Chile

La gran historia del run-run que cada año cruzaba la cordillera para regresar a la misma rama en la desembocadura del Maipo

Cada temporada un pajarito migratorio llegaba a Santo Domingo. Un atento observador lo reconoció: le faltaba una uña y siempre aparecía en el mismo punto. Así arrancó una historia que esconde una trama mayor de hazañas, peligros e interrogantes. “Es realmente una travesía destacable y ni siquiera nos imaginamos ni le damos el valor”, declaran los ornitólogos.

Run-run cruzó por años la cordillera para regresar a aparearse en el mismo poste en la desembocadura del Maipo. FOTO: Manuel Rojas

Un run-run (Hymenops perspicillatus) se posó en un palo del alambrado, en Santo Domingo, en el litoral central, a unos cientos de metros de la desembocadura del río Maipo, Región de Valparaíso.

Era la primavera del 2021 y Manuel Rojas, arquitecto y experimentado observador de aves, andaba fotografiando cuando, de pronto, un pajarito macho hizo su acrobacia nupcial y luego aterrizó allí mismo. Despegó otra vez, ahora para irse a cazar insectos y arañas. Abandonada su percha, Rojas se acercó y se escondió entre las plantas. Esperó. “Sabía que en algún momento regresaría a hacer nuevamente su vuelo nupcial”, relata.

Y así fue. Le tomó varias fotos.

De vuelta en su casa, el observador revisó los retratos y se percató de un detalle: le faltaba una garra en el dedo externo de la pata derecha. En un primer momento sólo le pareció “curioso”, ya que muchas aves pierden uñas y luego vuelven a crecer.

Lo más seguro era que aquel pajarito estuviera recién llegado esa temporada. El run-run es un migrante que, tras recorrer cientos de kilómetros y cruzar la Cordillera de Los Andes, aparece en Chile cada septiembre.

El run-run hace un vistoso salo nupcial. FOTO: Manuel Rojas

La temporada siguiente, en el 2022, otra vez apareció, el mismo macho; en el mismo madero, con la misma garra faltante. “Pasó a ser para mí una forma de reconocerlo, esperarlo y fotografiarlo”, cuenta a La Cuarta.

Los años pasaron: el 2023, y el 2024, y ese H. perspicillatus cada vez hacía su gran travesía andina al mismo sitio exacto, que ya había hecho suyo como hogar de temporada. Si bien Rojas se percató de su presencia en el 2021, no descarta que aquel run-run fuera más añoso: ya un adulto hecho y derecho, “que haya perdido la uña, y que sus patas se notaran de adulto, bastantes escamosas, da luces de que por lo menos tenía más de dos años”, supone.

Como una “maravilla” califica Daniel Martínez-Piña, ornitólogo y autor guía Aves de Chile, la identificación de este run-run por su uña faltante: “A quienes observamos la naturaleza nos ocurre que, de pronto”, dice, “notamos que un chincol (Zonotrichia capensis) o una tórtola (Zenaida) del entorno tienen una particularidad: te da la clave de que en la naturaleza hay individuos, y que son bastante rutinarios, y habitan como nosotros en el paisaje”.

Rojas bautizó al run-run como “R34”, por la cantidad de uñas en sus respectivas patas.

Al run-run "R34" le faltaba una una en la pata, como se ve en este registro. FOTO: Manuel Rojas Manuel Enrique Rojas Martínez

La rutina de “R34”

Ya en la primera mitad del siglo XIX, a John James Audubon, el famoso ilustrador de origen francés, y considerado de los primeros ornitólogos de América, se le ocurrió atar hilos en las patitas a los picaflores que, cada año, aparecían en su jardín. Cuando los colibríes regresaron, se dio cuenta de que aún tenía la patita amarrada: eran los mismos individuos.

Las aves, en efecto, supo Audubon: migran.

Aunque son la mayoría, no todas las especies se desplazan y, las que sí, siguen distintos caminos y estrategias, según explica Martínez-Piña a La Cuarta. En Chile, por ejemplo, hay migraciones latitudinales, como lo que ocurre en la Región de Magallanes, donde durante el invierno queltehues (Vanellus chilensis), patos y pajaritos se van hacia el norte; o en la Región Metropolitana, que hacia la primavera llegan los nortinos colibríes gigantes (Patagona gigas), mientras que los picaflores chicos (Sephanoides sephaniodes) se dirigen hacia el sur junto con el verano. Otras, en cambio, hacen movimientos altitudinales, descendiendo a la benigna depresión intermedia para evitar las zonas cubiertas por la nieve.

