Polvo, sudor y lágrimas: La extenuante experiencia de ser un chico reality en Vecinos al Límite
De manera inédita Canal 13 abrió las puertas de las cuatro casas que a contar del 30 se marzo se tomarán la pantalla. Visitamos las dependencias, nos vestimos con sus ropas y hasta participamos en una competencia de lo que promete ser el proyecto más ambicioso de la señal del angelito.
Nunca he sido un seguidor de los reality shows, ni mi sueño ha sido participar en alguno de ellos. Por mi formación profesional sé que existen, más o menos de qué se tratan y algunos participantes, pero cuando a mis 16 años estrenaron Protagonistas de la Fama, yo no era de los que amaba a Ballero.
Hoy, con 39 años y con el género de los realitys convertido en una industria millonaria, me encuentro arriba de un bus junto a colegas periodistas y varios influencers camino a Calera de Tango, donde Canal 13 realizará la grabación de su nueva y más ambiciosa apuesta: Vecinos al Límite.
El nuevo programa, que debutará este 30 de marzo después de la final de Mundos Opuestos, es un esfuerzo sin precedentes para este tipo de programas en Chile, ya que para tener en pantalla más gente que nunca (cuatro equipos de 6 personas cada uno) se tuvo que gestionar la creación de un barrio de 4 casas donde los participantes tendrán que convivir para el deleite de la audiencia.
La locación, armada tras tres meses de trabajo, supone el regreso de la filmación de los programas en Chile, luego de un paso por Lima, y un plan a largo plazo para convertir a Chile en un verdadero hub de la TV de realidad.
Protagonistas de la Fama
Al llegar nos cuentan que el lugar no es ajeno a los realities y mal que mal podría convertir a la comuna en la Capital de los realities. No solo Canal 13 ha hecho proyectos anteriormente: la casona en la que fuimos recibidos fue usada en su momento como el cuartel de Pelotón.
Allí fuimos recibidos por Marcos y Nicolás Gorbán, padre e hijo de origen argentino y que son las mentes detrás del regreso de Mundos Opuestos y ahora, de Vecinos al Límite. El padre es productor ejecutivo del área en Canal 13 y el hijo productor audiovisual y figura encargada del manejo en terreno para que todo salga como un buen producto televisivo.
Allí nos cuentan cómo va a ser la experiencia que nos tocaría vivir, donde en estricto rigor, seríamos chicos reality por un día: nos probaríamos ropa, haríamos una ceremonia de selección de equipos, participaríamos en una competencia y luego podríamos visitar las casas del barrio para hacer contenido. Todo esto a días de la llegada de los participantes.
Para la producción seríamos parte de un ensayo general, donde los animadores Sergio Lagos y Karla Constant también estarían presentes y seríamos tratados tal cual ocurriría como si de verdad fuéramos a ingresar a la casa.
La primera polémica surgió antes de que siquiera comenzara la actividad, cuando a un grupo de influencers a los que se les había invitado a pasar la noche en el lugar se les avisó que no podrían hacerlo por un problema aún no resuelto con la habilitación de los servicios sanitarios de las casas-estudio.
Algunos estaban dispuestos aún a pasar la noche sin ducharse ni poder ir al baño para poder hacer el contenido y otros claramente no. Durante el día se tomaría la decisión final porque claramente faltaba mucho por vivir.
Bienvenidos al barrio
Después del almuerzo dejamos de ser invitados y nos convertimos en una parte más del plantel: se nos colocó el micrófono que portaríamos prácticamente todo el resto del día y se nos dieron las indicaciones de cómo sería la actividad. Así empezaba el modo reality.
Como es natural, rápidamente se armaron grupos por afinidades previas. Yo alcancé a notar unos dos grupos de influencers, entre los que estaban Max Araya y Harold TV, otro grupo de chicas “fit”, como Maura Bellagamba, el grupo de los “sub 40”, donde estaban los periodistas que venían de medios tradicionales, comunicaciones de Canal 13 y todos los alejados del mundo de las redes sociales, y por último yo, que si bien cuando ya me vieron demasiado apartado me integraron al grupo de los sub 40, prefería estar por mi cuenta, alejado, con la batería social en modo de ahorro.
