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La Firme con Maestra Edymar, de Fiebre de Baile: “El ballet me salvó... de la timidez, porque no habría podido vivir”

Desde los 10 años ha construido su carrera en la danza clásica, e incluso se retiró y más tarde regresó triunfalmente. Hoy, cumpliendo un sueño impensado, es parte del jurado del estelar de CHV, aunque aclara: “Mi idea nunca ha sido quedarme en la tele”. Esta es su historia con aristas, hasta hoy, desconocidas.

16 Junio 2026 Entrevista a Edymar Acevedo, "La Maestra" del programa Fiebre de Baile Foto: Andres Perez Andres Perez

Edymar Acevedo Caro (57) posa en su salsa, con intensos tonos rojos, camina cual levitación y mueve las manos como al ritmo de una brisa sutil. Ante la cámara, con los tacos puestos sube gimnásticamente una pierna sobre la baranda de las escaleras que llevan a un subterráneo entre los amplios pasillos de la exfabrica de Machasa, donde hoy —entre muchas otras cosas— están, por ejemplo, los camarines de Fiebre de Baile, estelar en que de domingo a miércoles hace de jurado juntos a los Power Peralta, Raquel Argandoña y Vasco Moulian.

En octubre del 2025, después de haber participado en un casting, medio sin esperarlo, a la retirada bailarina de danza clásica se le cumplió un sueño inesperado: ser parte del jurado; de hecho, su hija, María José, que trabaja con ella y es testigo de la entrevista con La Cuarta, comenta que desde que tiene memoria que le escuchaba a su madre decretar aquel anhelo.

Pero una cosa es la fantasia y otra, distinta, cuando esta se hace realidad, así que, según cuenta, no fue sencillo de entrada. Habían quienes le sugerían que debía ser “mala” para ganarse su espacio en la pantalla chica. Ella no quería construir un personaje así. “Siempre he estado muy ligada al humor también: arte y humor van de la manito”, comenta.

Hoy, sin embargo, la “Maestra” dice sentirse más adaptada: ha aprendido de los rápidos ritmos de la tele, tanto delante como detrás de pantalla, y a ignorar el ruido farandulero en torno al programa, así que como regla general, ante cualquier conventilleo: silencio y, de ser posible, que el tiempo le dé la razón.

La destacada bailarina es parte del jurado de Fiebre de baile. Foto: Andres Perez Andres Perez

Pero, sea como sea, estos últimos meses han sido una suerte de bálsamo en la historia de quien comenzó su rigurosa carrera en la danza cuando viajó cientos de kilómetros desde su natal Tomé, Región del Biobío, para probarse en el Teatro Municipal de Santiago. Y entre unas 100 postulantes, fue de las dos que quedó, y no tardó en destacar por su expresividad. Una cualidad que, al menos de entrada, podría resultar inesperada en la niña en extremo tímida que fue, según narra. Y a eso le encontró una raíz que se conecta con el alcoholismo de su difunto padre:

—Ojalá salgan de cualquier adicción, porque no saben cómo afecta a una niña de 6 años, que piensan que las niñas no entienden nada —declara—: Hago un llamado de alguna manera a, ojalá, esas personas que tienen problemas adictivos, se los traten, porque a futuro van a ayudar a sus hijos, parientes o personas que quieren.

Ella, eso sí, opta por darle una vivencia como esa, más bien traumática, un aprendizaje que le serviría para la vida que se le vendría, marcada por la exigencia de la danza —y particularmente del ballet—, carrera que dio por finalizada a sus 37 años, pero que luego retomó pasado los 50 para una participar en un proyecto que incluso la llevó a conocer al Presidente Boric. Entre medio de todo ese camino, comenzó a hacer clases, tuvo una hija, se casó tres veces y vivió una serie de hitos que la tienen, hoy al menos, sintiéndose “en mi mejor momento”, dice para La Firme.

—Cuando yo hablo no me para nadie —comenta tras más de una hora de entrevista en su camarín, previo a un nuevo capítulo de Fiebre.

Luego, al terminar la entrevista, muy animosa, Edymar aplaude y expresa: “¡Eeeeh!”.

LA FIRME CON EDYMAR ACEVEDO

Un recuerdo de mi infancia en Tomé: mi extrema timidez, en todo sentido. No me gustaba salir a la calle, tenía susto a comunicarme con la gente y me escondía atrás de mi mamá cuando salíamos. Por eso mismo, mi mamá tuvo que buscar algo para que yo sacara mi personalidad, y así encontró ella el ballet para mí.

Me acuerdo perfectamente de mi timidez. Era un trauma. Era dolor, dolor de guatita, no quería ir al colegio... Lo recuerdo como si fuera ayer... Y además… no siempre lo digo —mi papá ya no está en este plano—, pero quizás si le puede servir alguna familia, sería bonito: mi papá era alcohólico. Un hombre maravilloso: artista, simpático y como un modelo físicamente; pero tenía ese problema de adicción. Yo creo que eso mismo me llevó a ser tímida. Creo que se relaciona mucho con la parte psicológica, o sea, tu papá no sabes cómo estará. Piensan que las niñas de 6 años no entienden nada, pero yo lo entendía y veía todo: veía cómo sufría mi mamá y cómo yo protegía a mi hermana también.

Conectando el alcoholismo de mi padre con mi timidez, ¿de repente se ponía medio agresivo? Sí, también, sobre todo con mi mamá. Era agresividad. Tenía dos caras: una, el artista maravilloso; y el otro, la cara del monstruo, entonces al ver eso, cuando eres chiquitita, no sabes con qué te vas a encontrar. Y era ese miedo de que alguna vez me iba a quedar sola. Una cosa muy terrible. Como tienes una persona que quieres tanto, y es tan inestable, te empieza a pasar lo mismo: no estás estable emocionalmente, porque yo quería mucho a mi papá, pero no quería que llegara en mal estado, quería que estuviera siempre bien, contento y bonito.

