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La Firme con María Esther Zamora: “La cueca es la vitamina del alma, es indudable”

No sólo es la cantora más antigua de cueca: hay quienes incluso aseguran que —dicharachera, desbordantemente alegre— la cueca se hace carne en ella. Para el resto, simplemente es la reina o faraona del género. Con sesenta y cinco años de trayectoria, propietaria de uno de los rincones folclóricos más tradicionales de Santiago, María Esther Zamora es el faro de artistas como Gepe o Álvaro Henríquez, continúa subiéndose a los mejores escenarios y coleccionando fiestas y anécdotas en la casona de Av. Matta. “Jugando los descuentos”, dirá aquí, “hay que aprovecharlas todas”.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Ella se percató sola con el tiempo, nadie se lo dijo, pero tampoco era necesario: la cueca le pertenecía a los viejos, como su padre y los amigos de su padre, que se citaban casi a diario en su casa a pasar las horas guitarreando, cantando, carcajeando, comiendo rico y vaciando chuicos. Para ser más precisos, la cueca le pertenecía a los viejos y también a los curados. Pero ella disfrutaba de muy chica con todo eso. Mientras el resto de los niños de su edad se encerraban en las piezas a jugar y le hacían el quite a la música, María Esther Zamora prefería pasar el rato pegada a su padre, Segundo Zamora, el creador de “Adiós Santiago querido” o “Mándame a quitar la vida”, o más tarde a su hermano Pedro, miembro de Los Pulentos de la Cueca, donde también tocaba Pepe Fuentes. Le fascinaban la alegría y la banda sonora de cada fiesta.

Eso explica lo siguiente: la tradición no podía perderse así como así.

Entonces, varios años más tarde, ya casada con Fuentes, el amor de su vida, ambos se decidieron a hacer de su hogar —una casona maltrecha de Avenida Matta que les tomó meses restaurar hasta poder habitarla— un espacio que recreara sus tardes en las quintas de recreo de Renca y Quinta Normal, la bohemia, las reuniones, y, sobre todo, que devolviera a su querida cueca al sitial que le corresponde.

Desde allí, en la Casa de la Cueca, Zamora y Fuentes se dedicaron por más de tres décadas a difundir la música de raíz y, visto de ese modo, defender la chilenidad. Lograron acercar el folklore a generaciones de jóvenes y fundar vínculos con artistas tan relevantes como Álvaro Henríquez. De hecho, Zamora considera al líder de Los Tres el motor detrás del regreso de la cueca a su lugar legítimo, los grandes escenarios. Aquí también lo dirá: “Todos los cuequeros de Chile no deben olvidar, y lo he recalcado en infinidades de veces, al Álvaro”. Así como Henríquez, a la casa llegaron Gepe, Daniel Muñoz, el Macha, Los Bunkers. Incluso Gael García, actor al que conoció cuando cantó “Chipi Chipi” en Diarios de motocicleta, y los integrantes de Café Tacvba, quienes quedaron impresionados con su pebre. En resumidas cuentas, cantaron, lloraron y bebieron con artistas de todos los rincones.

Pepe Fuentes falleció el 5 de diciembre de 2020. Una serie de complicaciones lo apagaron a sus 89 años en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. Pero Zamora, varias veces lo ha dicho, cree que él la ayuda desde arriba con sus penas y angustias para seguir haciendo lo que más ama: subir a los escenarios y mantener viva la llama de la cueca.

Esa, admite al diario pop, es su mayor satisfacción:

Nuestra porfía, nuestro quehacer, no fue en vano. Lo logramos, porque yo me deleito de ver, revisar en las redes que hay tanto evento de cueca. Y a mí me fascina, porque hay espacio para todos. Hay grupos que son tremendamente importantes, buenos, y todos llenan… de verdad: ¡misión cumplida!

Una semana después de esta entrevista, Zamora fue protagonista del 2° Festival Internacional del Bolero: Bohemia y Tradición celebrado en el teatro Nescafé de las Artes. Allí, cantó junto a la bolerista Carmen Prieto y al limeño Pepe Arcela.

La Firme con María Esther Zamora

Para mí fue maravilloso crecer con cueca. Todo el tiempo rodeada de artistas en mi casa, porque los ensayos obviamente se hacían en la casa de mi padre, y llegaban muchos artistas. Y mi padre con su grupo, que después formó la orquesta folclórica, la primera orquesta de huaso. Estando en la radio íbamos a verlos a la emisora, hasta que a mí, muy chica, mi padre me lleva a La farándula musical, que era un programa que dirigía Jorge Boudon, y con artistas connotados, como Romilio Romo, Héctor Santelices, Elena Moreno, en fin, muchos artistas tremendamente importantes. Y él hizo un programa en la radio del Pacífico con el público en vivo, porque antiguamente era así. Después de Hogar dulce hogar, seguía La farándula musical, y ahí mi padre iba con la parte musical: era como una ramada donde Jorge Boudon era el dueño de casa, invitaba a los artistas, y los actores hacían sus diálogos, picarones, picarescos, bien lindos. Ahí yo empecé a cantar.

