Radiografía a los conciertos masivos en Chile: ¿estamos preparados?

En apenas un mes y unos pocos días, tres conciertos masivos —Lollapalooza en el Parque Bicentenario de Cerrillos, Ritual fest en Santa Laura y Metallica en el Club Hípico— desnudaron las falencias de una industria que parece seguir acusando el parón de la pandemia. Falta de recintos adecuados, filas interminables en los accesos y salidas, caos para canjear alimentos e inseguridad, son solo algunas de las quejas de los miles de espectadores, que lamentan una mirada aún aparentemente utilitaria.

Todo comenzó con una pregunta por WhatsApp:

[11:09 a. m., 23/4/2022] F: Viejo, no te interesa el festival ritual? se bajó Pablo Chill-e y mucha gente está vendiendo su entrada

[12:33 p. m., 23/4/2022] L: puta, hubiera ido, pero la verdad es que ando cero ganas

[12:40 p. m., 23/4/2022] F: Viejo, un buen concierto siempre viene bn

La verdad es que no, no tenía ganas ni lucas, pero bastaba con lo primero. Me hubiera gustado ver a Los Bandalos Chinos, es cierto, pero por lo que leí más tarde, en las columnas que se publicaron por la noche, no es muy difícil suponer que se trate de una banda a la que probablemente se le vea pronto de regreso. Como sea, unas tres horas y poco después, un nuevo mensaje me confirmó que tampoco era para dramatizar, y que incluso me ahorré un mal rato:

[4:22 p. m., 23/4/2022] F: Está la zorra

[4:22 p. m., 23/4/2022] F: Menos mal no viniste

[4:25 p. m., 23/4/2022] L: por qué?

[4:26 p. m., 23/4/2022] F: Hay tres filas wn y nadie sabe para q es cada fila

[4:26 p. m., 23/4/2022] F: La weá llegaba hasta Las Pipas de Einstein xdd

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Lo que resume F. en sus dos últimos mensajes fue apenas un primer aviso acerca del escenario que debió encarar buena parte del público que asistió el sábado recién pasado al Estadio Santa Laura. Allí, durante la tarde, se concretó el Ritual fest, concierto que logró reunir a algunos de los mayores créditos del rock indie argentino, como El Mató a un Policía Motorizado o Los Bandalos Chinos, y por cierto al fenómeno de su música urbana, L-Gante o, como aquí se le rebautizó, “el Marcianeke argentino”. Miranda! y los nacionales Ceaese, Soulfía, Camila Moreno, Boy Pablo y Paloma Mami completaron un cartel sólido, que pudo hacer frente a las repentinas ausencias de Pablo Chill-E, Harry Nach y Polimá Westcoast, quienes se dieron de baja unas pocas horas antes del espectáculo, acusando a la organización de “trato denigrante”. Pero la experiencia no fue completa: las presentaciones, por momentos, pasaron a un segundo plano. O al menos así lo describen algunos de sus espectadores.

“¿Puede hablarse de un buen concierto cuando el público tuvo que verlo en malas condiciones, cuando la banda sonó bien pero tú estuviste en riesgo y las condiciones de seguridad y sanitarias no eran las mejores?”, se pregunta Ignacio Lira, periodista y podcaster.

Y añade enseguida: “Para mí, no”.

Sus motivos, en la práctica, son contundentes. Explica, por ejemplo, que el recinto de Independencia dispuso de una carpeta plástica para cubrir la cancha y así resguardar la integridad del pasto mientras se llevaba a cabo el festival, pero que esa carpeta estaba rota por dentro. “Había unos tremendos forados donde podíai meter la pata y zafártela”, advierte. En su relato había, también, bloques, que parecían legos grandes y duros, a vista y paciencia de todos, casi como si se tratara de una invitación para agarrar y tirarlos. Finalmente menciona los accesos a los servicios básicos:

“Para mí no es menor ir a un concierto y que no podái tomar agua, que tengái que hacer una fila de hora y media pa’ comer, una hueá con sobreprecio o mal hecha, o con un sistema que no cumple con el mínimo: te dicen que es cashless, solo con tarjeta débito, pero después falló y te cobraba efectivo cuando la gente no tenía... todas esas cosas arruinan de verdad la experiencia. Y no son detalles”, acusa Lira.

“Sí, para comprar era una hora, hora y media”, convalida Alexis Paiva, reportero del diario pop, que estuvo el sábado en Santa Laura. “Hubo una pésima organización. La gente que atendía no sabía bien dónde se tenía que cobrar, dónde se tenía que retirar una bebida o la comida. Pero lo más complejo fue que al final, el piso para no dañar la cancha, parecía un lego. Yo iba caminando y los pedazos de plástico, hechos trizas, se me metían debajo de las zapatillas. Estaban rotos en pedazos pequeños y era súper peligroso…, imagina lo que podía pasar si alguien se cae”.

Los problemas de acceso, el descontrol y el caos a la hora de salir, sin embargo, son situaciones que no sólo se lamentaron en Ritual fest sino que también en cada uno de los últimos conciertos masivos realizados en nuestro país. Lollapalooza el pasado mes de marzo y Metallica este miércoles son tal vez las dos pruebas más contundentes. El festival concebido en 1991 por Perry Farrell este año se presentó por primera vez en el Parque Bicentenario de Cerrillos en desmedro del Parque O’Higgins, tras la polémica que sostuvieron su organización, Lotus Producciones, y el municipio de Santiago, y aunque en un principio parecía avanzar sin mayores fisuras, el primer gran traspié sobrevino al cierre: accesos estrechos, difíciles de transitar, sobrepoblación de vendedores ambulantes, falta de luz y seguridad que devino en actos de delincuencia.

