La Firme con Tío Emilio Sutherland: “Agradezco que haya terminado el programa… cambió el perfil del delincuente chileno”
Su figura normalmente es cotejada con la de un detective. Otros, en redes sociales, inclusive lo llaman policía frustrado. Pero Emilio Sutherland, hace ya algo más de una década renombrado Tío Emilio, dice que lo suyo es “descubrir cosas” y “ayudar a la gente”. Aquí, el periodista revisará una carrera que parece haberse partido en dos cuando comenzó En su propia trampa: “Hoy día la gente no se acuerda de los Contacto, de los Jorge Lavandero; se acuerda del programa”.

La cita con Emilio Sutherland es en la cafetería Tavelli de Manuel Montt a las nueve y media de la mañana de un jueves, pero diez minutos antes de la hora acordada comunica que ya llegó y que espera en el patio, bajo un toldo de franjas blancas y amarillas. Cuando llegamos, en efecto está ahí: sentado, envuelto en una camisa de jean a tono con sus pantalones, frente a una taza de té. La conversación comienza rápida: es apasionante, larga, colmada de anécdotas y recuerdos. Sutherland reconstruye, por ejemplo, el día que el exalcalde de Pudahuel, Eduardo Bajut, mató a un manifestante de un disparo, y cómo, mientras intentaba enterarse de los pormenores, no sólo desapareció el cuerpo sino que un grupo de patos malos le apoyó cuatro o cinco cuchillos a la altura del estómago para ahuyentarlo. “Por eso te digo, fue mi preparación”, se ríe. De Pudahuel nos vamos a su improbable cruce con el general Sergio Badiola, y al caso Spiniak, y a su paso por Contacto, y al reportaje que dejó al descubierto el poco octanaje moral del senador Jorge Lavandero, y cómo no, a los años de En su propia trampa, el programa que hizo a un lado al obrero del periodismo Emilio Sutherland y dibujó en su lugar al Tío Emilio, personaje cuya popularidad trasciende el contexto local: de vacaciones en México, dirá, tuvo que esconderse debajo de un amplio sombrero de charro y guardar silencio durante los tours para que no le reconocieran.
Antes de arrancar la siguiente historia, una de su paso por S.O.S Seguridad ciudadana —uno de los espacios que condujo ya expirado ESPT—, el periodista se plantea un debate interno:
—La verdad, no sé si tengo buena o mala cuea.
Y se echa a reír.
—Pero siempre me pasaban cosas.
Cosas como esta: una noche en Ñuñoa, él y su equipo se sorprendieron con un señor de terno y corbata que dormía en un paradero de micros. Por más veces que lo intentaron, no había modo de despertarlo: estaba absolutamente ido. Un periodista que los acompañaba halló a un costado unas botellas de bebida de medio litro rellenas de un líquido transparente. Al olerlas, concluyó que lo que contenían era alcohol. Pero no alcohol bebestible, del otro. Como las cosas no cuadraban, porque el tipo no parecía ser un vago ni menos un alcohólico, pensaron en llamar una ambulancia. Pero en definitiva alguien del equipo se inclinó por buscar alguna pista entre su billetera y documentos y dio con que el hombre vivía por el sector, en unos departamentos rojos a unas cuadras de allí. Cuando Sutherland tocó el timbre del lugar señalado, una señora de edad le confirmó que era su hijo y que su hijo era alcohólico. Regresaron al paradero para despertar al sujeto y llevarlo de regreso a casa. Entonces, el final inesperado:
—De repente abre los ojos, totalmente arriba de la pelota, me queda mirando con una expresión bien rara y me dice: “Hola, Tío Emilio, ¿cómo estás?”.
El periodista supuso que lo conocía de la televisión. Pero no exactamente.
—Lo más increíble es que me dice: “Usted no se acuerda de mí. Nos sacamos una foto esta mañana en Canal 13, en el frontis del canal. Venía saliendo de una prueba de actores, soy extra de televisión”.
El tipo había consumido alcohol que compró en una ferretería. Sutherland y el resto lo llevaron en la parte trasera de una camioneta de seguridad. En el trayecto, el hombre se orinó y defecó, y ya en el departamento, no hubo más remedio que subirlo a pie porque no había ascensores.
—Por eso digo que a mí me pasan hueás insólitas —completa el Tío Emilio.
El resto de historias insólitas, a continuación.
La Firme con el Tío Emilio Sutherland
Yo provengo de una familia de mucho esfuerzo. Mi padre era comerciante, transportista, hacía de todo: era un buscavida, muy trabajador. ¡Hasta mecánico autodidacta! Nunca me voy a olvidar cuando, en las noches, desarmaba o armaba su camioneta, hueón, y sonaba el motor... ja, ja, ja. Y tenía también un boliche. Al principio, mi padre tenía una fuente de soda en Quinta Normal. Y cuando nos trasladamos a Estación Central, tenía un boliche de barrio, un almacén.
Mi madre es la persona más maravillosa del mundo mundial. Era mi gran amiga, mi compañera, teníamos una relación maravillosa. Mi hermano siempre me recuerda lo mismo: cuando estoy en situaciones difíciles, críticas, muchas veces me pregunto ¿qué haría mi madre en estas circunstancias? En serio, a ese nivel. Teníamos una comunicación muy fluida. Ella me conocía bien y era muy sabia en los consejos que me daba. Yo soy absolutamente escéptico de toda esta cosa paranormal, pero yo sabía que cuando no me podía comunicar con ella, y marcaba el teléfono ocupado, es que ella me estaba llamando. Y era así: no te estoy hablando de diez o de cincuenta, sino que de cientos de veces. Era una hueá muy espectacular.
El ejemplo de esfuerzo de mi madre lo encontraba maravilloso. Ella era enfermera universitaria. Falleció ya, el 2005. Era espectacular, hueón. Éramos cuatro hermanos y aun así se llevaba trabajo para la casa cuando era jefa en el hospital San Juan de Dios, y revisaba carpetas después de haber estudiado, después de haber trabajado, de haber atendido el almacén un rato. Y en la noche se quedaba estudiando de nuevo. Fue un ejemplo de esfuerzo, de tesón, envidiable. Y era muy, muy buena. Todos mis primos, que son hartos, la adoraban también. Porque era muy futurista, siempre proyectaba las cosas, y daba muy buenos ejemplos y muy buenos apoyos. Yo no sé de dónde chucha sacaba la plata de repente pa’ ayudar a otros primos en circunstancias difíciles.
Mi infancia fue maravillosa, feliz, no puedo decir nada malo. Además me crié un tiempo con mi abuelita, una abuelita que era como una jefa matriarcal. Por los Sutherland, todos somos lobos esteparios. De hecho, hay familiares que no conozco. En cambio, por el lado Soto, soy Sutherland Soto, la abuela provocaba esa unión. De hecho, sigue todavía el clan en un grupo. Somos no sé cuántos nietos. Y yo era el primer nieto, entonces fui muy regalón de mi abuela.
Mis padres me dejaron los valores. Yo siento que hoy día, de alguna forma, la familia está en crisis y que de repente, con más, con menos, nos despreocupamos de nuestros hijos y no transmitimos esos valores que son fundamentales. Le dejamos al colegio, a la escuela, qué sé yo, esa misión. Y yo creo que eso fue súper relevante para mí. Valores: honestidad, transparencia, esfuerzo, ser buen hermano, buena familia. Personalmente, traté de reproducir eso en mi familia. Tengo cuatro hijos y tenemos una relación maravillosa.
Tengo más de Soto que de Sutherland, debo reconocerlo. Sutherland viene de Escocia. Hay una leyenda, que yo no sé, no me consta, porque nunca lo he investigado ni me interesa, pero hace mucho tiempo una profesora que vivía en el sur me escribió una carta. Ella era Jorquera Sutherland y me dijo que quiso saber de dónde venía ese apellido y empezó a hacer una especie de investigación. Después de ir al registro civil, revisar archivos de mormones y de ir a la zona, descubrió que nosotros proveníamos de un marino escocés que naufragó frente a las costas de Pichilemu, por ahí. Se salvó a nado, según la historia que ella descubrió, ja, ja, ja. Por ahí tengo la carta guardada. Habrían sido cuatro marinos los que se salvaron, y uno de esos marinos era William Sutherland Maclynn. Y él echó raíces... y muchas raíces, ja, ja, ja. Porque, de eso puedo dar fe, hay muchos Sutherland en ese sector. Parece que se puso a tener hijos como condenado.

