Un “fósil viviente”, amenazas y controversias: los secretos que esconde el Monito del monte

Monito del monte. ILUSTRACIÓN: César Mejías / @gatoncomic

Junto a la yaca y la comadrejita trompuda es de los tres marsupiales que viven en Chile. Sin embargo, este animalillo nocturno y arbóreo está mucho más emparentado con su grupo “hermano” de Australia, con canguros y koalas. Pero, ¿cómo?... Otra intriga es su inusual técnica para capear el invierno. Y además, hay desacuerdo de cuántas especies son: “Hay clara evidencia de que evolucionan independientemente”, dice uno de los investigadores a La Cuarta. “Pero cada uno piensa cómo piensa”.

A veces, la vida se muestra de noche.

Es una criatura que se mueve ágilmente por los árboles, en busca de los coloridos frutos del bosque. Sus ojos, grandes, captan la escasa luz de la luna y las estrellas; lo mismo que sus amplias orejas y puntiaguda nariz, claves para aprovechar su audición y olfato. Su cola prensil es casi del tamaño de su cuerpo, útil para afirmarse o cuidar su equilibrio en las ramas. Y sus manitas son muy hábiles, como si de un monito en miniatura se tratase, de tan solo unos 14 centímetros.

Sin embargo, poco tiene que ver el monito del monte con los primates, porque para encontrar el ancestro común entre nosotros y estos pequeñines habría que remontarse unos 130 millones de años atrás —según el biólogo británico Richard Dawkins—, a inicios del Cretácico, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

Sí, las personas y los monitos del monte son mamíferos, es decir, tienen glándulas mamarias. Pero, en esa lejanísima época, nuestros respectivos antepasados tomaron rumbos distintos. Unos se convirtieron en placentarios, o sea, desarrollaron una placenta donde el embrión pasa una buena parte de crecimiento (como nosotros); mientras que los marsupiales tomaron otro camino…

Monito de monte en la noche. FOTO: Francisco Fontúrbel

Su nombre proviene del latín que significa “bolsa”, el marsupio. Las crías de estos mamíferos salen de su madre apenas como unos embrioncitos rosados y minúsculos; y a duras penas se arrastran por el frondoso vientre de su madre, para introducirse en el marsupio, donde encuentran la mama que los nutrirá por meses, hasta salir crecidos al mundo.

En aquel pasado cretácico, la historia es borrosa. Se piensa que los marsupiales surgieron en el exmega-continente Laurasia (Norteamérica y Asia) y, antes de extinguirse en esa zona del mundo durante la gran extinción que acabó con los tiranosaurios y compañía, habrían alcanzado a extenderse hacia lo que ahora es Sudamérica, que fuera parte de la gran Gondwana, junto a África, Antártica, India y Australia.

Así, llegó un momento, hace unos 65 o 70 millones de años, en que los marsupiales, particularmente a través del orden de los microbiotéridos (Microbiotheriidae), se mandaron a cambiar para lo que hoy es la Antártida, que todavía no era invadida por el hielo. Más adelante, con los continentes aún en camino hacia sus posiciones actuales, esta hizo de “puente” con Oceanía. Al llegar a tierras australianas, este grupo tomó su propio destino: evolucionó hacia el orden de los diprotodontos (Diprotodontia), que actualmente están representados por una variedad de icónicas especies como canguros, wombats y koalas.

Ya hacia el pasado reciente, el paleontólogo argentino Osvaldo A. Reig (1929-1992), que también trabajó en Chile, se dio cuenta de que el monito del monte —que por aquel entonces se lo consideraba una sola especie— era el único sobreviviente de un grupo que, hasta ese momento se creía extinto: sí, los microbiotéridos, que serían tan antiguos como la Cordillera de Los Andes.

Hasta ese momento, “se pensaba que el monito del monte era uno más de los tantos marsupiales que hay en Sudamérica”, cuenta Guillermo D’Elia, investigador del Instituto de Ciencias Ambientales y Evolutivas de la Universidad Austral de Chile (UACh), a La Cuarta.

El trasandino Reig notó que este pequeño marsupial era el único representante vivo de este orden que, hace millones de años, fue muchísimo más diverso, al punto de que colonizó Australia a través de algún desaparecido antepasado.

“Por eso se dice que es un ‘fósil viviente’”, explica D’Elia. “No me gusta mucho porque es un término engañoso”, aunque “la intención cuando usan ese concepto es dar cuenta que representa un linaje que se creía extinto”.

Monito del monte sobre una rama. FOTO: Francisco Fontúrbel

Por decirlo de alguna manera, monitos del monte y canguros son parte de dos grupos “hermanos”, dice Julian Quintero, también investigador de la UACh, al diario pop. Ese cruce, a través de la Antártica, detalla, habría ocurrido durante el periodo Oligoceno, es decir, hace unos 30 millones de años.