Sin embargo, otras, derechamente hacen formidables hazañas sin seguir la lógica de nuestras fronteras, como los playeros (Calidris) y zarapitos (Numenius) que nidifican en el Hemisferio Norte y se vienen a pasar el invierno boreal a Chile. Otras, se animan a cruzar la Cordillera de Los Andes dos veces al años, como fío-fíos (Elaenia albiceps), rayadores (Rynchops niger), pájaros amarillos (Pseudocolopteryx citreola) y, por supuesto, el run-run: “Siempre se ha sabido que es migrador”, remarca el autor de Aves de Chile.

Los runrunes gustan ubicarse en torno a humedales. FOTO: Guido Macari M

Rojas iba desde su casa para ver a “R34” cada septiembre en el inicio del período reproductivo. “No pude determinar, por ejemplo, con qué hembras se apareó, o si con más de una”, admite.

Son criaturas escurridizas, fieles a su territorio, pero sus labores son constantes: son tiránidos (Tyrannidae), pájaros americanos, específicamente cazamoscas sudamericanos, que aunque tienen “una rutina y vuelven a un mismo punto siempre, hacen circuitos amplios” —explica Rojas— antes de volver a su sitio. Cada uno tiene algo así como su “coto de caza, como de una hectárea”, detalla.

“Este comportamiento es muy propio de los machos”, asegura Stella Román, bióloga de la Universidad Nacional de Mar del Plata, que por estos días termina su tesis doctoral, en que una de las especies que estudia es el run-run, o “Pico de plata” como le dicen los trasandinos.

Parte de su trabajo ha sido con runrunes —de otra subespecie— que llegan a reproducirse en la pampa, particularmente en la provincia de Buenos Aires, en Mar Chiquita: “En el campo lo he visto claramente: los machos suelen custodiar un territorio y repetir las perchas que eligen”, describe a La Cuarta.

“R34” se posaba siempre en la misma “rama”, la suya, un poste del alambrado. Eventualmente recurría a otro, pero tenía su “favorito”. En ocasiones se le aparecían otros machos, lo que este tomaba como una invasión y los expulsaba, celoso.

Los runrunes machones custodian su territorio celosamente. FOTO: Manuel Rojas Manuel Enrique Rojas Martínez

La experiencia con distintas especies le ha enseñado a Martínez que los animales “no andan errando por la vida apostando al azar; al contrario: tienen que hacer la mejor apuesta de energía para obtener alimento diariamente, sobrevivir y reproducirse”, declara. Esa misión implica “conocer perfectamente bien el territorio, saber dónde se encuentran los recursos y las fuentes de agua”, explica el ornitólogo e ilustrador.

Las aves migratorias cada año regresan “al mismo lugar donde nacieron, porque es el ámbito que conocieron”, analiza quien por ejemplo alguna vez constató cómo un fío-fío volvía cada temporada al mismo ciruelo. “Es maravilloso cómo identificar un individuo te da claves para entender”, expresa Martínez.

En aquel sector, llegando al Parque Humedal Río Maipo, distintos machos, entre cuatro o cinco, se posaban a lo largo de los postes del cerco que marca el área protegida, según describe Rojas.

Al estar en semanas de cortejo ellos hacen sus despliegues: breves y rápidos vuelos que consisten en un círculo, de espaldas, mientras emiten una suerte de silbido que recuerda al juego popular del mismo nombre —hecho por un botón que gira en un hilo—, según se lee en la Guía de Aves (2026), de Martínez-Piña. En esta competencia entre galanes, se persiguen entre sí.

En primavera y verano, comunmente el run-run aparece desde Huasco a Chiloé. FOTO: Manuel Rojas

Las hembras —mientras ellos buscan lo alto— andan metidas entre los matorrales, mucho más discretas. Y si atraviesan espacios abiertos, no vuelan a más de metro y medio de altura. Entre la vegetación arman sus nidos ocultos.

La reproducción de H. perspicillatus sucede en pastizales y humedales, que “siguen siendo, una vez más, el punto más importante de la protección de los ecosistemas en Chile”, declara Martínez, quien hace un llamado: “Dejemos de destruir los humedales, no son lugares pestilentes donde botar basura; son motores y fábricas biológicos, entonces siguen siendo imprescindibles”, remarca. “Hay múltiples razones que hacen realmente no entender por qué ciertos sectores siguen insistiendo en que los humedales son sitios para construir”.

La hazaña de los runrunes

Pero antes de todo ese periodo de seducción, durante septiembre, los machos cruzan la Cordillera para llegar a Chile, donde luego se distribuyen desde Huasco, Región de Atacama, hasta Chiloé, en Los Lagos, alrededor de dos o tres semanas previas a que aparezcan las hembras.