Era chica, tenía como nueve años o diez años cuando comencé, y me encantó. Iba con mi hermano…, porque el conjunto que íbamos era mi hermano Pedro, mi tío Valentín, y mi padre, o sea, todos los Zamora, y yo era la cantora ahí. Y con canciones bien..., dentro de lo que cabe, música chilena. Pero había un tema que me gustaba mucho, que lo hacía un gran, gran artista precoz en Argentina, que se llamaba Jorgito Riverón, y era así bien misceláneo, así que yo lo imitaba. Y a mi papá le gustaba muchísimo lo que yo hacía en las fiestas, en los ensayos. Como era tan rechica yo, me subía en la mesa a cantar, y recordar eso es maravilloso, ja, ja, ja.

Nuestra casa realmente era como la embajada de los músicos que llegaban de afuera. La casa era muy grande: tenía siete piezas, salones, muy grandes, de esas casas antiguas. Y mi papá recibía a muchos artistas que llegaban a probar suerte para ver dónde iban a trabajar, en fin, varios grupos que se formaron dentro de la casa. Y las fiestas eran interminables, porque antiguamente la fiesta no era un día o dos días, era la semana entera, y ahí llegaban todos. El dúo Rey-Silva, Mario Catalán, el dúo María-Inés..., tanta gente de la bohemia. Mirta Carrasco, Cantares de Chile. Mira, son tantos, tantos, que me da pena de repente no acordarme de todos, pero llegaban los más connotados artistas del quehacer musical chileno, porque antiguamente era el boom de todo. Había tantos locales en que se podía actuar, había trabajo para muchos artistas. Mi papá trabajaba en tres, cuatro, cinco locales en la noche, y en la calle Bandera, que era el barrio chino, era llegar y atravesar, porque casi todos quedaban más o menos ahí en el mismo barrio, fuera del Rosedal, que está en la Gran Avenida, y también La Ermita. Había mucho, mucho trabajo y mucha bohemia, y no paraba, eran las 24 horas del día. Era la época de oro de la bohemia santiaguina, y eso es inolvidable.

La bohemia santiaguina realmente se perdió..., bueno, por tantas cosas que ya sabemos, que realmente no vale ni la pena recordarlas, pero era una época maravillosa.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Mis padres me inculcaron valores que ahora también están muy perdidos. “Con permiso, muchas gracias, buenas noches”, los modales. Modales y cortesías que eran fundamentales en la mesa donde se sentaban todos, los abuelos, los tíos, los padres, los hermanos, los primos. En nuestra casa de Independencia la mesa era para veinticuatro personas. Igual que la casa de mi abuelo, que mi abuelo era de La Vega central, él tenía su bodega en La Vega, y ahí Mario Catalán tenía la huertita, las papas, y se juntaban en la bodega de mi abuelo a canturrear, Se juntaban con el dúo Rey-Silva, armaban muchas cosas hermosas. Pero bueno, los valores de la familia: fundamentalmente el respeto. A mí nunca me pegaron. A una la miraban, nomás: una sola mirada y ya sabíamos qué decir, cuándo había que retirarse o cuándo había que estar calladita. Era una vida maravillosa, inolvidable y que ya nunca más va a volver.

La palabra de mi mamá era orden, y mi papá era muy buena persona... mandoneado no, pero era tan dulce que obedecía, nomás. Bueno, y realmente tenía que haber una mano dura, de esas rectas nomás, no era tan terrible, ja, ja, ja. Y que servía para forjar sobre todo el respeto, un orden, porque siempre tiene que haber alguien que ordene el entorno de toda la familia, ¿no?

Nunca pensé en otra cosa, yo toda la vida quise cantar. Y empecé a cantar canciones mexicanas. Me encantaba la música mexicana, pero, además, no me atrevía a cantar cueca porque la cueca era muy difícil. Yo nada más empecé desde chica a tocar el pandero y en todas las cuecas acompañaba, pero no me atrevía a cantar cueca porque la cueca hay que cantarla con el alma. La cueca en un minuto y medio dice tanto... entonces, si tú no le pones de tu cosecha, mejor que no cantes.

Mi primera grabación la hice a los trece años, ahí grabé un tango. Y ahí repetí (la grabación) tres veces…, antiguamente tú repetías y repetías con todos los músicos. Ahora no, porque ahora es fácil. Ahora tú pinchas y no..., lo encuentro inhumano, ja, ja. Me gustaba más antes, porque no había artistas malos, ni más o menos, tenían que ser buenos, entonces cada uno se esmeraba más. El público tenía un muy buen oído, ahora parece que se les echó a perder el oído porque yo escucho cosas..., bueno, cuento aparte. Pero ¡todos eran buenos! Tú no hallabas cuál decir: este es mejor o este es más o menos. No había más o menos. Entonces, la interpretación era fundamental. Es fundamental, no era: es. Y desde chica mi papá me decía: lea la letra. Y el Pepe (Fuentes) también.

