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La noche más triste de la “U” en Copa Libertadores: a 30 años del “robo” en el Monumental (de River Plate)

Un día como hoy, hace treinta años, el árbitro ecuatoriano Alfredo Rodas optó por guardar el silbato en su bolsillo ante la escandalosa infracción de Germán Burgos sobre Esteban Valencia que pudo acercar a los azules a su primera final de Libertadores. Para los protagonistas, y en especial para los hinchas, el paso de los años no ha logrado mitigar la herida.

La jugada de la discordia.

Paradójicamente, Leo Rodríguez, ungido mejor jugador de la Copa América 1991 y precedido por una brillante campaña en Toulon, Atalanta y un amargo paréntesis en Borussia Dortmund, había acordado su llegada a un River Plate que en la carrera había burlado a Independiente y al Atlante de Ángel Cappa. Pero, por cosas del fútbol, la negociación no cuajó. Cosas del fútbol: su representante, Gustavo Mascardi, se enzarzó en una disputa con el presidente del cuadro millonario, Alfredo Davicce, que terminó con el bloqueo del dirigente a cualquier jugador de la escudería Mascardi. Entonces apareció René Orozco y la “U”. Allá por 1995, los azules habían dejado ir a su enganche, Raúl Aredes, y su reemplazo, el exseleccionado argentino Oscar Román Acosta, no pudo rellenar el vacío. Sin un 10, su sueño de revalidar el título corría peligro. ¿Pero por qué Rodríguez se dejó engatusar por el conjunto universitario y desestimó la propuesta de Independiente, su equipo de niño, y los millones del fútbol mexicano? Con los años, ya consagrado leyenda del club, Rodríguez respondería que lo convenció el marco de público que lo arropaba, su mística y un proyecto deportivo que, más allá del bicampeonato, ganó músculo un año más tarde con Miguel Ángel Russo. Claro, sin grandes adiciones —en 1996 la “U” firmó a Aníbal Pinto, Jaime Ramírez, David Reyes, Pablo Galdames, José Luis Sánchez, Walter Silvani y al famoso Fabián “Pícaro” Fernández, es decir, con excepción de Silvani, actores de reparto— el DT inyectó al grupo de lo que carecía para asaltar el continente.

La quijotada cobró fuerza ya en fase de grupos de Copa Libertadores: Universidad de Chile logró sortear, en segundo lugar, una zona que completaban el campeón del Brasileirão Botafogo, el campeón de la Copa do Brasil Corinthians y el vicecampeón de los dos últimos torneos nacionales Universidad Católica. Dos apuntes: 1) El formato, por entonces, exigía a los dos representantes de cada país en el mismo grupo; 2) Quizá el joven y astuto Russo, cuyo mayor logro a la fecha era haber ascendido dos veces a Lanús y una a Estudiantes de La Plata, no necesitaba más adiciones.

Enfundados en la camiseta Diadora chunchitos rojos enfilados a los costados y sponsor Chilectra que hoy, pieza de colección, no baja de los ochenta o noventa mil pesos, y a la que Adidas rinde homenaje en la presente temporada, la “U” recién conoció la derrota en sus últimas dos presentaciones, ambas en Brasil, ambas 1-3, y en octavos de final fue emparejada con el Defensor Sporting de la promesa uruguaya Washington Sebastián Abreu. Con empate global, la serie se definió en Montevideo en penales: Sergio Vargas, Superman, contuvo dos disparos y además el destino, del lado azul, quiso que el meta rival, Leonardo Romay, se jugara hacia un lado cuando Patricio Mardones le entró más al césped que a la pelota. Algo más holgada fue la eliminatoria en cuartos, ante Barcelona de Ecuador. En el estadio Nacional el once de Russo sacó una ventaja que luego en Guayaquil supo administrar con un Marcelo Salas en su mejor estado de forma.

La última vez, y la única, de la “U” entre los cuatro mejores del continente había sido en 1970, es decir, veintiséis años antes, acaso durante las últimas funciones del Ballet Azul.

Esperaba River Plate.

Los capitanes, Esteban Valencia y Enzo Francescoli.

Si la estructura vertebral de la Roja de Nelson Acosta se moldeaba con base en ese equipo de Universidad de Chile, lo mismo podía decirse de River Plate. Los argentinos se presentaron el miércoles 5 de junio de 1996 en el recinto de Avenida Grecia con al menos siete seleccionados: Germán Burgos, Celso Ayala —Paraguay—, Matías Almeyda, Juan Pablo Sorín, Ariel Ortega, Enzo Francescoli —Uruguay— y Hernán Crespo. Fuerzas parejas, la ida acabó 2-2. Esteban Valencia y Salas anotaron para los azules, Francescoli y Crespo los goles millonarios. Todo se definiría una semana después en un estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti repleto, dicen, con un millón 400 mil pesos-dólares de recaudación.

El ambiente allá era salvaje, por decir lo menos. El serio altercado entre la barra brava de River y la policía chilena a la salida del estadio Nacional, que había incluso requerido la intervención de las cancillerías de ambos países, prometía tener una segunda parte en el barrio de Núñez. El escritor Juan Pablo Meneses, que viajó en uno de los once colectivos con hinchas de la “U”, lo expone con maestría en su texto titulado “Una granada para River Plate”. Un breve extracto: “Tengo miedo. Estamos metidos en un caos de palos y gritos y empujones y garabatos y alaridos y tironeos y patadas por la espalda y ladridos de perros y rugidos de hinchas de River desde el otro lado de la reja y se entiende poco y mejor agachar la cabeza y empujar hacia arriba, hacia donde sea, hasta que todo se acabe rápido, que todo termine de una vez. La calma llega cuando los gendarmes argentinos se dan cuenta de que llegan las cámaras de televisión. Resultado final: cuatro hinchas con la cabeza cortada, uno con el ojo partido y un policía con la nariz trizada (...); nadie sospecha, ni de cerca, que en pocos meses más al jefe máximo de la barra, Walter, se le detectará una grave enfermedad a causa de los golpes que recibió en la cabeza. Ni mucho menos, que morirá pocos años más tarde”.