Es una diferencia de arribo “muy marcada”, según Rojas y Román entre ambos sexo.

Luego, “es posible que un mismo macho se aparee con dos o tres hembras”, agrega la investigadora argentina. De ahí son ellas las que se encargan de construir el nido y posteriormente cuidar a los pichones. “El macho no interviene en ese proceso”, aclara Román, aunque “sí custodia el territorio y está atento a las hembras”.

Este es un juvenil de run-run nacido en Argentina, de la subepcie p. perspicillatus. FOTO: Stella Román

Se conocen dos subespecies de runrunes, siendo Hymenops perspicillatus andinus la que se traslada hasta Chile para reproducirse.

“Lo llamativo es que en su momento se describieron las dos subespecies (H. p. andinus y H. p. perspicillatus), pero no se avanzó en el conocimiento específico de cada una, con estudios genéticos por ejemplo”, advierte Román. “Esa información podría reforzar la idea de las subespecies como tales”.

“A mí entender no es posible distinguir entre subespecies a simple vista”, comenta ella sobre las diferencias entre linajes.

Poco se ha estudiado la faceta migratoria de este pajarito, a pesar de que a través de sitios como e-Bird o iNaturalist, donde los distintos usuarios reportan sus avistamientos, se puede modelar “cómo se desplazan las poblaciones”, destaca Rojas. Igualmente, en el lado oriental de Los Andes ambas subespecies podrían mezclarse, donde se extienden por el centro y norte de Argentina, Paraguay, Uruguay, parte de Bolivia y el sur de Brasil, donde el clima es más benigno entre abril y agosto.

En general, toda esa es su área de invernada, según los expertos; pero siendo precisos, “no está claro a dónde se van”, admite Martínez.

Cuando Román se puso a estudiar a H. perspicillatus, “me sorprendió no encontrar trabajos casi”, cuenta, salvo un par de escritos, por ejemplo, de Matías Pretelli, quien por motivos personales declinó participar en este artículo.

Lo que se conoce es que H. perspicillatus andinus ya hacia agosto comienza a bajar hacia el sur de Argentina y, por septiembre, “hay una una población importante que cruza hacia Chile”, describe ella.

Run-run cruzó por años la cordillera para regresar a aparearse en el mismo poste en la desembocadura del Maipo. FOTO: Manuel Rojas

“Generalmente las migraciones están determinadas por las horas de luz”, plantea Rojas. El aumento de sol viene junto con la primavera, lo que repercute en la fisiología de estos pajaritos, marcada por “la explosión de alimento que entrega” el periodo floral, dice. “Está todo sincronizado”.

Para estudiar los cruces cordilleranos habría que recurrir a tecnología GPS, e ir detectando por dónde pasan los pajaritos. Pero la lógica indica que cruzarían el cordón de montañas por las zonas de baja altura, al igual que otros migradores como el pájaro amarillo y el fío-fío. “Es un enigma”, asegura Rojas. “Es realmente una travesía destacable y como seres humanos ni siquiera nos imaginamos ni le damos el valor”.

Martínez piensa que estos pajaritos de apenas “no hacen vuelos extremos —como algunos zarapitos que vuelan durante seis días y se desplazan 6.000 o 10.000 kms en jornadas sin detenerse, dormir ni tomar agua—, hacen escalas”, y cada una de esas pausas “ya está en memoria su genética y experiencia”, detalla sobre esas instancias de comer, beber y descansar antes de continuar. “Es súper complejo”, evidencia.

Otro misterio es cómo se orientan, porque las aves migratorias han desarrollado distintas estrategias, algunas que se guían por los campos electromagnéticos de la tierra, o siguen hitos geográficos. O podría ser una combinación. “No lo podría decir a ciencia cierta”, admite Rojas.

De momento, la hipótesis es que “los individuos de esta especie podrían estar utilizando los grandes ríos como guía durante la migración”, plantea Román según sugieren los resultados de su estudio. “Aún no lo sabemos con exactitud, pero es probable”.

Uno de los runrunes a los que estudio la investigadora argentina en la pampa. FOTO: Stella Román

“Sería necesario trackearlos con dispositivos satelitales”, propone ella, que advierte que los dispositivos no deben superar el 4% del peso del pajarito de unos 20 gramos. Y si bien existen aparatos que cumplen con esa característica, “es complejo obtener la información ya que hay que recapturar a los individuos para recuperar el dispositivo; y al habitar áreas abiertas, son difíciles de capturar”, analiza.