El Pepe me dice un día algo que me dolió, pero después le encontré razón: “Tu padre te tuvo con muy buena voz, pero tú de cantar no sabes”. ¡Wow! Por eso que me costó mucho la grabación esa que hice, que repetí tres veces... y con puros maestros, Traslaviña, tremendo pianista..., bajista, toda gente; el staff de guitarreros, que eran los más grandes guitarreros que habían. Entonces, me pongo a cantar el tango como me lo había aprendido. Y mi papá dice: no, de nuevo. Y ahí me dice: “¡Ponle Kaplán!”, porque estaba justamente el trasplante del corazón, ja, ja. Y ahí, ya a la tercera, me salió con Kaplán, ja, ja, ja. Y realmente fue muy lindo.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

El Pepito fue mi maestro. Yo le decía: a mí me gusta tanto este tango... y él me respondía: lea la letra primero y después hablamos, porque no va a estar cantando un tango sentimental riéndose. Hay que ponerle alma y corazón, me decía. Lea las frases, lo que dice, los desencuentros, todo, así como que lo siente, como que lo vivió. ¡Y no era fácil! Yo podía ser muy entonada, pero me faltaba la interpretación, que es lo básico de un artista, lo más importante. Porque hay personas que no tienen un tremendo vozarrón, pero cantan... ¡que te llega al alma! O sea, saben interpretar, saben decir, llegan al público, y eso es fundamental.

La interpretación... eso se fue perdiendo. Sobre todo la gente que hacía folklore. Tenemos a las grandes, como eran la Silvia Infantas, la Ester Soré, la Mirtha Carrasco, Gina del Moral, en fin, Meche Alonso. Gente que, para mí, fueron como una inspiración. ¡Cuán bien cantaban! Entonadas y maravillosas. Era un deleite escucharlas, y hasta el día de hoy, porque las grabaciones lo dicen todo.

Yo estoy feliz con lo que hago y lo que más me alegra ahora es ver que están saliendo muchos buenos artistas jóvenes. Y lo fundamental de esta profesión es estudiar, que entren a estudiar música. La mayoría de los artistas antiguos no sabían música, no podían estudiar. Eran totalmente orejeros, una palabra muy chilena, muy usual. Eso sí, tenían un oído privilegiado, porque te escuchaban hablar y ya sabían en qué tono ibas a cantar. Ahora hay que ensayar mucho. Antiguamente no se ensayaba casi nada. Se buscaba el tono, se repasaba, pero ahora hay que ensayar mucho, porque los artistas son muy tremendamente estudiosos y se guían por eso. Pero eso es bueno, es muy bueno. Yo he tenido el gusto de escuchar voces femeninas, de chiquillas jóvenes, que realmente me emocionan. Y otra cosa muy linda: están rescatando toda la música antigua.

Y lo decía el Pepito: ¿por qué están rescatando la música antigua? ¿Porque es mala? ¡Porque es la mejor música, que ha perdurado por años y años! Ahora no hay compositores, autores, que hagan las maravillas de antes. Pueden haber. Hay buenos. Pero, ¿por qué perdura la música antigua? Y yo de eso me siento muy contenta, porque yo he rescatado mucha música antigua, porque me encanta. Y muchos jóvenes han optado por cantar esas cosas.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Cuando conocí al Pepe yo era niña… y después pasaron muchas cosas. Nos separamos por 20 días... vuelve a los 20 años y todavía me pregunta el fresco: ¿te casaste? No me casé, ja, ja, ja. Es que son recuerdos hoy maravillosos, totalmente. Es empezar de nuevo. Nosotros nos fuimos a vivir juntos. Yo tenía ya a mis hijos. Tuve una pareja que también quise mucho porque tuve mis hijos. Y yo supe que el Pepe se había casado. O sea, a mí me dijeron que el Pepito se había casado, y yo esperé mucho, po, ja, ja. ¡Casi me muero de la pena!, pero yo nunca lo olvidé jamás. Y él tampoco, porque cuando llegó lo primero fue: ¿te casaste? No, pero tuve mis cositas, ja, ja, y tuve mis hijos realmente. Pero él los adoró. Si cuando yo me fui a vivir con el Pepito, mis hijos me fueron a dejar porque los querían mucho. Además, el Pepe les empezó a enseñar música a ellos y lo quisieron bastante. Entonces, para que la gente no comentara que yo estaba conviviendo, me dice el Pepe: ¿por qué no nos casamos? Ya, po, casémonos. Ya, me dijo, pero yo no sé cómo se hace para casarse. Yo tampoco, pero voy a preguntar. Yo no sabía que había que pedir hora, no tenía idea, ja, ja. Así que ahí pregunté a la señora que nos arrendaba: no, tienes que ir a tal parte y pedir hora. Así que nos casamos por el civil. Y después le digo: a mí me gustaría ser novia. ¡En qué topamos!

