Columna de opinión: Chris Cornell, el cielo está de fiesta

El universo se tiñe de rock. Aquel espacio donde la sonoridad de la música transita hacia la eternidad de las almas. Lugar que hizo de su obra un legado evocativo, nostálgico y trascendente, asociado a un desenlace doloroso e inexplicable.

Hoy caen lágrimas del cielo en la lluviosa Seattle, ciudad que esta semana celebra los 54 años de Christopher John Boyle (20 de julio, 1964), quien fuera el arquitecto del inolvidable cancionero que marcó a toda una generación.

Una obra que empezó a componer siendo un adolescente inspirado en las texturas de Led Zeppelin, The Beatles y Lynyrd Skynyrd. Durante 1984, formó Soundgarden para escribir una historia que lo transformó en mito dando paso a la leyenda.

Con un registro vocal único e irrepetible, consolidó un sello artístico que los transformó en piedras angulares del grunge. Distinción que junto a Nirvana, Pearl Jam y Alice in Chains, los catapultó como héroes de un movimiento que aglutinó el rock, metal, punk y funk.

Producciones como "Badmotorfinger" (1991), "Superunknown" (1994) y "Down up the Upside" (1996), consolidaron una trayectoria que tuvo en himnos como "Black Hole Sun", canciones que definieron el sonido de un músico dotado de una versatilidad interpretativa acorde a su genialidad.

Su carrera en solitario y participación en Audioslave, coronada con el histórico concierto en La Habana, Cuba, responden a la devoción que generó la imagen de Cornell en la música popular.

Sin duda, un artista que traspasó las fronteras del rock. Ojalá que estas 54 velas de Chris, sean las luces de tranquilidad que no encontró en la soledad de su lujosa habitación en Detroit. Un aire de esperanza y resurrección para un alma que supo encauzar su arte, pero jamás combatir su aniquilante depresión.

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