Carlos Fonseca y las historias de la disquería Fusión: “A Jorge González le gustaban los discos, pero no atender público”

El histórico mánager se alista a celebrar los cuarenta años del apertura de la tienda que funcionó como punto de encuentro durante dos décadas Recuerda los días de Tapia y González como vendedores, la trastienda tras el auge y caída de Aparato Raro, los golpes que llevaron a cerrar el negocio y las claves que, a su juicio, definen a un buen disco.


Si algo recuerda Carlos Fonseca de la mañana del 30 de abril de 1981, es el sueño. No durmió en toda la noche por descargar las 120 cajas con 8.400 discos con las que abrió su disquería, Fusión, en los locales G y H de la galería Drugstore de Providencia.

«Por un tema de problemas de aduanas se atrasó el pedido inicial que hicimos -recuerda al otro lado de la pantalla en charla con La Cuarta-. Los discos llegaron la tarde del 29 de abril. Ahí dije, ‘esto lo tengo que sacar adelante para abrir mañana’».

Y así ocurrió. «Me acuerdo que el día que abrió llovió todo el día, fue un aguacero. Pero la sensación de estar en una bodega en el segundo piso con todas esas cajas, y empezar a sacar esos discos, era impresionante. Después los ordenamos por estilos, los bajamos por la escalera y terminé abriendo la tienda mientras todavía ponía discos. No dormí».

En ese primer día, mientras se las arreglaba para atender clientes, bajar algunos discos y cambiar la música que sonaba desde el equipo Yamaha, Fonseca conoció la parte ingrata de llevar una tienda. «Lo podríamos decir en buen chileno, la familia Miranda; da vueltas, no va a comprar nada, va a preguntar muchas cosas, va a pedir descuentos, si alguna vez compra, y si lo hace va a volver diciendo que no le gustó, que está malo, hay muchísimo de eso».

La tienda Fusión en 1981

Pero también hubo tiempo para conocer gente. Fonseca no lo sabía por entonces, pero en aquel lluvioso jueves ochentero, se cruzó con un músico. «Ese día el mejor cliente fue el Coti Aboitiz, el de Aparato Raro y La Ley -recuerda-. Llegó y se compró todos los discos de The Doors, era fanático. Tenía unos cassettes y me contó la historia de su fanatismo por Jim Morrison».

La mano a Spinetta

Aunque se le conoce por su actividad como mánager de Los Prisioneros durante los ochentas, el vínculo de Carlos Alberto Fonseca Velasco (1961) con la música es anterior. Nació en Lima, pero vivió buena parte de la niñez y la era de las espinillas en el Buenos Aires setentero que pasaba de Isabelita a la dictadura de los mandos militares.

Mientras América Latina que vivía su brutal adaptación de la Guerra Fría, surgió la segunda generación del rock argentino. En esos días, Fonseca se formó como melómano; recuerda que asistió a shows de Raúl Porchetto, Polifemo, Gustavo Santaolalla, y cómo no, siguió con atención los proyectos de Charly García y Luis Alberto Spinetta.

«Vi el debut de Serú Girán en el Obras cuando tocaron con una orquesta. Allí mismo fui al retorno de Almendra (1979), donde saludé a Spinetta -asegura desde el Zoom-. Fui con una persona que los conocía, entonces después del concierto saludé a Spinetta y a Emilio del Guercio. También iba a clubs, vi algunos artistas extranjeros, me gustaba la movida brasileña, Milton Nascimento, Caetano Veloso, lo que llegaba».

Almendra

Por esos días se hacía de una respetable colección de discos, gracias a la oferta de tiendas en la capital federal. «La industria del disco especialmente en esa época, fabricaba una cantidad, se vendían y después no se encontraban por un tiempo; por eso a la disquería que ibas encontrabas diferentes discos. En Buenos Aires hay muchas, entonces uno podía ir a Caballito, o a Once y encontrar discos que no encontrabas en Belgrano. Eso me gustaba mucho».

El disco era un artículo valorado en la casa de los Fonseca Velasco. «Yo tuve una exposición muy temprana a la música, porque mis tres hermanos son mayores que yo. En los sesentas ellos eran adolescentes y por otro lado, mi hermana era fanática de los Beatles, tenía todo de ellos. Mi papá viajaba y le traía cosas».

