Por Eduardo OrtegaEntre Radiohead, rupturas familiares y colaboraciones soñadas: cómo Kidd Voodoo maceró su propia Euforia
Apenas unas horas atrás, Kidd Voodoo presentó el que acaso sea el álbum más ambicioso de su catálogo, con las participaciones de Pablo Alborán, Rels B y Mon Laferte, a contracorriente del reggaetón y el vértigo de los algoritmos. Un disco que él define de rock y que pergeñó como refugio ante la separación de sus padres y la tristeza de sus hermanos. Aquí resume el proceso: inseguridades, influencias e intenciones.

A medida que David explica por qué en su cuarta placa, Euforia, se decidió a migrar del reggaetón al rock, en rigor rock cargado a la balada, podemos imaginar el recurso fundacional de la psicomaquia pop, es decir, un alter ego divino y otro demoníaco acomodados sobre sus hombros librando una batalla narrativa entre el deber ser y el deseo culposo. Allí, el ícono/caricatura del ángel adornado con su rostro parece decirle que de una vez por todas deje de hacer caso a lo que espera el resto, que el momento de escucharse a sí mismo es ahora, pero el diablo lo interrumpe para preguntarle por qué, que por qué habría de cambiar una fórmula que hizo de él, en un pestañeo, el artista chileno más escuchado del país, le permitió hacer suyo doce veces el Movistar Arena, arrasar con el Festival de Viña del Mar y dotar al género urbano de un fondo de armario mayor al de cualquier otra estrella. Entonces a David lo imaginamos frunciendo el ceño; con peso en ambas balanzas, los discursos lo desarman por igual.
Pero, cuenta al diario pop, ese tribunal interno terminó por decantar cuando, con los días, se aventuró a proyectar el alcance de su obra.
—Es que yo creo que estoy más grande, ¿sabís? No sé, en los discos anteriores quizás lo que buscaba era algo mucho más banal, algo mucho más superficial. Pero creo que estos nueve meses, y todas las cosas que han pasado, me llevan a querer buscar una identidad, ¿cachái? Algo más duradero. Yo a mis treinta y nueve, cuarenta y cinco años, quiero seguir tocando música. Y me cayó esa piedra en la cabeza: si sigo haciendo lo mismo todo el tiempo, a lo mejor voy a morir antes como músico y no es lo que yo quiero.
Lo que ocurrió en estos nueve meses, poco más que una hibernación entre Estudios del Sur y Estudio Los Lobos de Pichilemu, Kidd Voodoo lo sintetiza en un video de un minuto treinta y cuatro segundos publicado el primer lunes de mayo en su perfil de Instagram. Dice ahí, a corazón abierto, que su plan inicial era seguir la huella de sus trabajos anteriores, pero ciertos eventos alteraron la hoja de ruta. Más allá de la Quinta Vergara, la docena de sold outs en Movistar Arena, su primer estadio y su primera gira internacional, hubo “una serie de rupturas muy dolorosas”, concretamente la de sus padres, que lo empujaron a volver sobre sus pasos. “La creación de este disco —aclara, en definitiva— está relacionada al cien por ciento con todo lo que me tocó vivir y lo que sentí con este acontecimiento”.
—No debió ser fácil tomar esa decisión…
—No, hermano, porque igual existe esta preocupación de, como artista urbano, llevar un disco de rock, de baladas. Eso al toque es una presión... Es como: estoy acostumbrado a publicar una canción de reggaetón y que tenga 400 mil visitas al día, ¿cachái? Y publico “Poder quererme”, que fue la primera que salió, y de 400 mil visitas pasaste a 15 mil, entonces eso igual te agarra. Te dice, oye, ¿y si mejor paras este proyecto y te metes a lo que la gente escucha? Pero ahí entrái a la guerra de: o hago lo que la gente quiere o hago lo que yo quiero y al que le guste, que le guste. El disco me recuerda a esa decisión, hermano.
—Es también un desafío a nivel artístico, ¿no?
