peso de estar vivo no se mide, ni cae sobre una balanza”, todo fue explotando al unísono con el público en esa proclamación por un lenguaje de los insectos “¡que hable con un lenguaje de las flores!”. Todo eso fue consolidando uno de los momentos más emotivos y viscerales de la noche.
Lo anterior también fue la antesala perfecta para lo siguiente: otro de los grandes himnos de la banda, la política "Pecado". Fue una canción que terminó por desordenar a la audiencia, impulsando un mosh en medio de ritmos ligados al ska, explosiones de saxofón y una energía desbordada que convirtió la cancha en un caos absoluto.
Cada proclamación de “Dios está perdido en una calle de Estación Central” golpeó con especial fuerza, reforzando esa mirada desencantada sobre un país atravesado por desigualdades, abandono y dobles discursos.
Tras la fuerza sonora y la declaración incómoda e insatisfecha de "Tierra Maldita", que golpeó sin tregua para seguir expandiendo las posibilidades sonoras de la banda, y la catarsis colectiva que representó la homónima "Deseo, carne y voluntad", la jornada principal cerró con un acto de Asunción que abordó la recta final del disco.
Ahí apareció el lamento resiliente de "Fracaso", reforzando el costado más poético y vulnerable de la propuesta, además de la extensa e intensa "Cáliz", antes de concluir con los créditos emocionales de "José", una especie de despedida que tuvo a Matías Ávila portando una máscara, cantando desde el público y avanzando hacia la cancha para terminar de consolidar el concierto como una experiencia total.

Claro que ese no fue el final. Con la banda ya en ropajes blancos que se cambiaron a mitad del espectáculo, Ávila finalmente se tomó un momento para interactuar con la audiencia, repartiendo agradecimientos y explicando que el espíritu colaborativo que impulsó la creación de su segundo disco fue clave para todo lo que le ha ocurrido a la banda durante los últimos meses.
En una recta final más relajada, el encore estuvo compuesto por algunas de las canciones de Ahora o nunca, el debut que la banda lanzó en 2023 y que, según reconoció el propio Ávila, en su momento no tuvo el impacto esperado. De ese modo, y manteniendo intacta la intensidad de la noche, la banda retomó el impulso con el primer y segundo Refugio, antes de detenerse brevemente ante los insistentes gritos que llegaban desde la audiencia.
Y claro, cambiando sobre la marcha el plan que traían preparado, Candelabro escuchó a sus feligreses y desató la canción más popular de su primer disco: la juguetona "Dedo Chico". El tema volvió a encender el recinto, impulsó otro mosh y multiplicó los saltos, mientras la banda sonreía arriba del escenario disfrutando una conexión que durante toda la noche se sintió genuina y total.
Ya poco después de unas canciones más, marcados entre sudor, neblina y el frío que cubría el Parque O’Higgins, una parte no menor del público debe haber abandonado el Teatro La Cúpula con la sensación de haber presenciado algo grande. Al menos yo salí con esa convicción.
Porque lo de Candelabro ya no se sostiene únicamente en la potencia de sus canciones o en la ambición conceptual de “Deseo, carne y voluntad”. Lo suyo también pasa por transformar sus conciertos en experiencias emocionales, físicas y colectivas.
Y en una noche donde la ansiedad, la culpa y el desencanto generacional se transformaron en una verdadera ceremonia catártica, la banda sin duda terminó consolidándose como el acto de rock en vivo más impactante y convincente que hoy por hoy existe en Chile.

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