Antojos de lluvia: Consejos para disfrutar de sopaipillas y cazuelas con responsabilidad
Con la llegada de la lluvia y el frío también llegan las ganas de comer productos que calientan el alma pero a la larga pueden ser dañinos.
Con la llegada de las bajas temperaturas y sobre todo con un fin de semana lluvioso, es normal que surja un aumento de ganas de querer comer preparaciones altas en calorías.
La necesidad de mantener la temperatura corporal, la menor exposición a la luz solar y el impacto de ello en nuestro estado de ánimo nos lleva a un incontrolable deseo de querer comer masas, dulces, chocolates y preparaciones contundentes. De allí que surjan tradicionales preparaciones como sopaipillas, calzones rotos, pastas y otras delicias que explotan durante el invierno.
Perla Valenzuela, académica de la carrera de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, explica que el aumento de los antojos tiene una base fisiológica que muchas veces pasa desapercibida. “El invierno genera cambios tanto en nuestro organismo como en nuestras rutinas. El frío aumenta los requerimientos energéticos para mantener la temperatura corporal y, además, la menor exposición a la luz solar puede influir en el estado de ánimo y en la regulación del apetito”, señala.
La nutricionista agrega que el cuerpo suele inclinarse por alimentos ricos en carbohidratos debido a un mecanismo asociado al bienestar emocional. “Los carbohidratos favorecen la producción de insulina, lo que facilita el ingreso del triptófano al cerebro para la síntesis de serotonina. Este neurotransmisor participa en la regulación de las emociones y se asocia a sensaciones de bienestar y satisfacción”, explica.
Uno de los principales desafíos es aprender a diferenciar cuándo el cuerpo necesita energía y cuándo la comida está siendo utilizada para responder a una emoción.
Según la académica de la UNAB, reconocer esta diferencia es fundamental para evitar excesos y desarrollar una relación más saludable con la alimentación. “El hambre real aparece de manera gradual y se manifiesta físicamente, por ejemplo, con sensación de vacío en el estómago o disminución de energía. Además, puede satisfacerse con distintos tipos de alimentos”, comenta.
En contraste, el hambre emocional suele tener características muy distintas. “Generalmente surge de forma repentina, está asociada a un alimento específico, como pan, chocolate o dulces, y se relaciona con estados emocionales como estrés, ansiedad, tristeza o aburrimiento. Incluso puede mantenerse después de haber comido lo suficiente”, advierte.
La buena noticia es que no es necesario prohibirse alimentos ni caer en dietas restrictivas para evitar los excesos. La clave está en adoptar hábitos que ayuden a regular el apetito y mejorar la sensación de saciedad, según asegura la profesional.
Evitar largos períodos sin comer: Mantener horarios de alimentación regulares es una de las recomendaciones más importantes. “Lo ideal es no pasar más de cuatro horas sin comer durante el día, porque llegar con hambre extrema al siguiente tiempo de comida aumenta el riesgo de consumir mayores cantidades y elegir alimentos más calóricos”, sostiene la nutricionista.
Priorizar proteínas y fibra: Las comidas que contienen proteínas, fibra dietética y grasas saludables generan una mayor sensación de saciedad. “Incluir legumbres, huevos, lácteos semidescremados, carnes magras, cereales integrales y verduras permite controlar mejor el apetito y prolongar la sensación de satisfacción después de comer”, afirma.
Mantener una adecuada hidratación: Aunque suele asociarse al verano, la hidratación también es fundamental durante los meses fríos. “Muchas veces la sensación de sed puede confundirse con hambre. Mantener un consumo adecuado de agua durante el día ayuda a regular mejor las señales corporales”, explica Valenzuela.
Identificar el origen del antojo: Antes de acudir al refrigerador, la especialista recomienda preguntarse qué está provocando realmente el deseo de comer. “Si el antojo responde a una emoción, puede ser útil recurrir a otras estrategias como caminar, conversar con alguien, realizar ejercicios de respiración, practicar meditación o simplemente descansar”, indica.
No demonizar los alimentos: Uno de los errores más frecuentes es clasificar ciertos productos como prohibidos. “Restringir excesivamente alimentos como el pan o los dulces puede generar más ansiedad y aumentar los antojos. Una alimentación saludable debe ser flexible y permitir espacios de disfrute”, enfatiza.
El componente emocional también tiene un papel relevante en los antojos invernales. El estrés laboral, las preocupaciones cotidianas o incluso el aburrimiento pueden desencadenar deseos intensos por alimentos ricos en azúcar y grasa.
“El estrés aumenta los niveles de cortisol, una hormona que puede estimular el apetito. Por otro lado, el aburrimiento puede llevarnos a comer simplemente por costumbre o para entretenernos”, comenta la experta. Por ello, recomienda incorporar herramientas de manejo emocional que no estén centradas en la comida. “Practicar ejercicios de respiración, meditación, actividad física suave o simplemente dedicar tiempo a actividades recreativas puede ayudar significativamente a disminuir este tipo de conductas”, concluye.
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