—Sí, es súper fuerte. Yo creo que entra en las bases de, también, no caer en la monotonía. Yo no tengo ningún problema con el reggaetón y lo más probable es que lo vuelva a hacer bastante pronto, porque me gusta. Pero sí llegó un momento donde yo llevaba unos cuatro discos de reggaetón, sólo reggaetón, en un lapso de cinco años. Entonces hice los doce Movistar Arena y la gente seguía cantando más las canciones que eran baladas, se volvían locos. Entonces dije: bueno, si les gusta más a ellos, y a mí me gusta más, ¿por qué estoy haciendo reggaetón? No tiene sentido. Entonces dije, ya, me voy a atrever, es el momento, estoy en una buena posición, vengo de haber hecho doce Movistar Arena. Si es que nos llega a ir muy mal, siempre se puede volver al reggaetón, no hay problema. Pero intentémoslo, porque, si no, lo vamos a seguir aplazando y nos vamos a quedar con la espinita. Y ahí se te empiezan a cruzar los cables.
—Descartamos cualquier vínculo con el reggaetón en Euforia entonces.
—Sí, es verdad que no tiene ni un reggaetón, ningún ritmo comercial. Se parece mucho a un disco de Radiohead, que se llama Amnesiac. Es muy parecido.
—¿Fue esa tu inspiración?
—Total. Yo creo que puse a toda la banda a escuchar Radiohead, ja, ja, ja. Y es bonito en lo que terminó. Es una hueá bastante agradable.
A diferencia del proceso que acompañó a los álbumes que le preceden —Pa’ los Sátiros, Vol. 1, Los rompecorazones, Vol. 2, Satirología, Vol. 3 y SATIROLOGÍA (Deluxe Edition)—, Euforia está definido, sobre todo, por un campamento con trece personas cocinando a fuego lento cuando lo normal, hace cuentas el maipucino, eran tres. Pero ahora incluso le pidió una mano a sus hermanos: quería que ellos, los que de seguro más sufrieron el quiebre parental, pudieran hacerse-sentirse parte de su proyecto más íntimo.
—De hecho —anticipa—, ¡hay dos canciones que escribió mi hermano chico! Lo llevé y, hueón, ja, ja, escribió una canción conmigo. Fue una locura, ja, ja, ja. Ahí después diré cuáles son.
—Ese apoyo debió ser esencial para seguir adelante con el cambio que propone el disco.
—Sí, claro. Los cabros saben cómo soy yo en la interna, y saben con los demonios con los que peleo. Que gracias a Dios no es ningún trauma, pero son mis demonios. La ansiedad: si yo veo que a una canción le va mal, me vuelvo loco. Y me pongo a trabajar más brígido. Entonces, cuando vemos que “Dando vueltas” sigue en el top de Chile, siendo una balada, compitiendo contra cuarenta y nueve reggaetones, es como: ya, fue una buena decisión. Y las veces que quise tirar pa’ atrás con el proyecto, porque más de una vez quise, los cabros me decían: no, hermano, sigue, no tienes por qué gustarle a todo el mundo. Esos comentarios que uno, como artista, necesita, porque en algún momento sí se llega a pensar que no, que sí tiene que gustarle a todo el mundo, que tiene que ser perfecto. Y la música nunca ha sido perfecta.
La aportación familiar en el laboratorio musical fue, en todo caso, el decorado de una pieza que ya vestía con un ropaje distinto. Tres semanas antes de su lanzamiento, acaso para medir la temperatura, Kidd Voodoo adelantó “Dando vueltas” junto al español Pablo Alborán, una idea disparatada que devino colaboración y sueño cumplido una vez que el cantante nacional asistió a sus conciertos de marzo y le enseñó la canción. Alborán aceptó dichoso, al igual que Rels-B y Mon Laferte. A la chilena más vendida de la era digital la abordó en Las Vegas y luego cerró el trato cuando coincidieron en el Festival de Viña.
—Para mí es reimportante. Son artistas muy grandes y reflejan lo que yo quiero, que es hacer giras por el mundo, que mi música llegue hasta el rincón más difícil de llegar. Y no por un ámbito de comercialidad, sino porque es música y la música tiene que compartirse cuando es buena o cuando se hace del corazón. Y estos tres artistas tienen un catálogo enorme de música del corazón. Sobre todo Alborán y Mon Laferte. Es música que tú le ponís play y, si concordái en algo, te vai a poner a llorar inevitablemente, ja, ja, ja. Siento que aprendí mucho de ellos. Los tres son mayores que yo, entonces escuché de cada uno cada consejo, cada experiencia que me contaban. Y aproveché de preguntarle una montonada de cosas.
