Con besos a Myriam y un coqueto agarrón a Vodanovic: el debut de Faith No More en Viña

Autor: La Cuarta

En el primer Festival de Viña en democracia, llamó la atención la presentación de los rockeros Faith No More, por entonces unas estrellas en ascenso. Considerados en el evento a última hora, estos llamaron la atención por su música ruidosa y su propuesta extravagante sostenida por el carismático Mike Patton. La trastienda de lo ocurrido, en el mes en que se cumplen treinta años, la lee en el diario pop.


Tres días antes de que la Comisión Rettig le hiciera llegar al presidente Patricio Aylwin, los tres tomos con los resultados de su investigación sobre las violaciones a los derechos humanos, ocurridos durante la dictadura militar, el ánimo en el país era otro. En ese primer verano con democracia, el Festival de Viña, convocaba al comidillo del país que poco a poco se acomodaba a un nuevo orden.

A tono con los tiempos, en 1991 el Festival presentó una parrilla acorde con la idea de un Chile que arrancaba una etapa diferente. En un acto de justicia, se invitó a Los Prisioneros -por entonces sin Claudio Narea-, quienes fueron ignorados durante los años duros de Pinochet en que los grupos argentinos, de laca y hombreras, se llevaron la mayoría de las invitaciones a los shows. Y por cierto, también el dinero y las groupies.

Jorge Gonzalez, en la revancha de Los Prisioneros en Viña 1991.

Además, en el cartel figuraron otros nombres en boga como la baladista Myriam Hernández -quien había publicado su segundo disco-, Chayanne, el dominicano Juan Luis Guerra (que reventaba los rankings gracias al éxito del álbum Bachata Rosa), el Puma José Luis Rodríguez, Ricardo Montaner, la mexicana Yuri, entre otros.

Pero si hay una actuación que pasó a la memorabilia pop, fue la del grupo Faith No More, quienes, pese al espíritu de apertura del certamen, evidentemente parecían fuera de lugar. Un momento tan notable como ridículo que dejó escenas para el anecdotario, amén de que en Viña, el rock nunca ha sido el convidado estelar.

Si bien, antes pasaron bandas como Europe o The Police, lo del grupo de Mike Patton era distinto. Se trataba de una propuesta musical que mezclaba rock pesado, funk y otros ritmos, no muy digerible a simple escucha. Más, con un frontman como Mike Patton, quien -con 23 años recién cumplidos- por entonces destacaba por su poderosa voz y la actitud irreverente en escena.

La historia cuenta que originalmente, el número “juvenil” del certamen eran los británico Level 42, quienes a pocos días de cantarle al “Monstruo” cancelaron su show. Con el tiempo en contra, desde la organización del certamen decidieron hacer la única jugada que les quedaba a mano: conseguir algún número del Rock in Rio, que se desarrollaba por esos días. Entonces surgió el problema ¿a quién traer?

Faith No More

Fue entonces que los organizadores se fijaron en el nombre de Faith No More. En buena parte, influyó la muy favorable crónica sobre el grupo que escribió el periodista Iván Valenzuela, quien los vio en Brasil.

“Yo publiqué una columna de Faith No More que era muy alabatoria. Y alguien lo leyó en Viña, un gallo que se llama Fernando Meza y me dice :‘Mira, yo asesoro a Juan Carlos Trejo, el alcalde de Viña ¿puedes ayudarnos? nosotros te remuneramos’”, recuerda Valenzuela en el documental Metal Gate: Monstruos en Chile, de Via X.

“Llamé a un amigo mío, que también era promotor de espectáculos y le digo: ‘Mira, me pasó esto’. Me dijo: ‘Hueón, no te metai’-sigue Valenzuela-. Vuelvo a Chile, y la gente de Televisión Nacional anuncia…que contrataron a Faith No More. Yo dije: ‘Estos hueones se volvieron locos’”.

Escupitajos a granel

La banda agendó dos presentaciones, como se acostumbraba por entonces. A las una de la mañana con 25 minutos del seis de febrero de 1991, Faith No More subió al escenario de la Quinta Vergara para cerrar la primera jornada de Festival (la del día 5). Antes que ellos, se presentó la brasileña Angélica, una animadora infantil que fue convocada por la organización en reemplazo de Xuxa, quien la descosió el año anterior. “Un bochorno gratuito, brindado por los organizadores”, escribió el crítico Ítalo Passalacqua en La Segunda.

Lo de Patton y compañía llamó la atención del siempre compuesto Passalacqua. Se trataba de un show raro para Viña, en que siempre destacó la balada romántica y algún número del momento. Pero esto era diferente. “Escupitajos a granel, garabatos en inglés para el animador, ante la entrega del trofeo de la paz -el nombre que tuvo la Gaviota ese año, debido a la Guerra del Golfo-, y, como si fuera poco, máxima agresión auditiva con decibeles lanzados sin ningún control, ni compasión”, escribió.

Mike Patton

Con un set de diez temas, la banda se concentró en el material de su exitoso álbum The Real Thing, el primero con Patton como vocalista. Así pasaron canciones como “Surpise! you’re dead”, “From out of nowhere”, y por cierto, su hit del momento, “Epic”.

A pesar de que a esa hora, el frío de la costa y el cansancio invitaban a la gente a retirarse, Patton se mostró travieso y juguetón. Al tocar su versión de “War Pigs” -original de Black Sabbath-, quiso hacer cantar al flemático Antonio Vodanovic, pero este no entró en el juego. Patton, optó por rugirle casi a la cara, luego se dirigió al centro del escenario y se lanzó al suelo mientras la banda tocaba a todo volumen.

Vodanovic también fue el involuntario protagonista de otro momento. Antes del tradicional bis, entró a escena junto a la coanimadora Paulina Nin, para entregar la Gaviota de Plata a Patton. Éste lo miró mientras el conductor desarrollaba su clásico palabreo. Fue entonces que con su mano derecha, el músico tomó la cara del Vodanovic, y mientras sostenía la Gaviota con la otra, lo besó en la mejilla izquierda. La gente gritó, y Paulina Nin no pudo contener la risa. La música para continuar con Faith No More, dijo Antonio, compungido. Mientras los animadores salen, Patton le dio unas palmaditas en el trasero a Vodanovic, como si nada.

Algunos repararon en la camisa celeste que visitó Patton esa noche. En la previa del show se la pasó el escritor Alberto Fuguet, para una sesión de fotos agendada por el Wikén de El Mercurio. “La tesis era, Mike Patton es el colegial chileno incomprendido”, rememora el autor de Tinta Roja en el documental ya mencionado.

A Fuguet también se le atribuye uno de los momentos épicos de la noche. “Como teníamos a Myriam Hernández de fetiche a este se le ocurre juntar el fetiche de Myriam Hernández con el fetiche de Mike Patton, y le escribe la frase: ‘Esta canción está dedicada a Myriam Hernández, mi amor”. Ante un público que atinó a reír sin saber muy bien por qué, Patton lanzó la frase con total convicción.

Al día siguiente, la actuación era comentada pero no precisamente por su buen nivel. “Final decadente con solista refregándose en el piso y el público poniendo ‘pies en polvadera’”, escribió Passalacqua. Mientras, en el Hotel O’Higgins, acaso la residencia no oficial del festival, una sorprendida Myriam Hernández reaccionó al inesperado homenaje del colegial incomprendido. “Lo encontré muy simpático, muy tierno de su parte”.

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