"Quería mucho a mi papá, pero no quería que llegara en mal estado", recuerda Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

¿Y mi nombre? ¿Edymar? Fue una de las cosas que también me afectó, porque aparte de que era tímida, cada vez que decían mi nombre en el colegio, ¡me ruborizada! ¡Un tomate! Porque en mi época, que no existían los nombres inventados, ¡sufría y lloraba! Le decía a mi mamá, muy dramática: “¡¿Por qué yo no tengo santo?! ¿Por qué no me pusiste ‘María’, ‘Carmen’ o ‘Marcela’?”. Hasta cierta edad, hasta los 12 o 13, ¡me cargaba!, porque todas las personas te preguntan el nombre, y yo decía “Edymar”, y me respondían “¿cómo?”, como tres veces. Y yo lo tomaba como “no me entiende porque es un nombre feo”. Pero después descubrí —y ahora lo agradezco— que hay gente que piensa que es mi nombre artístico, y no, es mi nombre de verdad, de nacimiento.

Y Edymar con “y”. Mi papá y mi mamá me quisieron poner así, fue idea los dos, jajaja. Primera hija, hija de un artista loco; y mi mamá, una mujer cariñosa, también media artista, que cantaba y todo. Entonces fue como “sí con ‘y’”. Y en eso estuvieron muy de acuerdo: Edymar... Ahora me encanta mi nombre, porque ni siquiera tengo que poner el apellido.

Fue por timidez que mi mamá encontró una academia muy chiquitita en Tomé. Yo no sabía para nada que me gustaría bailar. Mi papá también era mucho de poner discos de música clásica. Y yo siempre me ponía las frazadas, improvisaba y bailaba; pero en mi casa. Me gustó siempre la música y el movimiento, pero no sabía qué era. Hasta que fui a hacer clase de ballet y descubrí que se llamaba “ballet”, desde los 6 años.

¿Cuándo demoré en sacarme la timidez? Creo que es un proceso que cada día se va aprendiendo, hasta que uno ya no está en este plano. Pero desde el momento que entré a la clase de ballet, supe que esa era mi vida, y se me iba la timidez completamente. Eran “dos Edymar”: una super tímida y otra súper extrovertida. Después descubrí que esas dos eran la misma. Aprendí a convivir con la tímida y la extrovertida, que finalmente soy yo ahora. Me gusta vestirme de rojo, con plumas y cosas; pero fue un trabajo que hice cada día. Pero el ballet me salvó, absolutamente. ¿De qué me salvó el ballet? De la timidez, porque si no no hubiese podido vivir.

"Desde el momento que entré a la clase de ballet, supe que esa era mi vida", declara Edymar. Foto: Andres Perez 16 Junio 2026 Entrevista a Edymar Acevedo, "La Maestra" del programa Fiebre de Baile Foto: Andres Perez Andres Perez

Veía en un programa que se llamaba Creaciones (Canal 13) —que me encantaba—. Ahí veía el ballet y la ópera. Me fui enamorando. Mi papá leía siempre El Mercurio y yo recortaba cada cosa de arte o del Teatro Municipal, y lo pegaba en un cuaderno Torre; era un “álbum” personal. Hasta que a los 9 años, le dije a mi mamá: “Quiero ir a probar a Santiago, porque leí que hacen audiciones para las niñas que quieren ser bailarinas”. Mi mamá, por supuesto, se puso a llorar, entre nervios y emoción, porque era una niña tan chiquitita que se quería venir a Santiago a ver si servía o no como bailarina. Me dijo: “Esperemos un año, porque a lo mejor cambias de opinión”. Creo que ella pensaba que cambiaría de opinión... Y fue peor, porque al año estaba: “Mamá, vamos, mamá...”. Hasta que, yo creo que por aburrimiento, la convencí.

Vinimos a Santiago cuando tenía 10 años, efectivamente a dar la audición, que eran muchas niñitas. Partimos 100, después quedaron 20 y después dos, que fuimos las que llegamos ese año a ser profesionales. Pero tuvimos que pasar por toda la escuela de ballet, que nos vieran los coreógrafos y los directores de cada compañía de ballet. Pero yo ya sabía lo que quería y seguía, seguía, seguía.

Me han dicho que tuve la suerte de descubrir muy joven mi vocación; y a través de los años, también lo he descubierto. También por eso estuve dando muchas clases para adultos, porque muchas personas no tuvieron la suerte que tuve yo. Tener una mamá o alguien que te tome la mano y te diga: “¿Sabes qué? Confío en ti, creo en tu locura o sueño”, y que te guíe y proteja para que al final se convierta en tu profesión. Y finalmente así sucedió.

Era una cuestión absolutamente mía, nunca jamás me hicieron bullying por mi nombre. Me molestaban, pero no lo sentía como bullying, porque en la compañía de ballet, el Ballet de Santiago, siempre fuimos súper unidos; pasaba más tiempo con ellos que con mi familia. Éramos muy jóvenes, entonces también jugaba con mis pares. De lo que me acuerdo es que habían unos buses, Jedimar; y nosotros algunas veces íbamos en un bus y empezaron: “¡Jedi, Jedi, ahí vas tú! ¡Tus buses!”. De ahí, hasta hoy, muchos me dicen ‘Jedimar’“. Pero nunca lo sentí como bullying, sino que era una talla mía.