Pero en un verano, Carlos vivió una epifanía. «Mi hermano volvió de Perú un poco después de nosotros. Traía unos discos, los escuchó todo ese verano; eran Satisfaction de los Rolling Stones y Like a Rolling Stone, de Bob Dylan. Me pasa que los dos temas siempre los identifico juntos, porque los escuché juntos ese verano. Quedé loco. Por eso me dieron ganas de comprar discos. Ahí me compré Rubber Soul de los Beatles».

Las tardes aplanando las callecitas de Buenos Aires en busca de singles, cassettes y long plays, le permitieron masticar una idea. «Desde los 14 años tenía ganas de poner una disquería -recuerda-. Entonces ya tenía el nombre, Fusión y la idea de poner una pantalla gigante con videos en la vitrina. Una manera bacán de difundir música siempre atrae gente», remata.

En esos días trasandinos le llegó la posibilidad de vivir el tejemaneje de una tienda. «Un amigo del colegio que sabía que me gustaba la música, me contactó y me dijo ‘oye, conocí a alguien que va a poner una disquería, no sabe de música y necesita alguien que le haga un pedido'».

«No tenía experiencia en eso -admite-. Pero era alucinante porque tenías un catálogo en el que estaba toda la música ¡toda! Hicimos un pedido a Tower Records en EEUU, toda la música disponible, todo vinilo».

Como un creativo que ofrece una chuchería a un inversionista, Carlos trató de convencer al tipo de la tienda que tomara alguna de sus ideas, como la del nombre y la pantalla en la vitrina. «Se lo propuse a este tipo pero no estuvo ni ahí, y tampoco iba a ser empleado de este compadre haciéndole la pega, de hecho esa disquería no duró mucho».

«Pero fue una gran experiencia y me dio más confianza -resume-. Así que cuando llegué a Chile y se dieron las circunstancias, puse una disquería». Esa fue Fusión.

Escucha el murmullo

Ocurrió más de una vez. Por los parlantes conectados al equipo de sonido marca Yamaha de la tienda sonó, estridente y ondera, la música de Los Prisioneros; un trío de muchachos que estrenaban sus explosivas primeras canciones. «El primer espacio donde se promocionó a los Prisioneros fue en Fusión -recuerda Fonseca-. Se escuchaba, se comentaba, se le presentaba a los clientes que escuchaban new wave, el feedback era bacán».

Y a veces, los entusiasmados clientes podían conocer a dos de sus integrantes que trabajaban allí, en especial a un flaco de nariz aguileña y expresión adusta, Jorge González. «Entró a la tienda cuando ya estábamos grabando, promocionando y era como ‘oye, mira qué bacán esto, él lo hizo’. Entonces empezó a ser incómodo».

Los Prisioneros en 1984, foto de Cristián Galaz

«Cuando se empezó a hacer conocido le empezaron a hacer entrevistas ahí, entonces se retiró rápido -agrega-. Tampoco era como que le gustaba mucho trabajar en la tienda; le gustaban los discos, pero no le gustaba tanto atender público. Yo creo que eso era un problema, más cuando ya era conocido».

Por su lado, el baterista Miguel Tapia también trabajó como uno más en la familia Fusión. «Duró más -recuerda Fonseca-. Él era más callado».

Se sabe que Fonseca conoció a González en la carrera de Licenciatura en Música en la Universidad de Chile. Famosa es la anécdota en que el sanmiguelino, fiel a su estilo frontal, corrigió a una profesora durante una clase.

«Le paró el carro a una profesora que estaba enseñando una cuestión de solfeo, que estaba mal y se lo demostró -recuerda-. En el recreo me acerqué y le dije, ‘oye, estuvo bueno tu comentario’ y empezamos a hablar de música. Ahí me presenté y me acuerdo que hablamos de los Cars».

De allí la historia es conocida; tras su retiro de la Universidad, Fonseca se dedicó a trabajar con Los Prisioneros. Organizó dos sesiones de grabación en las oficinas de la misma disquería para registrar los primeros demos de las canciones compuestas por Jorge González, de cara a su difusión en el programa que mantenía en Radio Beethoven.

«Los instrumentos los tuvimos en la bodega todo ese verano -recuerda-. Ahí se grabaron los temas más ska como ‘Sexo’ y ‘Nunca quedas mal con nadie’».

El mito del streaming

Fueron los primeros pasos antes de grabar el álbum debut, La voz de los 80. Un disco que en formato de CD y vinilo vuelve a las tiendas -virtuales y físicas- en una reedición limitada por los cuarenta años desde la apertura de Fusión, con el audio remasterizado por Carlos Barros.

