La última intriga de Joël Dicker: “A la gente que moraliza, nadie la escucha”

En 2012, un joven escritor suizo sacudió el género policial con una novela que rápidamente se volvió un éxito de ventas, La verdad sobre el caso Harry Quebert. Ahora, una década después, el autor de 37 años remata la trilogía con su entrega final, El caso de Alaska Sanders. En conferencia de prensa, habló sobre sus personajes, del éxito como best seller, la inspiración y las redes sociales. “En la literatura no dependemos de lo que hagan o le guste a los demás”, declaró.

Cuento corto. Escribió cinco libros que fueron rechazados por unas 20 o 30 editoriales. Y su sexto manuscrito, que titularía como La verdad sobre el caso Harry Quebert, parecería que correría la misma suerte.

Sin embargo, de pronto, la suerte del suizo Joël Dicker, con solo 26 años, cambió. El libro rápidamente comenzó a sonar entre importantes editores y, finalmente en 2012, salió a la luz, revitalizando el género policiaco y, además, convirtiéndose en un éxito en ventas.

Ahora, el autor, ya con 37 años cumplidos, llega con una nueva entrega de lo que finalmente se completa como una trilogía, compuesta por nombres como el escritor Marcus Godman, el sargento Perry Gahalowood y el fantasmal Harry Quebert.

Se trata de El caso de Alaska Sanders (2022, Alfaguara), una novela en que se investiga la aparición del cadáver de una guapa y misteriosa mujer, en abril de 1999, en New Hampshire. Pero, a medida que la trama avanza, se develará una serie de intrigas, y surgirán otras tantas, en torno a un enigmático personaje.

Joel Dicker
Joel Dicker. FOTO: Diego Lafuente, 2018

Desde el principio, antes de convertirse en un best seller, Dicker ya tenía en mente que escribiría una trilogía. En su momento, quería que hubiera “una continuación directa”. Sobre aquel primer gran éxito, aunque la historia surge de un presunto crimen, tras encontrar el cadáver de una joven llamada Nola Kellergan, quien desapareció en 1975, realmente “se trata de dos historias de amistad”, declara el autor en una conferencia a la que asistió La Cuarta.

Así, primero, está el vínculo entre Goldman y Quebert —quien había pololeado con la difunta Kellergan—, pero “al final del libro se ha roto esa amistad y no sabemos lo que va a pasar”. Y luego está la relación de Goldman con el sargento Perry, la cual “empieza al revés, con grandes dificultades, porque ambos se encuentran en la investigación y, al principio, están en una situación de conflicto”, en vista de que a “Perry no le gusta Marcus”. Aquel escenario cambia a lo largo de la trama, y surge la buena onda.

Acababa esa historia, en cierta forma inconclusa, el suizo quería saber qué sería de aquellos destinos y, para ello, lo único que podía hacer era seguir escribiendo.

Eso sí, “desafortunada o afortunadamente”, cuenta, “no quise escribir el segundo libro inmediatamente”, porque, en medio de la ola de ventas, pensó: “Si escribo inmediatamente la continuación, me van a decir que lo he hecho para aprovecharme del éxito, que es lógico”.

“Me inspira lo que me gusta y lo que no”

Decidió esperar y, cuando llegó el momento adecuado, al menos en cuanto al orden temporal de la historias, publicó un tercer tomo, El libro de los Baltimore (2015), que transcurre durante el 2012, mientras que su antecesor se relata entre 2008 y 2009. Así, en medio de estos dos periodos, aparece El caso de Alaska Sanders. Su decisión le “permitió escribir tres libros que se pueden leer de forma independiente; uno puede empezar por el primero, seguir por el tercero y luego el segundo; o en cualquier otro orden”.

Contrario a lo que podría pensar para la novela negra o policial, asegura que “no me documento” para construir una historia verosímil, creíble. “El control funciona prácticamente para todo, pero no en la novela, porque es ficción, y la ficción es diversa.

Eso sí, hace un “paréntesis”, ya que con sus palabras se refiere estrictamente a la “ficción pura; por ejemplo, si se trata de una novela histórica, hay una parte que es ficticia, y hay otra parte que está basada en hechos reales”, por lo que “es importante que la persona que lea el libro aprenda un poco de la parte histórica”. Sin embargo, en libros como el propio Caso de Alaska Sanders, u otra historia de corte policial, “no hay que hacer ningún tipo de documentación porque eso va a estropearlo todo”. Al contrario, “hay que dejarse ir”, aconseja.

Joël Dicker
Joël Dicker

Respecto a los lugares reales que describe en el libro, simplemente “los conozco”, por lo tanto, “hablo realmente de mi experiencia”, en ese sentido, “son muy veraces”.