La entrada al barrio donde se desarrollará el show fue ceremoniosa y meticulosamente planificada. Primero entraron los líderes, 8 en total repartidos en 4 equipos y luego iban pasando los participantes en grupos de mujeres y luego hombres. Esa parte fue sin duda la más aburrida del día y muestra lo bien que le hace la edición a proyectos como estos.
Al menos en lo que se refiere a los hitos, todo está preparado, mas no guionizado: que la puerta del barrio debía abrirse de 2 en 2, los planos se ensayan y preparan y la maquinaria televisiva anda a full. Lo que nunca se nos dijo es qué decir, solo qué hacer para que se viera bien en pantalla.
El objetivo es siempre mantener una distancia entre los participantes y lo que quiere la producción, que en realidad solo busca cosas básicas para transmitir un programa: que se vean los rostros, que nadie quede cortado ni fuera de foco y que todos se escuchen. Nada más.
Chile en cuatro casas
Entrar al barrio fue una experiencia muy extraña: desde fuera se alcanzaban a ver los techos de dos de las 4 casas de esta vecindad, pero dentro era otra cosa. En una superficie de 2.200 metros cuadrados construidos encontramos 4 casas, divididas en dos grandes estructuras pareadas, separadas por una calle que da hacia una rotonda y una plaza. En este barrio encontramos desde piscinas hasta decoraciones urbanas y, al igual que en Mundos Opuestos, cada casa representaba un cierto nivel de calidad de vida al cual aspirar.
La primera casa que uno ve sin duda es la casa lujosa, una estructura blanca e impoluta, totalmente moderna y sin duda la más cómoda de todas. Es la única con piscina privada y además, camas separadas por un velador. Cuenta en su interior con un jacuzzi, un refrigerador enorme, una cocina totalmente equipada y buena iluminación. Acomodada pero un tanto aburrida.
A su lado se encontraba pareada la casa temática, un poco menos acomodada pero bastante interesante. Luego nos contaron que esta casa cambiaría su decoración semana a semana, lo cual sería a veces bueno, pero otras, malo. En esta oportunidad, la casa tenía un tema de decoración antigua, y por lo mismo tenía más personalidad, como un hogar de clase media.
Cruzando la calle nos encontramos con una tercera casa, llamada la casa de los semaneros. Este espacio sería habitado por el equipo que durante la semana tendría que estar a cargo de la limpieza, mantención y tareas básicas del barrio. Una suerte de brigada de aseo y ornato. La decoración de este espacio es más bien industrial y cómoda, y adentro podías encontrar elementos como escobas, palas y un carrito para llevar cosas.
Por último, en el fondo del escalafón estaba la casa abandonada, un espacio dejado a la suerte, que parece haber sido ocupado por una banda punky. Llena de rayados, electrodomésticos viejos y hasta una pared sin terminar, es uno de los espacios en los que será difícil querer quedarse, sobre todo porque las camas parecen ser solo colchones y lo más importante, no hay duchas a la vista.
La elección de los hogares puede parecer estereotípica pero también son profundamente chilenos. La estética de la casa lujosa es la estética ostentosa del barrio alto, están presentes las construcciones de ladrillos de los barrios de clase media, la estética industrial minimalista de nuestras industrias que reprime la expresión individual y como espejo la casa abandonada pero que seguramente fue tomada como refugio por cientos de personas que viven en el margen de lo que la sociedad definió como aceptable. Incluso que la casa abandonada esté al frente y a una ventana de distancia del lujo de seguro que producirá uno de los sentimientos más chilenos: la envidia.