A los 10 años me vine a Santiago a Avenida Matta con la calle Madrid, donde mi abuela, que era súper rígida. Mi abuelita está en el cielo, y gracias por haberme dado techo, pero hubiese sido súper rico esas abuelas que te abrazan y que te hacen la lechecita. Era su forma de cuidarme; a ella la criaron así, era de otra generación en el apapachar, y el abrazar no iban con ella nomás. Me lo sufrí todo. No recuerdo ni una noche sin llorar; lo peor del día para mí era la noche. Me sentía sola, y era dramática también —artista—, entonces agarraba una foto de mi hermana, otra de mi papá y mi mamá, y las abrazaba, lloraba cinco minutos, y después dormía. Era mi ritual. Porque durante el día era mi fascinación ir a ballet, terminar el colegio e irme a ballet, y era la niña más feliz que se pueda imaginar. Mi objetivo: llegar a la hora de mis clases y mis ensayos.

A los dos años mi mamá y mi hermana se vinieron a Santiago, y después mi papá. Y me sentí mejor. Mi hermana, Katherina, es dos años menor que yo, pero yo creo que en otra vida fuimos mellizas, porque somos de carácteres totalmente distintos, pero no podemos estar una sin la otra. Es muy loco. Cuando a ella le pasa algo siento que lo que le pasa, y ella a mí, hasta hoy. Es mi mejor amiga, mi partner, mi todo. Entonces cuando llegó, es como que llegó mi otra mitad.

"Me lo sufrí todo", recuerda Edyamr sobre sus primeros años en Santiago. Foto: Andres Perez Andres Perez

A los 16 años ya estaba firmando un contrato, y no sabía ni firmar, ¡de verdad! No tenía firma y la ensayaba con mi mamá. A esa edad los niños están jugando y van a fiestas, y yo quería entrar al Teatro Municipal. Me acuerdo perfecto el día que pisé la escalera de la entrada, que mágicamente sigue siendo la misma. Cada vez que voy es una emoción tremenda; ya entrar y estar ahí para mí ya era un honor. Y cuando ya un día llegó un director, Iván Nagy, y me dijo: “Te queremos contratar”... Llegué a mi casa, saltábamos con mi mamá y con mi hermana. Maravilloso.

El director del Teatro Municipal, Iván Nagui, húngaro, me ofreció un contrato de pre-aspirante. ¿Qué vio en mí? Me dijo la razón, porque me llamó a la oficina cuando me convocaron. Me había visto porque en ese tiempo la Escuela de Ballet interactuaba con la Ópera, o sea, que en las óperas que hubiese ballet nos llamaban para las danzas. Y era Sansón y Dalila, un ballet muy fuerte, muy de mujeres, y yo tenía 15 años. Él me vio y que tenía lindos movimientos, amplios y mucha expresión, que eso es lo que quería, tener artistas en su compañía. Quedé muda, no podía decir nada, era un pollito. Pero eso me explicó.

Debuté en el elenco estable del Teatro Municipal con El Cascanueces... Antes de ser pre-aspirante, estás en la Escuela de ballet, y fue lo primero, súper divertido. Me dijeron: “Van a hacer de ratones”. Y después cuando me probé el vestuario, era un corpóreo, gordo, de espuma, ¡gigante!, con una cabeza de ratón, una tremenda máscara.Te sirve para valorar después cada cosa que haces. Para mí todo es importante. Ya cuando me contrataron, a los 16 años, me dijeron que “pasas a Cuerpo de baile”, tuve un contrato igual que el de un trabajador, ¡demasiado joven! Me empecé a comprar mi equipo de música y cosas para mi casa, para mi mamá y mi hermana; además tampoco ganaba millones de pesos, era lo justo y necesario para ayudar. Si no teníamos lavadora, (compraba) una lavadora.

Hay cosas que se estudian. Y hay otras que se pueden aprender. Todo se puede aprender. Pero la parte histriónica, la parte como actriz, la tuve siempre. Siempre. De hecho una de las profesiones que me hubiese encantado hacer, si no era bailarina, era actriz. Y me sirvió mucho, porque para ser bailarina también tienes que ser actriz: meterte en el personaje. Yo trabajaba frente a un espejo, me encantaba hacer roles que fueran totalmente distintos a cómo soy. En el ballet se cataloga mucho que todo es “clásico”, y que todo es con tutú y la coronita... ¡No! Me gustaba ser la mala, la bruja y la fea. Me daba lo mismo si me tenía que poner un postizo o una nariz. Para mí el rol es importante. Me gustaba mucho, hasta hoy, la actuación.

Quería ser bailarina y actriz. En el ballet tienes que interpretar, porque si no la gente se aburre, y si no también tú te aburres... ¿Estar con cara de muralla y sin sentir nada? ¡No! Tienes que sentir que el ballet te corre por las venas, que el corazón te vibre y que hagas el personaje; y estudiarlo además. Tuve una muy buena maestra en la compañía de ballet, Marilyn Burr, que nos enseñó mucho estilo, con los brazos, elegancia, postura corporal y técnica.

¿Salía de fiesta? ¿O pololeaba en mi adolescencia?... Era súper enfocada, quizás demasiado porque mi hermana también era deportista. Escuchaba lo que le aconsejaban a ella como deportista, y yo lo tomaba también. Mi maestra nos dijo en la Escuela de ballet que no podíamos andar en patines de hielo ni con ruedas, ni tomar sol, ni cortarnos el pelo, y habían muchas restricciones por las lesiones en los tobillos, rodillas o caderas. Por eso siempre tuvimos mucho cuidado de no hacer algún deporte extra que nos pudiera lesionar. Además la carrera de una bailarina es súper corta; se empieza muy temprano, pero también termina a muy temprana edad, o sea, a los 40 ya te tienes que ir retirando.

