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Crítica de cine: Marty Supreme y el juego contra la fórmula

Una película deportiva que renuncia a la épica clásica para construir, a través de un protagonista detestable y obsesivo, una caída constante que desafía las fórmulas del género y la comodidad de las audiencias.

En el mercado actual del cine es habitual toparse con películas que no se arriesgan y apuestan a la segura. Los grandes estudios utilizan el marketing y los algoritmos de sus propias fórmulas para ganar la carrera incluso antes de que esta se dispute, asegurándose supuestos éxitos garantizados. Algunas veces les resulta a la perfección. En otras ocasiones condenan al espectador con películas que merecen la tarjeta roja.

En ese sentido, y solo por dar ejemplos habituales, muchas películas románticas no salen de sus moldes conocidos hasta el hartazgo. En tanto, las producciones de superhéroes apuestan a explotar la teleserie infinita de universos cohesionados, vendiendo una falsa ilusión de novedad bajo el pretexto de explorar nuevos géneros. Ni hablar del cine deportivo, que suele replicar estructuras ya conocidas, ejecutando una y otra vez la misma jugada.

Marty Supreme, sin embargo, no sigue esa lógica. Lejos de abrazar el manual clásico del cine deportivo, la película subvierte sus códigos más reconocibles y se apoya en un recurso que funciona como un arma de doble filo: un protagonista abiertamente detestable. Marty asegura ser el mejor en lo que hace, pero su comportamiento constante sugiere que quizá no es más que un vendedor de pomada convencido de su propio mito.

Ese riesgo, que en manos menos hábiles habría sido su condena, se convierte aquí en su principal virtud para profundizar no solo en temas como el perfeccionismo o el narcisismo, sino también en la avaricia, el genio y la idea de que el juego del dinero siempre arruina al deporte.

En lugar de buscar empatía fácil o redención prefabricada, Marty Supreme obliga al espectador a convivir con un personaje bravucón e incómodo, erosionando la épica tradicional del género y cuestionando la idea misma del triunfo, el mérito y la admiración automática que suelen rodear a casi todo lo que se hizo después de la historia de Rocky Balboa.

Al centro de todo está un gigante Timothée Chalamet. El actor entrega, con holgura, el registro más desafiante y corrosivo de su carrera, construyendo a un protagonista deliberadamente detestable que está en el polo opuesto del querido semental italiano de Stallone. Su Marty toma malas decisiones de forma sistemática, cruza límites éticos sin pestañear y comete errores que rozan y, generalmente, cruzan al terreno del crimen.

En todo eso, Marty, un judío que reniega de la seguridad aburrida de un negocio familiar de zapatos, no solo se sabotea a sí mismo, sino que también arrasa con cualquiera que se le acerque o dé señales de afecto hacia su figura. Aquello lo concreta movido por una obsesión única: convertirse en el primer gran jugador de tenis de mesa estadounidense de la historia.

Dicho objetivo lo persigue cueste lo que cueste, aun cuando, en plena década de los cincuenta, nadie toma en serio lo que hace. Peor aún, en su búsqueda del camino al éxito, estafa para sustentar sus gastos y toma trabajos que solo explotan su condición de showman, alejándose por completo de los valores de los ídolos deportivos.

En todo lo anterior, Marty Supreme no responde al ciclo clásico de auge, caída y redención que define a las películas deportivas. No hay épica ascendente ni aprendizaje reconfortante. Aquí estamos frente a una caída constante, una pendiente que nunca se estabiliza y que convierte el relato en algo más cercano a una tragedia moderna que a un cuento inspirador.

De hecho, en su búsqueda de validarse, el deporte para Marty no es un camino hacia la salvación, sino el combustible que solo acelera su autodestrucción.

Otro elemento importante es que el trabajo de Chalamet se ve potenciado por un elenco de secundarios que funciona constantemente como una fricción. Cada personaje importante que orbita a Marty aporta una capa emocional distinta, que va desde la frustración y el rechazo hasta la dependencia y la ambición. En conjunto, el quiebre en todas las relaciones sostiene el relato y amplifica el desgaste emocional, que rara vez da respiro.

Ese efecto también se refuerza gracias a un ritmo frenético que impulsa a la película de principio a fin. Las secuencias de tenis de mesa están filmadas con precisión y energía, pero el verdadero pulso se encuentra en la vorágine que domina el segundo y tercer acto, cuando Marty intenta, de forma infructuosa y cada vez más desesperada, conseguir el dinero que le permita viajar a un torneo en Japón. Es ahí en donde todo lo que hace refleja su ansiedad patológica.

En todo el recorrido de su subversión, Marty Supreme logra su mayor milagro al final del recorrido. Aunque durante buena parte del metraje se nos entregan todas las razones posibles para no ponernos de su lado, la película consigue situar a Marty en un punto donde es posible hacerle barra.

No porque deje de ser una mierda de persona, ni porque se redima haciendo lo correcto. Menos porque el resultado de un partido lo cambie. Por el contrario, entendemos el vacío que lo empuja y nos queda claro que lo único que termina dándole sentido no es, ni de cerca, un triunfo tras golpear una pelota con una paleta.

Y en su gesto final, Marty Supreme se aleja del cine deportivo tradicional marcado por las victorias en el terreno de juego y se convierte en otra cosa: un estudio de personaje disfrazado de película de competencia que incomoda y, contra toda lógica, termina atrapándonos hasta el último saque.

Sin fórmulas ni jugadas preparadas, la película asume el riesgo de incomodar, incluso de ser rechazada por redes sociales hasta por razones ajenas a lo que realmente propone. Pero al menos ese es un partido que el cine, como industria, parece haber perdido hace rato por su propia enajenación de las audiencias. Y lo bueno es que Marty Supreme decide jugarlo igual.

Marty Supreme ya está en cines.

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