Por Axel ChristiansenGabriel León y el poder de las preguntas: “Muchos científicos fueron niños cuya curiosidad nunca se apagó”
El divulgador científico celebra hoy el lanzamiento de una nueva edición de su colección de las “Preguntas Raras”, una serie de libros enfocada a los niños y que para él representa la parte más importante para crear generaciones de jóvenes curiosos.

En su carrera como divulgador científico, el bioquímico Gabriel León ha sabido reinventarse en muchos formatos. Quizá la más conocida sea su cara en redes sociales, donde a través de sus cuentas de Gabotuitero ha creado escuela sobre como hablar y conversar de ciencia en formatos rápidos y amigables.
Pero por supuesto no ha sido lo único: León ha incursionado en podcasts, charlas, programas de TV, como el recientemente estrenado “No es Late para aprender” junto a Eduardo Fuentes y por supuesto, libros.
Algunos de ellos orientados al público más general y adulto, como la serie de la Ciencia Pop o su obra sobre la ciencia detrás de las Teorías Conspirativas, pero sin duda uno de sus grandes hits ha sido la serie de las “Preguntas Raras”, una serie de libros publicados por Penguin y dirigido hacia los niños. En ellos, y en forma de relatos cortos contados desde la perspectiva de una niña curiosa que conversa con su papá para resolver sus dudas más repetinas, desde ¿Por qué nos da hipo?, otras más intensas como ¿Qué son las emociones? hasta las más inexplicables como por qué los perros mueven la cola o ¿Para qué sirven las moscas?
Ahora, la sexta edición de la serie llega con preguntas relacionadas principalmente a los sentidos y lo que nos rodea. “¿Por qúe olemos mal? Y otras preguntas raras que hago a veces" es el nombre de la nueva obra que hace un repaso por momentos incómodos de la vida de un niño, como descubrir el mal aliento, las costras o las lagañas.
Conversamos con Gabriel León, un convencido de que no hay peor pregunta que la que no se hace sobre la importancia de fomentar la curiosidad en la infancia y que se puede hacer como adultos para ayudar a una generación a seguir observando y cuestionando lo que pasa a su alrededor.
¿Cómo eras tú de niño? ¿Qué tan curioso eras y cómo llegabas a saciar esa curiosidad?
Yo, de chico, era tremendamente curioso. Tremendamente curioso. Desarmaba todo en la casa.
Mi papá es técnico electrónico. En la casa había herramientas y, ante la presencia de un destornillador, yo quería entender cómo funcionaba el reloj y lo desarmaba.
Y yo creo que hay un desafío súper interesante porque en el acto de desarmar el reloj no hay maldad. Yo no lo desarmé para destruirlo, lo desarmé para entenderlo.
Entonces, cuando vieron eso, me regalaron un microscopio, me regalaban libros de ciencia, me regalaban revistas científicas, me regalaron un telescopio.
O sea, el adulto que rodea a ese niño curioso, en parte, está encargado de hacer que esa llama no se apague. Y muchos de los científicos y científicas que hoy trabajan en todo el mundo fueron niños y niñas muy curiosos cuya curiosidad infantil nunca se apagó y fue creciendo y fue nutrida por un entorno comprensivo.
Hoy ese trabajo que tienen que hacer padres, madres, profesores, colegios y profesoras es el que tenemos por delante: hacer que esa curiosidad infantil no se apague durante los doce años de colegio, sino que se alimente aún más.
Para que los niños crezcan no solo pensando en que se conviertan en científicos, sino también en que mantengan esa curiosidad por el mundo en el que les tocó vivir, que se asombren de la naturaleza, que se asombren de lo que ocurre y que tengan vidas más ricas, al final.
Y eso también es ciertamente parte de las cosas que queremos hacer con estos libros.