"Quería ser bailarina y actriz", explica Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

Mis papás se separaron y fue lo mejor que pudieron haber hecho. Fue una calma, verlos por separado. Él se vino a Santiago y después se separaron... En realidad, no es así la historia: yo, a los 18, le pedí a mi mamá que, por favor, se separara. Ella me abrazó y me dijo: “Ya, hija, es que siempre tuve miedo de que algún día ustedes me dijeran que que yo les había quitado su papá”. Y dije: “¡No!, mamá, no te preocupes. Te pido, por favor, que te separes, porque estaremos mucho más tranquilas; y lo podré ver. Seremos una familia diferente, pero más tranquila”. Se emocionó. “Además ahora estoy trabajando, así que lo podemos hacer”, le dije.

Mi papá no era el alcohólico que era desde que yo era chiquitita. Pero ya había empezado con su cáncer, que se lo iba tratando de a poco; entonces tampoco podía tomar tanto. Pero para nosotros (la separación) fue un alivio, porque además él tenía un temperamento demasiado extrovertido, y eso también me generaba vergüenza, po’, ¡y timidez!, como: “¡Aquí viene mi hija! ¡Es bailarina!”. Eso no era tan terrible porque, en el fondo, estaba muy orgulloso. Yo quería pasar desapercibida, jajaja... Pero fuimos muy felices cuando vivimos las tres. Además a mi hermana tuve la oportunidad de pagarle su carrera universitaria, con el sueldo que estaba ganando ya en el Cuerpo de baile profesional.

Mi padre falleció hace mucho tiempo. Mi hija ahora tiene 29, y él falleció cuando mi hija tenía como dos años. ¿Cómo era mi relación con él? Lo perdoné. Lo perdoné porque —cómo es la vida—, después él, cuando ya empezó a darse cuenta de que estaba mal, le dio cáncer al estómago, y ya era tarde: irreversible. Cuando lo operaron lo tuve en mi casa —mi hija estaba chiquitita—, lo cuidé y le lavaba el pelo; y ya cuando estaba en sus últimos minutos, también. Las cosas malas que a veces pasan las tomé para seguir adelante, seguir una carrera, ser más fuerte y tener empatía, al ver a mi papá de esa manera.

Me gusta ser alegre, me gusta ser divertida; si alguien está deprimido, levantarlo; si alguien tiene un problema de lo que sea, no dejarlo solo. Al final, ¿sabes qué? Lo agradezco. Me da pena por mi papá, pero sí agradezco todo lo que viví, porque me hace ser lo que soy ahora. Pero tuve una GRAN mamá, Edith, que todavía la tengo. Es una maravilla, mi pilar fundamental, la que creyó en mí y la primera que se la jugó.

Fui súper digna y, entre los 36 y 37, fui a pedir mi retiro voluntario. Cuando joven también veía que, si no salía una de las bailarinas mayores, no había un cupo para mí como contratada, entonces dije: “Cuando tenga la edad, ya esté cansada y no pueda más, le quiero dar ese cupo a esa bailarina de 16 años que lo necesita”. Estaba cansada física y mentalmente. Mi cuerpo ya no me daba para hacer una clase completa (que es hacer barra, centro y salto). Y las bailarinas, además de la exigencia física, tenemos que estar siempre sonrientes y elegantes, dependiendo del rol. Pero es la realidad de nuestra profesión. Puedes tener dolores tremendos, pero nadie tiene que saber: el show debe continuar, siempre artistas y actrices.

¿En mi vida en general creo que “el show debe continuar”? Soy bien sensible, súper sensible. Lloro con todo. Pero hay una cosa que tengo —y también se la heredé a mi—: si nos enfermamos, no exageramos. No me quedaré acostada: el show debe continuar y la vida sigue. Si me pasara algo tremendo, obviamente tendrían que amarrarme para quedarme en paz, jaja.

"Lloro con todo", admite Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

En mis años de retiro me dediqué a hacer clases. Durante mi carrera, siendo bastante jovencita, como a los 26 o 27 años, empecé a dar clases en la Escuela de ballet los sábados a niñitas y niñitos. Y fue una de las oportunidades más lindas que tuve, porque dije: “Qué lindo, cuando me retire es lo que quiero hacer”. Me enamoré de ser maestra, entonces no me costó nada el retiro, de hecho, lo quería, porque ya estaba bastante cansada. El retiro fue para enseñar y dije: “Ahora quiero enseñar todo lo que he aprendido a través de estos años”.

He estado en obras como El Quijote, Ana Karenina y El lago de los cines... No podría hacer ejercicio de elegir una. Bailé gracias a Dios, al Universo y a mis directores, todo el repertorio clásico que existe, hasta ahora, que se han hecho cosas nuevas. Me pone en un jaque terrible, pero si tuviese que elegir uno —no porque fue el más bonito ballet, sino porque sentí que interpreté mejor—, una fue La bella durmiente, que hice a “la bruja” (la “Maléfica” en la película), que me encantó hacer de mala. Ahí entendí a la gente que era “mala”. Y lo trabajé TANTO, leyendo y usando las manos (me puse unas uñas postizas, permanentes, gigantes, casi del porte de mi dedo). Estaba tan comprometida con el personaje que me lo llevé para la casa. Pero no me arrepiento.

Soy súper empática y buena con las personas, y llego a ser media tonta a veces de buena, ¡de verdad!... He sido “tonta de buena” cuando me han hecho tonta, me han estafado y todas esas cosas, jaja, todas las anteriores, por ser demasiado buena... Pero no me arrepiento… Es algo que no lo contaré, pero me estafaron y me robaron. Lo pasé mal. Ahora es anecdótico, porque todo después lo veo como positivo. Si la plata se va, se fue nomás. Pero un momento fue súper doloroso, porque eran: ¡mis ahorros! Pero bueno, fue hace mucho tiempo.