“Tuve muchos problemas en Lollapalooza”, recuerda Patricio Pérez, periodista de LaRata. “Hasta para estacionar era terrible. Alguien que tenía los recursos para ir con toda la comodidad, igual iba a tener problemas a la salida e iba a ser un caos. Yo al menos tuve problemas los tres días, y pienso que eso bajó el nivel de expectativa de mucha gente que, después de esta experiencia, no va a querer volver”.

En el caso de Metallica, la segunda semana de abril el Instituto Nacional del Deporte (IND) comunicó definitivamente que los trabajos en las inmediaciones impedían que el Estadio Nacional recibiera el espectáculo, cuya fecha original era en 2020, retratando a la pasada una de las principales falencias que se perciben a la hora de concretar conciertos masivos en nuestro país: sin el coloso de Ñuñoa, prácticamente no hay lugar.

“Esto es como una mesa que tiene las patas justas, pero cuando una pata está cojeando, se nota al tiro”, propone Ignacio Lira. “La disponibilidad de lugares no ha cambiado en los últimos quince años; el último gran lugar que se agregó fue el Movistar Arena, y en esos mismos quince años, la oferta de eventos se ha multiplicado de manera exponencial, ¿cachái? Ha venido todo el mundo, conocimos los megafestivales, llegaron marcas como Lollapalooza, se instaló el festival Maquinaria, tuvimos eventos grandes como El Abrazo o el Vive Latino. Chile se convirtió en una plaza muy, muy activa con una cartelera muy nutrida, pero con los mismos tres o cuatro lugares. Entonces lo que tenemos es un déficit estructural”.

Dejando de lado al Estadio Nacional y el Monumental, en Santiago recintos como San Carlos de Apoquindo, Bicentenario de La Florida o Santa Laura permiten, como mucho, el ingreso de 25 mil espectadores y, para su uso, se debe de tener en consideración las fechas agendadas para compromisos deportivos, como veremos en un par de líneas. Más atrás vienen el Movistar Arena y Espacio Riesco. A eso apunta Lira.

De regreso a Metallica, sepultadas las opciones en Ñuñoa, en una operación relámpago DG Medios intentó llevar a James Hetfield y compañía precisamente al Estadio Monumental, pero la productora se estrelló contra otra negativa: ese mismo miércoles por la noche, Colo-Colo recibiría en el reducto de Macul a River Plate por Copa Libertadores de América. ¿Última opción? Preparar el Club Hípico para la ocasión.

Y claro, aunque la banda de Los Angeles finalmente pudo presentarse en suelo nacional, por cierto que las condiciones no fueron las adecuadas. En redes sociales se pueden hallar historias de todo tipo: filas interminables, accesos y salidas inseguros, personas con entradas en mano que no pudieron ingresar, algunos aplastados, fanáticos que hicieron uso de camiones, rejas y grúas para poder presenciar el show, un verdadero barrial en algunos sectores. Los lamentos también apuntaron al pobre control de seguridad y a que, como se preveía, no hubo respeto a los sectores de las entradas. De hecho, la tarde de este jueves el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac) anunció que oficiará a DG Medios, a cargo del concierto.

“Eso también habla del salto de calidad que no terminamos de pegar en nuestro país, y que nos pone más lejos de lo que significa la industria del primer mundo. Entonces, acá entramos en la dicotomía, porque ya tenemos los precios del primer mundo, pero no siempre el servicio está acorde. Hay una brecha. A veces el servicio es del tercer mundo, los precios son siempre del primero”, opina Ignacio Lira.

En esa línea Raúl Álvarez, editor de LaRata, sostiene que “la improvisación y el poco conocimiento de los recintos pasaron la cuenta. Si bien en el papel se pueden cumplir todos los requerimientos, tener a más de 30 mil personas en un lugar por largas horas requiere un reforzamiento extra de lo ‘mínimo exigido’. Las entradas en general en Sudamérica no son baratas y se entiende que la experiencia debería ser más completa. Uno esperaría que productoras de tal renombre tengan planes de acción”.

La pregunta que entonces surge, a propósito de lo que pasó con Lollapalooza, Ritual fest y Metallica en poco más de un mes, es la siguiente: ¿bajó la calidad de los espectáculos masivos en Chile en este “regreso” durante la pandemia?

“No suscribo a esa tesis, porque problemas como los que se están experimentando ahora también se han vivido antes. Lo que pasa es que quizás como estamos volviendo a los conciertos, le podemos estar poniendo más atención a la industria, pero esto ha pasado. No quiero decir que sea frecuente, porque tenemos muchos casos de eventos que salen muy bien, que funcionan, pero hemos tenido problemas importantes: en los accesos, en la seguridad, en los servicios básicos, en el transporte. Y creo que esto tiene que ver con una mirada de la industria que, en el fondo, se preocupa del concierto sólo desde la música, ¿cachái? Si la banda tocó bien, los hits y sonó decente, estamos listos. Pero esa es una mirada muy mezquina”, subraya Lira.

En tanto, según Patricio Pérez la mayor dificultad es que “para las productoras es como… ‘oye, agradezcan que estamos haciendo igual el recital’; se ponen en esa postura teniendo muy poca visión respecto de los problemas que pueden haber al respecto”. Y en particular arremete contra una: “Se sabe que Transistor y la gente que está detrás de esa productora, que ahora tiene otro nombre, hace actividades que tienen algún tipo de falencia a nivel de estructura, a nivel de sonido. En el caso de Ritual el problema fue a nivel de alimentación y los líquidos”.

Para cerrar, Lira cree que “es bueno tener más esta conversación en los medios. Si se muere alguien en una estampida, se cae una reja, qué sé yo, no se hablaría de otra cosa. La idea es levantar la preocupación antes de lamentar episodios graves”.

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