Por Paulo QuinterosCritica de cine - Kill Bill: The Whole Bloody Affair y el encanto de su épica desbordada de larga duración
La versión íntegra ideada por Quentin Tarantino supera las cuatro horas, suma leves cambios de montaje y elimina el cliffhanger central, pero su mayor virtud es restaurar la experiencia original como una única y contundente película.

Kill Bill: The Whole Bloody Affair no es una simple curiosidad para completistas o la ballena blanca que muchos persiguieron desde que escucharon hablar de ella tras una presentación especial en Cannes, realizada solo un par de años después del estreno de los volúmenes originales.
Sin ninguna doble lectura, simplemente es la versión original de la historia, concebida como una sola obra por Quentin Tarantino. Por supuesto, aquello fue antes de que la película fuera dividida para su estreno comercial por desgracia de ese criminal condenado llamado Harvey Weinstein.
Con más de cuatro horas y 30 minutos de duración, y un intermedio de 15 minutos justo donde tradicionalmente se separan el Vol. 1 y el Vol. 2, la experiencia de vivir esta obra maestra del director finalmente en pantalla grande por cierto es algo extenuante.
Pero, al mismo tiempo, también es coherente en su verdadera condición de ser una única sinfonía de venganza.

De partida, la estructura de esta versión única incluye la pausa formal tras la muerte de O’Ren Ishii, y el posterior encuentro entre una mutilada Sofie Fatale y Bill.
En términos de montaje, las diferencias son menores y la historia es prácticamente la misma. Por ejemplo, entre los cambios más llamativos está el combate en la Casa de las Hojas Azules contra los Locos 88, el cual aquí recupera su color original, dejando de lado el blanco y negro que fue impuesto para suavizar la violencia y obtener una calificación cinematográfica más accesible.
En ese sentido, como aquí la sangre vuelve a ser roja, la secuencia se siente más brutal y estilizada a la vez, reafirmando el tono operático que siempre tuvo la historia de La Novia.
En el camino también hay planos extendidos, junto a pequeños añadidos de pelea y desmembramiento que enriquecen la notable coreografía del maestro Yuen Woo-Ping (El Maestro Borracho, The Matrix). Todo lo que antes vimos, aquí se siente reforzado y apabullante para nuestros sentidos.
Además, el primer segmento sigue incluyendo la animación que relata el origen de O-Ren, pero también suma una secuencia extendida inédita y más crudeza en el camino, presentando una estilización anime que alcanza un nivel aún más crudo y espectacular.

Otros cambios son más discretos, ya sea por ajustes de ritmo, algún plano extra - incluyendo un par para el loco 88 más joven que termina recibiendo nalgadas con la vaina de la espada - o más violencia explícita. Pero, en general, nada altera radicalmente la historia.
Sin embargo, lo más notorio es que en esta versión no existe la línea de diálogo del final del volumen 1, en la que Bill revela que la hija de La Novia está viva. Al eliminar ese componente, desaparece no solo el gran cliffhanger del final de aquella primera parte, sino que también cambia la experiencia del espectador con la segunda parte de la historia.
Como en esta ocasión no hay necesidad de sembrar un gancho para una “segunda parte”, la narrativa simplemente fluye como parte de una sola continuidad. Sin ese gancho de “continuará...”, el último acto de la película se experimenta de una forma aún más catártica.
Y es que sin esa gran revelación, la posterior escena con el verdadero destino de B.B. termina actuando como una verdadera sorpresa que cambia el objetivo final de Beatrix. Al extraer la revelación, sin duda se refuerza aún más la idea de que finalmente la Novia pelea para sobrevivir para una nueva vida y no solo cobrar venganza por aquello que le quitaron.

Solo por ese detalle, el resultado es una película que respira distinto y el cambio entre ambos segmentos de la historia termina sintiéndose más como una evolución natural que como un gimmick que marca el cambio de tono entre el espectáculo estilizado de Japón y el ajuste de cuentas más oscuro y personal del western con elementos chinos.
Por eso la gran gracia de The Whole Bloody Affair no está en la cantidad de sangre añadida ni en los minutos extra. Está en la oportunidad de presenciar la intención original proyectada con todo y su acumulación de referencias, incluyendo por supuesto al siempre llamativo trabajo en el apartado musical comandado por Tarantino.
Todo eso refuerza que Kill Bill no se concibió originalmente para ser dos películas encadenadas, ya que su objetivo original era ser una sola épica continua y desbordada. Aquí por fin se siente y se vive exactamente así.
Kill Bill: The Whole Bloody Affair llega a los cines chilenos este 19 de febrero.
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