En mi juventud era bien nerd. Era juguito de pelota, me gustaba mucho el fútbol. Y de amistades contadas en el barrio y en el colegio, en el Liceo de Aplicación. En el Liceo de Aplicación todavía tenemos un contacto de decenas de compañeros, hasta a nuestro profesor jefe lo tenemos en el grupo de WhatsApp. Y sí, era un poco nerd. Es que yo siempre he sido como una persona más bien introvertida.
El mundo de la televisión nunca fue mi meta. Antes le decía la cajita idiota, porque encontraba que era una pérdida de tiempo. Pero tengo que morderme la lengua, porque descubrí que es uno de los medios de comunicación más completos y más potentes. Pese a que no convoca tanta gente como antes, sigue siendo la televisión el medio que más recurre a la gente, por ejemplo, en situaciones de emergencia, terremotos, incendios.
Me da una pena tremenda lo que está pasando con los liceos emblemáticos. Nosotros éramos un grupo de cuarenta alumnos en el Liceo de Aplicación, y a mí, particularmente, ese período me marcó la vida. Casi todos provenientes de familias clase media-baja, de mucho esfuerzo. Tuvimos un profesor de inglés, Alfredo Córdova, que en algún momento nos abrió los ojos. Él era gay y por eso lo echaron en esos tiempos. Te estoy hablando de la dictadura, era muy complejo. Y los apoderados trataron de salvarlo, pero no hubo caso. Él no era ni loca ni pervertido, nada, tenía una conducta ejemplar con todos los alumnos. Nos hizo educación sexual en los tiempos que todo el asunto era tabú, y con mucho respeto, nunca tuvo ninguna conducta indecorosa. Y él nos abrió los ojos cuando éramos pequeños. La educación era la llave maestra en el sentido social y económico para nuestras familias, y ahí se generó una sinergia bien increíble. Porque, con los cuarenta alumnos del curso, del 4º D, empezó una especie de competencia. Y al final salimos en La Tercera, en la contraportada de La Tercera, como el curso mateo: hubo varios puntajes nacionales, yo entré con el primer puntaje a la Universidad de Chile, y así. De los cuarenta alumnos, nueve son médicos actualmente. El 98% de los estudiantes quedamos en la universidad. Y teníamos un compañero, que no voy a dar el nombre, que se ponía a llorar cuando se sacaba un cinco, po, hueón, ja, ja, ja. Hay más casos. Era gente muy modesta, de barrios muy humildes, y ahora uno es médico, trabaja de lunes a jueves, tiene una tremenda parcela con una piscina olímpica... ¡y es comunista, hueón!, ja, ja, ja.
Da una pena tremenda que hayan hecho mierda el Liceo de Aplicación. Creo que incluso tiene dificultades para llenar las vacantes. Cuando yo ingresé, tuve que dar una prueba. Al margen de mi familia, el Liceo de Aplicación también fue muy importante en el tema de los valores. Y teníamos un tren de estudio tan potente que cuando llegué a la universidad, a la Universidad de Chile de esos tiempos, no conozco la actual, puta, decía: parece que me equivoqué, porque empecé a estudiar menos de lo que estudiaba en el liceo.

A los dieciséis, diecisiete años, no sabía qué estudiar. Estaba claro que mi fuerte o lo que me gustaba era el lado humanista. No tenía malas notas en matemáticas ni nada, pero me gustaba leer. De hecho, leía mucha cosa que tenía que ver con libros policiales, de misterio. Me acuerdo que, paradojalmente, un profesor de castellano, el profesor González, me echó de la sala porque la clase estaba muy fome y yo estaba leyendo un libro de Sherlock Holmes. Me quitó el libro, lo tiró lejos y me echó de la sala de clases, ja, ja, ja. Me gusta leer y escribir, y hasta escribía poemas a veces.
Dije: ¿quién escribe? Escriben harto los periodistas, entonces decidí irme para allá. Además yo soy muy curioso, sapo dicen los otros, ja, ja, ja. Entonces se juntaban, de alguna forma, dos cosas que me atraen y forman parte de mi idiosincrasia.
Era complejo estudiar periodismo durante la dictadura. Te describo una escena. Yo venía del liceo, puta, todo ordenadito, todo bien, pese a que había protestas duras. Pero de repente nosotros estábamos en la sala de clases, en la escuela de periodismo que estaba dentro del “Piedragógico”, y veíamos que en el segundo piso, en la sala de clases, empezaban por el lado externo de los ventanales a pegar carteles. Y yo decía: ¡cómo no paran la clase! Se asumía como que era habitual. De repente estábamos almorzando en el casino del Pedagógico, cientos de personas adentro, y había tomas y quedábamos todos encerrados. Pero fue una experiencia rica, conocí a muchas grandes personas. Entre esos tuve como compañero a Aldo Schiappacasse: malo pa’ la pelota el hueón, pero excelente persona. Y tenía el don de la palabra... tenía tanta labia, que feo y todo llegaba con buenas minas, ja, ja, ja.
Fue bien insólito llegar a una universidad donde era tan bajo el nivel de exigencia en comparación al tren de estudio con el que venía. Fue difícil. Tuvimos una profesora que me impactó mucho, porque era muy mala. No voy a dar nombres, pero era muy mala, hablaba puras tonteras. No tenía idea de periodismo. Imagínate: yo en primer año de periodismo me di cuenta. Y lo peor era que corregía las pruebas con faltas de ortografía. Bueno, ahí yo dije: parece que me equivoqué, y empecé a visualizar qué hacía. Pensaba que al salirme en primer año no perdería tanto tiempo. Y en esas circunstancias, tiene que haber sido en principios de segundo año, supe que necesitaban un estudiante en práctica en Espectáculos de La Tercera. Tú sabís que las prácticas se hacen al final de la carrera, pero yo tenía tantas ganas de saber si esto era lo mío, que dije: ya, po, voy a meterme. Llegamos tres o cuatro periodistas a hacer la práctica, después quedamos dos y al final quedé yo, ja, ja, ja. Y me gustó. Mi expertise no era espectáculos, sabía poco y nada, pero me fui adaptando y me gustó el asunto de reportear, de estar ahí, en la papa de las cosas que sucedían.

Me tocó ir al Festival de Viña en los tiempos en que vino The Police. No sé si fue porque era pendejo, o por qué razón, pero creo que fue uno de los recitales rockeros más lindos y espectaculares que he visto. Estaban en el apogeo y me acuerdo de estar ahí, en la Quinta Vergara, saltando sobre el tablón, sin ser rockero ni fanático, pero era maravilloso. Cómo tocaban, cómo sonaban. Y la gran mayoría de los periodistas de espectáculo de la época, que no tengo nada contra los viejos, estaban tras bambalinas y no vieron el show. Fue impresionante. Además después los tuve que seguir en su periplo post actuación. Bailando, saltando. Me impresionaron, porque yo no conocía esa cultura de superstar. Los tuve que seguir a las discos, y los hueones arriba de la pelota totalmente..., ja, ja ja.
Cuando pasé a Crónica de La Tercera fue como mi servicio militar. Me sirvió, mucho tiempo después, para La trampa (En su propia trampa). Fue en el año 85 más o menos, ya con contrato. Imagínate: del mundo de Bilz & Pap del espectáculo, pasar a las protestas, a reportear de noche y llegar con el auto baleado, con hoyos, o que te pongan cuchillos. Eran situaciones complejas. En algún barrio nosotros conversábamos con los pobladores y, después, esos mismos pobladores nos estaban tirando pencazos. No entendíamos nada. O nos íbamos pa’l otro lado y los milicos tiraban esas balas trazadoras uno o dos metros sobre nuestras cabezas, hueón... cagados de susto.