¿Cuando me empezaron a decir “Maestra”? En el ballet ese nombre no se le da a cualquiera —esa es la verdad—: tienes que tener una trayectoria, currículum. “Profesoras” les dicen en el colegio, pero en el mundo de la danza hay que ganarse el nombre de “maestra de ballet”.

"En el ballet ese nombre no se le da a cualquiera", dice sobre su apodo de "Maestra". Foto: Andres Perez Andres Perez

Decidí regresar del retiro a los 54 años, interpretando a la rusa Bronislava Nijinska, en Secreto de la vanguardia. Carmen Gloria Larenas, la directora de Teatro Municipal, me citó, sin saber para qué era. Me sentaron en una oficina, me dijeron, y todavía no terminaban de decirme “¿estás de acuerdo?” y dije: “¡Sí!”. Me acuerdo que había un director en ese momento, le puse la mano y dije “me caso con el proyecto, ¡ponme el anillo! Un absoluto sí”. No sabía lo que sería, nadie me había dicho si sería bailado o sentada. Me enamoré del proyecto, pero no tenía claro qué era. Poco a poco me di cuenta que igual tenía que bailar y dije: “Ay, Diosito”. Pero tenía ganas de volver a sentir esa sensación de estar en el escenario, volver a ensayar e interpretar. Era lo que necesitaba y un reto.

Antes de Nijinska jamás esperé volver a bailar, ¡y a esa edad! Quedé conforme con mi desempeño, ¡lo amo! Y dije: “Mucha gracias, con esto me despido... Soy como los rockeros”, pensaba yo. Así me pasó. Y gané el premio al mejor Mejor Ballet del año (2023) y pensé: “Chuta, y soy la protagonista”. El Presidente Boric, que estaba ese año, eligió además el ballet para hacerlo el 18 de septiembre, como se hace muchos años con todos los gobiernos, para mostrarlo ante todas las autoridades. Y se volvió a hacer al otro año, ¡así que tuve que bailarla dos años seguidos!

Claro que conocí al Presidente Boric, buena onda. Conmigo son todos buena onda. Eso sí, me impresionó lo tímido que era. Yo creo que lo intimidé, porque estoy acostumbrada a salir a saludar con mi vestuario, alta, y así llevo mi vida normal y natural. Pero lo vi, me tomó la mano y me dijo: “Estoy nervioso”, jaja, y me llevó un ramo de flores. Fue una instancia súper bonita.

La política no me gusta, pero sí siento que el arte une a cualquier tipo de partido político, de cualquier color, cualquier raza o estatus social. Siento que el arte hace eso. Y me encanta.

Me tomé un tiempo, como dos años, de “reflexión”, con el apoyo de mi esposo. Yo no había parado desde los 6 años, sin vacaciones, y después tuve mi propia academia. Me tomé un receso, dije: “Pararé un poco, necesito tiempo para mí”. No tenía tiempo para ver a mi familia ni para saber cómo estaba yo. Para descansar un poco, “apagar la tele”. Y de repente apareció esto: se prendieron los focos y todo.

"La política no me gusta", admite Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

¿Desde cuándo tenía decretado llegar a la televisión? No es que quisiera hacer cualquier cosa en la televisión: quería ser jurado de un concurso de baile, desde hace muchos años. Mi hija tiene casi 30 y desde que ella “tiene memoria” que yo siempre decía: “Estaré en la tele, quiero ser jurado, seré jurado”. Y se lo contaba mis compañeras y a mis amigas.

He dicho que soy muy inocente para la tele. Además una persona —que no daré el nombre— me lo dijo: “Para estar en la tele tiene que ser muy mala”. Llegué a mi casa y dije: “Chuta, pero no soy mala: haré un ‘personaje’, porque soy divertida, lúdica y culta; no una mala maestra o persona. Así que seguiré luchando porque se puede hacer una buena persona en televisión”.

En vez de ser mala, soy divertida. Cada uno con lo suyo. Decidí ser cómo soy. Soy cómo era en mi casa: siempre hago reír a toda mi familia, soy como la “Pastelito” (adoro Pastelito y el viernes fui a su espectáculo) de mi familia; de hecho, tengo pelucas, y cuando nos juntamos los hago cantar y bailar, les hago show, y les cuento chistes, jaja.

¿Me siento una revelación televisiva? Ay, no sé. Sí encuentro que la gente no me conocía. ¡¿Así como “la revelación del año”?! No, yo soy súper humilde. Soy de provincia, con orgullo, que llegué a Santiago —literal— con un canasto casi, con las dos trenzas y cantando como la “Carmela” en el Paseo Ahumada. Saludaba, a los 10 años, a toda la gente en la calle, y nadie me miraba ni me pescaba. Fue mi primer sufrimiento, que para mí era un “bullying” porque no entendía “cómo la gente no me saluda”. Nadie me contestaba. Me quedó para siempre.

Cuesta adaptarse a la tele, pero lo que más me costó fue que los ritmos del ballet clásico son totalmente distintos a los de la televisión. Preparamos con un mes de anticipación un ballet y en la tele, por ejemplo, las reuniones de pauta no las entendía: todo rápido, “para ayer”. Estoy en ese proceso de adaptación: la televisión es rápida y en el ballet es todo mucho más preparado; quizás con la misma rigurosidad, pero con otro ritmo.