Estos pequeños mamíferos chilenos, destaca D’Elia, “están más emparentados evolutivamente con los australianos que con el resto de todos sudamericanos, como lo son la yaca (Thylamys elegans) o la comadrejita trompuda (Rhyncholestes raphanurus)”. Y pone de ejemplo el caso de los seres humanos (Homo sapiens), que compartimos un “ancestro común más reciente con el chimpancé (Pan troglodytes) que con el gorila o cualquier otro primate”.

Tierra en disputa

Hasta mayo del 2016, se creía que solo existía una especie de monito del monte, llamado Dromiciops gliroides, recorriendo los árboles en bosques de Argentina y Chile, donde se lo encuentra entre el Maule y Chiloé, e incluso hasta la provincia de Palena, Región de Los Lagos.

Sin embargo, por aquel entonces, un grupo de investigadores liderado por el propio Guillermo D’Elia, analizó una serie de datos recolectados sobre este marsupial y encontraron “mucha variación morfológica” que “estaba estructurada geográficamente”, declaró él por aquel entonces. Se trataba de diferencias en el cráneo, dientes (molares) y orejas, las cuales calificaron como “sutiles, pero consistentes”.

En ese estudio, publicado en Journal of Mammalogy, propusieron que, en realidad, Gliroides incluía a otras dos especies más, a las cuales bautizaron Dromiciops mondaca y Dromiciops bozinovici, en homenaje a Fredy Mondaca, un funcionario de la Colección de Mamíferos de la U. Austral, y a Francisco Bozinovic, académico de la U. Católica y Premio Nacional de Ciencias Nacional de Ciencias Naturales (2020).

Sin embargo, actualmente ese campo estaría en disputa.

Monito del monte en el dedo de una persona adulta. FOTO: Francisco Fontúrbel

Francisco Fontúrbel, biólogo e investigador de la Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), hace hincapié en un estudio que publicó su colega Julian Quintero este año, el cual “confirma” a las especies Gliroides y Bozinovici; no así a Mondaca, que “no tuvo suficiente soporte molecular”, plantea a La Cuarta.

Sobre las dos primeras especies explica que “las diferencias son bastante sutiles en lo morfológico, e involucran el color del pelaje, el largo de la nariz y las proporciones del cráneo”. Eso sí, advierte “son importantes en lo genético”, en el ADN.

El autor de dicha investigación, Quintero, se refiere a Mondaca como una “subespecie”, porque sus indagaciones “la consideran como una unidad evolutiva, ya que “genéticamente no fue suficiente para diferenciarlas como especies”.

Pero reconoce que otros autores tienen una posición distinta. “Hay controversia todavía con eso”, declara. Sí hay consenso de considerar a Bozinovici como una independiente.

Monito del monte "bozinovici". FOTO: Roberto Néspolo

El propio Guillermo D’Elia defiende que son tres diferentes, y dice que las posiciones confrontadas se deben a “distintas perspectivas sobre los mismos datos”.

Como sea, las cambios entre estos dos (o tres) linajes habrían ocurrido durante el periodo Mioceno, hace unos 13 millones de años. Es decir, destaca Quintero, son mucho más “antiguos” que “las divergencias que han tenido los roedores, algunos micromamíferos que están en el Sur o los gatos que han encontrado”, como el colocolo (Leopardus colocolo), que hay quienes lo ven como tres especies independientes.

“Esas fechas que tenemos son estimados, no están datadas con un reloj”, advierte D’Elia sobre la antigüedad de estas separaciones entre los grupos. Sino que son “inferencias” realizadas al razonar: “Bueno, si se acumula tanta divergencia por millón de años, y vemos cierta cantidad de cambios, eso implica ciertos millones”.

Él cree que aún falta “refinar esas edades”, pero aún así “son muy antiguas, por lo tanto, Mondaca y Gliroides tienen divergencias de 9 millones de años”. Y nuevamente pone de ejemplo a los humanos y chimpancés, que se habrían separado hace entre 5 o 7 millones de años, y claro, definitivamente se los considera especies distintas. Aunque “obviamente que cada linaje tiene sus propias tasas, y lo que pasa en un grupo no quiere decir que se repita en otro”, matiza, “pero te da una idea”.

Monito del monte "gliroides". FOTO: Julian Quintero

Hay distintas definiciones de qué es una especie, pero, según D’Elia, en el presente estas se consideran como tal cuando “son linajes que evolucionan independientemente”.

Pero de la teoría a la realidad hay un buen trecho.

“Para mí, los datos que tenemos muestran que son divergencias muy antiguas”, por lo que “es imposible que sea poblaciones de la misma especie si se separaron hace millones de años”, remarca D’Elia. “Aparte hay diferencias morfológicas”, es decir, en la forma y estructuras de los individuos. A sus ojos, “hay clara evidencia de que evolucionan independientemente, pero cada uno piensa cómo piensa”.