Pero no se trata solo de un ejercicio de nostalgia. Hace algunas semanas, Miguel Tapia y Claudio Narea comentaron al diario pop parte de la trastienda del proceso que en el último año ha permitido disponer en las plataformas parte de los discos que el grupo grabó tras su reencuentro en 2001. Según ellos, se trata de hacer frente al hecho que el material del grupo estuviera disponible de forma no oficial en la red.

«Este material estuvo en un momento en las redes, pero alguien los subió y se benefició económicamente. No fue ninguno de nosotros, ni Jorge, ni nuestro manager ni la gente cercana», explicó Miguel Tapia. «Averiguamos hasta donde se pudo; se supone que lo subieron en EEUU en Miami, alguien subió ese material, está la plataforma pero no se puede llegar a la gente que lo subió por diferentes razones legales».

Según Fonseca, esto ocurrió en los comienzos del streaming, cuando los agregadores de contenido permitían el acceso a cualquiera que pagara la tarifa correspondiente. «Hubo gente que empezó a registrar cosas que no eran de ellos, no solo de Los Prisioneros, sino de muchos otros artistas -explica-. Como no había una ley al respecto, cuando YouTube empezó a pagar, les empezó a pagar a ellos. Y como ya les había pagado, los cobros no eran retroactivos. Ahí cayeron estos discos».

Por lo mismo, no fue sencillo hacer frente al asunto. «Esto hay que solucionarlo plataforma por plataforma; lo solucionamos en YouTube y en Spotify que es lo más importante -detalla-. Creo que en Apple Music todavía está el disco Estadio Nacional con otro nombre y otra carátula en que salen tocando ‘Pa pa pa'».

Y efectivamente, todo ocurrió bajo el sol de Florida. «Llegamos a averiguar que el tipo tenía una empresa con dirección en Miami -detalla Fonseca-. Alguna vez había sido promotor de un sello».

Pero más allá de recuperar la posibilidad de publicar de forma oficial el material de la banda en las plataformas, Fonseca aclara que se evitó llegar a una batalla legal por otra razón. Lo llama, «el mito del streaming».

«La gente piensa que en Chile los músicos siguen vigentes y siguen ganando plata -señala-. Pero el streaming paga pésimo, paga muy poco y salvo si eres un tremendo artista que genera millones de reproducciones, no ganas plata. Ese es el mito del streaming. Entonces para qué vamos a contratar a un abogado para ir a pelear a Miami por una plata que es de Los Prisioneros. Ni siquiera eso vale la pena para hacer el esfuerzo».

Se acabó el tiempo de los lindos ideales

Además de Jorge González, se sabe que en los días universitarios Fonseca conoció a Igor Rodríguez, quien pronto le introdujo a su banda, Ojo de Horus (“Tenían lindas melodías, hacían una música con tendencias progresivas”, recuerda). Pero tras conocer el evangelio según Ultravox, Depeche Mode, The Human League y otros tantos, gracias a los discos que circulaban entre los amigos, decidieron crear una particular propuesta de techno-rock, bajo el nombre de Aparato Raro.

Con el apoyo de Fonseca, en marzo de 1985 (apenas cuatro meses después que La voz de los 80) el grupo lanzó su primer álbum homónimo -también reeditado en vinilo y CD-, del que destacó el sencillo “Calibraciones”, un éxito en las fiestas de toque a toque de los jóvenes new wave con raros peinados nuevos. Aún se recuerda por la letra cambiada (la que cantaban en vivo hablaba de esos “locos uniformados” en lugar de “almidonados”) para eludir la censura de la época.

Aparato Raro en 1985. Foto de Esteban Cabezas

«Queríamos que la canción sonara en la radio y el grupo tuviera algún éxito -recuerda-. Yo creo que fue bueno porque eso hizo que pasaran de largo letras más complejas que habían en el disco. A ellos los consideraban un grupo liviano, pero canciones como ‘Post mortem’, ‘Dulce decepción’, que dicen cosas directamente fuertes de las protestas, las bombas en las poblaciones».

Por entonces, hubo alguna tensión desde el lado de Los Prisioneros hacia la banda que integraban Rodríguez, Juan Ricardo Weiler, Boris Sazunic y Rodrigo «Coti» Aboitiz. «A ellos, sin quererlo, les dieron muchas cosas -explica Fonseca-. Les tocó mejor estudio, sonaban bien y les pasó que las radios los tomaron como la alternativa de Los Prisioneros. La radio Concierto me tiraba buena onda porque tocaba a los Aparato Raro, pero nunca tocó a Los Prisioneros».

