Crítica de cine: Backrooms, una idea que no basta y termina perdida en sí misma
La adaptación de un popular fenómeno creepypasta construye momentos genuinamente inquietantes y una potente atmósfera liminal, pero nunca logra transformar su perturbadora premisa en un relato capaz de sostener un largometraje completo.
La tendencia de las películas creadas para atraer a las nuevas generaciones ya está completamente instalada.
Los cines cada vez más se llenan de producciones armadas con escenas que funcionan como reels, diseñadas para sostener el deteriorado nivel de atención contemporáneo, o con imágenes pensadas para compartirse en redes sociales como reflejo directo de la obsesión actual por la viralidad.
Aunque aquello no es necesariamente algo negativo por sí mismo, el problema aparece cuando el trabajo cinematográfico no logra acompañar esa propuesta. Es decir, en demasiadas ocasiones el foco termina puesto en momentos aislados o estímulos visuales que poco tienen que ver con la construcción narrativa de la película.
En ese contexto, Backrooms es una película plagada de imágenes desconectadas entre sí, algo que responde directamente a su origen ligado al creepypasta y a la popularidad que tiene entre las nuevas generaciones la estética de los espacios liminales: lugares vacíos, artificiales y extrañamente familiares que despiertan incomodidad precisamente porque parecen existir fuera de la lógica normal.
Con lo anterior en cuenta, y sin entrar en demasiados detalles, esta nueva obra de A24 presenta una situación extraña: en el subterráneo de una tienda de muebles en crisis existe una pared que funciona como entrada a un espacio aparentemente infinito, formado por un sinfín de habitaciones interconectadas que desafían toda lógica.
Ahí nos encontramos pasillos impersonales, oficinas vacías, objetos fuera de lugar y entidades difíciles de explicar construyen un escenario constantemente inquietante.
En ese entorno, la historia sigue al jefe de la tienda, un hombre marcado por su reciente separación interpretado por Chiwetel Ejiofor, quien un día termina topándose con un lugar que poco a poco comienza a atrapar su atención y vida.
A lo anterior también termina sumándose su psicóloga, encarnada por Renate Reinsve, quien también arrastra traumas familiares propios.
A partir de ahí, la película evita entregar respuestas directas sobre esa otra realidad y apuesta por construir una sensación constante de tensión apoyada en silencios, vacíos y la expectativa de que algo horrible aparecerá en cualquier momento.
A pesar de que aquello funciona durante varios pasajes, las revelaciones terminan inclinándose demasiado hacia explicaciones propias del creepypasta, mezclando en el camino culpas, traumas subconscientes y terrores que reflejan conflictos humanos muy reconocibles.
En todo ese proceso, el joven director Kane Parsons -quien todavía no supera los 21 años y previamente realizó los cortometrajes virales de Backrooms en YouTube- demuestra una capacidad para manejar la tensión y jugar constantemente con las expectativas del espectador.
Sin embargo, la película jamás logra escapar de la sensación de que esta idea funcionó mucho mejor en relatos breves de entre ocho y quince minutos. Y ese no es un problema menor.
Por supuesto, más allá del interés que despierta su premisa, lo que realmente pesa es que Backrooms se siente excesivamente larga al intentar analizarla, acumulando además secuencias que ralentizan demasiado el ritmo y termina entregando respuestas que se perciben más como justificaciones improvisadas que como una narrativa verdaderamente desarrollada.
Inevitablemente, aquello forja una máxima: la idea base acá termina siendo mucho más potente que la película misma.
Esa misma situación también refuerza la sensación de que Backrooms funciona mejor como una experiencia atmosférica que como un relato cinematográfico tradicional. Y, en consecuencia, también funciona mejor como concepto, como imagen o incluso como meme creepypasta de internet, que como una película propiamente tal.
Eso probablemente explica por qué las secuencias más efectivas son aquellas en donde la narrativa desaparece casi por completo y la cámara simplemente se dedica a recorrer esos espacios imposibles, silenciosos y artificiales. Ahí es donde la propuesta realmente encuentra algo inquietante, jugando con la sensación de estar atrapado en un lugar que parece reconocible, pero que al mismo tiempo se siente completamente incorrecto.
El problema es que cada vez que la película intenta explicar demasiado, profundizar en sus personajes o darle una lógica emocional concreta a lo que ocurre, parte importante de esa incomodidad comienza a derrumbarse. El misterio pierde fuerza, el terror se vuelve más convencional y la experiencia termina dependiendo más de promesas que de verdaderos golpes narrativos.
Inclusive da la impresión de que Kane Parsons entiende mucho mejor cómo construir momentos aislados de tensión que cómo sostener un largometraje completo. Y eso no necesariamente es una condena para su carrera, porque su manejo visual y atmosférico es evidente, pero sí deja claro que todavía existe una distancia importante entre realizar cortometrajes virales y construir una película capaz de sostener su propia ambición.
Por eso mismo, si alguien me preguntara finalmente si Backrooms termina siendo una buena o una mala idea, probablemente me remitiría al meme de Marge Simpson para responder que “es una idea y basta”. Claro que también queda la sensación de que la película llega a su fin justo cuando ya no sabe muy bien qué más hacer con ella.
Backrooms ya está en cines a partir de este 28 de mayo.
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