Mi hermana estaba viviendo en Estados Unidos, con su marido, y me dijo: no te preocupes, yo le voy a mandar un tuxedo al Pepito y a ti te voy a mandar un traje lindo. Me preguntó de qué color y le dije que a mí me encanta el color malva. No se te ocurra mandarme uno blanco, le dije, porque me daba vergüenza. Ellos nos mandaron la ropa, porque realmente en esos años estábamos partiendo, entonces la situación no era buena. Nosotros estábamos haciendo peñas con el Pepe, arrendábamos algunos espacios, y como teníamos nuestro público cautivo que nos seguía como dúo, íbamos a la estación, a La Vega, vendiendo entradas. Y nos protegieron mucho nuestros amigos, realmente. Entonces le dije: mira Pepe, como no hay plata para hacer fiesta, ¡vamos a vender nuestro matrimonio!

Ahí se armó la fiesta pero gigante, increíble, increíble. Y nosotros no queríamos, por ejemplo, lucrarnos con la fiesta. Solamente que cada persona pagara su comida a nuestro amigo Cornejo, que era el administrador del local que estaba en Toesca, que ahora es un colegio. Y le fue tan bien, que al otro día le dije: vamos a ir a buscar un pedacito de torta, y me dijo: llévate un piso de torta y se llevan esta plata. ¡Nos dio plata encima! Y nosotros no queríamos, aunque claro que no venía mal. Y ahí nos dijo: es que me fue tan bien. Porque, imagínate tú, en la fiesta nuestra hubo tantos artistas que nunca se puso un disco. Un grupo tras otro, porque justamente muchos amigos argentinos del Pepe estaban aquí en Chile. Terminaba un grupo y seguía otro. No paró la música. Una fiesta hermosa con puros artistas en vivo. Imagínate que, en el matrimonio, Arturo Gatica nos cantó el “Ave María”, nada menos.

Cuando yo era chica y estábamos en el liceo con mi hermano, nosotros nos sacábamos el uniforme y nos íbamos a trabajar, porque teníamos una quinta de recreo en Renca, y después en Quinta Normal. Y ahí seguíamos. Nosotros cantábamos ahí, mi papá salía a hacer sus pitutitos en otro lado y nosotros ahí al pie del cañón. Entonces a mí me gustaba mucho esto de tener un espacio. Y al Pepe igual. Entonces después él era la parte musical y yo era la parte de gastronomía. Yo iba a comprar y después cocinaba, hacía todas mis cosas; el Pepe hacía el pebre, el Pepe hacía el postre, trabajábamos en común. Y después ya el Pepe se iba a entretener y yo a servir a la gente y a cocinar. Entonces éramos una dupla completa, porque después yo me sacaba el delantal y me cambiaba una blusa y me iba a cantar con él.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Cuando llegamos a esta casa (la Casa de la Cueca) fue chistoso, porque estábamos viviendo nosotros en Bezanillas, entonces viene un amigo que nos llevaba para todos lados a cantar y le pagaba al Pepe muy bien, y le dijo: yo tengo una casa en Avenida Mata. La arrendé para guardar repuestos, porque vendía parabrisas, pero la casa era muy vieja y los parabrisas muy pesados, así que se podía derrumbar la casa. Nos dijo que la tenía botada, que la había terminado de pagar y que no la usaba para nada. Ustedes podrían irse a vivir allá, me pagan y yo les cobro barato mientras tanto. Oye, llegamos acá ¡y había un cerro de tierra! Una muralla menos... oyyy, era un desastre. Tuvimos que limpiar todo. Esta tabla (señala el piso) era pero negra, negra, como alquitrán. Tuvimos que raspar con mi comadre Chela, que me ayudó tanto. Esto fue en diciembre... el Pepe vino a verla primero y me dice: ¿sabe qué, mamita? Usted va, echa una barridita, despejamos, nos conseguimos unas mesitas, unos servicios, unos platitos, la cocina es grande. ¡Pero todo era horrendo! No, le dije Pepe, aquí primeramente mi amigo Manuel tiene que poner las murallas, tiene que traer gente para que se lleve todo el escombro que hay adentro de la casa. Imagínate: una casa abandonada, qué ratonera era. No, si era terrible. Así que le dije a mi amigo: tú me pasas la casa en diciembre, pero nosotros vamos a empezar a funcionar en marzo y, por lo tanto, yo no te voy a pagar nada hasta que empecemos a funcionar. Nosotros, con mi comadre, quebrábamos botellas y ¡con vidrio raspábamos! Sentadas aquí, en el suelo, de guata las dos, hasta que logramos ver que había tabla. Nos costó mucho; imagínate, diciembre, enero, febrero trabajando hasta limpiar. Nos veníamos en la noche para botar la basura, cajones de feca de ratas. Además había un puro foco de luz para toda la casa. Todo eso había que arreglarlo. Y ahí mi amigo me dice: ¿cuánto me vai a pagar? Mira, con todo lo que he hecho, te voy a pagar 50 lucas, ja, ja, ja. ¿¡Qué!?, me dijo, ¿cómo se te ocurre? Bueno, entonces no, le dije, porque tú me tendrías que pagar todo lo que hemos limpiado. Él fue el primero al que invitamos a almorzar. Y ahí empezamos. El segundo mes llegaron treinta personas, después el otro mes cincuenta. Hasta que llegamos a los ochenta, ja, ja, ja.

