La historia del neurocirujano que quería trasplantar cabezas humanas

Robert J. White fue un renombrado especialista. Pero sus experimentos en animales, y sus objetivos de operación en personas vivas, marcan a su figura.


La labor y los avances de Robert J. White, un neurocirujano que nació en 1926 en Estados Unidos, han sido la base de historias en la ciencia ficción. Mal que mal, parte de su labor en la medicina se enfocó en una tarea que ha sido parte de más de una película: el trasplante de cabezas.

Los Archivos X: Quiero Creer, la segunda película de la popular serie de televisión, se enfocó en ese tema.

Presentando a un equipo médico de Europa del Este que buscaba preservar con vida a un tipo cuya cabeza tenía que ser trasplantada a un nuevo cuerpo, aquella producción lo acreditó como consultor médico.

Pero su trabajo no fue ficción, fue real. Al igual que sus avances a la ciencia que hasta el día de hoy perduran. No por nada el científico desarrolló procedimientos que hasta el día de hoy se usan para salvar a pacientes que han sufrido ataques al corazón. Fue una labor que inclusive lo llevaron a rondar el Premio Nobel.

Pero aquello nunca tiene el foco cuando alguien habla de White. Ya que en paralelo a esos avances sobre el cerebro humano, el especialista también desarrolló cientos de experimentos para lograr el trasplante de una cabeza.

Los experimentos del Dr. White

En una entrevista del año 2009, un año antes de su fallecimiento, White explicó que su interés en el cerebro humano se gestó en su juventud.

Durante una clase de biología en su escuela preparatoria, su profesora le recomendó que debía convertirse en un cirujano cerebral por su excelente disección del cráneo de una rana.

Tras estudiar, en lugares como la Escuela Médica de Harvard, el especialista realizó más de 10.000 operaciones quirúrgicas y escribió más de 900 publicaciones sobre neurocirugía clínica, ética médica y salud.

Pero a lo largo de toda su investigación sobre el cerebro, también experimentó en ratones y perros. De hecho, una de las leyendas urbanas más difundidas sobre su trabajo es su experimento para tener un perro con dos cerebros.

Sin embargo, su trabajo solo adhirió un cerebro aislado a los vasos sanguíneos del cuello de un can, para constatar si ese segundo cerebro podía activarse y así analizar si el cuerpo lo rechazaría.

Ese tipo de trabajos fue el que inevitablemente dio pie a sus iniciativas para concretar trasplantes de cabeza a través del trabajo en cientos de monos.

Por una cabeza

El logro con el trasplante de cabeza finalmente lo concretó en 1970. Tras una serie de experimentos preliminares, White consiguió traspasar la cabeza de un mono al cuerpo de otro.

Como parte de ese experimento exitoso, el neurocirujano logró comprobar que el mono podía oír, oler, saborear comer e inclusive seguir objetos con los ojos, ya que los nervios craneales seguían intactos. Más aún, estos lograban ser alimentados por el sistema circulatorio del nuevo cuerpo.

Sin embargo, la gran barrera de su trabajo radicaba en algo no menor: como la cirugía implicaba cortar la columna en el cuello, los animales sometidos a la operación quedaban paralizados desde el cuello hacia abajo.

Por otro lado, el rechazo inmunológico provocó que el mono muriese nueve días después de la operación.

Aún así, tildando a ese trabajo como un «trasplante de cuerpo entero», White ratificó su creencia de que el cerebro era el depósito de la conciencia humana y, por ende, su alma.

En ese sentido, si lograba trasplantar una cabeza humana, White estaba seguro que la esencia de una persona se podría mantener en un nuevo cuerpo.

Una meta que nunca logró

Robert White solo alcanzó a practicar con cuerpos de personas en la morgue, por lo que nunca llevó a cabo su operación en humanos. Aún así, en algún momento esperó llevarlo a cabo en pacientes tetrapléjicos cuyos órganos comienzan a fallar. 

Por eso habló abiertamente sobre las opciones del actor Christopher Reeve o inclusive Stephen Hawking, quien padece hasta el día de hoy de esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

Pero los riesgos eran demasiado grandes. Gran parte de los monos en los que experimentó, murieron en el proceso. Y a pesar de que el cuerpo humano es más grande y podría ser más manejable, sobre su trabajo siempre existió un debate ético no menor. No pocos especialistas nunca llegaron a concordar con los planteamientos que White daba a su favor.

