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Crítica de cine: La Odisea de Christopher Nolan es una película monumental sobre un héroe roto

La primera obra de Christopher Nolan tras ganar el Oscar toma el clásico relato griego para construir una experiencia monumental, visualmente deslumbrante y profundamente humana, donde el heroísmo nunca está libre de culpa.

Hay pocos relatos capaces de desafiar el paso de los siglos sin perder relevancia. La Odisea, sin duda, es uno de ellos.

Es decir, no es casualidad que cerca de tres mil años después de que la tradición oral diera forma al poema, el viaje de Odiseo sigue resonando gracias a su épica sobre la guerra, el regreso al hogar, la identidad y el precio que implica sobrevivir.

Esa permanencia también explica por qué el relato ha sido reinterpretado tantas veces. Más allá de monstruos, dioses o criaturas fantásticas, la historia siempre ha tratado sobre un hombre que debe cargar con las consecuencias de la guerra, de los errores que cometió y de un destino del que nunca logra escapar. Y ese conflicto nunca deja de ser actual.

Por supuesto, aquello también responde a que lo épico suele asociarse a grandes batallas, héroes invencibles y gestas imposibles. Sin embargo, en los grandes relatos mitológicos ese heroísmo siempre estuvo acompañado por una dimensión espiritual y trágica. Los héroes no solo vencían a sus enemigos, también debían enfrentarse al destino, al juicio de los dioses o incluso a sus propias debilidades.

Por eso las epopeyas clásicas nunca fueron simples aventuras. Eran relatos sobre hombres extraordinarios enfrentados a fuerzas que los superaban por completo, donde cada victoria implicaba un sacrificio y donde la gloria rara vez llegaba sin un precio devastador. Basta decir que buena parte de nuestro imaginario moderno, desde los superhéroes hasta la fantasía contemporánea, sigue construyéndose sobre ese mismo molde.

Y eso mismo es lo que parece haber seducido a Christopher Nolan. En su primera película tras conquistar el Oscar con Oppenheimer, el director toma el poema de Homero para hacerlo completamente suyo, manteniendo el componente sobrenatural, pero acercándolo a una mirada más humana y tangible.

Claro que Nolan sigue siendo Nolan. Incluso cuando trabaja con monstruos, profecías y leyendas, lo que realmente le interesa son los personajes imperfectos. De ahí que La Odisea termine funcionando menos como una aventura fantástica y mucho más como una tragedia sobre hombres obligados a convivir con las consecuencias de aquello que desencadenaron.

En ese sentido, resulta imposible no pensar en Oppenheimer. Así como aquella película exploraba a un hombre perseguido por las consecuencias de una creación que transformó al mundo, aquí Odiseo también aparece perdido, tanto física como psicológicamente, mientras intenta comprender el verdadero costo de su gran idea que cambió el destino de todos: el Caballo de Troya.

Esa trampa, construida sobre una ofrenda a un símbolo religioso, deja de ser simplemente el gran golpe militar de la mitología para convertirse, en la reinterpretación de Nolan, en el pecado original de su protagonista. De ese modo, una decisión brillante desde el punto de vista estratégico termina sembrando consecuencias que se extienden mucho más allá de la caída de una ciudad.

En ese escenario, la historia de esta adaptación cinematográfica, tan costosa como gigante, sigue bastante de cerca al poema original. Odiseo, interpretado por un Matt Damon en uno de los grandes roles de su carrera, intenta regresar a Ítaca tras la guerra de Troya mientras enfrenta criaturas, pueblos hostiles y pruebas que parecen interminables, al mismo tiempo que su familia resiste la presión de los pretendientes que buscan ocupar su lugar.

Obviamente existen modificaciones en el camino. Por ejemplo, los dioses prácticamente desaparecen como personajes activos, salvo la constante presencia simbólica de Atenea (Zendaya), y elementos como los lestrigones conservan su condición de gigantes asesinos, pero ya no son presentados como caníbales. Y, fiel a su estilo, Nolan rompe la linealidad para construir un relato que constantemente salta entre distintas etapas del viaje.