Lo que ocurrió con el intendente Badiola fue increíble. Tiene que haber sido en el 85 u 86. Te describo un poco el ambiente: el general Sergio Badiola, uno de los delfines de Pinochet, llamó a una conferencia de prensa en la Intendencia. Iba a dar un gran anuncio, creo que era para la conmemoración de un 11 de septiembre, y además, para decir que iban a haber mayores libertades, una apertura política. Eran tiempos de protestas y en las protestas morían muchas personas, era bravo. Estaba lleno de periodistas y corresponsales extranjeros. Chile era el epicentro de todas las noticias internacionales en ese tiempo. Voy, era una mesa larga que todavía está en el segundo piso de la Intendencia de la Región Metropolitana. Él estaba en la punta de la mesa y empieza a hablar, anunciando que se va a enviar a los manifestantes de oposición al Parque O’Higgins y a los manifestantes a favor del gobierno a la Alameda, de Plaza Baquedano a La Moneda. Yo pendejo, po, hueón. Segunda o tercera pregunta, le digo: ¿no le parece que hay un doble estándar acá? Una pregunta, si tú me decís el día de hoy, hasta media sonsa, hueona, pero en ese tiempo no, po. Capto que la pregunta incomoda al personaje. No volaba una mosca, compadre, un silencio... sepulcral. Y él me grita: ¡¿qué piensa usted?! Le digo: no corresponde que yo le diga…, usted tiene que responder. Él insistió a grito pelado, y yo de nuevo: general, no corresponde que yo le dé la respuesta... fueron como siete veces que me increpó. Y al final dice: ¡¡¡su actitud me parece muy poco viril!!!... ay, conch... ja, ja, ja, ¡quedé helado!
A mí lo que más me impactaba era el silencio. Todos nos mirábamos y yo decía: qué hago. Siempre en ese silencio sepulcral, me levanto de mi asiento, voy a buscar la grabadora que tenía, la levanto y salgo. En ese tiempo cubría también Iglesia, Vicaría de la Solidaridad y todo eso, así que me voy al arzobispado y le pregunto a Rosita, la secretaria, si había alguna novedad. Como no había pasado nada, llego a La Tercera, en Ñuble, Vicuña Mackenna con Ñuble, y el portero me dice: ¡puta, Emilio, que está famoso! ¿Cómo famoso? ¡Escuche la radio!, me decía. ¡Y seguían repitiendo el despacho! Arnoldo de la Carrera se llamaba el periodista de la Cooperativa, famoso en ese tiempo, y ponía todo lo que había pasado. La hueá había pasado una hora y media antes y la seguían retransmitiendo. Lo que yo supe después, cuando me retiro, es que todos se fueron, salvo el periodista de Televisión Nacional, que después me dio las disculpas de rigor y lo entendí perfectamente.
En La Tercera, todos se habían quedado, ninguno había ido al casino, me estaban esperando los dirigentes sindicales y me empezaron a aplaudir. Hueón, yo no estaba rojo..., ¡estaba morado! No cachaba ni una, emocionado. Y de repente veo que el director del diario, Arturo Román Herrera, se asoma por la puerta de cristal y me llama. ¡Cagaste, Emilio!, pensé, ja, ja, ja. Pero me dio todo el apoyo. Tiempos difíciles, pero me dijo que no había problemas.
Al día siguiente fui portada en el Fortín Mapocho, tituló “Intendente insultó a periodista y quedó hablando solo”. Letras rojas, título principal. Y una periodista reporteó el caso y cuenta todo lo que pasó, los aplausos, el apoyo de los sindicatos. Afortunadamente, horas después, me llama el director y me dice que había llamado Badiola y que quería ofrecerme las disculpas. Me dice: yo te acompaño. Ya, vamos, lo cortés no quita lo valiente. Llegamos a la Intendencia, nos recibe su relacionador público, nos abre la puerta. Una sala grande, eran diez o quince metros hasta su escritorio. Y, de lejos, él me dice: Emilio, la cagué, hueón, quiero pedirte disculpas. Dice: quiero tus disculpas y, si es necesario, me pongo de rodillas.

Estuve encargado reo en el caso Spiniak. Fue lo último que hice en prensa en esa época, en 2002, 2003. Me llegó una citación de la jueza del 33º Juzgado. Yo semanas antes había buscado las víctimas, había ido con todos los personajes a reportear, tenía todos los antecedentes del caso. Entonces, en el camino, que era de verdad una caravana de periodistas y fotógrafos, los gallos que a nosotros nos habían dateado de carabineros nos dicen: “Este hueón tiene antecedentes por Ley de armas, es medio loco, y la cámara Handy que tenemos nosotros se nos echó a perder”. En el camino, en Plaza Baquedano. Se paró toda la comitiva porque ellos entraron a nuestra van y nos pidieron prestada una cámara. Ya, po, se las pasamos y esa cámara la usaron allá. Cuando lo detienen, querían tener un registro, pero no fue necesario: el hueón se entregó tranquilamente. Terminó la detención, nos devuelven la cámara, y, ¡oh, sorpresa!, al revisarla, tenemos la parte cuando le leen los derechos, todo eso. ¡Y quedó la cagada, po, hueón, porque este Hermosilla día por medio me amenazaba con querellas! Ya: la jueza me cita, me atiende personalmente en su escritorio, justicia antigua, y me dice: “Lo he citado porque usted está obstruyendo la justicia”. ¿Pero cómo?, le dije, al contrario, estoy colaborando. “Quiero que me diga quién le está pasando datos, información”. Y le digo que eso no corresponde, porque soy periodista, que la ley de prensa me protege. Ella insistió. Y yo había tomado la precaución de tomar una fotocopia y había destacado con un destacador amarillo la ley de prensa y toda la hueá. Se la mostré. La pesca, la lee, llama a la secretaria del Tribunal y le dice: “Oye, este hueón cree que yo no me sé la ley”. Fui despreciado, me sentí achicarme en la silla. “Hueón” era lo más elogioso que decía de mí. Ya: “Si usted no quiere colaborar, lo voy a encargar reo, someter a proceso. Pase a la salita de al lado, lo está esperando un gendarme”. ¡Qué chucha! Logro comunicarme con el canal, aviso la situación, llega un abogado y me dice: no te preocupís, vamos a presentar un recurso de amparo, ahora estái en libertad. Salgo y había un pelotón de periodistas, ja, ja, ja. Fue terrible, pero puedo decir que estuve una semana encargado reo por el caso Spiniak.
Recién llegando a Contacto, me llama un señor y me dice: oiga, Emilio, el senador Lavandero es pedófilo, abusador de menores. El señor era propietario de un camping en Metrenco, en Temuco. ¿Pero cómo?, le pregunté. Y dice que cuando se desaparece un niño, lo encontramos en la parcela de él, que estaba al lado. Yo le dije que eso no significaba que fuera pedófilo, po. Además este señor es casado, tiene hijos. ¡Pero me llamó cuatro veces! Yo le decía que no le creía, que me diera datos. Y al final, me dice: “Ya, estoy con Iván y Gilda, los campesinos que le cuidan la parcela acá, los tengo al teléfono, ¿puede hablar con ellos?”. Los ponen el teléfono, se presenta Iván y me dice: “Es verdad lo que dice aquí, venga pa’ acá, a Temuco, yo amarro los perros, usted se asoma por la ventana de don Jorge y puede ver cuando está viniendo la… no voy a dar el nombre, una niñita de doce o trece años que se mete con él desnuda al jacuzzi en el dormitorio. También los he encontrado desnudos en la cama“. Mi jefa, la Pilar Rodríguez, tampoco creía, pero al final me dice que vaya a Temuco, sin cámara pero pa’ salir del empacho. Llegué y empiezo a darme cuenta que era un secreto a voces: todo el mundo lo sabía. Policías, fiscales, dirigentes de la Democracia Cristiana. Llego, regreso y empiezo a reportear. Fue un caso duro y emblemático. Hay muchas cosas que no conté en su momento y que alguna vez las escribiré.