" Estoy en ese proceso de adaptación", dice Edymar sobre la tele. Foto: Andres Perez Andres Perez

Lo que más me ha costado de la televisión es, honestamente, las mentiras, porque no estoy acostumbrada. En mi grupo de pares bailarines, si alguien decía algo de mí, yo iba y lo enfrentaba y le decía “no, nada que ver”, o “sí, dije eso de ti”. Pero acá, no. Y fue terrible: la primera temporada, de repente, me veía en la farándula, con fotos, nombre y apellido: “Maestra Edymar lloró” o “Maestra Edymar fue a hablar con con la gerencia porque le dio un berrinche”. Yo me agarraba la cabeza y lo primero que atiné fue llamar a mi mamá: “Mamita, estoy bien, no te preocupes”, porque yo sabía que ella estaría súper preocupada.

Nosotras con mi hija veíamos a la Fran García-Huidobro, y nos encantaba Primer plano, y comíamos pizza los viernes. Era nuestro panorama. Veíamos las copuchas, no entendía nada, pero estaba ahí pegada. Y ahora, ¿que estuviera yo? “Pero no hice eso”, pensaba, “no dije eso, es mentira, ¿qué hago en este caso?”, pensaba en mi inexperiencia: “¿Hay que defenderse? ¿Quedarse callada? ¿Dejar que pase el tiempo?”. Aprendí que hay que dejar que pase el tiempo: no hay que discutir porque la verdad habla por sí sola. Aprendí a que no tengo que caer.

Dicen que lloré (detrás de pantalla en Fiebre baile)... Y NUNCA, JAMÁS... Lloro por cosas importantes como las guerras, o los niños que están sufriendo, ¿pero por la tele?...

Me llevo súper bien con la Raquel Argandoña. Creo que mi pasado me ayudó a tener la empatía que tengo ahora, entonces sé cómo reconocer, y cómo tratar a las personas para que nos llevemos bien. No seremos todos amigos, por supuesto, siempre hay un mejor feeling con uno que con otro; pero la encuentro súper profesional y admiro mucho el tiempo que se ha mantenido en la tele, porque pucha que hay que ser fuerte. Siento que es una maestra de la televisión.

Sin Julio César Rodríguez como director de programación el programa sigue igual. Alcancé a estar súper poquito con JC. Justo llegué, y él se fue. Me alcancé a despedir y le di las gracias en el pasillo de los camarines. Entonces no sentí ese cambio, porque con Fiebre de baile me pasó lo mismo que en el ballet Nijinska: empecé tímidamente, hice un casting y quedé; pero no sabía a lo que venía, y ahora es el programa más visto de Chile. Me siento orgullosa.

"Me llevo súper bien", dice Edymar sobre Raquel Argandoña. Foto: Andres Perez Andres Perez

De las dos temporadas de Fiebre de baile, me encantó Gabriel Urzua, que fue finalista. Siento que tuvo una evolución de ser actor a bailarín. Como maestra, veía su evolución, primero, de actuación, pero después ya de movimiento, y después ya se empezó a expandir, a liberar, a saber hacer lifts y la conexión con el público. También, Panchito Reyes, que se esforzaba tanto. Y la Skarcita (Labra) y la Princesa Alba, que también fue una revelación porque todos la conocíamos como cantante. Ellos se me vienen a la mente, vi que partieron “tímidamente” y llegaron a la final.

Ahora, en la segunda temporada de Fiebre de baile, estamos en desarrollo, así que no puedo decir un favorito ni nada. No sería correcto como jurado. Pero para mí es una chochera ver cómo evolucionan. No lo diré, porque siento que no sería ético de mi parte, como profesional y jurado, dar una opinión de una sola persona. Cualquiera puede dar una gran sorpresa, bien o mal, porque la danza es así: de repente estás arriba, ¿y si te viene un blanco bailando?... Les tengo fe a todos en este momento.

¿Qué evolución he tenido como personaje televisivo? Al principio (octubre, 2025) hacía más pausas para hablar y estaba mucho más nerviosa para expresar lo que quería decir. Y ahora, este año, ya estoy fluyendo, y hecho más la talla . Estudio y leo mucho, soy muy matea para ser cada vez mejor. Uno tiene que nutrirse. Y también saber que es una cosa de amor propio: creer en uno mismo, porque si yo no creo, la gente tampoco creerá. Eso traspasa la pantalla. Es igual que el ballet: ves un bailarín o bailarina fome, y te aburre, te da sueño y te quedas dormido. Pero si soy segura — y aunque me equivoque, sigo— a la gente le gustará.

¿Mi futuro en televisión? Primero, este era mi sueño: ser jurado, y lo tengo cumplido, ya doble. Con esto ya estoy feliz. Mi idea nunca ha sido quedarme en la tele, ni ser rostro. Yo había dejado de dar clases y mucha gente me está pidiendo que vuelva a hacer alguna clase, así que empezaré, a lo mejor, a dar algunas masterclass. Ya me invitaron para ser jurado en otros concursos de danza. No me lo han ofrecido, pero tampoco es mi proyección “me quiero quedar en la tele, sea lo que sea y donde sea”. Lo que yo lo que lo que yo quiero —y quería— era ser jurado. Y está el rol cumplido.

Después de haberlo vivido —casi— todo, no me cierro a la posibilidad de volver a tener una academia, porque, si los sueños y los decretos se cumplen, capaz que en el futuro vuelvo a mi academia. Sé que hay muchas niñas esperándome por ahí, jeje.

