Por Paulo QuinterosCrítica de cine: El Heladero, una película con sellos de alto en gore y alto en imbecilidad
Eli Roth desata una absurda carnicería protagonizada por niños, helados y litros de sangre en una comedia de terror que consigue algunas carcajadas con su violencia, pero nunca logra esconder la pobreza de sus ideas.

Es fácil pegarle a El Heladero, ya sea por la baja estofa de la dirección de Eli Roth, sus pésimas actuaciones protagónicas, un tono que salta para todos lados o, simplemente, por la tontera de una premisa que desde el comienzo pide dejar el cerebro en la puerta.
De partida, su historia sigue a Jared, un niño intolerante a la lactosa que sospecha de un misterioso heladero que recorre su barrio. Y sus días se confirman cuando los niños que comen sus productos - básicamente gran parte de su pequeño pueblo - caen bajo un extraño trance y se transforman en pequeñas máquinas de matar adultos.
En ese camino, la película nunca oculta que su principal objetivo es crear gore desquiciado. Básicamente, toma aquella secuencia sobre el ojo de la mujer asiática de la primera Hostal de Roth y la convierte en una película de alrededor de 90 minutos.
Por supuesto, el gore puede ser glorioso cuando existe ingenio detrás, pero aquí rápidamente se vuelve bobo. Roth busca sonrisas con violencia infantil llevada al absurdo, como una secuencia en donde dos cabezas son aplastadas mientras un grupo de niños en trance juega tranquilamente sobre un balancín, pero el manejo general queda disperso.
Peor aún, todo se siente tonto, ridículo y, en varios momentos, derechamente idiota. No porque su premisa sea absurda, ya que eso puede ser parte de la gracia, sino porque la película confunde constantemente lo deliberadamente estúpido con lo simplemente mal resuelto.
De ahí que el “azúcar” que agrega en exceso El Heladero perfectamente podría entregarle dos sellos de advertencia: Alto en gore y Alto en Imbecilidad.

El problema es que dicha mezcla, por mucho que Roth busque abrazarla sin ninguna vergüenza, rara vez está bien manejada. Gran parte de la culpa recae en una historia que no solo es ridícula, sino también previsible, mal conducida y carente de suficientes ideas propias para sostener algo más que su siguiente festival de vísceras.
Basta mirar al Heladero, un villano sin demasiado carisma que parece una mala mezcla entre el Flautista de Hamelin y Freddy Krueger. Peor aún es cuando explican su pasado para justificar un vendaval donde cuerpos son mutilados y niños actúan como demonios sacados de un viejo dibujo animado de los años 30 creado por los hermanos Fleischer.
Roth intenta instalar, en medio de toda la sangre, ideas sobre los errores de los adultos, la traición y las consecuencias que terminan pagando otros. El problema es que el subtexto está tan pobremente desarrollado que parece una excusa tardía para intentar darle sentido a una carnicería que nunca lo necesitó.
El Heladero probablemente consigue algunos momentos rescatables de sangre, tripas, muertes absurdas y niños haciendo barbaridades. Lamentablemente, el problema es todo lo que existe entre medio.
Sí, puede sacar algunas risas incómodas por lo burda que llega a ser, pero ni siquiera su montaña de gore consigue esconder una ejecución narrativa y cinematográfica bastante pobre. Mucho menos su elevado nivel de estupidez mal concebida.
El Heladero ya está en cines.
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