Por Eduardo OrtegaPollo Fuentes corona 60 años de vida artística con el mejor concierto de su carrera en el Teatro Municipal
Acaso en la última frontera que se resistía a su influjo, José Alfredo Fuentes celebró sus seis décadas de trayectoria con un lujo de concierto. En algo más de dos horas, el primer rockstar de la música chilena procuró revisar en detalle cada etapa, cantó con amigos, rindió homenaje a sus ídolos y demostró que su garganta está hecha de un material inmune al olvido.

Sesenta años después, se ve que todavía quedaba alguna con el arrojo suficiente para desafiar las bajas temperaturas de mayo y la habitual elegancia que exige el Teatro Municipal: allí, en uno de los palcos, vestida de amarillo con un vistoso pañuelo que dice bien grande, en mayúsculas, JOSÉ ALFREDO FUENTES, engaña a la impaciencia con gritos.
“¡Ya, po, Pollito, salga!”.
Luego:
“¡Te amo, mi amor!”.
Y, como remate, la arenga de siempre. “¡Oro, oro, oro, el Pollo es un tesoro!”.
La gente ríe con su entusiasmo, intacto pese a los años encima. Incluso un pequeño grupo se le adhiere.
Dicen que como ella, tiempo atrás, había otras cientos y miles, varias miles que ayudaron a hacer del cantante ese tipo inalcanzable al que un día, sin previo aviso, se le hizo imposible pasear de nuevo solo por el centro y construyó su propia Beatlemanía entre himnos de radio, presentaciones de vermouth y noche y la televisión.
Aquí, ahora, Fuentes aún no se asoma por el terciopelo carmesí que abraza la Sala Principal, pero ya arrancaron los aplausos: camina hacia las primeras filas un invitado de honor, Carlos Humberto Caszely, quien más tarde se tomará la licencia de jugarles una broma al Pollo y a Wildo por su militancia azul. También está algo más atrás otro excolocolino aunque su apodo sugiera otra cosa: Fernando el León Astengo. Y el exvocalista de Difuntos Correa, Andrés Olivos, uno de los culpables de convencer al Pollo de grabar nuevo material para celebrar su longeva vida artística. Y Rodrigo Osorio, Don Rorro, en representación de la SCD. Está por supuesto su familia, su amada Isabel, sus nietos pequeños que llegaron desde San Pedro de Atacama especialmente para formar parte de esto.

Jose Antonio Fuentes lo dijo hace un mes acá y en otras entrevistas: el del Teatro Municipal, catedral del arte y la cultura, era un escenario que añoraba y ahora que, para celebrar sus seis décadas de trayectoria, se pudo finalmente cerrar un trato, la presentación debía ser asombrosa. Después de todo, “un lugar tan importante para los artistas nacionales, tan bonito, tan bien hecho para poder realizar un show inolvidable” —así lo definía el Pollo al diario pop—, permite cincelar un espectáculo en los pequeños detalles.
Como lo que sucede a continuación, cuando tres actores se toman el escenario. Dos de ellos hacen de Los Primos, dúo que acompañó los primeros éxitos del Pollo con sus arreglos musicales, y el otro, una interpretación de Antonio Contreras, su productor discográfico. Están, de hecho, en los estudios de la radio Splendid, por aquellos años ubicada en un subterráneo cercano a la Plaza de Armas.
Debaten unos minutos sobre el pronto estreno de un tal José Alfredo Fuentes y entonces, por fin, el Pollo entra en escena.
Para imprimir mayor fuerza a su relato y guiar al público como si esto no fuera un concierto sino más bien una crónica, Fuentes se cercioró de convocar a un grupo de actores que, más tarde, reconstruirán la conversación con la que Alfredo Lamadrid lo convenció de fichar por Canal 13 para conducir Éxito. Y, en la recta final, el íntimo monólogo de una versión suya ya de adulto dedicado a su padre, quien falleció, víctima de cáncer, cuando apenas tenía ocho años.
Tres actos que escoltan un espectáculo que no da respiro: durante dos horas Fuentes recorre un catálogo implacable —con “Te perdí”, el primer gran hit de su carrera y de esta jornada, todos pierden el control— , rinde tributo a sus referentes —Los Platters, Dolly Parton—, canta con un coro formidable y sube al escenario a sus compañeros de ruta —Carlos Bruneval, Miguel Zabaleta, Wildo, Andrea Tessa, Gloria Simonetti—, incluso al bailarín y comediante Claudio Moreno, trajeado como el inolvidable Carlitos Núñez Núñez CNN. Recibe un premio que le otorga la SCD y, con la placa entre manos, aprovecha para enviar un mensaje menos irónico que contundente: “Por favor que aquí no haya recortes”. Por supuesto, responde a los te amo de sus mujeres que cada poco caen de palcos y galerías. Echa la talla, reparte abrazos, se pierde entre anécdotas y las imágenes que enseña una TV vintage al fondo. Despide a los que ya partieron. Se quiebra: después de seguir con atención cómo su réplica agradece a su padre y le cuenta lo que vino luego, se quiebra. Debe repetir la entrada de la siguiente canción.

Al final desenfunda “Vida”, otra sorpresa, el primer single de lo que será el cierre definitivo de su carrera como autor de nuevas piezas. Una canción, según describe el diario JAF News que se repartió en platea preferencial, “de marcado estilo pop rock clásico” y que “se instala en una tradición sonora que dialoga con autores universales como Roy Orbison, Jeff Lynne y Paul McCartney”. El estribillo, Gané, perdí, reí y lloré mil veces, marida con su “estética atemporal” de “guitarras limpias, armonías envolventes y un pulso mid-tempo que remite a la época dorada del pop rock”. A esta hora, entradas las diez, marida también con decenas de pompones de animación de color amarillo que se agitan en las primeras filas.
El chiquillo, como abrevia él a “Era sólo un chiquillo”, era lo que hacía falta para cerrar por todo lo alto. Para, como se prometió, firmar la noche más imborrable de su vida artística.

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