"No me cierro a la posibilidad de volver a tener una academia", admite. Foto: Andres Perez Andres Perez

En mi gremio de la danza están felices (con la incursión televisiva). Ellos son mis primeros fans, después de mi mamá, mi hermana y mi hija, porque me decían: “Edy, tú eres para esto”, porque siempre fui muy divertida y lúdica para mi vida diaria, siempre con una broma, o inventando algún personaje para que se relajaran; igual el ballet es muy estructurado y muy cansador, por lo tanto siempre le ponía la cuota de humor. Era como una especie de mimo con mis gestos.

En las redes sociales he tenido de todo con la gente, ¿pero lo más bonito? Las lindas interacciones. Me llegan regalitos, por ejemplo, de gente que teje y que hace aritos a mano, a cambio de nada. Es mucho el cariño de la gente, y mucha admiración, “qué bueno que hay una persona que sabe de ballet”, porque también googlean, y menos mal que tengo mi currículum actualizado. Se transforma en una admiración y un respeto muy bonito.

En redes también me llega alguna cosa como, por ejemplo, un caballero que se me equivocó y me tiró los cagados. Siempre trato de responder yo misma a la mayor gente posible. Y a este caballero le dije: “Muchas gracias” y le puse un corazón. Y al otro día, revisando el instagram para responder a otras personas, estaba él: “Ya po’, me dio un corazón, ¿cuándo nos vemos?”. Y pensé: “Está tonteando es una broma”. Y el mismo caballero, al otro día: “Ya po’, qué le pasa, si me mandó un corazón po’, tenemos que salir”, así como chorito. Ahí dije: tengo que ver qué cosas mando, porque se pueden pasar rollos.

A dónde voy la gente ha sido muy amorosa conmigo. Me cambió la vida total, jaja, porque yo tenía mi mundo en el ballet clásico; pero no es tan grande como el de la televisión. Ahora voy al mall y ya no soy “Edymar” o la “Edy”, es: ¡Ahí va la ‘Maestra’! ¡’Maestra’, la amo!“. Me abrazan y piden fotos. Esa es una parte muy bonita, porque estás viviendo en carne propia lo que la gente realmente siente, y que uno no siente desde el jurado porque está en la televisión. Pero cuando veo a la gente en carne propia, y que me da su cariño, apoyo y selfie, me encanta... ¿Cómo no voy a estar feliz? Me cambió la vida en ese sentido.

Mi pobre marido, mi Roberto, también ha tenido que pagar las consecuencias (de la fama), porque antes salíamos los dos, tranquilitos, a comprar. Y ahora es como: “¡La foto!”, y le paso las bolsas a él, y él termina sacando las fotos; “yo se las saco”, dice él, y le dicen: “¡Ay, es Roberto!, ‘espérame despierto”. Así que nos ha cambiado la vida.

"Me cambió la vida en ese sentido", dice Edymar sobre la tele y la calle. Foto: Andres Perez Andres Perez

Siempre he tomado la energía con los hombres porque se cohiben, jajajaja. Es que este body lo he llevado toda mi vida y yo he tomado siempre la iniciativa, fíjate. Ahora me hago un análisis, con la madurez, y haciendo una “encuesta” con amigos: dicen que intimido, como soy alta, me gusta vestirme con colores y creen que soy súper extrovertida. La mayoría de mis amigos son todos gays, por eso mismo, porque ellos sí se atreven a acercarse, po’, y me dicen: “Oye, fulanito está enamorado de ti, y no se acerca porque le da vergüenza”. He tenido que tomar la iniciativa en TODO; si no en el primer beso se demoraban un mes.

Me he definido como una perseverante del amor y una romántica empedernida, porque me he casado varias veces. Creo en el amor, creo en el matrimonio y creo en los rituales. Entonces, no me rendiré nunca. Ahora estoy con el amor de mi vida, que nos conocimos cuando mi hija estaba muy chiquitita, y él estaba también recién separado, y nos volvimos a casar. Nos conocíamos cuando yo ya daba clases y él no tiene nada que ver con la danza, es totalmente empresario. Pero eso me gusta, porque es copuchento, entonces le gusta saber todo lo que pasa en la tele.

La primera vez que me casé fue a los 25 años, que para mi época era muy joven, un pollito. PERO salió la cosa más hermosa de mi vida: mi hija, que ahora es mi partner, mi brazo derecho, mi fotógrafa, mi psicóloga, mi chofer y mi apoyo total. ¿Y la segunda? Estaba harto más madurita ya. Y ahora, más todavía... POR ESO LE DIGO A TODAS LAS MUJERES DE CHILE Y EL MUNDO: Nunca es tarde. Me casé hace un año, y ya llevábamos varios años.

Con Roberto nos casamos porque él me dijo po’, porque sabe que soy romántica. Un día me dijo: “Edy, ¿y si nos casamos?”. Y yo: “¡¿En serio?!... ¡Ya!”. Y lo hicimos como en las películas, como yo quería, y se arrodilló con el anillo, y fuimos donde mi mamá a pedir la mano. Todo, también, como un juego. Además él había tenido un infarto hace dos años y vio la luz: agarró mi mano y me dijo que por eso volvió a tierra, por la “Edy”. Abrió los ojos e intubado me dijo: “Edyta, nos tenemos que casar”. Y le contesté: “Sí, tranquilo, recupérate”. Y lo primero que hicimos, ya cuando salimos de la clínica: ir al Registro Civil. Como que dijimos: “¿Por qué no? La vida es una sola”.

No soy católica. Creo en la energía universal. Creo que hay un Dios y que hay una energía potente; pero no es que vaya a la iglesia ni me pegó en el pecho... pa’ qué voy a mentir.