Este es el sexto libro de la serie y quería saber ¿Cómo vas encontrando tantas preguntas raras para seguir respondiendo?
Cuando publiqué el primer libro, ¿Qué son los mocos?, la idea era sencillamente rendirle un homenaje a las preguntas de mi hija. A partir de ahí nace ese primer libro, con quince preguntas que venían de nuestra vida cotidiana.
En paralelo con el lanzamiento de ese libro empecé a dar muchas charlas en colegios. Yo creo que, a esta altura, he dado no sé, doscientas y tantas charlas en colegios de Arica a Punta Arenas. Y cada vez que voy a un colegio vuelvo con alguna pregunta nueva. De hecho, a veces vuelvo con una caja, una carpeta con sobres con preguntas que los niños hicieron y que me las regalan.
Entonces tengo en mi casa una caja de cartón llena de preguntas raras. Tengo la sensación de que esta curiosidad incombustible de los niños ha sido el principal motor de estos libros. Más que una ocurrencia mía, ha sido: “¿Sabes qué? Tengo todavía un montón de preguntas”. Y la editorial me dice: “Ok, entonces hagamos otro libro, porque la verdad hay espacio”. Básicamente así ha ocurrido.
Y me imagino que no basta solo con tener tantas preguntas sino que también elegir las que puedan ir juntas y armar un relato
De hecho, hemos hecho un esfuerzo para que todos los libros tengan temáticas que son levemente distintas. El primero era sobre el cuerpo humano, el segundo era sobre las mascotas, el tercero sobre las cosas y el cuarto sobre estar en la naturaleza.
Entonces, evidentemente, hay un esfuerzo por ir tematizándolos para que cada libro también sea sobre algo. A pesar de que las preguntas en sí parecen ser bien eclécticas y heterogéneas, hay un propósito de tematizar cada libro.
En un mundo lleno de IA y celulares que lo responden todo, ¿Cómo ha afectado eso a la curiosidad de los más jóvenes?
Bueno, en mi experiencia trabajando en colegios, siento que todavía la curiosidad infantil está muy presente. No ha sido reemplazada por esa fórmula más adulta, como decías tú, de “chuta, tengo una duda, voy a buscar”.
Y tengo la sensación de que incluso eso hoy día en los adultos tampoco es tan frecuente. Hay un interés más pragmático por el uso de inteligencia artificial para resolver una duda puntual que emerge por algo.
A los niños se les ocurren preguntas que aparentemente no tienen que ver con nada. Entonces tengo la sensación de que ese tipo de preguntas todavía son mucho más comunes en los niños que en un adulto que de repente diga: “Oye, ¿y por qué esto se llama así?” y vaya y lo intente averiguar.
Tengo la sensación de que el valor de aprender eso todavía sigue siendo en los niños tremendamente alto. Y cuando se producen espacios de conversación y se dan cuenta de que sus preguntas son interesantes, son válidas y hay alguien que los puede ayudar a eventualmente encontrar una respuesta, la verdad es que el entusiasmo explota.
Habitualmente, en mi charla, el espacio de preguntas es más largo que el espacio que yo uso para hablar con los niños.

¿Qué tan distinto ha sido para ti trabajar divulgando ciencia en este formato que lo que haces, por ejemplo, en redes sociales?
Cuando uno escribe un libro de esta naturaleza tiene que ponerse en los ojos del lector, y el lector en este caso evidentemente es un público infantil.
De hecho, cuando escribí el primer libro, escribí la historia siendo yo el papá, porque en primera persona era el papá de mi hija que hacía preguntas.
Y la editora me dice: “Gabriel, ¿sabes qué? Está entretenido, pero es raro que el papá sea el protagonista, como que el papá sea el que hable”. Me dice: “¿Por qué no lo reescribes, pero tú como escritor, siendo la niña de ocho años?”.
Y ese fue un desafío enorme, porque evidentemente yo nunca he sido una niña de ocho años, pero vivía con una. Entonces empecé un trabajo como de naturalista de National Geographic, mirando a mi hija y viendo cuál era su vocabulario, cómo hablaba, cuál era su sentido del humor, qué referencias usaba, qué expresiones utilizaba.
Porque a esa altura yo tenía 40 años y, evidentemente, no podía usar el lenguaje de un señor de 40 años. La construcción fue un poco esa: alimentándome de la forma de ser de mi hija, de su lenguaje y después de la forma de ser y del lenguaje de los otros niños que conocía en las charlas que daba en colegios.
En ese sentido, tengo que recurrir al humor que yo tenía cuando tenía ocho años y a cómo pensaba cuando tenía ocho años. Esto ha sido para mí también súper interesante, porque me obliga a ser niño de nuevo y eso para mí es súper entretenido.
¿Te ha pasado que mientras escribes estos libros, sientas que muchas de estas preguntas aparentemente raras, deban enseñarse en los colegios?
Sí. De hecho, es una intención no declarada del libro poder apoyar los programas de formación, teniendo en cuenta lo que dice el currículum del Ministerio de Educación.
Y de hecho, yo creo que en parte eso ha hecho que los libros hoy sean parte del programa lector, no solo de los ramos de Lenguaje, sino que también de los de Ciencia.
Me ha tocado ver colegios donde los libros los leen en paralelo para Lenguaje, para Ciencia y para Arte. Entonces los niños y las niñas después generan intervenciones artísticas —cuadros, pinturas, esculturas, qué sé yo— a partir de las historias del libro que leyeron tanto en Lenguaje como en Ciencias.
Para mí ciertamente ha sido un éxito enorme reconocer que eso ha hecho que los libros hoy formen parte del programa de lectura de muchos colegios. Como te digo, es como una intención no declarada de los libros: no solo ser curiosidades, sino también respuestas a preguntas que son súper importantes y que son parte de la formación científica que niños y niñas reciben hoy en el colegio.
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