En algún momento tuve encima a siete detectives privados contratados por la defensa. Un amigo hizo el trabajo de contrainteligencia: él fue el que me dijo que habían contratado a varios. Este amigo, que es detective privado todavía, me dice: “Oye, me llamó un abogado y me pregunta si puedo viajar a Temuco, porque quiere conversar por el caso Lavandero, y yo sé que tú lo estái viendo”. Me pregunta: “¿Qué hago?” Y yo le digo que no sé, hueón. Converso con un abogado fiscal amigo y me dice en off: “Puta, a ti te conviene saber lo que está pasando con este viejo, que tu amigo le dé información residual”. Y ya, po: mi amigo llegaba con la camarita bajo el brazo y me decía que fuéramos por un café y allá hablábamos del tema. Yo le contaba cosas que eran inmorales, antiéticas, que dentro de mi investigación había averiguado de Lavandero. Todavía no salía al aire el reportaje. Y puta, después me llamaba por teléfono y me decía: “Compadre, me felicitó el abogado porque te he sacado mucha más información que los otros seis investigadores”. A este hueón le pagaron 350 lucas, en ese tiempo, 2004, 2005, para interceptar mi teléfono celular. Me llamó desde allá de Temuco y me decía: “¡Este hueón está loco, eso es ilegal!”. Pero recibía la plata igual, ja, ja, ja. Como en tres semanas que habrá trabajado para él, ganó como dos millones y tanto.
Perdí la cuenta de las querellas que puso Lavandero, pero todas las ha perdido. A fin de cuentas, él se descompensó... y él confunde. Yo siento que por ganar algunas lucas, los abogados le siguen el juego: para todos los efectos, él, en el último tiempo, da charlas en las universidades y dice que es inocente, que la Justicia demostró que es inocente y que está limpio, que su hoja de vida es intachable. Pero, claro, todos los delincuentes, incluido el señor Lavandero, pasados cinco años pueden pedir que se borren los antecedentes penales si no ha hecho nada. Y es a eso a lo que él recurre, pero eso no borra lo que hizo. Este sujeto la sacó barata, porque fue enjuiciado por cuatro abusos reiterados de niños, pero yo descubrí muchos casos más. Y fue doloroso... fue la primera experiencia que te conmueve y te caga la onda. En algunas entrevistas a víctimas yo terminaba llorando, abrazaba a las víctimas. Todas esas cosas no las mostramos, aunque estaban grabadas, para no ser acusados de sensacionalistas ni nada.
Si yo hubiese publicado todos los testimonios, tal como describían lo que hacía Lavandero, lo hubiesen ahorcado en la plaza pública al día siguiente. Bajamos mucho la fuerza de los testimonios, porque eran muy fuertes, muy violentos. Tú cachabai que había niñas que habían sido abusadas a los doce, trece años, que ya tenían veintitrés y todavía estaban mal. De por vida, ¿cachái? Esos abusos tan fuertes les perjudican toda su vida. Eso fue terrible.

El gran problema de los medios de comunicación, no sólo en Chile, es que los departamentos de investigación periodística están experimentado su desaparición paulatina. Pasó con Contacto, con Informe especial acá en Chile. Y en el resto del mundo igual, porque son departamentos que ocupan muchos recursos y son, en términos económicos, poco rentables para los medios. Puta, por ejemplo, en el caso Lavandero yo tuve un año para desarrollar esa investigación, de enero a enero. Y eso en los días actuales no ocurre: tienes algunos días de la semana y si es que. Ahora todo es rápido y eso yo creo que es nefasto. No sólo para Chile, insisto. Porque los departamentos de investigación, pónganle el nombre que quieran, de alguna forma realizan un trabajo mesurado, minucioso, correcto, que permite sacar a la luz situaciones que le hacen mal a la comunidad, al país. Permiten ser unos agentes de cambio. Nos pasó muchas veces en el programa Contacto: yo destaco el caso de la Carola Fuentes de Paul Schäfer: logró descubrir en Argentina a un tipo que hacía dos o tres décadas estaba siendo seguido por la justicia chilena, por cientos de policías y no había sido encontrado. Faltan esos programas. A lo mejor pueden tener razón los propietarios de los medios de comunicación en que un departamento de investigación es costoso, pero el valor que tiene eso, el prestigio que le da al medio... Tiene otro valor, que no es medible en términos económicos o monetarios y eso no lo cuantifican.
Yo entiendo que el periodismo es preguntar, averiguar, es descubrir cosas, y eso a mí me fascina. Siempre me ha gustado descubrir cosas y revelarlas. Eso se perdió por razones políticas…, acuérdate que nos inventaban fenómenos como el cometa Halley y otras cosas. Se redescubrió y yo creo que hay en Chile varios periodistas de investigación súper potentes, que han sacado muchas cosas buenas. No sólo de Canal 13 sino que de Informe especial, etc. Pero ahora, desgraciadamente, por las razones económicas que te digo, estos programas se han visto reducidos. Hay una involución. Eso me parece a mí muy malo.
Con En su propia trampa pasé de ser un obrero del periodismo a un personaje popular. Fue un objetivo absolutamente no deseado, para nada. Si hubiese dependido de mí hubiese sido piolita, detrás de las cámaras. Pero en televisión, lo aprendí brutalmente, tiene que haber una persona que cuente el cuento, tiene que haber un rostro. Y yo lo hice sin pensar en las repercusiones que iba a tener esto. Para mí, el éxito que tuvo En su propia trampa fue absolutamente inesperado. Hasta el día de hoy se sigue vendiendo a Japón, ¡hasta el día de hoy!
Fui a Playa del Carmen y tuve que disfrazarme con un sombrero mexicano, porque los mexicanos son los que más veían el programa. Allá me dio un poquito de temor, porque secuestran a cualquiera que parece medianamente famoso. Mi señora, cuando fuimos a Playa del Carmen, me decía: no entiendo, hueón. Bajamos, hicimos escala en Ciudad de México y los funcionarios del aeropuerto: foto, foto, foto. Llegamos a Playa del Carmen y lo mismo. Lo rico era que estaba en un todo incluido y los cocineros me servían de todo, era el regalón, ja, ja, ja. Pero también nos ofrecieron azúcar pa’ la nariz... ja, ja, ja. Entonces ahí dije: no, aquí está medio peligroso. Me pasaron uno de estos sombreros mexicanos y trataba de hablar muy poco, porque me pasó lo siguiente: quisimos hacer un tour por Tulum, de esos minibuses, íbamos en la segunda o tercera corrida de asientos, iba conversando con mi señora, con el gorro, y de repente el chofer pega la chantada. ¡Hueón, qué habrá pasado!, me pregunté. El chofer se levanta del asiento y me dice: “¡¡¡Tío Emilio, lo descubrí por la voz!!!”. La cagó, ja, ja, ja. Si tú revisas los comentarios de capítulos que tienen más de veinte, veintidós millones de visitas, hay gente que empieza a comentar: “¿Alguien viéndolo en 2026?”. Y salen diez, veinte. Y el 70% de quienes lo ven por YouTube son extranjeros. A mí me siguen llegando mensajes, te puedo mostrar, de diferentes partes del mundo. De España, de Australia.

