Por Paulo Quinteros“Matamos a MTV”: Los Bunkers cierran su ciclo acústico con una noche perfecta en la Quinta Vergara
En su concierto número 100, la banda transformó el rigor del MTV Unplugged en un espectáculo fluido y emotivo, marcado por invitados, momentos históricos y una conexión total con el público.

El 9 de octubre de 2024 estuve en Machasa, viendo en directo el MTV Unplugged de Los Bunkers. Fue una jornada especial desde el inicio, con arreglos precisos, colaboraciones que funcionaban sin fricción y un sonido que parecía medido al milímetro.
Pero más allá de eso, lo que marcaba la experiencia en vivo era la sensación de estar presenciando algo construido en tiempo real, bajo la mirada y dirección de Pablo Larraín.
En ese momento, nada ocurría completamente de corrido. La grabación avanzaba con pausas, repeticiones y ajustes. Algunas canciones se volvían a hacer desde cero, como si el objetivo no fuera solo capturar un momento, sino encontrar su versión definitiva. Ese ritmo fragmentado, casi quirúrgico, reflejaba la trastienda de un proyecto que buscaba precisión antes que espontaneidad.
De todo ese proceso no solo salió el especial televisivo, visto también en cines, sino también el cuarto disco en vivo de la banda. Y, casi como una consecuencia natural, vino después una larguísima gira acústica que tomó esa experiencia y la llevó a otro terreno.
A partir de ahí, los Bunkers recorrieron Chile, cruzaron a México, pasaron por teatros y también por escenarios masivos como el Movistar Arena, probando que el formato podía crecer sin perder su esencia.
Yo, en cambio, me fui quedando atrás. Compré entradas dos veces y en ambas ocasiones terminé regalándolas por trabajo. Mientras la gira avanzaba y sumaba fechas, mi vínculo con ese ciclo seguía detenido en Machasa, en ese origen fragmentado que lo había puesto todo en marcha.

Así pasaron los meses hasta que la gira alcanzó la noche de este viernes su show número 100. Y esta vez sí estuve ahí. En una Quinta Vergara llena, en Viña del Mar, viendo el cierre de un recorrido que ya no tenía nada de ensayo ni de búsqueda. Lo que antes había sido un proceso detenido y corregido sobre la marcha, ahora fluía completamente.
Pero lo más evidente no estaba solo en la precisión. También se notaba en la emoción. Sobre el escenario, Los Bunkers parecían conscientes de cerrar algo más que una gira. Había gestos, miradas y momentos que no estaban en la partitura, y que conectaban directamente con la historia que habían construido desde aquella primera jornada.
El círculo, finalmente, se cerraba ahí, en una estación final - la casa del Monstruo- marcada por la presencia de casi todas las canciones que dieron forma al álbum. Una noche en que la banda evidenció nuevamente un trabajo acústico sólido, con arreglos que funcionaron como una maquinaria perfectamente aceitada. Desde el comienzo, con “Miéntele”, nada sonaba improvisado, pero tampoco rígido: había una naturalidad que solo aparece cuando una fórmula ha sido probada una y otra vez sobre el escenario.
Esa sensación se reforzaba con la constante rotación de instrumentos. Ya en el segundo tema, “Yo sembré mis penas de amor en tu jardín”, las guitarras se cruzaban con panderos, teclados y juguetes musicales que iban sumando capas a la experiencia de ver a una banda desatada. De ahí que el resultado también estuviera marcado por un sonido robusto, lleno de matices, que creció sin perder nunca su raíz íntima ligada a la idea de un Unplugged.
“Estamos con un poco de pena, porque esta es nuestra última fecha. Pero igual estamos felices porque esta gira ha sido maravillosa, magnífica”, dijo a continuación Álvaro López, reflejando un estado anímico cargado de energía.
En ese escenario, y con el respaldo de una instrumentación que enriqueció tanto las canciones más antiguas como las más recientes de su repertorio, el primer gran momento memorable llegó tras la cuarta canción de la noche, “Bajo los árboles”.

Ahí, de frente a la mítica concha acústica, la banda se detuvo para hacer una suerte de balance de todo este ciclo. “El concierto que grabamos en MTV es el último Unplugged de la historia. Porque MTV ya no existe como lo conocíamos. Y este es el último concierto del último Unplugged. Matamos a MTV”, dijeron, invitando al público a abrazar esa última jornada. Y la gente lo hizo.
Desde ese punto, la noche tomó un vuelo sostenido. Interpretaciones tan potentes como el ya clásico cover de “El Necio” de Silvio Rodríguez, la riqueza sonora de “Calles de Talcahuano”, o el impulso que aporta Cancamusa en una canción tan celebrada como “Rey”, terminaron por consolidar un espectáculo sin puntos bajos.
En ese recorrido también quedó en evidencia no solo la versatilidad de Los Bunkers -sumando incluso instrumentos de viento junto a sus músicos invitados en el cover de “Let ‘Em In” de Paul McCartney-, sino también su capacidad para construir un flujo musical continuo y de alto calibre.
Ahí se notaba una narrativa sonora que, a diferencia del proceso fragmentado del especial dirigido por Pablo Larraín, avanzaba sin cortes, uniendo cada momento en un solo pulso acompañado por músicos como Carmen Ruiz, con su sombrero blanco y acordeón, Martín Benavides en el vibráfono y otros juguetes sonoros, o las cuerdas de Gregorio Madinagoitia.
Ya en el segundo tramo del concierto, que se extendió por cerca de dos horas y media bajo el frío de la Quinta Vergara, la intensidad no decayó. La incorporación del Cuarteto Austral -con violines, violoncello y viola- elevó la nueva versión de “Lluvia sobre la Ciudad”, mientras que la banda empujaba al público a ponerse de pie con el cover de “Quién fuera”. También hubo espacio para encender las luces de los teléfonos con “Ángel para un Final” y para un momento lúdico con la aparición, imitación incluida, del legendario Juan Carlos Bodoque en “Una nube cuelga sobre mí”. La respuesta del público fue total.

Pero el punto más alto llegó con la gran sorpresa de la jornada. En un gesto de reciprocidad tras su participación conjunta en Lollapalooza, Los Bunkers invitaron al escenario a Quilapayún.
Desde ahí, el concierto alcanzó un tono derechamente histórico: el cover de “La exiliada del sur” de Violeta Parra, el clásico “La Muralla” y un inesperado cruce con “Another Brick in the Wall” de Pink Floyd marcaron un bloque de alto impacto. Todo desembocó en “El pueblo unido jamás será vencido”, que, sin sorpresa, derivó en cánticos contra el Presidente José Antonio Kast.
En el tramo final, la banda volvió a sus himnos más reconocibles. “No me hables de sufrir” y “Miño” antecedieron la pausa del encore, tras la cual llegaron “La velocidad de la luz”, un guiño a “Un año más” de Tommy Rey y una versión en clave de cumbia de “Ven aquí”. La recta final tomó forma de celebración total con “Bailando solo” y el cierre en tono de fiesta con el cover de “Heart of Glass” de Blondie.
Y al final, desde mi experiencia desde el día 1 de todo esto, solo puedo decir que lo que comenzó como un ejercicio meticuloso encontró su forma definitiva en vivo. Sin pausas, sin repeticiones, sin segundas tomas. Solo una banda en control absoluto de su propio relato, cerrando un ciclo más volcado en la emoción que en el control. Y eso fue lo que forjó en la Quinta Vergara una noche realmente perfecta.
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