"Creo en la energía universal", comenta Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

Con mi hija, María José, veníamos trabajando juntas desde antes de Fiebre de baile. Siempre he tenido mis grupos de alumnas, y funciones de fin de año, y ella de chiquitita que fue mi brazo derecho: me ayudaba con las niñitas, con los vestuarios, los maquillajes, los peinados, y a ordenar. Después ella, obviamente, hizo su vida, con su pololo y todo, y está muy enamorada. Fiebre de baile nos hizo reencontrarnos otra vez laboralmente, y como mamá-jefa, jajaja. Y ahora ya hicimos un equipo, o sea, la tengo contratada.

Con la Priscilla Vargas somos vecinas, ¡una locura eso! La considero mi amiga, porque ha sido una persona que, desde el día uno, como vecina, ha sido tan cariñosa. De repente va a mi casa y tomamos un tecito. No vamos de vacaciones juntas, pero la admiro mucho. Todo esto fue antes de la tele. Me dio muchos consejos maravillosos, porque dije cuando me llamaron de la tele: “¿Qué hago? ¿A quién llamo?... ¡A mi vecina!”. “¿Qué hago?”, le pregunté: “Digo que sí o que no”. Y me dijo: “Absolutamente, sí, tienes que hacerlo, tú puedes”. Y hasta hoy, cada vez que entro en duda, la llamo. Es una gran persona además.

Cuando la Priscilla y Repenning me entrevistaron en su podcast (Juntos pero no resueltos) él estaba muy nervioso, JIJIJI, no sé por qué. Además ese fue el primer podcast que hicieron de su nueva temporada, y era relacionado con cosas íntimas y sexuales, entonces yo creo que eso lo hizo poner muy nervioso. Y me decía: “Yo te voy a preguntar...”, y no me preguntaba nunca, po’. “Ya, po’, Repe, ¡pregunta nomás!”. Ahí se empezó a relajar un poco.

"Es una gran persona además", dice sobre Priscilla Vargas. Foto: Andres Perez Andres Perez

¿Qué relación tengo con mi cuerpo? Seré súper honesta: creo que las bailarinas son súper inseguras. Somos muy derechitas y muy de personalidad, pero pienso que tenemos mucha inseguridad porque vivimos toda nuestra vida frente a un espejo buscando la perfección, corrigiéndonos todas las posturas. Creo que eso queda para toda la vida y uno es super autoexigente con todo, como persona y físico... ¿Saben qué? Soy segura a veces, y a veces no, ¡como todas la mujeres! A veces tienes un momento en te levantas y dice: “Oh, estoy tan fea, las ojeras que tengo”. Y otras veces te levantas y dijes: “¡Soy la dueña del mundo!”.

No bebo. No sé si tengo temor a beber, pero me lo prometí y dije: “Nunca seré así. Voy a sacar la parte buena de mi papá”, que era ser artista, compositor, le encantaba bailar, tocar guitarra, dibujaba y pintaba; muy un artista autodidacta. Quise quedarme con lo bueno y dije: “Con lo malo, no”. Entonces tenía dos caminos. Definitivamente dije “nunca voy a tomar un trago en mi vida”. No tomo ni fumo, nunca lo he hecho.

Hace muchos años que no voy a Tomé. Pero quiero ir. Tengo primos, hermanos, tíos y muchos parientes. Y me escriben siempre.

Me encantaría escribir un libro, autobiográfico, y también ponerle un poco de novela, y contar un poco lo de mi papá. Me encantaría dejar un mensaje cuando yo ya no esté. Me gustan mucho las biografías y la última que leí fue La bailarina de Auschwitz, que es una historia real, y dije: “Ellla pudo adelante, a pesar de muchas cosas; yo también, y me gustaría dejar un legado”. Es una cosa que me falta hacer, porque el árbol ya lo planté, jaja.

¿En qué momento me siento? Me siento en mi mejor momento, como dicen, laboral, emocional y artístico.

Cuestionario Pop

Si no hubiera sido bailarina clásica me hubiese encantando ser psicóloga y actriz.

Un apodo que tengo es “Edy”.

Un sueño pendiente es viajar más, a Francia, París, e Italia.

¿Una cábala? No tengo.

Una frase favorita es “fe, amor, humor, arte, armonía e inclusión”.

Un trabajo mío que no se ha conocido es que estudié maquillaje artístico y trabajé en eso un tiempo, cuando tenía unos 30 años.

Mi primer sueldo lo gasté en comprar cosas para mi casa: una radio.

¿Algo de lo que te arrepiento? ¡¿De verdad tengo que decirlo?!... La gente siempre dice “no me arrepiento de nada”. Yo sí me arrepiento de haberme casado con las dos personas anteriores, ¿para qué voy a mentir?

"Me hubiese encantando ser psicóloga", admite Edymar. Foto: Andres Perez Andres Perez

Mi pertenencia más preciada es mi anillo que me regaló mi esposo.

Un talento o pasatiempo oculto es cantar.

Una persona que admiro es César Morales, bailarín chileno, que es el director actualmente del Ballet de Santiago.

Una película que me hace llorar es La sociedad de los poetas muertos.

Un miedo mío es a la muerte.

Creo en el horóscopo, ¡me gusta creer! Soy Capricornio.

Si pudieras tener un superpoder, me gustaría hacer el aseo y que todo se ordenara solo.

Un placer culpable es el chocolate con almendra.

Si puede invitar a a tres famosos de la Historia a un asado, serían (Serguéi) Prokófiev, (Piotr Ilich) Chaikovski e Iván Nagui que fue el director que se fijó en mí y está en el cielo ahora... ¡Ah! Y viva, ¡Lady Gaga todo el rato! Y Madonna y Beyonce.

Edymar Acevedo es una persona que le encanta ser empática, ayudar mucho a la gente, es cariñosa y sensible. Pero no tonta, JAJAJA. Y súper fiel.

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