La Cuarta fue la que me puso Tío Emilio, fue el primer titular con el apodo. Fue por un capítulo por el que yo, literalmente, me cagué de la risa. Tenía que ver con un grupo de chamanes que llegaban a hacerme un sahumerio a una casa que nosotros arrendamos y yo hacía el rol de un anciano. Mis sobrinos eran otros periodistas que estaban en la planta baja y yo estaba en el segundo piso, y hablaban del Tío Emilio. Entonces, yo estaba con una peluca, pelo blanco, maquillado y conectado a un tubo de oxígeno. Y mientras los brujos y chamanes llegaban ahí, al primer piso, yo hueveaba: tiraba bolitas, metía ruido. Cuando llegaban ahí se encontraban a un señor en una cama de doble plaza, puta, casi agonizando. Y los brujos hacían su sahumerio, tiraban agüita bendita y polvo, y yo lloraba de la risa. Así, literal. Después apagábamos las luces, cerrábamos la puerta y yo desaparecía de la cama…, y cuando se encendía la luz, yo no estaba. Los periodistas empezaban a gritar y le echaban la culpa a los hueones. ¡Y los hueones se creían sus propias mentiras! Hubo un hueón al que tuvieron que parar, porque se quería arrancar y no podía. Como estaba la puerta cerrada, se intentó tirar del segundo piso. Yo lloraba de la risa, recuerdo que me mordía los labios pa’ no soltar la carcajada. Pa’ hacer todo realista, yo estaba con una bata de hospital, entonces esas te las colgái y quedái en pelota. Y de repente, cuando se iban estos hueones y arrancaban, yo los miraba por el segundo piso y saltaba arriba de la cama y cantaba: “No estaba muerto, andaba de parranda”... y ahí salgo, bailando a poto pelado, porque las cámaras seguían grabando. Salieron muchas cosas que no estaban libreteadas.
El Tío Emilio no es personaje, soy yo nomás. Era yo, actuaba como yo y eso a la gente le gustaba. De hecho, cuando nos caíamos en alguna hueá y se nos cruzaba gente, y todo eso, lo dejábamos porque formaba parte. Era como una especie de docurreality. De repente no veía a los hueones y se nos arrancaban. Yo siento que la gente entendió que esto era como real, que era verídico, genuinamente verídico. Entonces, llegó a mucha gente. Yo de repente empleaba palabras de día domingo y el Rodrigo Leiva y va me dice: “No, po. Si así no hablái tú, habla como tú hablái, normal, me decía. Ese es tu fuerte”. Y a la gente le gustó eso, porque yo en el Contacto era mucho más empaquetado y todo el asunto.
Yo dije lo del “Te pillamos, po, compadre” en algunas ocasiones, pero Kramer fue el que la exacerbó, el que la sacó. Si yo no la podía creer cuando salió Kramer en una Teletón... de hecho, yo pensé que era una broma. Me llama un ingeniero de Canal 13 un día domingo, el cierre de Teletón, y me dice: “Oye, hueón, ¿cachaste lo que va a hacer Kramer? Te va a imitar a ti. Me están llegando unas imágenes tuyas, pregrabadas, y va a hacer de ti”. Yo pensaba: no puede ser, este hueón me está tomando el pelo. Y cuando lo vi no lo podía creer, me cagué de la risa. El Sergio Freire también hizo En su propia farsa, me agarraron pa’l hueveo, ja, ja, ja. Me invitaron al programa y noo, divertido, geniales.
El hecho de hacerme conocido me impactó por todas partes. Imagínate, yo decía: tanto tiempo haciendo reportajes, haciendo Contacto. Pero hoy día la gente no se acuerda de los Contacto, de los Jorge Lavandero. Se acuerdo de En su propia trampa. Y la gente todavía sigue buscando hasta el día de hoy a los mecánicos, a los gásfiter honestos.

Le cambiamos la vida a mucha gente, a las que premiamos e incluso a las que denunciamos. Me acuerdo de un señor que denuncié que parecía Michael Jackson. Estaba al lado del Alto Las Condes y con las lucas que se hacía después se iba a comer... y no a una comida rápida: al mejor restaurant de la zona. Nosotros fuimos en una ambulancia y le ofrecimos un paquete de mercadería. Y en la ambulancia iba una actriz bien grande que sacaba una aguja con inyecciones pa’ caballos o vacas, entonces el hueón la veía y salía apretando cueva, ¡se tiraba de la ambulancia pa’ abajo!, ja, ja, ja. Ese cabro me amenazó. Debe haber tenido 30 o 35 años y me dijo: “Yo sé dónde vivís, hueón”, y me da las calles donde efectivamente yo vivía en ese tiempo. “¡Ya vai a ver, hueón, va a cagar tu familia”. Fue bien duro. Amenazas de muerte, derechamente. Bueno, con ese cabro, ya pasados varios años, me encontré donde yo vivía exactamente, en una esquina. Y se acercó. Chucha, dije yo, este hueón me va a putear. Yo tenía el vidrio semiabierto, bajé la hueá y me dice: “¿Cómo está, don Emilio?”. Bien, po, hueón, ¿y tú? “Mejor, es que después me agarraron pa’l hueveo acá en el barrio, no podía salir a pedir plata, dejé la droga, la pasta base y ahora estoy bien. Me voy a arreglar los dientes. Cambié”. El hueón dejó todo, pensaba surgir, trabajar. Yo lo denuncié, pero el hueón cambió. También a otro hueón que tenía loca a mucha gente en Puente Alto, a muchos comerciantes, se metía por los techos y les robaba. Le hicimos creer que se metía a una banda de ladrones, de criminales, y que colaboró en cargar un camión con productos robados. Y después, en el camino, se le aparecía un fantasma, ja, ja ja. En la oscuridad, porque era un camión de estos sellados, como un contáiner sellado… y el hueón, cagado de susto, entre la droga y toda esa hueá. Después llegábamos a un sector ahí en Calera de Tango, Puente Alto, Pirque, por ahí, y era un galpón donde supuestamente se acumulaban las cosas robadas. Y de repente el líder de la banda discutía con otro de los hueones y se lo piteaba, lo mataba y el hueón sentía los disparos. Los que nos ayudaron eran expertos, porque era un grupo de teatro formado por exreclusos, y lo zamarrearon mentalmente. A la temporada siguiente, nos llamaron de una iglesia evangélica, que el gallo había cambiado. Estaba en un centro de rehabilitación, gordito, alegre, hablaba de corrido, perfecto. Era espectacular. Había aprendido a hacer pan. Se levantaba a las cinco de la mañana, había dejado la pasta base.
Hubo un viejito que salió en La Tercera, se llamaba Carlos Rubio, y el título era: “El tío Emilio salvó mi vida”. Lo usé para una charla que usé un día. Salió en el diario sin tener yo arte ni parte, nunca lo había visto posteriormente. Le dedicaron una página entera. Cuando nosotros le hicimos la trampa, o lo pusimos a prueba, era como una persona de sesenta años, lo habían echado del trabajo y ahí cuenta todo. Nosotros supimos eso, pero quería quitarse la vida. Nosotros lo encontramos como medio malo, en términos televisivos, porque estaba muy nervioso, pero no sabíamos que se quería quitar la vida. Nosotros ubicábamos a todos los gásfiter por Internet, por aviso. Y él cuenta que era la primera vez lo llamaban. Creo que era ingeniero y no encontraba pega, estaba entrando en una depresión muy severa. Cuento corto: después nos enteramos que tenía secretaria, se había comprado furgones, que no daba abasto para contestar las llamadas. Y nosotros fuimos los primeros que lo llamamos. Tenemos historias muy lindas.
En La Parinacota vimos la muerte a corta distancia. Fue la experiencia más terrible de mi vida. En algún momento nos abrazamos los dos periodistas y los camarógrafos que estábamos ahí. “Compadre, es hora de decir adiós”, con los ojos llenos de lágrimas. A ese nivel fue. Yo tuve que llamar a un general de Carabineros, despertarlo pasado la medianoche, dos veces, pa’ que nos salvaran. Y ese general me decía: “Oye, pero si ya envié el Gope”. ¡Pero el Gope no podía ingresar por la cantidad de balas! Nosotros estábamos a tres cuadras de la comisaría de Quilicura y tampoco llegaban. Fueron como ochocientas balas, y tú sabís que disparar las balas es caro, ¡muy caro! Sabíamos dónde retiraban balas, lo lográbamos ver. Esa es una cosa que nadie se explica y muchos comentarios en YouTube dicen: “¿Y cómo grabaron y no les destruyeron las cámaras?”. Es que eran microcámaras.
Fuimos porque la vieja María, que era la vieja de Los Chubis, se contactó con un camarógrafo en el centro de Justicia. Le dijo: “¿Por qué no nos van a ver? A nosotros nos van a disparar en las noches”. Le contó que tenía a sus dos hijos mayores presos, condenados a quince años por narcotráfico. Al tercero se lo habían piteado, lo quemaron arriba de un auto. Le enviaron fotos y videos a ella. De hecho, en ese programa sale la viuda, era de calzas verdes, y me agarraron pa’l hueveo en redes sociales porque tenía un buen culo... que el Tío Emilio lo miraba, ja, ja, ja, ja.
