Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Digger, Tom Cruise se luce en un imperfecto tortazo a la cara sobre nuestra autodestrucción
Tom Cruise se entrega sin miedo al ridículo en la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, una ambiciosa comedia negra que tropieza con algunas de sus ideas, pero acierta al cuestionar nuestra cómoda relación con un mundo que se cae a pedazos.

Mientras veía Digger, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, una idea se me cruzó rápidamente por la cabeza: probablemente dividirá a la audiencia entre quienes compren por completo su propuesta y quienes directamente la detesten. Y no necesariamente porque unos la entiendan y otros no.
Más allá de las opiniones que ya existen sobre el cine de Iñárritu, el rechazo probablemente vendrá de algo mucho más concreto: Digger mira directamente al espectador y le dice que también es parte de esta locura. Y a nadie le gusta demasiado cuando la pantalla devuelve la mirada, menos todavía cuando lo hace sin demasiadas sutilezas.
Pero Digger no funciona como un simple panfleto, aunque seguramente algunos la leerán así. Su interés principal está en nuestra relación con el arte y en una pregunta bastante más incómoda: ¿Puede una obra realmente cambiar algo o simplemente funciona como un remedio que nos tranquiliza mientras ignoramos el abismo que tenemos delante?
Esa pregunta atraviesa toda la película, aunque antes de comenzar a desarrollarla Digger hace algo bastante curioso: le pide directamente al espectador que tenga cuidado con lo que contará después de verla.

Antes de la primera escena, una pantalla negra solicita no revelar cierto detalle para proteger la experiencia. Es algo inusual, pero también lleva al extremo la absurda obsesión moderna con los spoilers, especialmente cuando tantas películas terminan siendo absolutamente previsibles. Con Digger, especialmente durante su primera parte, no sabes hacia dónde diablos va.
Así que quedémonos con lo que muestra el tráiler: Digger Rockwell es un magnate petrolero sin escrúpulos al que Tom Cruise interpreta de forma fenomenal, irreconocible entre prótesis, kilos adicionales, menos pelo y una energía completamente desatada.
Rodeado de gente que le teme, el millonario es presentado desde el primer momento como alguien que parece preocuparse más por mantener con vida a su gato moribundo que por cualquier otra cosa. También se establece rápidamente que su poder es tal que tiene línea directa con el presidente de Estados Unidos, un autoritario personaje interpretado por un sólido John Goodman que inevitablemente remite a Donald Trump.
Todo cambia cuando una instalación petrolera provoca un desastre ambiental de proporciones catastróficas. A partir de ese momento comienza un desfile de responsabilidades esquivadas, intereses cruzados y personajes más preocupados de salvarse a sí mismos que de enfrentar las consecuencias del desastre que ayudaron a provocar.
Pero la clave, al menos para mí, es que Digger no trata realmente sobre esos personajes. Trata sobre nosotros observando sus miserias desde una butaca, viendo cómo el mundo se cae a pedazos para después levantarnos y continuar exactamente con nuestras vidas.
Ahí está su provocación más efectiva. Podemos indignarnos, reírnos y reconocer cada absurdo durante dos horas, pero después regresamos al mismo sistema que la película cuestiona. Y si el arte solo consigue hacernos sentir algo por un momento, quizás estamos bastante condenados.

Para construir esa idea, y sin entrar en demasiados detalles, Digger recurre a un clásico recurso en el que dos capas narrativas dialogan entre sí y varias decisiones adquieren un nuevo sentido de forma retroactiva, incluso durante los créditos finales.
En medio de ese juego, la película llega incluso a preguntarse abiertamente si lo suyo es sátira o farsa. No es un detalle menor, porque sus personajes habitan una realidad tan negra que la comedia parece ser una de las pocas formas que tienen de soportarla.
Y ahí está la diferencia: lo satírico utiliza el humor como instrumento de crítica, mientras que lo farsesco busca la risa mediante la exageración y el absurdo. Digger juega constantemente con esa frontera, mientras sus personajes ni siquiera parecen capaces de reconocer dónde termina una cosa y comienza la otra.
Y es ahí donde aparece su principal problema. Digger nunca consigue dominar completamente esa combinación ni termina de entregarse a una farsa satírica. Iñárritu está mucho más interesado en la discusión intelectual detrás de todo el experimento.
Para cualquiera que haya seguido su filmografía, tampoco será una gran sorpresa. Iñárritu vuelve a interesarse por la representación, el artificio y nuestra relación con aquello que observamos, aunque esta vez sus ideas terminan superando por momentos a la historia que intenta contar.
Eso provoca que no todas sus capas funcionen con la misma fuerza. La que rodea directamente a Digger resulta mucho más entretenida y efectiva que aquella construida por encima suyo, donde la película explica demasiado y pierde parte de su espontaneidad. Ese carácter retroactivo también provoca que muchas cosas cobren más sentido durante los propios créditos finales, aunque obviamente para algunos probablemente ya sea demasiado tarde.

Aun así, la discusión intelectual de Digger se siente fresca y especialmente pertinente. Su tortazo apunta al capitalismo y a una humanidad dispuesta a consumirlo todo para sostener comodidades modernas, mientras prefiere mantener fuera de la vista el costo de ese consumo.
Buena parte de ese tortazo funciona porque Cruise se lanza sin miedo al ridículo. Su Digger es grotesco, exagerado, desagradable y por momentos hilarante. La película oscila entre reírse de él y utilizarlo como símbolo, pero Cruise abraza ambas posibilidades con la misma energía.
Al final, sus propias imperfecciones terminan haciendo de Digger una película más estimulante que muchas otras que funcionan perfectamente sin dejar demasiado dando vueltas. Y sí, tropieza con sus propias ideas porque quiere abarcar demasiado, pero al menos tiene ideas con las cuales tropezar.
Quizás ahí también esté la respuesta a su pregunta central. Una película probablemente no cambiará el mundo y Digger tampoco lo hará. Pero sí puede incomodarnos lo suficiente como para hacernos pensar en nuestra participación en aquello que criticamos.
Y si después de los créditos salimos, revisamos el teléfono, compramos algo y seguimos consumiendo como si nada hubiese ocurrido, quizás Digger ya tenía contemplada esa posibilidad. Su broma, después de todo, era en el fondo sobre nosotros.
Digger ya está en cines.
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