Y aunque las cosas iban bien, el grupo nunca logró afiatarse como un colectivo. Acaso como una extensión de su puesta en escena, en que cada uno figuraba concentrado en su lugar, protegido por los aparatos.

«Ya iniciando hubo un choque entre Igor Rodríguez y Juan Ricardo Weiler, que no lo llegue a entender -rememora Fonseca-. Y de pronto Juan Ricardo estaba fuera del grupo cuando estábamos recién grabando el disco. Él en vivo era un tipo que se destacaba, porque era un tremendo baterista y además era un showman muy entretenido, muy carismático».

Pese a los cambios en la alineación, el grupo logró incluso viajar a España en noviembre del 85’ para presentarse en el Primer Festival de Rock Iberoamericano. Una gestión que se logró gracias a Carlos Narea, reconocido productor chileno que se hizo de un nombre en España, y en cuyo currículo puede exhibir trabajos con Fito Páez, Luz Casal, Miguel Ríos, entre muchos otros.

«Venía haciendo un scouting buscando a las mejores bandas de cada país de Latinoamérica para invitarlas al Festival y había un cupo para Chile -recuerda Fonseca-. Entonces, Julio Sanz, que era director de la EMI y muy amigo mío, me hizo una reunión con él. Yo le pasé a Los Prisioneros y Aparato Raro».

Metódico y obsesivo, el productor le pidió conocer a los dos grupos. En el encuentro con Los Prisioneros coincidió con Claudio Narea, y entre broma y broma, se dieron cuenta que tenían algún parentesco.

«Descubrieron que eran familiares, porque los Narea son pocos, y tenían un lazo familiar. Lejano, pero tenían -rememora el mánager-. Eso alivianó la reunión. A Carlos Narea le interesaban mucho Los Prisioneros. Terminó la reunión, y tanto ellos como yo quedamos claro que los iban a elegir, pero llega la respuesta de España y eligen a Aparato Raro».

Solo años después, Fonseca pudo enterarse por qué tomaron esa decisión. «Hace dos años estuve en España y me encontré con Carlos Narea -recuerda-. Me dijo que habían conseguido el dinero para hacer este festival con el partido político que era del ayuntamiento de Madrid, y el partido político del gobierno era el contrario, así que tenían la lupa puesta; por eso no podía elegir un grupo donde había un pariente».

En busca de una tienda

El abúlico Santiago de comienzos de los ochentas, no era el espacio más estimulante para el inquieto Carlos Fonseca, un recién llegado desde allende los Andes. Más cuando notó lo que sonaba en el ecosistema de medios tradicionales. «Era una escena sumamente pobre y anticuada», recuerda.

«Yo buscaba todas las alternativas de escuchar música -agrega-. Terminé en el teatro Gran Palace un domingo en la mañana viendo Adiós Sui Generis, que me la había visto cincuenta veces en Argentina. Había harta gente, entre hippies y algunos jóvenes, pero era como triste. Me fui caminando desde el Gran Palace hasta Providencia pensando qué diablos se podía hacer».

Una cosa se podía hacer. Al cabo de unos días decidió que era tiempo para poner su tienda de discos. «Yo venía a estudiar Ingeniería Comercial, ese era mi rollo, pero no era mi interés». Y si una certeza podía levantar, es que para ese anhelo era necesario un apoyo financiero más consistente. Fue entonces que recurrió a su padre, Mario.

Disquería Fusión en 1981

Carlos recuerda que no le resultó muy difícil convencerlo. «Mi papá siempre me apoyó, siempre creyó en mis locuras -cuenta-. Cuando empecé a escuchar música, él escuchaba los discos que yo me compraba. Le gustaba Led Zeppelin, le gustaba The Who, le gustaba Pink Floyd, le gustaba Yes».

Y de pronto recuerda una coincidencia. «Él abrió Fusión a los 60 años, lo cerró a los 80, y siguió trabajando después. Yo voy a cumplir 60 años ahora, es bien raro eso».