Sean dos o tres especies, la razón que desembocó en la separación de esos “pudo haber sido por eventos de vulcanismo y de aislamiento geográfico”, plantea Quintero.

Si Mondaca llegase a imponer su singularidad, de inmediato se convertiría en una especie endémica de Chile, y de la Región de Los Ríos, es decir, que solo habita en ese lugar, a diferencia de sus parientes, que también se encuentran al otro lado de Los Andes.

El pequeño marsupial entre bambúes. FOTO: Jono Dashper

Un dormilón experto

Su apodo de “monito” no es gratis.

Pasan prácticamente todas su vida escalando y saltando entre los árboles; se los puede encontrar hasta a 30 metros de altura. Su cuerpo está adaptado para esa vida, e incluso cuentan con pulgares oponibles como los nuestros, que les permiten agarrarse con firmeza de ramas y troncos.

Allá arriba, muy activo durante primavera y verano, es un oportunista nato, al comer desde bichos a los frutos de unas quince especies nativas como el maqui, el arrayán, el olivillo, la murta y el quintral. De hecho, con esta última planta tiene una “relación estrecha”, explica Francisco Fontúrbel, “del cual es el único dispersor de semillas en el bosque valdiviano”.

Así, a través de su caca, el monito es un gran fletero de semillas (“de decenas a cientos por noche”) para distintas plantas. Esta cualidad sería parte de un vínculo que se habría cultivado durante millones de años entre el género de los Dromiciops y distintas especies vegetales.

El apetito de los monitos es voraz. Entre primavera, verano y otoño comen como todo lo que pillan para reunir reservas —en su cuerpo y cola— antes de los meses fríos. Y esa tarea se vuelve más ardua si tienen crías, lo que pueden ser hasta cuatro boquitas más que alimentar.

Toda esta energía reunida servirá para cuando el frío arremeta.

Dos monitos del monte en la oscuridad. FOTO: José Luis Bartheld

En ese periodo, llegan a disminuir su metabolismo en un 90%. La hibernación fue descubierta en mamíferos placentarios de Norteamérica, entre los osos, ardillas y marmotas. El monito, un marsupial, también practica este largo letargo invernal.

Pero no solo a eso, también hace sopor, que “son pequeños microsueños que tienen diarios o semanales”, explica Julian Quintero sobre estos “dóciles” animalillos. “Existen pocos mamíferos que tengan hibernación y sopor”, algo que “va de la mano con los Dromiciops, pero no todos los marsupiales hacen sopor”.

Durante estos períodos “se apaga la máquina”, comenta Guillermo D’Elia. El organismo se concentra en enviar sangre a los órganos vitales como el cerebro y el corazón, mientras otros tejidos simplemente se mantienen en un estado de no-congelación, a menos de 5 °C.

Muchos monitos del monte hibernan en grupo. FOTO: Roberto Néspolo

Hacen nidos de hojas, ramitas y musgo, donde suelen dormir en grupos de dos o más individuos, “que los ayudan a mantener el calor”, detalla Quintero. “Pero también hay algunos que hibernan solos”, agrega D’Elia, que suelen ser los de mayor edad.

Eso sí, se piensa que durante los períodos de letargo, permanecer en grupo no necesariamente sería tan efectivo para mantener el calor; por lo tanto, podrían ser más sociales de lo que aparentan.

Aunque “fuera de esos periodos” invernales, dice Quintero, “no se sabe cómo se comportan entre sí”.

Monitos del monte sobre el musgo. FOTO: José Luis Bartheld

El tránsito del letargo a la actividad les toma entre cuatro y seis horas, según el estudio La ecología y evolución del monito del monte, una revisión publicada en marzo del 2022. Ese proceso de “recalentamiento”, por medio de escalofríos, les significa un altísimo gasto energético, para alcanzar sus 35 °C acostumbrados, según los investigadores Carlos Mejías y Roberto Néspolo en El monito del monte: un campeón del ahorro energético (LaderaSur, 2020).

Cuando acaban los meses fríos, deben quedar con un saldo positivo de energía para iniciar con el apareamiento y la reproducción.

El ciclo arranca de nuevo.

Misterios que aún abundan

Durante años, se creyó que el monito era bastante más escaso de lo que es en realidad. Antes se usaban las trampas equivocadas y se las ponía en el suelo, siendo que estos marsupiales pasan la mayor parte de su vida en los árboles. Además, se ignoraba que en invierno prácticamente desaparecen por sus etapas de sopor e hibernación.

Se pensaba que era como pillar ratones.

