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Crítica de cine: El Día de la Revelación, una brillante ejecución cinematográfica con respuestas menos convincentes

La nueva incursión de Steven Spielberg en la ciencia ficción combina conspiraciones, extraterrestres y una notable energía visual, aunque sus reflexiones sobre la verdad y la unión humana resultan menos convincentes en el contexto actual.

Hay pocos cineastas que compitan contra sí mismos cada vez que estrenan una película. Steven Spielberg, sin duda, es uno de ellos.

Y es que a esta altura de su carrera, cada nueva obra inevitablemente es comparada no solo con lo que hoy por hoy se está haciendo en el cine, sino también con el inmenso legado que la barba ha construido durante más de cinco décadas.

Ese peso es particularmente evidente cuando vuelve a la ciencia ficción. Después de todo, estamos hablando del director de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo y ET, dos películas que no solo definieron el género, sino que además moldearon la forma en que la cultura popular se relaciona con la vida más allá de la Tierra.

O sea, no por nada la reciente Proyecto Fin del Mundo con Ryan Gosling hacía un guiño a la música de John Williams durante su propio encuentro cercano.

Por eso El Día de la Revelación, la más reciente película de Spielberg, enfrenta una vara especialmente alta. Pero aunque no alcanza las cumbres emocionales ni la potencia simbólica de esas obras maestras ya mencionadas, sí consigue reafirmar algo indiscutible: Spielberg sigue siendo uno de los narradores audiovisuales más extraordinarios que ha dado el cine.

A grandes rasgos, la película se construye como un thriller de persecución que mantiene la tensión con un gran pulso cinematográfico. Todo comienza en torno a un hombre al que conocemos durante un show de lucha libre y termina revelándose como alguien que posee información capaz de cambiar para siempre la comprensión de la humanidad sobre su lugar en el universo.

Esa situación lo lleva a escapar de una organización secreta, y en particular el líder de esta, quien está empeñado en mantener el secreto oculto a toda cosa. Paralelamente, una meteoróloga comienza a experimentar fenómenos inexplicables que la empujan hacia el centro de esta conspiración de dimensiones globales.

En todo ese entramado, el guionista David Koepp y el propio Spielberg, quien ideó la historia base, desarrollan una premisa que mezcla filtraciones gubernamentales, corporaciones privadas, habilidades psíquicas, secretos sobre la vida alienígena y debates sobre el acceso a la verdad. Y en medio de todo eso, la historia parece querer abarcar demasiadas ideas al mismo tiempo.

Pero donde otros directores podrían perder el control, Spielberg transforma esa acumulación de elementos en un gran combustible narrativo que busca no dar respiro.

La película avanza con una energía permanente y encuentra constantemente nuevas formas de atrapar la atención bajo el gran manto de intrigas que logra tejer. Más aún, incluso cuando algunas piezas del rompecabezas no logran encajar del todo, la experiencia rara vez pierde impulso y nos entrega secuencias realizadas con una prolijidad indiscutible.

Y es que obviamente gran parte de ese mérito proviene de una puesta en escena impecable. Spielberg aquí demuestra una vez más una capacidad casi sobrenatural para dirigir el movimiento dentro de los márgenes de la pantalla.

Cada persecución y discusión está construida con una claridad visual que convierte las secuencias en momentos de enorme fluidez. Por ejemplo, hay una persecución automovilística que deriva en una escapada sobre un tren que está sin duda entre las mejores secuencias vistas en un cine durante este año.

En ese camino, también hay escenas que recuerdan al Spielberg más juguetón y aventurero, mientras que otras evocan la paranoia de Minority Report. También aparecen ecos que recuerdan otras de sus obras, aunque todo opera como el trabajo de un autor que conoce perfectamente cómo conducir sus impulsos como narrador.

El resultado es una película que constantemente encuentra placer en el acto de narrar. Claramente Spielberg sigue filmando con el entusiasmo de alguien fascinado con hacer de los cuadros algo interesante, no solo en torno a ese horizonte del que nos habló en The Fabelmans, sino que también en todo aquello que tenemos mucho más cerca.

Por eso sus movimientos de cámara, sus transiciones y su manejo del espacio, incluyendo un momento increíble en que la cámara juega con cambios de personajes en un mismo lugar, conservan una vitalidad que muchos realizadores décadas más jóvenes envidiarían.

En medio de todo lo anterior, un punto especialmente sólido es el trabajo de Emily Blunt en uno de los roles principales. Su personaje es el corazón emocional de una historia que bien podría perderse entre conspiraciones y conceptos grandilocuentes. En medio de estos, la actriz equilibra humor, vulnerabilidad y asombro, convirtiéndose en el ancla humana de una trama que progresivamente se vuelve cada vez más increíble.

Por su parte, Josh O’Connor, en el otro rol principal, cumple bien en su tarea de dar vida a un hombre apremiado por sus circunstancias y perseguido por fuerzas que lo superan. Aunque la historia le entrega menos matices que a Blunt, igual logra conducir la urgencia y el desconcierto que necesita encausar a la conspiración.

Pero donde justamente la película exhibe grietas es en sus reflexiones sobre la verdad y la información.

A grandes rasgos, Spielberg plantea preguntas interesantes sobre lo que podría suceder ante una evidencia definitiva que remece a las creencias. Y la respuesta que ofrece esta película es que la verdad tiene un poder unificador. Es decir, que las personas serían capaces de superar divisiones y encontrar puntos en común frente a una revelación monumental.

Pero aunque esa es una idea noble, también es una idea que hoy por hoy resulta difícil de digerir. O sea, el problema no es la sinceridad del planteamiento, sino que El Día de la Revelación llega en un momento histórico donde la evidencia objetiva parece haber perdido parte de su capacidad de persuasión.

Mal que mal, vivimos en una era marcada por la desinformación, las noticias falsas y las cámaras de eco digitales que refuerzan creencias previas sin importar los hechos.

Como guinda de la torta, el auge de movimientos de extrema derecha ha demostrado que incluso las pruebas más contundentes pueden ser reinterpretadas, negadas o transformadas en combustible para nuevas teorías conspirativas.

Por eso la confianza colectiva en una verdad compartida parece más frágil que nunca en tiempos en donde, por dar el ejemplo más reciente, se duda hasta de que la verdadera Shakira haya estado frente a los millones de pantallas que vieron la inauguración del Mundial de Fútbol.

Por eso el desenlace de El Día de la Revelación, aunque emocionalmente coherente con la trayectoria de Spielberg, no termina de cuajar del todo. La resolución, marcada también por el debate sobre el poder actual de las transmisiones noticiosas, depende de una fe que hoy se siente más aspiracional que convincente.

Aun así, esa debilidad no alcanza a eclipsar sus virtudes. El Día de la Revelación es una película ambiciosa, entretenida y dirigida con una maestría que pocos cineastas pueden igualar.

Obviamente no es la obra definitiva sobre extraterrestres que Spielberg ya realizó décadas atrás, pero aún así es una demostración contundente de que, incluso cuando no alcanza sus propias cumbres, el director continúa operando en un nivel al que muy pocos pueden aspirar.

El Día de la Revelación ya se encuentra en cines.

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