Estuvimos a tres minutos de que nos pitiaran. Yo juego fútbol todos los fines de semana y después de ese programa no podía levantar los brazos. Corría con las manitos a los lados. Fui a acupunturistas, kinesiólogos, médicos, chinos. Fui a todas las terapias. Tuve tratamiento psicológico. El otro periodista, que era el editor de La trampa, César Pérez, quedó hablando al triple de velocidad. Al tiempo de la salida al aire del programa, pasaba por donde estaban editándolo, sentía las balas y las manos me chorreaban de sudor. Fue potente. Un año casi cronológico pasó, yo sin estar en ninguna consulta ni nada, y de repente, en un momento, siento un click, como si alguien soltara la hueá, y empiezo a moverme normal. ¡Un milagro, hueón! Me sentí como en la historia bíblica: ¡Y Lázaro se levantó!, ja, ja, ja.
Yo ahora agradezco que se haya terminado En su propia trampa, porque de alguna forma nosotros fuimos viendo cómo cambiaba el perfil del delincuente chileno. Cada vez más violento. Al principio era todo muy soft, muy light, les hacíamos trampas, nos reíamos de ellos, como la historia de los chamanes. Pero después nosotros fuimos encerrando a los delincuentes en los autos. Ahora si hacemos eso, nos matan a la primera. Están todos armados.
En Canal 13 estuvieron viendo la posibilidad de reflotar el programa, pero yo no estaba dispuesto y ellos mismos se dieron cuenta que no están dadas las condiciones en el país. Vivimos en un país más violento. Salió que este año o el año pasado se habían registrado menos homicidios en el país, pero si usted ven los tipos de homicidios, son mucho más violentos.
Me cayó el alcachofazo, que no podía seguir en esta espiral, cuando amenazaron a mi familia. Al principio de En su propia trampa, o si me apurái un poco antes, llamaron a mi hijo a nombre de terceras personas. Y ahí él me escribió un mensaje: un día de estos, por culpa tuya nos van a matar a todos. Después, sacando conclusiones, esa llamada fue producto de un reportaje en donde denuncié a una corporación que estaba manejada por gente muy inescrupulosa. Y vinieron situaciones muy, muy graves. Me envenenaron a mis perros. Eso fue posteriormente a esa llamada que recibió el segundo de mis hijos. Tenía tres o cuatro perritos en la parcela y se salvó uno.
Si algo aprendí En su propia trampa es que uno no puede bajar la guardia cuando te agrede verbalmente un delincuente. Lo que aprendí es que, por la forma de ser de estos tipos, en su psicología, cuando tú bajas el moño ellos se empoderan, sienten que tienen el poder y se aprovechan. Aplican la ley de la selva, la ley del más fuerte. Cuando me siguieron en el Paseo Ahumada, yo lo tenía pensado: si me llega a pasar, voy a actuar así, voy a elevar el tono de voz y me resultó. Pero esto no lo puedo dar como un consejo para todos, porque es delicado. Yo me fijaba si el hueón no estaba drogado, si no estaba ebrio, si estaba relativamente cuerdo, y ahí lo hacía: lo enfrentaba verbalmente y le subía el tono de voz. Pero yo creo que para el resto de la gente esto no es un buen consejo, porque yo veía que estos hueones empezaban a mirar para el lado, para ver si me acompañaba alguien, si había alguna cámara grabando… o sea, como periodista yo tenía como una especie de privilegio, donde el delincuente sentía que lo estaban observando. A mí todavía me pasa cuando ando en Metro. La gente todavía empieza a mirar dónde están las cámaras, hueón. Yo creo que el delincuente en general es más cobarde que el promedio del chileno normal. Actúan cuando están drogados, cuando están ebrios y cuando están en patota. En patota son súper valientes, pero uno a uno, enfrentados, son muy cobardes.
Mi familia siempre me apoyó con el programa. Nunca hubo una palabra así como de “deja esta hueá”, nada. Siempre hubo un apoyo solidario, fuerte, irrestricto. Además, tengo la suerte de que mi señora me conoció en estas lides. Entonces, sabía que el que nace chicharra muere cantando, hueón.

El asalto que sufrimos con mi familia fue terrible, hueón. A mí me pillaron a las nueve de la noche, un día de febrero, en el tiempo de semipenumbra. Cuando estaba oscureciendo me pesca un hueón por la espalda. Yo estaba leyendo la competencia, la Revista Sábado de El Mercurio, me acuerdo de esa huea claramente, y siento un cuchillo o algo, en realidad no te sabría decir qué era. Y me levanta un compadre y me dice: “Este es un asalto, conchetumare”. Yo pensaba que era mi hijo mayor, que había entrado despacito, pero no. Pensaba al principio pegarle un codazo en la guata y arrancar porque estaba medio oscuro, pero estaban mi señora y mis dos hijas en ese momento. Lo que pasa es que mi casa es una cabaña muy modesta, muy linda pero muy modesta. Y siento, hueón, que la están haciendo mierda, hueón, entrando por la parte de abajo, porque está construida en pendiente. Mi hija estaba viendo tele en el dormitorio de abajo. Siento el ventanal que estalla abajo, siento que botan como una puerta por otro lado. Eran como cinco o seis hueones en general. Le digo: “Compadre, llévense todo lo que quieran, todas las hueás, pero no hagan nada a mi familia”. Ya, okay, hueón. Me dejaron en el comedor, atado de pies y de manos, boca abajo en el suelo. Ahí empezaron a llegar mi hija, que estaba abajo, mi hijo y, finalmente, mi señora. Mi señora fue la única que alcanzó a esconderse en un baño y le hicieron mierda el baño, la puerta del baño para sacarla. Fueron no más de dieciocho o veinte minutos. Me llevaron el auto, se llevaron dentro del auto todo lo que podían llevarse.
Yo digo que no sabían quién era yo porque, en un momento, el que hacía de líder, de unos 35 años, dice: “Oye, este hueón es el Tío Emilio”. Y los otros pendejos, que tendrían sobre 20, decían: “Oooh, de veras”. Otro me gritaba: “Oye vos, hueón, hay metido a varios hueones en cana”, y después se iba corriendo, ja, ja, ja, ja.
Si alguna cualidad tengo yo, es tener los pies bien puestos sobre la tierra. Las críticas las tomo con humildad, pero discrepo fundamentalmente con eso de los peces gordos, los peces chicos, porque yo creo que si hay alguien que necesite justicia en nuestro país, son la gente más vulnerable, el ciudadano común y corriente. Y nosotros justamente estábamos protegiendo a esa gente. Yo tengo mucha más llegada y buen recibimiento en las poblaciones, en los sectores humildes, que en los sectores altos. ¿Por qué? Porque, puta, en los sectores altos o pudientes, tienen las alarmas, sistemas de cerco eléctrico, etcétera. Los sectores más humildes, hueón, la gente no tiene: tiene que ir a recibir muchas veces a sus familiares en las tardes cuando llegan o en la mañana cuando salen, ir con palos para defenderse de los delincuentes. Entonces, nosotros denunciamos justamente a esas personas más vulnerables. Recuerdo claramente haber cagado a bandas que se dedicaban exclusivamente a asaltar a pensionados, a viejitos pensionados. El daño que hacen esos tipos, hueón, es terrible, porque si le quitas doscientas lucas a un pensionado, se queda sin los remedios, que a veces pueden ser remedios de vida o muerte. Entonces, pensando en ese tipo de situaciones, nos dijimos ¿dónde nosotros colaboramos más? y justamente en ese ámbito.