Sin embargo, los métodos se han perfeccionado y, a través de la recolección de animalillos en distintos sectores, se tiene más información sobre la especie y su estado de conservación.

Monito de monte aferrado a una rama. FOTO: José Luis Bartheld

La clasificación de Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) se rebajó de Vulnerable a Casi Amenazado en 2008. “Las principales razones” para este cambio, explica Francisco Fontúrbel, “fueron el descubrimiento de más poblaciones y las altas densidades poblacionales encontradas al cambiar el método”.

Aún así, el investigador de la PUCV lo define como una animal “críptico” por “su pequeño tamaño y hábitos nocturnos, por lo cual es muy difícil de observar en vida libre”.

Si bien en la última década el conocimiento sobre el monito del monte “ha aumentado mucho y ahora entendemos mucho mejor varios aspectos de su biología”, todavía hay grandes incógnitas a resolver.

Para Guillermo D’Elia, “y me atrevería a decirte que la mayoría pensará lo mismo”, la prioridad es resolver si son dos, tres o, incluso, más especies de monito del monte. Con ese zanjado, vendría “definir las distribuciones”, porque, por ejemplo, “no es lo mismo si en Loncoche (en La Araucanía) está Bozinovici o Gliroides”.

Fontúrbel coincide en esa incógnita: “Sabemos muy poco de su presencia y estado poblacional en gran parte de su área de distribución”; por lo tanto, mientras hay lugares “bien estudiados”, de otras zonas “no sabemos nada”.

Monito del monte sobre una rama. FOTO: Ruta Chile

“Se sabe que el monito es un dispersor natural del bosque”, dice Julian Quintero sobre este marsupial que esparce las semillas. “Pero cada bosque tiene una característica que lo define, entonces no se sabe si entre el Bozinovici y el Gliroides hay diferencias del tipo de frutas que comen”, plantea en busca de nuevas diferencias entre especies.

Y es que de Bozinovici —que habita más hacia el norte— “no se sabe mucho sobre la ecología como hábitos, rangos de distribución y estado de conservación”, declara el investigador de la UACh, quien actualmente trabaja en esas incógnitas.

D’Elia insiste en definir bien cuántas especies hay: “Tiene también implicancias prácticas”, dice, porque, por ejemplo, si se considera a Mondaca un linaje independiente, “seguramente termina en peligro crítico de conservación”, porque solo se encontraría en los bosque de Valdivia; “cambiaría las perspectivas por razones obvias”, ya que “cuando tienes especies endémicas eres el único responsable”.

Luego, enumera una serie de preguntas que distintos investigadores podrían darle prioridad: “¿Qué pasa al nivel de los órganos y molecular cuando estos organismos entran en sopor y se ‘apagan’? ¿Cómo hacen para encenderse? ¿Cómo lo hacen para apagarse? ¿Es por una señal de la temperatura? ¿Qué pasa en el ambiente para que se apaguen? Tenemos ideas pero faltan estudios”.

Monito del monte bajo la luz del día. FOTO: Juan Luis Celis

Los contingentes cambios que viven estos marsupiales en sus hábitats también son un factor a investigar.

Una de las principales amenazas que enfrenta el monito es la deforestación, porque “los deja a aislados en remanentes de bosque cada vez más pequeños, entre los que no pueden moverse”, explica Fontúrbel, porque “necesitan de una estructura tridimensional”, no solo hacia los lados, también de arriba a abajo.

El otro gran peligro, claro, es el calentamiento global. De hecho, Quintero hace su posdoctorado sobre este tema: “Estoy buscando cómo van a comportarse las poblaciones del monito con los modelos del cambio climático”, para saber “la posible respuesta” del marsupial ante “temperaturas más bajas y altas” en base a su genética.

Al hibernar, “necesita un mínimo de días de frío al año”, remarca Fontúrbel, por lo que “tener inviernos más cálidos podría ser fatal para los monitos”.

Monitos del monte acurrucados. FOTO: Roberto Néspolo

Cuando este marsupial sale de un sopor o hibernación durante el invierno, el momento en que se “enciende” consume una alta cantidad de reservas de alimento. Y en los días más fríos prácticamente no hay comida disponible.

Por eso, conjetura Fontúrbel, si los meses invernales presentan “varios de estos eventos” de fríos y calores extremos, “haría que sus reservas de alimento no le alcancen hasta la primavera”. Pero no solo eso. Los veranos cada vez más “secos y calurosos se traducen en una menor producción de frutos en las plantas”, remarca, lo que “también impacta negativamente en sus reservas de alimento para la etapa de hibernación”.

Y mientras todas estas preguntas, discusiones y hallazgos transcurren, en pleno agosto, los monitos seguro ni se enteran. En el cobijo de sus nidos, convertidos en ovillos, como muertos pero no, esperan a que el invierno acabe.

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