Selección natural
El desafío de la jornada sería crear los equipos y competir por el derecho de elegir en qué casa pasar. Sabiendo eso me coloco frente a los grupos y espero lo peor. Como no conocía a nadie, no tenía mucha fe de ser escogido y tal como me pasaba en el colegio cuando jugábamos fútbol, fui el último en el grupo en ser elegido.
Maura, la capitana, me pide que le muestre las manos para ver si eran las de un deportista y bueno, las manos solo dijeron la verdad: que no. Luego me preguntó para qué era bueno y tras una demora notoria en responder dije con una risa incómoda: “soy bueno para escribir”, quizás para no revelar que por dentro estaba aterrado por lo que venía. Pero bueno, ya éramos equipo.
Tras la elección, fuimos a ponernos los atuendos que nos identificarían como compañeros. Seríamos el equipo calipso. Si bien en el programa los equipos serán paritarios entre hombres y mujeres, este ensayo terminó conmigo en un equipo de cinco mujeres más: Maura, Sabrina, Pachy, Paula y Daniela.
Mientras el resto de mis compañeras grababa contenido, conversaba en torno a un cigarro o hablaba con otros colegas conocidos, yo pensaba en qué podía aportar al equipo: principalmente ser alto y no querer causar problemas. Más baja la vara, imposible.
A competir
Y si bien la competencia no tenía ningún incentivo material ni monetario, para darle un empujón de adrenalina necesaria al día me empecé a preocupar sobre la competencia y qué podía hacer para ganar.
Después de tener listos a todos los participantes con sus atuendos de colores, zapatillas especiales, rodilleras, casco, guantes y bien microfoneados, nos llevaron al campo de pruebas, que queda justo afuera del barrio, una explanada de tierra que es incluso más grande que el espacio mismo del reality.
Allí había unos autos abandonados que vimos al comienzo, unos montículos de tierra, zanjas, cuerdas y obstáculos varios, sacados de un entrenamiento militar o al menos de lo que mi mente se imagina cuando paso por eso.
Antes de que lleguen los animadores, nos hacen una explicación completa del circuito y de las reglas: la primera parte consiste en un circuito de trinchera donde, como si fuéramos topos, debemos pasar por una serie de obstáculos que nos obligan a agacharnos, correr, empujar, pasar por un túnel de lata y luego trepar para escapar.
Luego, tras reunirnos en uno de los autos, debíamos pasar por encima del techo para pasar a la siguiente etapa.
Allí, en un terreno baldío, nos esperaba una serie de jabas de bebidas, en las que tenemos que pararnos y usarlas como una especie de puente para cruzar el camino, sin tocar el suelo. La idea era que a cada equipo le sobraba una caja, la que debía ser pasada del fondo de la fila hasta el principio, colocarla adelante y así avanzar, paso a paso, caja a caja. Si alguien se caía en este camino, todo de nuevo.
Luego, el grupo que lograra llevar todos sus integrantes y sus cajas sobre una plataforma en elevación y lanzarlas a un pozo, ganaba la competencia.
La explicación me dejó mareado y asustado, sin saber si podía ser un aporte o no al grupo, sobre todo porque es una prueba que al principio sonaba muy física y al final requería de mucha coordinación y equilibrio: tres cosas de las que claramente carezco.
Como grupo empezamos rápidamente a discutir la estrategia, la cual puedo resumir en “Dejemos todo lo importante a Maura”, quien además de ser la capitana era sin duda la más atlética del grupo fuera del reality. Maura sería la primera en salir del foso para ayudar al resto a trepar y la que estaría al frente en la fila de cajas, dedicada a lanzar las jabas hacia adelante para ir saltando y hacer avanzar al resto.
Mi plan seguía en pie: molestar lo menos posible y hacer caso en todo. Con la estrategia ya lista, nos llaman a la pista porque la prueba estaba a punto de comenzar. Pero antes, para la tele, Sergio y Karla debían explicarnos qué estaba en juego. Claro, en la realidad se trata de una explicación que es más para el público que para nosotros, que ya teníamos claro el panorama, y para dar la oportunidad de que los equipos hablaran.
