Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Hoppers, una buena fábula medioambiental que apunta a hacer del mundo algo mejor
La nueva película de Pixar toma una premisa fantástica sobre una estudiante infiltrada en un bosque convertida en castor para construir una aventura emotiva que mezcla humor y una reflexión sobre comunidad, naturaleza y equilibrio entre especies.

Pixar suele moverse en una zona que está perfectamente aceitada y que está marcada por historias emotivas, humor para todas las edades y un trabajo técnico impecable. Su nueva película, Hoppers, parte desde ese mismo terreno, pero rápidamente impulsa su propia personalidad en ese campo familiar a partir de una premisa que es bastante simple en apariencia.
Mabel, una joven estudiante universitaria apasionada por la naturaleza, intenta impedir que el alcalde de su ciudad destruya un bosque para construir una autopista. Y como ocurre generalmente, nadie escucha sus gritos de activismo juvenil.
En medio de esa base, el cambio llega desde un experimento científico que involucra a la acción de transferir la conciencia humana a un animal robótico. Y Mabel, lanzando el chiste de que la innovación parece sacada de las películas de Avatar, aprovecha la tecnología para infiltrarse en el bosque convertida en castor y convencer a los animales de que se organicen para defender su territorio.
Desde ahí, la película arma su verdadero motor narrativo en torno a un ecosistema con reglas propias, jerarquías entre especies y equilibrios de poder que se han construido durante años. Por supuesto, la irrupción revolucionaria de Mabel altera todo aquello y causa una crisis de gigantescas proporciones.

En ese entorno, un factor que le da más salsa a su propuesta es que cada clase del reino animal (aves, mamíferos, reptiles, insectos, peces) está sorprendentemente bien definida y cada especie tiene comportamientos, prioridades y formas de organización distintas, lo que convierte al bosque en algo más cercano a una sociedad. Eso mismo también refuerza la idea de que debe ser salvada ante la destrucción de los humanos que los alejan para adueñarse de todos los terrenos.
Aquella construcción permite que la historia funcione en varios niveles, que incluyen la aventura de Mabel intentando cambiar el destino del bosque, junto al conflicto entre humanos y naturaleza que atraviesa toda la película.
En ese camino, el humor inevitablemente aparece de forma constante en Hoppers, ya que la película encadena chistes visuales, diálogos absurdos y situaciones que funcionan tanto para niños como para adultos, manteniendo una energía cómica que rara vez se detiene.
Obvio, como es habitual en Pixar, la película no se queda solo en la comedia, por lo que afortunadamente no es la aventura de animales parlanchines que caracterizó a otros estudios a comienzos de este siglo y que la compañía de la lamparita siempre ha evadido con ingenio.

Es decir, a lo largo de la historia hay momentos emocionales que recuerdan que el conflicto tiene consecuencias reales para los personajes, impulsando de paso a la empatía como uno de los temas trascendentales, mientras que Mabel además acarrea el peso del legado de su abuela, quien fue dueña de una casa cerca del lugar al centro de la historia.
Lo otro importante es que la abuela también influyó en nexo que Mabel tiene con la naturaleza, enseñándole de paso a lidiar con su gran defecto: sus emociones explosivas, Y lo anterior lo trata bajo el mensaje de que es bien difícil estar enojado “cuando sientes que eres parte de algo grande”.
Esa combinación de lo light y la emoción le da al relato un ritmo particular, ya que la película puede pasar de una escena absurda a un momento dramático en cuestión de minutos, sin que el cambio se sienta forzado ni menos esquemático.
Al mismo tiempo, el guion introduce varias ideas que atraviesan la historia sin imponerse entre si, logrando crear un buen relato sobre la defensa del medio ambiente, la construcción de comunidades, la confianza entre individuos distintos y la posibilidad de encontrar aliados en lugares inesperados.

Visualmente, la película también juega con su propio concepto. Cuando Mabel no puede comunicarse con los animales, estos se ven más simples y distantes. Cuando sí lo hace, los detalles de piel, plumas y texturas aparecen con una riqueza que vuelve a los personajes en algo mucho más cercano.
En todo aquello, Hoppers funciona como una fábula sobre convivencia entre especies, activismo y cooperación que logra destacar a partir de una historia que usa una premisa fantástica para hablar de equilibrio, territorio y responsabilidad.
En la fusión de todo lo anterior, Pixar una vez más demuestra que su mayor fortaleza no está solamente en la sofisticación técnica o en la capacidad de emocionar, sino en su habilidad para convertir ideas aparentemente simples en mundos que funcionan más allá de sus reglas propias.
En esa ámbito, Hoppers toma su premisa extravagante sobre una estudiante infiltrada como castor en una sociedad animal y la transforma en un emotivo relato sobre organización, identidad y territorio, donde la fantasía sirve como vehículo para hablar de convivencia, responsabilidad colectiva y el por qué importa trabajar juntos para hacer de este un mundo un lugar mejor. Aún cuando todo esté en contra de ello.
Y claramente ese mensaje hoy es más importante que nunca en nuestra sociedad actual.
Hoppers: Operación Castor ya se encuentra en cines.
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