Pero también, si bien es una investigación lo que se cuenta en la novela, para la cual podría requerirse del conocimiento de policías y abogados, en gran medida las indagatorias las realiza Marcus, “que no tiene ninguna formación policiaca”, explica. “Entonces la podría hacer cualquier persona de una forma muy artesanal, es decir, un cuaderno, un bolígrafo y que va interrogando gente”, lo que da rienda suelta a la imaginación. “Lo que hace es hacer que la novela esté por encima de cualquier cosa tecnológica y tenga un barniz muy humano, de los pies en la tierra”, remarca.

Luego se adentra en la “inspiración”, a la cual describe como “un misterio de la mente”, porque “no sabemos muy bien cómo funciona”.

Aun así, intenta definirla, en busca de los procesos que guían su escritura. Por un lado, la componen “las vivencias y experiencia vital” de cada uno, junto con “las historias que le gustan, lo que ha leído, las sensaciones que le gustan, la curiosidad que uno tiene personalmente”, reflexiona, lo que se suma a “todo el bagaje cultural, lo que hemos leído, lo que hemos visto como cine, el teatro, series de TV, pinturas, cuadros; nos haya gustado o no, lo hemos ido asimilando”.

Son “todas esas capas”, dice Dicker las que “impulsan la inspiración”, tal como " mezclar colores, como amarillo y un poco de verde”.

Consultado sobre si influyen en sus novelas las series que consume en las plataformas de streaming, declara:

—Vuelto a lo de la inspiración: ¿Quién puede decir realmente lo que lo inspira o no? Es imposible. Me inspira lo que me gusta y no me gusta. Por eso leo. Sobre todo me inspira lo que no me ha gustado, porque nos construimos mucho más con respecto a lo que no nos gusta. Es más fácil decir el porqué de lo que no nos gusta: ¿por qué a uno le gusta el tomate? ¿El café? Tratar de explicarlo es muy difícil. En cambio, si uno es capaz de decir “no me gusta el café porque es amargo”, es más fácil. Es evidente que he visto películas, series de televisión, obras de teatro y seguro que me han inspirado quiera o no.

Las mujeres de sus libros

Quería un nombre que despertara la intriga. Pensó varias opciones y, de pronto, se le ocurrió el de “Alaska”. “Tiene una parte atractiva, salvaje, es muy bonito, no lo conocemos muy bien, es misterioso”, dice haciendo referencia al estado gringo. “Pensaba que ese nombre iba bien”.

Aparte, “Alaska es un territorio que siempre me ha fascinado desde mi infancia”, en cierta medida, “también porque es de los territorios de Jack London”, escritor que recorrió esta tierra y sobre la que escribió intensamente. “En fin, se trata de una palabra que dice mucho y que conecto mucho”, declara, lo que convierte este nombre en uno más de los “elementos que parecen muy anodinos, pero que, al mismo tiempo, relatan cosas sobre mí” en la novela.

Como sea, “en Estados Unidos, muy a menudo la gente pone a sus hijos nombres de ciudades”, comenta. “Entonces todo es posible; hay niñas que se llaman ‘Texas’, ‘Houston’ o qué sé yo”.

Joël Dicker
Joël Dicker

Ante el desafío de construir un personaje femenino, primero declara: “Son importantes las mujeres tanto en los personajes como en la vida”, sobre todo porque “en general son seres más fuertes que los hombres”, en vista de que “siguen batallando mucho más” a causa del machismo. “Por eso me fascinan las mujeres, porque tienen esa capacidad de ser más más determinadas e ir más lejos”, lanza.

Por eso “no siempre es fácil crear un personaje femenino, porque uno en los personajes hace cierta proyección”, lo que lo convierte en “un desafío importante”.

De ahí, le preguntan sobre si, en algún futuro, está la opción de que sus detectives sean mujeres, o que las víctimas no necesariamente sean personajes femeninos. “Creo que no es nada anecdótico elegir mujeres como víctimas, creo que refleja tristemente la realidad”, dice sobre Europa y América Latina. “Es así el mundo en que vivimos, esta es una situación insoportable de femicidio”, por lo que ese elemento en sus novelas se vuelve “una forma de expresarlo”.

—Creo que en una novela es importante el eco que el texto tiene en los lectores. Si uno tuviera una actitud moralista, pues eso no suele funcionar: a la gente que moraliza, nadie la escucha. Ahora bien, si uno mantiene un discurso que es más bien una llamada a la reflexión, creo que el eco es mucho más fuerte. Esa es la gran fuerza de la literatura. Cuando un lector lee un libro, mantiene una conversación consigo mismo; a unos les llega un tema o personaje más que otro. Todo esto nos habla de nosotros mismos, y esa es la fuerza de la literatura. No es Instagram ni nada de eso. En la literatura no dependemos de lo que hagan o le guste a los demás.

“¿Qué es la novela policiaca?”

