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Bancarse ser segundo también es ser campeón: crónica del bochorno argentino tras acabar como los “Cebollitas”

La Albiceleste, desbordada por la orquesta española, no pudo revalidar el título de hace cuatro años pero se las arregló para ensuciar la celebración. Paredes perdió la calma con Eric y Gavi, el “Ratón” Ayala golpeó a Olmo y Otamendi le recriminó a Rodri unas declaraciones entre semana. Finalmente, le dieron la espalda a la ceremonia.

Cuando el impecable juego coral español ya había hecho lo suyo y Rodri —no Lamine— se probaba la corona, mientras el MetLife Stadium se llenaba del estribillo de “Un beso y una flor” de Nino Bravo y los rojos saboreaban el regreso de su selección a la cima dieciséis años después, otra vez al calor de su propio fútbol, una comitiva de periodistas argentinos —los ahora subcampeones del mundo— comenzaron a distribuirse en dos grupos fácilmente reconocibles: quienes agradecieron a la Scaloneta por dejarse la piel y abdicar de pie, y los que, en cambio, acaso superados, se dedicaron a responder a los practicantes de, como algunos de ellos llamaron desde la fase eliminatoria en adelante, la argentinofobia. “Festejan los españoles, y con ellos, festejan también los ingleses, varios mexicanos, chilenos, franceses, portugueses”, escribió por ejemplo el periodista político Pedro Rosemblat, que desde luego encaja perfectamente en la segunda corriente. “Deseaban profundamente nuestra derrota, nuestra rendición; hay algo en la irreverencia argentina que no toleran (...), lloraron y se quejaron durante todo el Mundial (...), que Infantino, que la FIFA, que Trump (...), nuestra rebeldía los irrita, los enfrenta a sus propias cobardías (...); nos llaman cancheros, tramposos, sucios, y a nosotros nos encanta, nos infla el pecho”.

Contra todo y contra todos decoró en las líneas finales un discurso a la medida del dolido hincha argentino que mereció más de 400 mil megusta en Instagram, pero que otros usuarios hábilmente desmontaron. “Amigo, nada que ver”, le respondió al rato un tal fefefefefeferreo, “el desprecio a Argentina es por su actitud deportiva, falta de humildad (...), hace cuatro años todos íbamos con ustedes, ya no es así, por algo será”. Dos mil y tantos hicieron suya la declaración.

Eduardo Ignacio

En buenas cuentas, la actitud deportiva y falta de humildad que cuestionan él y aún otros cientos en redes sociales puede resumirse en todo lo que ocurrió no bien el esloveno Slavko Vinčić hizo sonar por última vez su silbato: entonces, cuando los suplentes españoles llenaban la cancha para celebrar con sus héroes, el lateral derecho trasandino, Nahuel Molina —acaso el gran cómplice en el tanto de Ferran Torres—, soltó un cortito de derecha al estómago de Rodri. El capitán y MVP de los españoles volvió sobre sus pasos y lo encaró. “¿Pero qué haces?”, dicen que dijo, antes de que entraran en acción Leandro Paredes y Lisandro Martínez. Paredes, arrebatado, finalmente tomó por el cuello a Eric García y, en colaboración de Thiago Almada, se le fue encima a Gavi. Ni siquiera la intromisión de su DT, Lionel Scaloni, pudo impedir el mamarracho.

Las cosas pudieron ponerse peor cuando, a unos pocos metros de ahí, uno de los ayudantes de Scaloni, Roberto Ayala, le encajó un golpe de puño al rostro de Dani Olmo. Pero el 10 español evitó responder la agresión.

En tren de tranquilizar el ambiente, Rodri luego buscaría a Nicolás Otamendi, su excompañero en el Manchester City, para saludarlo.

Lo que encontró, sin embargo, fue esto:

Toda la semana estuviste llorando —le recriminó el zaguero argentino—. Vos y Laporte, los dos. Eso no se hace. Estuviste llorando por los árbitros, amigo.

—Le tengo un respeto… —intentó calmarlo el español, pero no había caso.

—También te tengo respeto, pero vos no tenés que hablar antes, ¿sabés?

Rodri, incrédulo, le preguntó qué es lo que tanto había dicho.

—¿Laporte? —contestó el central—. ¿No has visto lo que ha dicho esta semana?

Que, en conversación con el diario Marca a mitad de semana, fue lo siguiente: “No me preocupa en absoluto la agresividad dentro de lo que es el fútbol. Si es consentida y el árbitro hace su trabajo, no tengo ningún problema. Sí es verdad que en los últimos partidos hemos visto cosas que nos han extrañado muchísimo, acciones que se dejan pasar. Sobre todo con Argentina, que es un equipo que deja muchos recados. Eso en el fútbol no se debería permitir, especialmente en competiciones tan grandes, porque te puede desestabilizar y cabrear”.

La guinda de la torta llegó sobre la premiación, cuando el campeón saliente, con la impotencia a flor de piel, se negó a cumplir el protocolo y derechamente dio la espalda a la ceremonia para, en su lugar, ir a saludar a la masa albiceleste desplegada en el sector más alejado.

“No nos importa”, le restó importancia Dani Olmo, consultado por Mundo Deportivo. “Yo creo que también es importante los valores que quieres transmitir hacia afuera. Somos un ejemplo para muchas generaciones, para muchos niños y niñas, y yo creo que ellos deben también ser un ejemplo para todo y para bien”.

El título que lleva este resumen se lo debe a Cebollitas, tira diaria de 458 episodios que se emitió entre 1997 y 1998, dedicada al fútbol y esencialmente a las peripecias de un club de barrio que toma prestado el nombre del equipo infantil de Diego Maradona. Nominada a dos Martín Fierro, lo que retrata su popularidad, la serie además destacó por una banda sonora, a cargo de Cris Morena, que funcionaba como motor emocional de su trama. Contracultural al cabo, quizás la pieza audiovisual que logró mayor alcance se llama “Subcampeón” y se construye sobre la narrativa de la derrota digna. “Bancarse ser segundo también es ser campeón”, su estribillo, es el mensaje que buscaba trasladar a cada camarín.

El plantel o una parte del plantel de Scaloni —que a lo largo del certamen se dedicó a provocar, celebrarle sus goles al rival y dejar recados en prensa, ahora no aguantó la derrota y lo ensució todo— definitivamente no supo bancarlo.

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