Los misterios del run-run

Ya en marzo y abril, los runrunes se retiran de las zonas reproductivas, hacia el norte y al este. “Dado que no hay individuos rastreados de manera satelital, tampoco conocemos con certeza qué áreas ocupan los que reproducen en Chile y Patagonia, y los que reproducen en las Pampas durante su periodo de post-reproducción”, evidencia Román.

Eso sí, ahora en su estudio pronto a publicarse, la argentina evidencia que algunos individuos de H. p. andinus se quedan en Chile entre abril y agosto, lo que no le parece extraño a Martínez: “Siempre puede haber rezagados o individuos que no migran”, comenta.

Sobre la falta de más investigaciones de la especie, como primera razón Román y Martinez mencionan que podría ser que no es una especie que se encuentre “amenazada a nivel global”, sino en Preocupación menor según la la Lista Roja de la UICN. Pero ella advierte que “es mucho lo que desconocemos de la ecología básica de las aves migrantes australes neotropicales, como el run-run y tantas otras especies”.

Estudiar fenómenos de esta naturaleza implica invertir un montón de recursos, físicos, humanos y económicos: “Si quisiéramos hacer un trabajo sobre H. perspicillatus, habría que movilizar instituciones y adquirir fondos para hacer un trabajo sistemático de captura, anillamiento o instalación de de teletransmisores satelitales en algunos ejemplares; y ver los resultados de aquello”, enumera Martínez, como se ha hecho con el chorlito cordillerano (Phegornis mitchellii) y la becacina grande (Gallinago stricklandii), calificadas como Casi Amenazadas. “Pero todo eso es un trabajo que requiere de coordinación, y quizás una justificación de los objetivos”, advierte.

Los run-runes son grandes cazadores de insectos. FOTO: Manuel Rojas Manuel Enrique Rojas Martínez

El período reproductivo es “vital”, remarca Román, “y les representa muchos desafíos de supervivencia”. Considera relevante conocer, “más allá de la ruta específica, cuáles son los sitios de parada intermedios (si es que los tiene), y cuánto tiempo permanece en dichos sitios, cuánto tarda de un punto a otro, tanto desde la zona reproductiva a la no-reproductiva como entre los distintos sitios de reposo”, enumera. “Aún desconocemos estos aspectos”.

Le parece “muy interesante” para indagar, ya que cree bastante probable que “la población que reproduce en el sur tenga que atravesar la Diagonal árida sudamericana para llegar a las áreas no-reproductivas”, supone. Martínez coincide, ya que “la cosa es mucho más compleja de lo que se pensaba”, advierte. “No sólo en términos de las rutas, tiempo o exigencias metabólicas; también en la importancia de las áreas de descanso durante la migración”.

Sobre los sitios donde pasan ambas temporadas, “puede que un país se preocupe de proteger la reproducción de una especie migratoria, pero resulta que el ave después llega a un territorio donde le toca invernar en otro país —incluso en otro continente o hemisferio—, y resulta que ahí de pronto es víctima de cacería o de pesticidas”, por ende, “no depende sólo de una nación la protección de una especie migratoria, sino de múltiples actores”, plantea Martínez.

El run-run, entre otras cualidades, destaca por su carácter territorial. FOTO: Guido Macari Manuel Enrique Rojas Martínez

Y con la explosión de la energía eólica y los aerogeneradores, el ornitólogo califica de “imprescindible” saber las rutas de las aves, es decir, por dónde, a qué altura y sus “periodos críticos de desplazamiento”. Eventualmente “tienes poblaciones casi completas que en tres o cinco días cruzan un área única”, lo que permitiría tomar medidas precisas y “que una población cruce con seguridad un área”, propone. “La tarea inmediata de la ornitología es probablemente conocer las rutas migratorias de las diferentes especies, porque estamos haciendo cambios en nuestras matrices energéticas que involucran su desplazamiento”.

De regreso al hogar

“R34” se las arreglaba para cada año llegar al exacto mismo punto, una precisión que Rojas había observado varios años en aves de mayor tamaño como el halcón peregrino (Falco peregrinus) en Santo Domingo y en La Serena, Región de Coquimbo. “Pero en un paseriforme no lo había visto, he buscado y no hay más información al respecto”, comenta.

—De repente uno piensa que como son pájaros llegan, cruzan, se van y se distribuyen por dónde sea —reflexiona—. Pero esto da cuenta de que no, que tienen un lugar y percha muy establecida.