Pero un nuevo libro biográfico llamado «Mr. Humble & Dr. Butcher» (Sr. Humilde y Dr. Carnicero) profundiza en el «paciente perfecto» que alguna vez tuvo White.

Brandy Schillace, una historiadora médica responsable del libro, explicó recientemente a Wired que el doctor conoció a un hombre de 45 años llamado Craig Vetovitz.

«Craig ya estaba tetrapléjico. Y tuvo una vida muy plena. Él dice: ‘No, mi vida es buena. Viajo, tengo hijos, estoy casado. Soy dueño de mi propio negocio. Tengo una vida plena y vale la pena conservar esa vida'», rememora Schillace.

«Estaba interesado en participar porque sus órganos — esto es cierto en muchos pacientes tetrapléjicos — sus órganos comienzan a cerrarse eventualmente», explicó la escritora.

«Entonces, él sintió que no tenía mucho que perder: ‘Está bien, todavía seré tetrapléjico, pero viviré porque tendré un cuerpo mejor’. Y esta es en parte la razón por la que White lo llamó trasplante de cuerpo, dejó de llamarlo trasplante de cabeza. Solo le están dando un trasplante de órganos, pero todos los órganos a la vez. Suena mejor cuando lo piensas de esa manera», agregó.

Sin embargo, la operación sobre Vetovitz nunca se llevó a cabo y algunos programas sensacionalistas tomaron el caso llamándolos «Doctor Frankenstein y su monstruo«. El posible paciente, sin embargo, siempre lo defendió.

«No es el tipo de persona que solo va a cambiar una cabeza, lo hará si existe una posibilidad muy alta de recuperación total. Sabe lo que es estar detrás de los ojos, porque lo ve todo el tiempo, ve la miseria», explicó Vetovitz al periódico alternativo Scene de Cleveland en 1999.

Sr. Humilde y Dr. Carnicero

El título del libro de Schillace tiene relación con dos sobrenombres que tenía White.

Por un lado, el médico se hacía llamar «el Humilde Bob», constantemente asistía a misa y fue un consejero de ética médica del papa Juan Pablo II, estableciendo la Comisión de Ética Biomédica del Vaticano. Aunque algunos colegas decías que no era para nada humilde, y siempre hablaba de si mismo, fue uno de los neurocirujanos más relevantes de Estados Unidos.

Pero, por otro lado, sus experimentos sobre animales lo llevaron a ser el foco de protestas, siendo denominado como el «Dr. Carnicero» por PETA.

En ese sentido, unaa carta al New York Times en agosto de 1995 aseguró que el neurocirujano «personificaba a la cruda y cruel industria de la vivisección».

«La industria de la vivisección ha creado en un poderoso conglomerado de intereses creados, financiados por miles de millones de dólares del gobierno y el sector privado, devorando a millones de animales cada año. Es amenazada por los avances actuales en las culturas de células y tejido, estudios clínicos, máquinas no invasivas, prototipos realistas y magia computacional», escribió Carla Bennett de PETA.

«Sus más de 100 trasplantes de cabeza de mono indescriptiblemente crueles fueron inútiles«, recalcaba la misiva.

En esa línea, Brandy Schillace explica que: «si quieres quitarles la cabeza a las personas, eso les molesta a muchas personas. Y creo que algunas investigaciones fueron financiadas específicamente porque competían contra la Unión Soviética. Cuando esa presión ya no existía, tampoco interesaba algo. Pero nunca lo perdió de vista.Y la gente intentó agarrarlo».

«En el libro cuento que, cuando estaba siendo nominado para el Premio Nobel [por su técnica de enfriamiento de la médula espinal], la persona que lo nominaba decía: ‘Quizás no hables de las cabezas de mono . Calmémonos con eso'», puntualizó la escritora.

En 1999 el propio White abordaba todo el ruido que se generaba sobre su trabajo en entrevista con Scene.

«Aquí pasé todos mis años en cirugía cerebral: capacitando a las personas, inventando nuevos procedimientos y cuidando a los pacientes. Y es lo peor que hice por mí mismo: se me ocurrió esta idea de trasplante de cabeza. Si me deshacía de eso, sería feliz», dijo el neurocirujano.

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