—¿Como qué cosas?
—Con Alborán, por ejemplo, hablé mucho. Me sorprendió que tiene de febrero hasta abril del próximo año gira. ¡Más de un año! Eso me volvió loco. Ahí dije: yo me voy una semana y me quiero ir a acostar, ¿cachái?, ja, ja, ja. ¿Seré muy flojo?, pensé yo. Entonces, fue bacán tener ese acercamiento, esa oportunidad no necesariamente de hacer la canción sino también pa’ preguntar. Cómo puedo llegar a eso. Qué hiciste. ¿Fue suerte? ¿Qué es lo que crees tú? Y cada uno tiene su apreciación. Y es bonito que quede un track con gente con la cual me llevé absolutamente bien.
—¿Te causó especial ilusión algún encuentro?
—Totalmente. Hablé con Rels y con él me sucedió que sacó disco esta semana, estaba haciendo ese disco cuando hablamos, y le preguntaba: tú, qué haces como pa’ que tu música te cunda, para vivir de esto siempre. Y ahí me explicaba. Con Alborán también... el nivel de talento que tiene esa persona es increíble, ¡la cagó! Y con la Mon también. Me pasó que fui a verla al festival, estuve en el show y todavía no logro comprender lo bien que sale ese show. Entonces, claro, veinticuatro años tengo y puedo mejorar cosas. La próxima vez, si se me da volver a Viña, quiero hacer un show de esa talla. Quiero aprender, quiero hacerlo mejor. Y con ellos me ilusionaba, como dices, mucho aprender. Ya no es como codearse, es colaborar con gente que tiene más experiencia que tú, así que es la oportunidad para preguntar.

—El disco de seguro nos hablará mucho de eso, pero ¿cómo has podido llevar la ruptura de tus padres? ¿Cómo te sientes tú?
—Yo estoy bien, hermano. Gracias a Dios estoy perfecto. Al inicio, cuando pasó esto, fue muy chocante, pero no inesperado. Para nada, se sabía. De hecho, yo pensé que iba a pasar hace mucho tiempo, pero yo no me meto en eso, son cosas de pareja de mis padres. Y yo me llevo muy bien con ellos, me llevo increíble, hablo con los dos. Quizás fue un poco más heavy para mí ver a mis hermanos, ¿cachái? Mis hermanos la pasaron súper mal, hueón. Y yo justo me había ido de la casa. Me fui de la casa dos semanas antes de que pasara. Entonces estaban lidiando con que mi papá se fue y que yo, que sostenía la familia cuando mi papá no estaba, tampoco estaba. Fue ir a la casa de nuevo, volver a estar con ellos y tirarlos pa’ arriba. Fueron unos tres meses de estar así. Y eso fue lo que más me motivó a hacer el disco: explicar, y que mis hermanos pudieran ver, que el arte se puede hacer de cualquier cosa. Todo lo que pasa en la vida es arte. Entonces, esto pa’ mí fue, por un lado, un acontecimiento fuerte, pesado, aunque casi todos pasamos por eso honestamente. Y por otro, que mis hermanos vieran que se puede hacer algo lindo. Ese material va a quedar grabado pa’ siempre, y quiero que ellos, cuando se acuerden, digan: ¿se acuerdan que cuando mis papás se separaron hicimos un disco de rock?
—Ya escucharon el disco tus hermanos. ¿Qué te han dicho?
—Ellos tres escuchan el disco y lo sienten más real que nadie que lo va a escuchar, porque es lo que nos pasó. Y es bonito ver que también las canciones dirigidas a mi papá y a mi mamá (“Tu corazón” para papá, “Llora” para mamá) son bonitas. No está hecho desde la rabia; son cosas que pasan en la vida, ¿me entendís? Y siento que a mí y a mis hermanitos chicos nos dio un nivel de maduración más grande. Ya entendemos que todo es posible. Puede pasar lo malo pero también cosas muy buenas.
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