Desde un inicio pensamos así la casa, porque lo fundamental para nosotros es la cueca. ¿Dónde está el Pepe y la Mez? En La Casa de la Cueca, esa era la idea. Y es maravilloso que vengan, porque mucha gente decía: oye ¿dónde hay cueca? Ahora hay montones, y yo me alegro, pero nosotros partimos con todo esto ya hace como cuarenta años aquí. Inclusive registramos el nombre, se sacaron papeles como Centro Cultural La Casa de la Cueca y todo eso. Imagínate que vino la ministra también. Con la pandemia casi tuvimos que cerrar, porque resulta que el arriendo no es barato, entonces estaba todo parado, dos años. Y hasta el día de hoy, la Universidad Andrés Bello junto al ministerio, nos protegen. Nosotros retribuimos con actuaciones, y obviamente ya empezaron las clases de cueca. El mismo profe que da acá va allá a dar a la universidad, y nosotros todos los años damos esquinazos. O sea, esa es la idea. Ha sido un respaldo maravilloso.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Participé en la película Diarios de motocicleta y la despedida fue acá: eran franceses, argentinos y mexicanos. El director, que era francés, no hablaba nada de español pero todos le entendían. Igual que la Pina Bausch que vino también. Aquí se le hizo la despedida y ella no hablaba nada de español, pero tenía una traductora. La Cecilia García Huidobro la trajo y me dijo: María Esther, canta la que cantas tú con el Pepe, “Parece que fue ayer”. Ya... pero ella no me va a entender. Canta, canta nomás. Y yo me pongo a cantar con el Pepito, y ella nos miraba así y la niña estaba al lado traduciéndole. Y de repente la miro y casi se me quiebra la voz, porque le corrían la lágrimas. Y dije ¿qué pasó? Y claro, es una canción de amor, una canción muy linda. Y después, cuando se va, es lo que más grato... tanto que tengo el recorte guardado: le preguntaron en el aeropuerto dónde habían sido sus momentos más felices. Agradeció a todas las instituciones que la habían recibido, pero, dijo, la parte donde fui más feliz fue en una casa de Avenida Matta. Ahí un amigo me trae la revista y dije: qué maravilla.

El Álvaro (Henríquez) trajo a Café Tacvba, que son tremendamente lindos, es un recuerdo enorme cuando estuvieron acá. Yo ponía los pebres, en un pocillo de pebre, y ellos se lo comían y decían: oiga, esta ensalada es tan rica ¿por qué ponen tan poco?, ja, ja, ja. Claro, ellos son tremendamente buenos pa’l ají, así que después les puse todo. Fue genial. Los Tigres del Norte también vinieron para acá, los trajo el Alvarito. En fin, tanta gente linda.

Para lo de Diarios de motocicleta, vino el amigo del Che Guevara (Alberto Granado), que estaba vivo todavía. Porque él, cuando nosotros estábamos filmando, estaba viendo que la cosa fuera así, como lo vivió. Iba reconociendo que realmente la película era como fue. Y vino para acá, po. Y a nosotros, que nos gusta el tango, empezamos a cantar tango... ¡estaba fascinado!

No pensé nunca que con Pepito nos fuéramos a convertir en una pareja famosa, porque nosotros toda la vida hemos sido de bajo perfil. Que la historia lo diga. nomás. Sí estamos felices de haber hecho cosas buenas, de dejar por lo menos una enseñanza. Y a tantos grupos que venían para acá. El grupo Altamar, que son como nuestros hijos, tantos... Ahora último el Pepe estaba muy ligado con el Miguelito y el Claudio Constanzo y la Claudia, porque ellos, cuando el Pepe estuvo hospitalizado, no se movieron de ahí. Y se quedaron cantando en la clínica con él, se turnaban. Yo llegaba a la casa y llegaba el Miguelito en la mañana, después lo suplía el Claudio, la Claudia... no se movieron nunca del lado del Pepe. Para mí es gratísimo contar eso, porque mira cómo han surgido los chiquillos, están en los mejores escenarios. El Pepe se sentía orgulloso. Por eso todo lo que queda, eso que está quedando, es bueno. Porque ellos después van a hacer lo mismo que hemos hecho nosotros a través de la vida. Lo que uno ha aprendido en la vida no se lo va a llevar a la tumba. Tiene que legarlo de la mejor manera.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Yo lo que más les inculco a todos es siempre subirse con la mejores galas al escenario, no me gusta cuando se suben desgreñados. Que quedan algunos todavía y ya no se puede ir contra ellos, ja, ja. Pero qué orgullo cuando los niños, mis niños, están elegantes. Las chiquillas de la cueca elegantemente vestidas, maravillosas. Para mí eso es un orgullo, porque el público merece todo el respeto.