La semilla de su atracción por la novela negra está en el británico Ken Follet, autor de novelones como Los pilares de la Tierra (1989), Un mundo sin fin (20007) y El invierno del mundo (2012). “Pero, ¿acaso Follet es escritor de novela negra?”, advierte. “Pues no lo creo, no creo que él aceptaría ese título”.

Se le hace “difícil” hablar de ese género, porque considera que es el que “ofrece mayor espectro de posibilidades narrativas, argumentales y de los personajes”, al punto que “podemos hacer lo que nos dé la gana, no tenemos límite de ningún tipo”.

Dicho eso, se pregunta:

—¿Qué es la novela policiaca? Yo muchas veces digo que es algo que puede abordar muchísimos campos al mismo tiempo. En ese sentido, también puedo incluir a Follet, pero él ha tocado muchos campos y teclas. Él me influyó. Y también Agatha Christie y Arthur Conan Doyle. ¿Por qué? La fuerza de su trabajo es que crearon una atmósfera y un género; también, un tipo de personajes y un mundo que gira en torno a un universo que va más allá de lo que describen. Creo que precisamente lo que más caracteriza a la novela policiaca no es la sofisticación, sino los personaje y ambientes que logran crear.

Al inicio de El caso de Alaska Sanders, Goldman, que se ha convertido en un autor de renombre como Dicker, se pregunta: “La gente me sonríe a menudo. Pero no sé si me sonríe a mí, el congénere humano que están viendo, o al escritor al que han leído”.

—Esa parte es de los párrafos donde se encuentra un eco de mi persona —reflexiona—. Una de las cosas que me chocó, y que me dejaron más alucinado, fue cuando la gente empezó a conocerme. De repente la gente te llama, das vuelta, crees que habrá alguien que conoces, pero te encuentras con uno desconocido. Tienes un momento de confusión como “¿la conozco o no la conozco?”. Uno trata de establecer algún vínculo. Al principio es una sensación muy extraña. Dices “hola, ¿nos conocemos?”. Y te responden “usted no me conoce, pero yo a usted sí, porque soy lector suyo”. ¿Por qué me sonríe la gente? ¿Por qué la gente es simpática conmigo? ¿Me conocen? ¿No me conocen? ¿O sencillamente le gusta mi trabajo como escritor?

De pronto, surge en la instancia el concepto del “éxito”, le consultan por la contracara de un concepto, a veces, difícil de aterrizar: ¿Le ha traído problemas?

—No me ha provocado problemas, pero el éxito de un novelista, en mi caso, que, creo, es un caso general de los escritores, es un éxito muy particular —contesta—. No tiene nada que ver con el éxito de un músico, actor o de un presentador de tele. Porque realmente el éxito no es de la persona, sino del libro. He visto a presentadores o actores que realmente se les llama en la calle, y la gente quiere hablarles, y les dice “me encanta usted”... Pero en mi caso es todo lo contrario: “me gusta su obra”, “me gusta su libro”. Eso está muy bien. Tiene un fondo muy saludable, porque que alguien que no conoces te diga “me encantas”, pues es un poco raro. Pero que alguien te diga “me encanta su libro”, es otra cosa. Se vive con normalidad, es un éxito tranquilo, sereno, de la obra, no va directamente encaminado a la propia persona.

Más que un dolor de cabeza, para Dicker publicar “es un problema estupendo”, manifiesta, porque le permite estar con sus seguidores. Su libro anterior El enigma de la habitación 622, se publicó en mayo del 2020, en plena pandemia. “Realmente fue muy frustrante porque no pude encontrarme con mis lectores”, lamenta. “No pude hablar con ellos ni escuchar lo que el libro les había aportado”.

Aunque eso no fue una buena noticia, en retrospectiva, le reafirmó “la importancia que tiene la lectura en el mundo que vivimos”, es decir, “me hace darme cuenta de lo fundamental que es escucharnos los unos a los otros, y estar más abiertos”; al punto de que “la fuerza de la democracia no se mide en la estabilidad política de quienes gobiernan, sino en el impulso que tienen los ciudadanos que van a votar”.

Dicker escribe una novela a la vez, a pesar que, en ocasiones, tiene varias ideas dándole vuelta al mismo tiempo: “De repente eso me lleva a otra cosa, y acabo escribiendo una novela que no tiene nada que ver con la primera idea inicial”.

Sin embargo, “no escribo nunca varios libros al mismo tiempo”, declara. “Para mí sería algo absolutamente imposible”.

Sobre si volverá a aparecer Marcus Goldman tras esta trilogía, juega al misterio:

—No lo sé. Quizá nunca, quizá en el futuro. Es difícil saberlo. Si lo supiera se los diría, lo diría. Pero no lo sé. No quiero hacer promesas, porque irían en contra de mi libertad como escritor.

Joel Dicker
El caso de Alaska Sanders.

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