Terminada esa ceremonia, ya nos dispusimos a la competencia misma.
Jugamos como nunca
Pero antes de comenzar, había que tomar una decisión: por motivos del evento, quedaron dos equipos con 5 personas y dos con 6. Yo estaba en uno de los con 6 y había que tomar una decisión: eliminar a alguien para que no participara en la prueba o bien, participar con los 6 con la desventaja que eso significa para la carrera. Allí las líderes preguntaron si alguien quería irse de manera voluntaria y no les miento, yo quería decir que sí.
Pero no sé si motivado por la adrenalina del momento o porque de lo contrario no tendría nada de qué escribir, dije “yo quiero participar”. Y como nadie se quiso ir, usamos el comodín de autoridad y pedimos a las líderes que eligieran. Yo ahí respiré, ya que si no participaba no sería culpa mía y además, sería una muy buena historia. Pero primó la cordura y se tomó la decisión de que todos iríamos a participar, aunque significara más esfuerzo. Juntamos las manos y aplaudimos al mismo tiempo. Por primera vez y gracias a la competencia, ya estaba conectando.
A la voz de ¡ya! todo el orden en mi cabeza desapareció. Como verdaderos topos por la tierra, entré en modo supervivencia y el objetivo se convirtió en “ojalá no agotarme”. Con la boca llena de tierra y el atuendo cada vez menos calipso, empecé la ronda en lo que parecía ser un circuito hecho solo para cansarnos.
La peor parte fue sin duda el túnel de metal, donde debía pasar agachado pero preferí deslizarme en el piso, por un miedo irracional a quedarme atascado. Así llegué al embudo final, teniendo que ser ayudado para salir, obviamente.
Ya saliendo de la trinchera me doy cuenta de lo evidente: ya tres de mis compañeras estaban en el auto esperando, y los otros equipos avanzaban a paso firme. Me fui a ayudar al resto a salir más rápido (no sé si habrá servido) y lamentablemente nuestra última compañera de equipo iba última en la sección. Por suerte no demoró mucho en salir.
Saltar el auto fue fácil y de ahí, la famosa sección de las cajas. Si bien la instrucción era “no fijarse en el resto, ir con calma y terminar bien”, no podía evitar ir viendo cómo estaba el resto y tener una pequeña celebración cuando se caían y debían regresar.
La tarea de pisar las jabas comenzó con un poco de desorden pero rápidamente se convirtió en un ejercicio mecánico donde todos estábamos concentrados. Pero a mitad de camino, cuando la separación entre jaba y jaba ya se iba haciendo más, pasó lo que temí: perdí el equilibrio y me caí.
Y eso significa empezar todo de nuevo.
El equipo verde con eso ya tomó la delantera, y ahora haríamos lo mismo pero procurando dejar menos espacio entre jaba y jaba para no perder el equilibrio y mucha más concentración de mi parte. Afortunadamente no me volví a caer, aunque casi.
Allí fue cuando vimos al equipo verde en una jugada polémica, ya que una de sus participantes, la última en bajarse antes del montículo de tierra, al saltar, tocó el piso levemente, lo cual significaría que tendrían que haber vuelto atrás. Pero al parecer los jueces no lo vieron y siguieron adelante, lo que terminó consolidando la victoria.
Eso nos desconcentró un poco, pero seguimos adelante y sin cometer más errores, quedamos en segundo lugar. El equipo rosado sería el tercero y el amarillo (que en mis ojos era naranjo) quedó cuarto.
Drama en el set
Si hubiese sido el programa, nos habría correspondido la casa temática y además, habríamos estado inmunes durante una semana. Para mí, un resultado super satisfactorio pensando en lo mal que en mi mente pudo haber sido, pero no para nuestra líder.
En la ceremonia de los resultados hubo un conflicto entre Harold, líder de los ganadores, Maura, nuestra campeona calipso y Max, líder del equipo que quedó último.