En la cancha, Matías Almeyda rompió el cero recién pasada la media hora con un remate que se desvió en la humanidad de Cristián Mora y, a la larga, descolocó a Vargas.

La “U” tuvo el empate, pero se lo impidieron.

Fue en el minuto treinta y cinco del primer tiempo: Cristián Romero le cedió el balón a Esteban Valencia en el círculo central; Valencia, de primera, buscó a Marcelo Salas y no bien se despegó del balón, corrió hacia el espacio; de espaldas a portería, con un marcador encima, Salas controló con el muslo y tocó suavemente hacia su izquierda; recepcionó Leo Rodríguez, cerebro del equipo, que con el tiempo y el espacio adecuados era capaz de hacer cosas como la siguiente: detectó, en un abrir y cerrar de ojos, el hueco que habían dejado en su afán de achicar Guillermo Rivarola y Matías Almeyda y, con la precisión de un relojero, la filtró justo allí para encontrar a Valencia lanzado; el “Huevo” intentó lo que ya había hecho en Santiago, es decir, eludir con facilidad a Burgos y decretar el empate, pero cuando aceleró, el arquero argentino detuvo su carrera con dos golpes de puño al abdomen; claro penal, penal y expulsión; o eso creían todos, menos el árbitro ecuatoriano Alfredo Rodas; “¿¡Qué!? ¿¡No lo cobró!?”, se escandalizaba el relator local Marcelo Araujo, y su compañero, Enrique Macaya Márquez, lo seguía: “¡Qué bárbaro… lo que acaba de hacer este hombre!”; “Estoy buscando adjetivos calificativos para entender”, insistía Araujo, “es una vergüenza”; mientras, pasaban una y otra y otra vez la repetición.

River tomó, en adelante, las precauciones para no volver a sufrir. Los azules, además amonestados, ya sin claridad, sintiéndose robados, en su mayoría se retiraron con lágrimas en los ojos.

Diario Olé tituló “Sinvergüenza” la crónica del partido y, en el cuerpo, se preguntó “de dónde sacó la Confederación (Sudamericana) al ecuatoriano Alfredo Rodas” y “cómo pudo designarlo para una semifinal de Copa Libertadores”. Inclusive Diego Maradona, aún jugador de Boca Juniors, opinó: “El penal fue penal, pero ahora, por más que yo diga que fue penal, y que la ley de ventaja no existe en el área grande, no lo vamos a cambiar, maestro. Para mí, fue penal”.

Una tarde de enero, en 2018, el extinto Fox Sports Chile planeaba grabar un spot para celebrar el regreso de Universidad de Chile y Colo Colo a Copa Libertadores, de modo que convocaron a Rodrigo Goldberg para protagonizar el clip dedicado a los azules. En unas pantallas enormes, le tenían preparados los highlights de esa “U”, cuando él formaba una delantera de temer con Marcelo Salas. El agónico gol que gritó contra Corinthians, la interminable definición en Uruguay, el esguince cervical y la fractura en una de sus manos que le impidieron jugar las semifinales. Y el alevoso penal de Burgos. Lo que nadie esperaba era que, al revisitar esas imágenes, Goldberg se quebraría, al punto de tener que pedir unos minutos a la producción para calmarse. Tras secar las lágrimas de su rostro y tragar una bocanada de aire, entendió:

Me largué a llorar porque para mí ese trauma de la Libertadores, hasta el día de hoy, es una hueá muy fuerte, ¿cachái? —me dijo el exdelantero un par de años atrás—. Cuando llego y veo las imágenes, fue como… conchetumadre, no pude.

El “Polaco” lo recuerda como el resto de los azules.

Diego Borinsky, periodista argentino y biógrafo de Marcelo Gallardo, le preguntó en una nota de 2008 de El Gráfico a Leo Rodríguez por qué, hace treinta años, se retiró llorando.

Leo le contestó: “Lloré porque teníamos un equipo impresionante que venía de cortar una sequía de veinticinco años sin ser campeón, con un DT de lujo como Russo, con Traverso y Salas. Y lloré porque fue la primera vez en un campo de juego que sentí que no podíamos ganar de ninguna manera, River tenía que ganar por decreto. Hubo un árbitro comprado, el ecuatoriano Rodas, que no dirigió nunca más. El penal de Burgos a Valencia fue un escándalo. En una jugada quedé con Hernán Díaz y me dijo: ‘Leo, tranquilo, el partido lo tenemos que ganar nosotros’”.

Antes de perder la vida, en febrero de 2024, Miguel Ángel Russo se sometió al cuestionario de Líbero vs. de TyC Sports. Cuando le pidieron exponer el mayor dolor de su carrera, no dudó:

“U. de Chile y River Plate me dolió muchísimo, porque era mi primera Copa Libertadores, con muy poca experiencia a nivel internacional, y digámoslo, tenía un equipazo bárbaro. Sabíamos que el que pasaba esa fase, era

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