Todos los cuequeros de Chile no deben olvidar, y lo he recalcado en infinidades de veces, al Álvaro (Henríquez). Porque el Alvarito, cuando puso la cueca en Viña, la puso en el sitial que merece. Ahí invitó a Pepito y a Rabanito, yo estaba de público y me quería morir. Dije: aquí lo van a linchar porque era un grupo rockero de tremenda fama, en la cúspide de la fama, y la gente estaba esperando rock, pero iban a tocar unas cuecas... Después pensaba yo, Valparaíso, el puerto, es cuequero de por vida. Entonces decía, no…, a lo mejor sí les va bien, a lo mejor no. Estaba nerviooosa. Y cuando se ponen a cantar cueca, el público se enciende y dije: lo logramos. ¡Vieras cómo estaba! Después me fui al camarín, emocionada, y nos abrazamos todos felices. Fue el golazo más grande.

El Álvaro no tenía idea que el Guatón Zamora era mi papá, po. Cuando el Álvaro llegó por primera vez acá fue porque el Pepe fue a la primera Yein Fonda. Entonces le digo, Pepito, ¿por qué no lo invitas a almorzar en uno de estos días? Y el Álvaro vino inmediatamente. Ahí serví, almorzamos, nos pusimos a conversar. Y ahí el Álvaro me dice: usted es Zamora, ¿tiene algo que ver con Segundo Zamora? Soy la hija. Y le dice al Pepito: ¿es la hija del guatón Zamora? Claro. ¿¡Y cómo no me había dicho!? ¡Nunca me preguntaste, po! Y también canta mi señora, le dijo. ¿Usted canta? ¿Y qué canta? Lo que tú quieras, le dije, menos rock, porque hay que ser capísimo para eso. Así que ahí nos pusimos a cantar con el Pepe boleros, tonadas, tango y, por supuesto, cueca. Empezamos con el pandero, el Pepito con la guitarra, y ahí me dijo: este otro año usted tiene que estar en la Yein Fonda. Y de ahí nunca más nos separamos.

Me puso La Primera Dama de la Yein Fonda, y cuando le regaló al Pepe, en sus 80 años, su copón, a mí me regaló otra copa. Una copa así como la de los futbolistas, ja, ja, ja. Así que mucha emoción, ha sido increíble, y de ahí nunca más nos separamos. Él se venía para acá para la casa, se quedaba, y a la hora que quisiera llamaba por teléfono y ahí lo recibíamos como un hijo.

Nosotros fuimos muy unidos con la Juanita, con Don Fidel (padres de Álvaro Henríquez), muy muy unidos, siempre juntos. Cuando yo empezaba a cantar, me dice el Álvaro: va a tener que empezar a cantar tango, “Los mareados”, porque le gustaba a su padre. ¿Cómo voy a empezar con tango en una ramada en que todo el mundo está esperando cueca?, le decía yo. Y al final empezaba con tango y los primeros que salían a bailar eran los padres del Alvarito, ellos inauguraban la ramada. ¡Tantas cosas que hemos pasado! De una felicidad enorme.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Yo conocí al Gepe de una manera muy cómica, porque resulta que un día tocan el timbre aquí, voy a abrir y pregunto quién es, y me dice Gepe. Y yo no tenía idea quién era Gepe. Él venía con otro amigo. Entonces me dijo: sabe, señora María Esther, yo quería hablar con usted a ver si puede grabar una cosita conmigo. Ya, pero tú, ¿cómo te llamas? Gepe. Ah, ya. Pasaron al comedor, entonces yo vengo al teléfono y llamo a una hija que tengo que trabaja conmigo, una hija adoptiva, y le dije: oye, ¿tú conocís a Gepe? Me dijo: madre, Gepe es un cabro pero famoso en este minuto, está en todas las radios. ¿No te puedo creer?, le dije, está aquí. Me dijo que era su ídolo, ja, ja, y que pusiera en el celular un tema. Y ahí empezamos. Yo le dije ¿dónde grabamos?, y él me dice: al tiro. ¡Traían toda la máquina! Oye, pero si me tengo que aprender el tema, me tenís que esperar un ratito... Y ahí lo empezamos a ensayar y lo grabamos. Y así, po. Después ya me invitó a Olmué y también hemos hecho una amistad muy linda. Es un niño lindo también. Y de ahí yo le presenté a los chiquillos, a la Claudia y al Miguel, y ahí se quedó con los chiquillos, porque trabajaban conmigo y después se fueron a trabajar con él.