Lejos de sentirse confusa, esa estructura potencia el relato. Nolan administra la información para que cada revisión del pasado aporte a la lectura sobre la perdición de Odiseo y sus leales guerreros. Y en esa ruta, las piezas van encontrando su lugar hasta formar un viaje que va ganando un notable impulso narrativo.

La película, eso sí, se toma su tiempo antes de lanzarse de lleno a la aventura. Sus primeras secuencias permanecen en Ítaca, donde las tensiones políticas y los pretendientes de Penélope dejan en claro todo lo que está en juego. En ese escenario, Anne Hathaway entrega una interpretación contenida, pero muy efectiva, transmitiendo el desgaste de una mujer que se resiste a abandonar la esperanza del regreso de Odiseo. Tom Holland, como su hijo Telemaco, está bien, pero constantemente es opacado por un Robert Pattinson que canaliza lo peor de la clase alta.

En ese entramado, el relato salta una y otra vez hacia Troya y a los episodios más emblemáticos del largo viaje de regreso, incluyendo el encuentro con la bruja Circe (Samantha Morton), el escape del monstruo Escila, y las secuencias de ensueño con la hermosa ninfa Calypso (Charlize Theron). Y es en ese tipo de segmentos donde la película despliega toda su escala.

Pero Nolan también alterna constantemente entre distintos momentos de la travesía para reforzar la idea de que Odiseo no solo intenta regresar a casa, sino también encontrar la ruta de vuelta hacia sí mismo.

En todo ese viaje, La Odisea es sencillamente extraordinaria en el aspecto visual. Nolan vuelve a apoyarse en el director de fotografía Hoyte van Hoytema, su colaborador desde Interstellar, para construir una identidad donde cada escenario posee una textura propia y el paisaje refleja el estado emocional de sus personajes. Verla en una pantalla gigante, especialmente en IMAX, permite apreciar toda la dimensión de una película concebida y filmada para ese formato.

Por un lado, las secuencias a bordo de las embarcaciones son particularmente impactantes. No solo destacan por su espectacularidad, sino también por cómo transmiten el desgaste de un viaje que poco a poco se transforma en una pesadilla. En tanto, las armaduras y las batallas poseen una presencia pocas veces vista en el cine contemporáneo, logrando que cada elemento en pantalla se sienta real y pesado. Y aquello solo va en beneficio de la propia película.

El apartado visual también alcanza un nivel llamativo cuando la historia se acerca al terror. La clásica visita al Hades de la historia original aquí construye imágenes inquietantes y profundamente opresivas, sin recurrir al imaginario clásico, mientras que el enfrentamiento con el cíclope demuestra que Nolan no tiene ningún temor a la hora de abrazar de lleno el componente fantástico del relato.

Pero como ocurre en gran parte de la filmografía del director, la gran fortaleza de La Odisea está en las capas que esconde bajo su espectáculo. Incluso entre criaturas imposibles y escenarios colosales, el verdadero centro sigue siendo Odiseo y la manera en que cada desafío erosiona lentamente aquello que entendía por heroísmo.

Y es que Nolan nunca se conforma con contar una mera aventura. Aquí tensiona las ideas de poder, responsabilidad, sacrificio y culpa para instalarlas como motor de un relato que va mucho más allá de lo que normalmente entendemos por heroísmo en lo épico. Eso mismo permite que incluso los momentos más espectaculares tengan un peso dramático mucho mayor, ya que la acción es el origen de las cicatrices que no se pueden borrar.

En ese desarrollo, La Odisea confirma una vez más que Christopher Nolan sigue siendo uno de los pocos directores capaces de construir cine de gran espectáculo sin renunciar a la ambición temática. Su versión del clásico de Homero respeta la esencia del poema, pero encuentra suficientes caminos propios para crear una vuelta de tuerca llamativa.

Más que una adaptación tradicional, esta es una reinterpretación que entiende que los grandes mitos permanecen vivos porque siempre admiten nuevas lecturas. En este caso, Nolan encuentra la suya en la tragedia, la culpa y la fragilidad de hombres imperfectos. Y es que mientras directores menos hábiles probablemente solo habrían levantado héroes de mármol, La Odisea se atreve a mostrar las grietas que siempre estuvieron ocultas bajo el mito. Justamente ahí reside la verdadera grandeza de la película.

La Odisea llega a los cines este 16 de julio.

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