En el programa nos fuimos contra situaciones bien delicadas. Por ejemplo, el diplomático de la embajada de Corea era un personaje que tenía tanto poder, que tenía inmunidad diplomática. Hicimos una serie de personajes… Denunciamos a este gallo que tenía el monopolio de los carritos maniceros en el centro de Santiago, que se lo había comprado al “Conejo” (Martínez). Puta, había situaciones bien políticamente incorrectas que no eran de pez chico. De hecho, ese personaje supuestamente estaba involucrado en narcotráfico y, tiempo después, su cabeza apareció degollada en el sector norte de Santiago. O sea, nos metíamos con hueones cototos.
Si hay que hablar de peces gordos, denunciamos a Jorge Lavandero, Fra Fra Errázuriz, la Corporación del Niño Agredido. Esa fue una corporación que durante décadas estuvo engañando. De hecho, a esa corporación le incautaron miles de millones de pesos hace años. Tenían casas, palacetes en Providencia.
Nunca me censuraron, pero me impedían algunos reportajes en los tiempos de la Universidad Católica. Yo recibí algunas denuncias contra curas y me decían: “Para qué lo vas hacer”. Ponte, hubo una vez un obispo que escribió a una directora ejecutiva. Le escribió: “Oiga, por favor, supimos que le ha llegado información sobre esta persona, un cura. Por favor, usted sabe que es muy fácil dañar la honra, él es una persona honesta”.
Hay un episodio que a mí me molestó mucho, me dolió mucho, donde intervino un periodista que se llama Javier Rebolledo. Hace tres o cuatro años, me llama un día y me dice: “Oye, tú recibiste 200 millones de pesos para no publicar un reportaje en Contacto sobre los milicos". Yo le dije no, hueón, ¿quién te dijo eso? Mira, compadre, te ofrezco que sepas la verdad y denunciamos a quien te da esta fuente. Lo encaramos personalmente, yo te ayudo y me quedo callado para que tú lo publiques en los libros, porque eso es una mentir, una falacia, nunca he recibido plata. Puta, ojalá me pasaran 200 millones de pesos, hueón. Y me dice: “Ya, te voy a llamar para ponernos de acuerdo”. Tiempo después, yo estaba fuera de Santiago y me llaman que en el programa de Eduardo Fuentes, Mentiras verdaderas, había salido este hueón hablando quince minutos de que Emilio Sutherland había recibido 200 millones en un maletín y que una fuente de inteligencia se lo había pasado. Primero, una fuente de inteligencia no te va a decir nada. Además, era absolutamente mentira. Tuve la posibilidad de querellarme por injurias y calumnias, incluso hable con abogados amigos, fiscales y me dijeron: “Mira, esta hueá no va a llegar a nada. Nadie lo vio. Entonces vas a quedar como un censurador”. Entonces, lo único que hice fue escribir un texto para que lo leyeran, como un derecho a réplica, pero fue una mariconada.

Donde yo pase mayor peligro fue en la población Parinacota, en Quilicura, la de Los Chubis. Esa es por lejos la más impactante, con repercusiones físicas y psicológicas. Además, históricamente, siento que hasta esa fecha no había ningún registro audiovisual de ese tipo. Todo el mundo decía que así eran los enfrentamientos en las poblaciones, pero no había registro. Incluso, hubo un parlamentario que puso una denuncia en el Consejo Nacional de Televisión por ese reportaje, porque era sensacionalista. Un tipo pelotudo. En términos de peligro, y por el registro que se logró, fue eso lo más heavy.
En mi vida periodística siempre vi situaciones que me han quedado grabadas, y todas son dramáticas lamentablemente. Por ejemplo, me tocó ir por La Tercera a Armero, Colombia, donde hubo un desastre, como en el año 87. Entró en erupción un volcán que se llamaba Nevado del Ruiz, provocó un alud, se derritió la nieve y dejó a veintitrés mil muertos. Destruyó una ciudad. Siempre fui muy inquieto en términos periodísticos y dije: “Hay que estar allá”, pero no estaban las condiciones económicas del diario para enviar a alguien. Entonces, fuimos a hablar con Avianca, nosotros, Manolo (Gónzalez) y yo. “¿Nos pueden convidar un viaje?”, les dijimos, y ellos al tiro dijeron que no había ningún problema. Y viajamos por las nuestras. Ahí he visto las escenas más dramáticas. Miles y miles de muertos ahí semisumergidos, pero horrible. Nosotros llegamos días después y hay unas imágenes terribles. Hay una historia de una niñita que sacaba la mano, se llamaba Omaira, y sacaba la mano en medio de un mar de barro. Vi todas esas cosas y la putrefacción era inconmensurable. A nosotros nos advirtieron que no se podía llegar. De hecho, coimeamos a militares colombianos para pasar. Estaba todo cercado el perímetro de la ciudad. Les pasamos unas lucas para poder llegar a la hueá y tomar fotografías. Hay imágenes, con Manolo, caminando en medio del barro y con muchos muertos. O sea, había familias enteras semisumergidas. Estaba la mamá, el papá y todos sumergidos. Creo que por el arrastre y por la hora que fue, porque fue de madrugada, todos estaban durmiendo, una zona muy calurosa y todos prácticamente desnudos. Eso fue heavy. Después de caminar horas sobre el barro y sobre los cuerpos que estaban semisumergidos, a diez centímetros, el ojo se nos acostumbró y, para no pisar cadáveres, nosotros empezamos a mirar la silueta. Con la putrefacción y todo esto, se formaban las siluetas y esa hueá fue heavy.
Siento que dentro del periodismo soy un privilegiado. He tenido la posibilidad de estar en varios lugares donde he aprendido. Entonces, a mí cada cierto tiempo me gusta asumir desafíos y el matinal fue eso: un desafío. Era complejo para mí, porque de alguna forma sentía que no encajaba en el típico formato de un matinal. O sea, había que bailar y yo soy cero baile, tengo menos ritmo que una gotera, ja, ja, ja. Entonces, yo sentía que eso era desperfilarme, pero aun así traté de adaptarme. Pero, te insisto, me gustan los desafíos y aporté desde mi mirada. No reniego de haber estado en el matinal. También me gustó mucho la experiencia SOS y me sirvió mucho para apreciar el trabajo que hacen los inspectores de seguridad. En ese tiempo llegábamos como a los dos minutos de un asalto. De hecho, a veces nos cruzamos con asaltadores.

A veces me dicen que soy un policía frustrado, hueón, ja, ja, ja. Pero no es que sea un policía frustrado ni nada. A mí me gusta descubrir cosas, ayudar a la gente. Y si de alguna forma contribuyo a la gente, descubriendo cosas, alertando sobre cómo nos roban o cómo nos estafan, estoy feliz de colaborar.
Es feo que lo diga, pero hay que decirlo, actualmente Chile es el paraíso de los estafadores y de los delincuentes de cuello y corbata. Hay una impunidad tremenda, hueón. El año pasado, de acuerdo a las estadísticas del Ministerio Público y a estudios que han hecho algunas plataformas digitales, muchas de las estafas por suplantación aumentaron casi en un 70% en comparación al año pasado. Es una locura. Todos los días hay cientos de denuncias. Incluso, te podría decir miles de estafas. Y una vez más, la gran mayoría de las personas afectadas son gente común y corriente. Lamentablemente, muchos de estos fraudes vienen desde la cárcel. Los presos todavía siguen disponiendo de teléfonos celulares para estafar a la gente. Entonces, yo feliz colaboro en esta campaña de 1212, porque creo que es un aporte para alertar a las personas.
Chile está en pelota en términos de justicia para la gente. Siento que no es tan difícil pillar a los estafadores, pero está tan colapsado el Ministerio Público, la justicia y los tribunales, que cuando son montos pequeños nadie investiga. Compadre, es lo de todos los días. Recibo denuncias de que a la gente la estafaron con 100, 200, 300 lucas y la justicia archiva en el archivo provisional todas estas denuncias. Porque no hay abogados, la gente dice: “Pa’ qué voy a denunciar”, o simplemente por vergüenza, no denuncian. Entonces,me parece una buena idea que exista el 1212: es como el 911 de los gringos. Llamando al 1212, te permite denunciar hasta el robo de un celular, que no se los roban por su valor sino para hackear las cuentas y sacar la plata. A unas niñas que eran de buena situación económica, les robaron el celular, les sacaron la plata y hasta les pidieron un préstamo. No sé cómo chucha pueden hacer eso. Los tipos se la saben por libro.