Mientras revisaba catálogos para decidir las primeras órdenes -con el tiempo tuvieron 2 a 3 distribuidores en Miami, uno en NY, uno en Reino Unido, uno en Alemania, y otro en Holanda-, Carlos pasaba tardes en busca de un espacio para disponer la tienda (“queríamos el lugar preciso”, acota). Así llegó hasta el dato de un espacio en la galería Drugstore. «Fue un dato de mi hermana -recuerda-. Era un local increíble donde se vendían los equipos Yamaha».

El momento en que llegó el dato no pudo ser más oportuno. «Estuvimos a punto de tomar un lugar que era la quinta parte del tamaño, al final era más caro y en una calle donde no pasó nunca nada, en Bucarest. Siempre que paso por ahí me digo, qué suerte que no nos vinimos acá».

Y además, Fonseca recordó que ya conocía el espacio del Drugstore. «Cuando vinimos a Chile, el equipo de música lo compramos en ese local, ese mismo. Entonces estaba en arriendo y lo tomamos al tiro».

Ese equipo Yamaha prestó servicio hasta el último día de la tienda. «Fue el amplificador central de Fusión durante los 20 años -recuerda Fonseca-. Ahora lo tengo aquí en mi casa, frente a mí».

Una voz para el rock

El equipo en la tienda no era solo para amenizar el ambiente, sino que era parte del trabajo. «Antes yo escuchaba lo que yo quería, pero con Fusión tenía que escucharlo todo ¡todo! -detalla-. Lo hice durante 20 años, lo sigo haciendo, aunque en los últimos años he parado, por suerte. Pero tenía una manía por escucharlo todo, no entero, ‘picarlo’. Ahí uno decía, ‘este es bueno, este es malo, este funciona, este no’. Todo ese ejercicio te agota y al final los discos no te golpean de la misma manera».

-¿Y qué te hace decir que tal disco es bueno o no?

Carlos suspira hondo, y continúa.

-Es tan difícil decirlo -asegura-. Pero me agarra un entusiasmo con la música, ganas de seguir escuchando esa canción. Para ser un poco más didáctico, es muy importante que el cantante sea bueno. Que tenga un timbre especial, identificable. Un cantante que canta plano, y ni hablar desafiado, no comunica por más esfuerzo que haga, por más que tenga grandes canciones. Esa es una clave.

-Pero Jorge González no era afinado en los comienzos…

-Tampoco me refiero a cantar bien como de academia. Por ejemplo, Johnny Rotten tenía una voz fantástica, y las voces de los Clash o los Stranglers no son voces entrenadas, afinadas, para cada cosa su estilo. Si vas a hacer una balada romántica tienes que tener una voz afinada, potente, si vas a hacer ópera ni hablar. Si vas a hacer rock no necesitas una voz educada, pero sí un timbre interesante, comunicar, saber interpretar la letra. Y tener una voz reconocible.

-¿Y hay alguna banda o solista del último tiempo que te llame la atención por eso?

-La banda que me impactó por su voz, y me hice muy fanático, es Alabama Shakes. También me gustan las voces de Fleet Foxes, las voces de Arcade Fire, y ojo que ninguno de ellos son grandes cantantes, pero se las arreglan para hacer lindos arreglos. Eso es lo que uno tiene que hacer; trabajar la voz, no llegar y cantar.

El fin

Abrió la tienda con sueño el primer día, pero no asistió al día de cierre, en 1998. «Debo confesar que el último año ya no estaba en Fusión», recuerda.

Y aunque el auge de la música digital fue un factor, Fonseca asegura que no fue lo único que acabó por dejar a las grandes disquerías -aunque algunas todavía persisten- como el recuerdo de una era. «Lo primero que afectó fue que los sellos discográficos chilenos se abrieron a importar más discos. Eso no lo veía malo, le comprábamos a los sellos; la EMI traía vinilos, pero cada seis meses, entonces nos avisaban y éramos el primer cliente que visitaban».

«A partir del año 92-93, empezaron a traer las novedades -agrega-. Para mí no era malo en el sentido de la difusión, sino que en el fondo no sabíamos si traer tal disco o no, porque si lo traía el sello, llegaba a mitad del precio que lo comprábamos nosotros. Entonces eso afectó mucho».

Las plataformas digitales solo volvieron más inestable la situación. «Con la aparición de Amazon y los portales que vendían música, nuestro público, que tenía alto poder adquisitivo e internet, tuvo acceso a mucho material de afuera, y lo último fueron los sistemas de peer-to-peer, como Napster. Ahí Fusión ya no tenía sentido».

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