Run-run tenía su percha favorita en la desembocadura del Maipo. FOTO: Manuel Rojas Manuel Enrique Rojas Martínez

En Chile los machos no se la pasan toda la temporada en sus saltos nupciales, sino más la segunda mitad de enero. Para comer, según observaba Rojas en “R34”, este “caza insectos elevándose muy similar a lo que hace en el despliegue” seductor, y baja como un “peso muerto”, abre las alas y se posa, aunque sin hacer su característico sonido con alas. “No sacan nada con gastar energía para hembras con las cuales no se van a reproducir”, comenta.

En esos días, ellas, en cambio —como suele ocurrir en las aves de marcado dimorfismo sexual—, ya están criando a los pichones nacidos, previo a la migración hacia el oriente.

“Siempre hay excepciones, podría ocurrir un caso de una pareja tardía”, añade Rojas. “Pero en general no”.

Tanto el macho como la hembra tienen una carnosidad amarilla que rodea el ojo —y el pico del mismo color—, “que le da una imagen súper potente”, destaca el observador. El resto del cuerpo, en el caso de ellos, es casi por completo negro, salvo las blancas plumas primarias de las alas; ellas, en cambio, tienen tonalidades más bien pardas.

Los runrunes presentan un marcado dimorfismo sexual. FOTO: Stella Román

Ya dejando atrás el verano, “cuando se van, es prácticamente al mismo tiempo, o tendrán una semana de diferencia”, cuenta Rojas sobre la migración invernal.

Así, Rojas esperaba el regreso de “R34” cada año:

—Es como reencontrarte con un amigo, como “llegaste, ya estás acá” —expresa sobre el pajarito de “natural” distintivo, y además el macho “dominante” de su percha.

La última vez que él lo registró fue en marzo del 2025, en la misma estaca de siempre, hasta que se marchó, por —aparentemente— última vez.

Hay un añoso estudio de los investigadores argentinos Evangelina Mattos, Natalia Cozzani y Sergio Zalba, de la Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, que analizaron a varios individuos que llegaban al Parque Provincial Ernesto Tornquist, provincia de Buenos Aires, entre las temporadas 2007 y 2009.

Al parecer, los runrunes tienden a volver a los sitios donde nacieron. FOTO: Guido Macari M

Mattos y compañía anillaron a 23 hembras, 2 machos y 55 pichones en el 2007. A la temporada siguiente, once damas regresaron a los “lugares originales” donde fueron avistadas antes, algunas hasta pusieron dos nidadas. En tanto, de los dos varones, ambos se volvieron a observar “en los mismos arroyos donde fueron originalmente capturados”, se lee en el estudio.

A pesar de que se trata de una especie muy conspicua, el ‘Pico de plata’ ha sido escasamente estudiado”, se lee además en la investigación, y dentro de la discusión aparece “la idea de que esta especie presenta una notable fidelidad a sus sitios de cría (...) lo cual podría resultar una información clave para protección de sus ambientes reproductivos”.

“Esto es interesante, porque implica en algún punto que hay individuos que vuelven al mismo sitio en distintas temporadas”, destaca ahora Román. Apoya esta hipótesis, pero aclara que “sería muy lindo poder aumentar el número de casos” para llegar a conclusiones sólidas.

El desaparecido run-run

Durante el invierno de 2025, el campo donde este run-run se alimentaba “fue despojado de su vegetación y transformado en una gran área de cultivos de hortalizas”, cuenta Rojas, que no sabe si ese cambio en el pasaje ”desconcertó o desorientó” al pajarillo. O si tuvo un accidente o murió de forma natural.

“Lo que sí sé es que desde que pelaron, y ahora fumigan los insectos en su zona de alimentación, ‘R34’ ya no apareció más”, actualiza.

Esas intervenciones pueden generar repercusiones, advierte Martínez: “Imagínate lo que significa que sequemos un humedal, o talemos un bosque nativo y lo reemplacemos por otra cosa”, grafica. “La cadena de la vida es súper compleja y cada gesto mal hecho de nosotros puede alterarla”.

La ausencia de una uña puede ser clave natural para individualizar a un ave. FOTO: Manuel Rojas Manuel Enrique Rojas Martínez

Tras cuatro temporadas de “bailes nupciales alucinantes que logré fotografiar” —resume él—, igualmente otros runrunes han seguido llegando. Pero en el arrase del terreno, la vara propiedad del pajarito de esta historia la derribó un tractor. Un vecino de una parcela, luego de que Rojas le contara la historia de “R34″, la puso en pie.

A pesar de aquel gesto, no regresó.

La pérdida del pastizal y la desaparición de “R34” no es coincidencia, opina Martínez: “El run-run tuvo que moverse”, dice. “Ojalá le haya ido bien”.

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