Tengo un sueño pendiente en mi carrera, pero es un golpe que no puedo revelar. Yo creo que lo contaré en uno o dos meses más.
El mayor dolor de mi vida fue la muerte de mi madre.
En cinco años más me veo en mi casa, disfrutando de la vida.
Yo quería ser escritor, todavía no pierdo la esperanza. A lo mejor en cinco años más escribo un libro. No descarto nada. Pero también lo que a mí me interesaba y tenía como una obsesión era el asunto de los fósiles. Me fascinaba la arqueología.
En el diario La Tercera, donde llegué cuando tenía como 19 años, me decían el Lolo. Y todavía. Han pasado más de cuarenta años, hueón, y esos viejos periodistas me dicen Lolo. También me dicen Milo, que es el apodo de Emilio. Y era porque mi abuelo se llamaba Emilio Sutherlandn y mi padre se llama Emilio Sutherland. Entonces, en la casa cuando decían Emilio todos miraban porque había dos Emilio. Emilio era el papá y Milo era yo.

Le quise poner Emilio también a mi hijo. Quise seguir la tradición, pero mi señora se opuso tenazmente. Así que le puso Nicolás.
Hace poco le hice una nota a Pablo Canaliza porque lo estaban suplantando a propósito de estafa y me dejó pa’ dentro. Bueno, era una estafa por muchas lucas. Y cuando voy a entrevistarlo, yo sin preguntarle nada, porque eso no me interesa, yo soy escéptico y creo que no hay evidencia científica que diga que una persona se pueda comunicar con los muertos, me dice: “Tu mamá murió”. Sí, eso lo pueden sacar del registro civil. Pero después: “Tu mamá murió de un cáncer cerebral”. Y después me dice: “Ustedes son tres Emilio y pudo haber un cuarto, y tu señora se opuso porque no quiso que todos se llamaran Emilio”. Esa huea nunca la conté... no pueden saber que mi madre murió el 2005. Me dejó pa’ dentro.
Un sueño mío sería… cumplir con un sueño que no se dio: yo pensaba, cuando era muy joven, renunciar a La Tercera, renunciar a todo y salir a recorrer el mundo. Ahora igual lo haría, pero en términos más acotados. Tener una motorhome y salir a recorrer América Latina. Ese es un sueño no contado, ni siquiera mi señora lo sabe.
No soy cabalero.
Mi frase favorita no es esa que se piensa (“Te pillamos, po, compadre”), no soy de cábalas ni de frases hechas. O sea, de verdad, tengo una percepción como bien estructurada de la vida y yo creo que uno construye su destino o cosecha lo que siembra. De alguna forma uno cosecha lo que siembra y logra el destino que quiere. En ese sentido, siempre tengo una frase que me muerdo la lengua ahí por decirla: Vamos que se puede.
Trabajé como almacenero…, entre comillas trabajaba, ja, ja, ja. Era el más rápido y en esos tiempos la calculadora no era tan frecuente, no se usaba. Entonces, en el almacén de repente se juntaba mucha gente, y uno pasaba los productos y desarrollaba la habilidad para ir memorizando los productos. Es como los garzones cuando hacen los pedidos, que uno dice: “cómo chucha logran memorizar”. Bueno, a mí me pasaba que memorizaba muchos pedidos, muchas cosas y hacía las sumas muy rápido. Era un balazo. Después en verano buscaba empleo. Uno de los más más rudos fue en Estación Central. Ahí había una fábrica de sillas y muebles hechos en fierro y yo trabajaba hueón…, tenía como catorce, quince años, y ahí estaba cortando fierro y toda esa hueá.
A mí me pasa que saludo a todos, a mil personas todos los días. Mil personas son las que entran al Canal 13 y, puta, yo soy de saludar a todos. Pero si tú me preguntái por los nombres… Te voy a contar un secreto: yo a todos les digo compadre, porque no me acuerdo de los nombres, ja, ja, ja.
No soy rockero, pero me gusta mucho el rock. En mis tiempos de lolo, me gustaba Charly García, Soda Stereo, Sui Géneris… Serrat también. Silvio Rodríguez en su momento. Fui al concierto de Charly Garcia, pero no en sus mejores años, fue en una época en la que ya estaba en su etapa más de declive.
Yo soy re bueno para llorar, pero una película que me hizo llorar tiene que ver con el periodismo: Los Gritos del Silencio.
Soy bueno para ver series. Ahora último recomiendo una que se llama Rocky. Se trata de un policía novato que se mete a ser policía después de haber sido empresario de la construcción y todo eso. La encontré muy bien hecha, muy bien estructurada y simple, sin pretensiones. Yo, por salud mental, ahora no me devoro todo los casos policiales, porque me hace mal.

Soy fanático de la Universidad de Chile. Fanático de la “U”, pero lamentando mucho lo que pasa con ciertos energúmenos de la barra brava. Es terrible. Cuando iba al estadio, me ponía muchas veces cerca de la galería norte tratando de pasar piola.
Jugué con los históricos de la “U” y fue maravilloso. Estaban los hermanos Castañeda. Si no me equivoco estaba Cristian y también me tocó el “Polaco” Golberg. Y yo soy lateral derecho, entonces él se iba por la punta derecha. Creo que logró pasarme una vez, nomás, ja, ja,ja, ja.
¿Trago favorito? El vodka naranja.
Y mi comida favorita es el pastel de choclo.
Si tuviera un superpoder… la S de Superman ja, ja, ja, ja. Sería Superman, ja, ja, ja, ja. Pero no lo soy, lamentablemente.
Tengo un placer que no es culpable, pero es caminar por la playa. Perder el tiempo caminando por la playa. Me produce un relajo…, no sé si ustedes lo han hecho, pero yo me voy al litoral central, camino por la playa y es como… ¡chucha, como volar de este mundo, salir!
Si pudiera invitar a tres personas de toda la historia a un asado, con copete, sería a Albert Einstein, sir Arthur Conan Doyle y Leonardo Da Vinci. Einstein, para que me explique esa hueá de la relatividad, que la he leído mil veces y no la entiendo. Todavía no la entiendo, ja, ja, ja. El segundo sería Sir Conan Doyle, para que me enseñe a escribir y me cuente cómo inventó a Sherlock Holmes. Y el último, puta, el personaje que me llama mucho la atención, pero a lo mejor va a sonar como medio cursi, es Leonardo Da Vinci. Me gustaría conocer su mente brillante. Piensa que el tipo era artista, filósofo, inventor. O sea, fue un hombre que se adelantó siglos en conocimiento, que en teoría inventó el helicóptero, que hizo una serie de obras increíbles. Suena medio cursi, pero me hubiese gustado conversar con él, porque yo creo que ese era un sabio.
Emilio Sutherland es un hombre que trata de ser feliz haciendo el bien. Disfrutando de la vida, aprendiendo cosas. Aunque creo que mi gran pendiente, que no creo que vaya a superar, es conocer el misterio de la vida. Uno acude a las religiones y hasta el momento no he encontrado ninguna que me explique el sentido de la vida. Y yo creo que tampoco la voy a conocer. Esto, dicho entre línea y entre broma, creo que nunca el hombre va a saber qué cresta estamos haciendo en la vida. Mientras más sabemos, menos sabemos, porque con todos los descubrimientos científicos que hay en la actualidad, estamos viendo que ya nada es tan comprensible. Se habla de que podrían existir mundos paralelos, incluso que el espacio y el tiempo no existen como nosotros creemos o entendemos. Entonces, puta, yo creo que con nuestra inteligencia no nos va a dar. Ni nosotros, ni nuestros nietos, ni nuestros bisnietos. Nadie va a poder entenderlo del todo, porque tenemos una capacidad intelectual que simplemente no nos permite llegar más allá. A lo mejor, como postula la ciencia ficción, somos conejillos de Indias de una inteligencia superior. A lo mejor ni siquiera existimos.
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