Lo que ha hecho el Gepe, dentro de lo maravilloso que tiene en su repertorio, de rescatar lo de la Margot (Loyola) para mí es una joya. Y de una manera que no se desvirtúe la esencia misma que tenía Margot para hacerlo.

El Macha es un maravilloso hombre, me encantó. En su casa estuvimos haciendo cosas, grabamos con el Rubén Gaete, que en paz descanse, y fue muy gente, muy lindo. Y ahí tienes tú: toda la música antigua que ha rescatado el Macha... es una admiración, es una emoción escuchar los teatros con miles de personas cantando las cosas del pasado. Es un artista que deja huella. Y, sobre todo, a la juventud, canciones hermosas. A mí me encanta, le tengo una gran admiración y agradecimiento también.

Uno de los Durán, de Los Bunkers, se casó aquí. Nosotros los conocimos por el Álvaro. Resulta que justamente en la Yein Fonda partimos nosotros y estaban Los Bunkers también, y en varias ocasiones. Después, cuando viajamos a Conce, también nos tocaba actuar con ellos. Fuimos a México y también nos tocó..., es que son niños tan lindos. Son como nuestros nietos, ja, ja, ja. Y los queremos mucho. Cuando están en Chile, siempre vienen a los almuerzos que a veces hago.

A Claudia (Mena) siempre le digo: tú eres mi heredera, tú tienes que seguir la tradición. Y ella es muy aplicada. Yo trabajo con ella, mucho, y es muy, muy aplicada. A todo pone oído y capta. Es una recepción fantástica lo que tiene la Claudita. Y yo la adoro, cantamos a dúo. Ella está siguiendo la tradición, y tiene un repertorio muy lindo: ha grabado boleros, inclusive un chacha que grabó, que cantaba yo en el Liguria. Y me encantó: ¡hay que superar al maestro! Ella canta maravillosamente bien y todo lo que canta lo hace bien. La amo. Cuando tiene su dúo de tangos con la Dominga, que es otro talento joven, y el Constanzo-Molina..., son maravillosos.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

La cueca es la vitamina del alma, es indudable. A veces llegan aquí muchos amigos que me lo dicen y me lo reiteran: estar aquí un domingo, en La Casa de la Cueca, me sirve, me nutre el alma. Claro, y esa es la idea: hacer felices a los amigos. Y es cierto, hay veces que todos están deprimidos, llega mi amiga... y les digo, oye, ¿cantemos una cueca? Pa’ arreglarles la carita. ¡Y ella se alegra y uno misma! Estamos de repente cantando de todo y de repente sale el que pregunta: a qué hora la chilena. Partimos con una cosa suavecita, un bolerito, un valsecito peruano... y ya, ahora las cuecas. Ayer mismo estaba tocando un amigo tropical, después venía otro grupo... y no, no, ya había que meter cueca. Decían: ¡Ya, po!, ¿a qué hora las cuecas?, ja, ja, ja.

Me acuerdo de mi papá y me emociona. Y de mi hermano, de Los Pulentos de la Cueca, que dejó escuela..., eso lo hizo el Pepito Fuentes y dejó escuela, porque de ahí partieron muchos jóvenes que decían: con Los Pulentos me incentivé a cantar cueca. Eso lo llevó el Pepe, se reunieron con mi hermano, el Guatón Montiel y se les abrió la posibilidad de grabar cueca. Fueron con el Ronnie Medel, que les decía: ya, chiquillos, vamos a grabar. Y en el estudio dijeron, ¿qué cueca te sabís? Y sin previo ensayo... es que son cuequeros: cuando la gente sabe, sabe. Entonces se juntaron los mejores, grabaron de una patada el disco y después en la tarde llegaron a la casa, me acuerdo, lo escuché y ahí quedó eso de una manera increíble. Porque, cuando se hace de viaje, salen las cosas muy naturales, de corazón. Y cuando me acuerdo de ellos..., cómo les hubiese gustado estar aquí, ver a los jóvenes. Porque antiguamente con los jóvenes no pasaba nada. Reitero: la cueca era para los viejos, para los curados. En las fiestas mismas yo me acuerdo cuando era muy niña. Yo me metía al lado a mi papá, a mí me gustaban las cuecas, pero los jóvenes se iban a otra pieza, a otro salón. Ahora imagínate La Yein Fonda, los muchachos de catorce, quince años, todos vibrando con lo que hacemos. Como decía el Pepe Fuentes: lo logramos, lo logramos.

La mayor satisfacción de mi vida tiene que ver con que nuestra porfía, nuestro quehacer, no fue en vano. Lo logramos, porque yo me deleito de ver, revisar en las redes que hay tanto evento de cueca. Y a mí me fascina, porque hay espacio para todos. Hay grupos que son tremendamente importantes, buenos, y todos llenan. Entonces, es como: qué suerte, ¡por fin! ¡Somos chilenos! Son cuecas re lindas, hacen armonías... no, no, de verdad: misión cumplida.

