La Cuarta Dimensión: La mesa maldita

En las noches, el mueble sale en Parinacota para anunciar la muerte de alguno de sus habitantes. Para tener a raya sus andanzas, unas cuerdas lo mantienen restringido fuertemente al interior de una iglesia.

Todos hablan con temor de ella. Pese a no tener vida, en el pueblo se le respeta. Y es que su historia es escabrosa, pasando de generación en generación.

En el altiplano está Parinacota, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Sólo unas pequeñas casas entre las polvorientas calles dan vida al lugar, que roza la frontera con Bolivia. Como buen sitio nortino, la iglesia es el punto de reunión de todos.

Ahí, amarrada fuertemente con unas lianas está una mesa roñosa, tosca, gastada, que a simple vista se observa inofensiva, pero que durante años sembró el miedo en el lugar: los ancestros aymaras le daban características sobrenaturales, señalando el mueble como maldito.

Cual ángel letal, el artefacto inanimado adquiría vida, según afirman vecinos, para sembrar el pánico entre los habitantes del sector.

Ciertas noches, y con velas sobre su tablero, la mesa se ponía a andar en sus cuatro patas y deambulaba por Parinacota, buscando una vida a la cual llevarse. Tras el trecho caminado, se paraba frente a la casa de algún lugareño como un presagio de la muerte, la cual llegaba sin misericordia a los pocos días, causando pavor y asombro entre los habitantes.

Con el tiempo, aumentaron los rumores y todos comenzaron a ver a la mesa con temor. Y aunque la visita a una casa con el fatídico anuncio ya era espeluznante, no era lo único sobrenatural: quien se cruzaba en su camino, y no podía escapar de su poder, era convertido en burro o perro

Para los aymaras del lugar, la mesa es la razón de la misteriosa partida de varios de los suyos, que nunca fueron encontrados en la inmensidad del desierto.

El mueble maldito era vigilado durante el día al interior de la iglesia, pero en las noches quedaba en soledad. En la oscuridad se podían escuchar sonidos extraños y el tambaleo constante de la estructura de madera.

Los lugareños pensaron en quemarla o romperla, pero tuvieron miedo de las consecuencias para el pueblo. Un cura, hastiado de la situación, mandó a dejar la mesa en el templo central, junto a una imagen gigante de Jesús en la cruz. Entre el piso empedrado, la estructura de adobe y una extraña sensación de pesadez es el aire, la mesa quedó como un adorno más a las faldas del altar.

Para evitar malos ratos, se le asignó un cuidador, para estar pendiente de todo lo que suceda con la roñosa madera. Además, todo aquel que visite la iglesia, tiene prohibido tocarla, por el miedo de que ésta vuelva a la vida y logre desamarrarse de las cuerdas que restringen su actuar sobrenatural.

Así ha estado durante el último tiempo, amarrada a una pared, mientras quienes viven en el pueblo, rezan por que nunca venga por ellos.

La iglesia y la mesa se pueden visitar en los diferentes tours que van hacia el lago Chungará, y es una parada obligatoria para encontrarse con una historia clásica del norte del país. Una que el pueblo aymara aún recuerda con pavor.'

Temas Relacionados

COMPARTIR NOTA