Harold partió muy a la ofensiva, sacando un poco de pica con su triunfo, para luego ser acusados, tanto por Maura como por Max (y las murmuraciones del resto de los jugadores) de ese momento de trampa que comenté. Por supuesto que lo desconoció, lo cual derivó en una pelea que dejó el ambiente muy tenso entre Harold y Max.
Un momento que claramente habría elevado el rating del programa pero que para mí, era demasiado. Desconozco las agendas personales entre los grupos, considerando que sobre todo los influencers se conocían de antes, pero soy de los que se incomoda mucho al ver un conflicto aunque sea en TV y tenerlo a mi lado, en medio de la nada, todo sudado y con polvo aún en mi boca, terminó por agotarme por completo.
Como la vida misma
Después del show donde se peleó por resultados ficticios y premios que no íbamos a cobrar, pasamos tiempo en las casas del barrio, para ahora sí tomar fotos finales, hacer entrevistas e incluso reposar en ellas. La casa abandonada era la que estaba más terminada y por lo mismo, donde vi más gente conversando, tirándose en los colchones y descansando, como si fuera un mood de reality.
Lo interesante de todo esto es que toda la gente se soltó y empezó a conversar de todo tipo de cosas por casi dos horas, olvidándose de que tenían puesto el transmisor que, desde la central de transmisión, seguía captándolo todo.
La experiencia de estar en las casas es admirable porque logran parecer espacios reales y habitables, más allá de las concesiones que deben tomar por ser un show de TV. No sé quién tendría una ducha junto a una cocina y a plena vista del dormitorio, y el uso de espejos oscuros logra ocultar casi a la perfección a las cámaras que se mueven por pasillos entre las casas.
O cómo sobre las camas hay micrófonos perfectamente colgados, aunque cuando los notas no puedes dejar de mirarlos. O cómo al minuto de mirar el techo ves que está la iluminación necesaria para que el programa luzca bien en TV, entendiendo al fin el concepto de Casa-Estudio.
Pero volvamos a los micrófonos: seguramente quien me escuchaba se aburrió bastante, considerando que me dediqué a coordinar con el fotógrafo, hacer entrevistas y descansar, pero era cosa de parar un poco la oreja para escuchar cómo afloraba la conversación natural: escuché gente hablar de infidelidades, de sus trabajos, de Lollapalooza o de cómo ya querían irse para la casa (los mismos que hace algunas horas querían romper las reglas y quedarse a dormir en un espacio no habilitado para aquello pensando en el contenido).
Y una vez terminada la actividad, en el bus de vuelta, el comentario fue precisamente eso: lo fácil que es olvidarse de que uno está siendo observado aun cuando lleves un literal cable alrededor de tu cuello. En eso está la gracia de los realitys y me sirvió para entender cómo es que, a pesar de que siendo televisión hay muchos momentos que evidentemente son más preparados que otros, es posible mantener relaciones genuinas en pantalla porque la naturaleza social del ser humano puede más.
En una conversación posterior, Sergio Lagos, el papá del género en nuestro país, resumió el por qué a su juicio el género se sigue manteniendo vigente: “Hay alguien que gana, hay alguien que pierde y entre medio hay amor, hay historias, hay conflictos, hay rivalidades, hay celos. Es la vida misma”.
Volviendo a casa, ya con mi celular y todo de vuelta, mi postura frente a los realitys como producto no había cambiado, y sobre todo cuando lo más probable es que quienes participen allí sean de una generación aún más desconectada de mis amargos 40 años.
Pero por otro lado la fascinación que me produjo ver toda la gente que hay detrás de un proyecto así, la artesanía de los detalles, los ensayos para tratar de controlar lo incontrolable y la visión detrás de una forma de entretenimiento que ha perdurado por más de dos décadas en pantalla y que se niega a morir me hace entender lo fácil que es volverse un poco adicto a esto y al sueño de ser un chico reality.
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