Lo único malo que me ha sucedido en la vida fue un accidente de tráfico: estuve agonizando, y lo terrible es que mi amigo, el que manejaba, murió instantáneamente. Y eso me trajo muchas secuelas, porque inclusive yo en una de las Yein Fonda fui a cantar en silla de ruedas. Le dije al Alvarito y me respondió: no, no, no, va en silla de ruedas. Pusieron hasta un andarivel. Me dijo: usted no está enferma de la garganta, pero para mí era complicado. Después fuimos a Valparaíso también y en silla de ruedas. Así que esa ha sido la nota negra de mi vida, porque me ha costado mucho. Ya no puedo correr, ja, ja, ja. Canto de pie, y no he dejado de actuar, pero de todas maneras el dolor es increíble, porque me pusieron fierros en la pierna. ¡Y no puedo cantar sentada! Noooo, no puedo, no puedo. A veces me ponen en la Yein Fonda su taburete y lo miro, ya sé que está, pero ni lo ocupo, ja, ja.

A mí me gustaban tantas cosas, pero el canto para mí es como vivir. Es que el canto es todo. Yo digo, a veces una está tristona, se pone a cantar y revive. La música es el alma del mundo, lo que mueve la vida. Dime tú: qué haríamos sin música.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

Cuando estaba chica fui a estudiar ballet, baile español, todo lo que tenía que ver con la música, todo lo que tenía que ver con el arte. Y eso no me hizo cambiar nunca de idea. Y cuando uno empieza a cantar, ya ama el escenario.

Apodo no tengo, para todos soy la Mez. Varios me dicen “madre” igual, ja, ja, pero en todos lados la Mez.

No tengo sueños pendientes, ya lo he hecho todo. Que siga esto nomás, que nunca deje de ser y que cada día sea mejor. Que haya mejores intérpretes, que vayan lindos arriba del escenario. Que la gente diga: no solamente cantan bien, qué elegantemente vestidos. ¡Que siga esto cada día con mayor fuerza y que siga heredándose! Que los chicos que están en la cúspide le vayan enseñando y preparando a los demás jóvenes. Porque hay muchos jóvenes que quieren aprender, entonces hay que ser generoso y seguir enseñando, porque es gratísimo saber que hay muchos que son parte, por ejemplo, del Pepe Fuentes. Eso para mí es muy gratificante: que nunca se olviden del Pepito Fuentes.

Aparte de cantar, no trabajé en nada más. Bueno, y estar haciendo lo que hacíamos con el Pepe y cocinar. A mí me gusta mucho cocinar. Es que es un conjunto de cosas: una persona que canta música chilena, también tiene que saber cocinar y hacer cosas a la chilena. Entonces, si le gusta la música, tiene que gustarle la cocina.

¿Pasión escondida? No... a mí lo que me hubiera gustado es saber manejar, ja, ja, ja.

Yo amo la música peruana. Y quiero mucho a muchos amigos peruanos. Inclusive trabajo con Martín Zegarra, el mejor cajonero que existe en Chile y tal vez en Perú. Tuve el gusto de conocer a Willy Terry, a la Lucy Avilés. Estuve en Perú hace poco y ella nos acompañó, fui a recorrer todos los sepulcros de todos los grandes.

Foto: Andrés Pérez, La Cuarta. Andres Perez

¿Si pudiera tener un superpoder? Bueno, hacer más de lo que hago. Poder moverme con mayor facilidad, hacer lo que hacía antes. Volver en el tiempo, tener más agilidad. Realmente a estas alturas cuesta, entonces si pudiera tener un superpoder: volver a ser tan ágil como antes. Eso me gustaría, hacer una magia, ja, ja. Poder subir las escaleras corriendo, bajarlas corriendo, ser tremendamente activa.

Mi placer culpable: las fiestas, que me gustan tanto. Las fiestas, porque de repente me dicen: oye, pero tú tienes que descansar. ¿Cómo voy a descansar? Ahora menos, porque ya estoy jugando los descuentos: hay que aprovecharlas todas. Ese es un placer culpable: seguir siendo farrera, ja, ja, ja.

Mi comida favorita son los porotos con rienda y mi trago favorito el vino.

Si pudiera invitar a tres personas de toda la historia a un asado, a una fiesta, sería a mi hermano, mi papá y mi mamá. Serían los fundamentales. A ellos les encantaban todos los asados, las fiestas, ellos tendrían que sí o sí estar conmigo. ¡Cómo disfrutaríamos, por Dios! Y además que eran buenos pa’ comer. Y mi mamá, pobrecita, ella pondría orden. ¡Se guardan los chuicos! Tendría que estar ella para que dijera: hasta aquí nomás, pue, es hora de ir a acostarse.

María Esther Zamora es una persona que ama a su familia, que nunca olvida a la gente linda que ha pasado por La Casa de la Cueca... ¡y que siga la fiesta!

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