Espectáculos

La Firme con Daniel Alcaíno: “Me fui acostumbrando a esta cosa peligrosa como ‘¡lo digo o no lo digo!’, correr un poquito la línea”

Su cabeza está puesta en Boîte Bijoux, una obra tributo a los hermanos Tomás y Eliana Vidiella. Pero en la vida del actor también ha pasado y están ocurriendo otras cosas, hasta con “Yerko Puchento”. Acá repasa su historia y presente, en muchos ámbitos: “He tenido cuatro mujeres en mi vida, comenta.

Entrevista en profundidad a Daniel Alcaíno, actor. Foto: Andres Perez Andres Perez

Daniel Alcaíno Cuevas (54) trae puesta una camisa negra y una brillante chaqueta roja, aún en la piel de Tomás Vidiella, cuando sale del teatro en el Centro Cultural Espacio Matta, en la comuna de La Granja, donde mismo se emplaza el restaurado mural El primer gol del pueblo chileno, una coautoría de Roberto Matta pintaba en 1971 y cubierta casi irremediablemente tras el golpe de 1973.

Mientras algunos de sus compañeros de obra —como Claudio Olate, Claudio Castellón y Blue Mary— se retiran del recinto, y Magdalena Max-Neef conversa sobre el escenario con otra integrante de la producción, Alcaíno se encuentra con La Cuarta.

El actor tiene un rol estelar en el estreno de Boîte Bijoux, un homenaje a Tomás y Elena Vidiella, y además a la emblemática obra de los 70 y 80 Cabaret Bijoux, la cual debutó en el desaparecido Teatro Hollywood. Ahora, la nueva propuesta, esta vez coescrita por Max-Neef y Rodrigo Bastidas, tendrá su gran debut en el Nescafé de las Artes, el 23 de abril hasta el 26, y luego del 30 al 3 de mayo (entradas, ACÁ).

Mientras suena una canción de Mon Laferte en la sala y los pasillos cercanos, al posar para las fotos que acompañan esta entrevista, Alcaíno toma un micrófono, se sienta ante la cámara y comienza a recitar la obra para darle gracia a los retratos. Después, de pie, abre los brazos, los extiende, y se acuerda de la crucificción de Cristo, y comenta en alusión a la Pascua, como un chiste para sí mismo:

—Semana Santa —dice y agrega con voz grave, misteriosa—: La partida.

Alcaíno estrena la obra Boîte Bijoux, en homenaje a Tomás Vidiella. Foto: Andres Perez Andres Perez

Después canta en el pasillo, amplio, y su voz deja un eco. Admite que el tiempo lo apremia un tanto: “Me tengo que ir a mi casa, ir a buscar mis cosas y grabar”, dice más tarde. “Me tengo que ir a grabar PH”, el que será el último capítulo de Podemos hablar, donde hace a su querido, deslenguado y añoso, “Yerko Puchento”, que retornó a tele a mediados del 2024.

En conversación para La Firme, el actor habla un poco de todo, desde su infancia entre Quinta Normal y Taltal, geografías que moldearon su carácter; sus inicios medio fortuitos en la actuación; sus primeros pasos haciéndose conocido; el cáncer que fue un verdadero cachetazo, con el que conoció a Carlos Caszely, y luego Iván Zamorano, y así terminara de amasar su primer gran personaje: “Peter Veneno”; sus trabajos más recordados como “Yerko”, el “Exequiel” de Los 80 (Canal 13), o de Eduardo Anguita, en 40 días de oscuridad; la chance de algún día presentarse — finalmente— en el Festival de Viña; algo de su faceta amorosa y como padre; entre minucias varias también.

—El sueño más grande es que mi abuela esté viva —comenta, por ejemplo, sobre una figura clave en su historia, fallecida en 1996.

Todo eso, y más, cuenta él de aquí hacia adelante…

LA FIRME CON DANIEL ALCAÍNO

Mi niñez fue en Quinta Normal, en el límite donde empezaba Pudahuel —y después inventaron las comunas de Lo Prado y Cerro Navia—, en Salvador Gutiérrez con Samuel Izquierdo. Vivía a dos cuadras del cerro que, aunque bajito, se lograba ver, y lo encontraba muy rico para mirar la ciudad. Tenía arbolitos y debajo de ellos me gustaba mucho la lectura. Me gustaba aislarme; aunque era muy sociable, tenía muchos amigo y primos —y vivíamos mucha gente en mi casa—: era un buen espacio para ir a leer los libros que me daban en el colegio o a reflexionar sobre una tarea. Me gustaba ir al cerro.

Era memorión, chistoso, observador y todas esas cosas que creo que las heredé de mi papá, porque él era así po’, el típico pelusa de barrio, bueno pa’ la pelota, los combos y la talla. Y yo lo seguía a y lo admiraba; era mi superhéroe, como buen niño. Y después cuando ya tenía siete años mis papás se separaron, pero lo seguía viendo, porque él vivía muy cerca. La separación para mí fue feliz porque ya veía que no se llevaban muy bien. Ya no era muy llevadero ver tanta pelea.

"Me gustaba ir al cerro", recuerda Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Me gustaba ir a los pool, jajaja, que estaban al lado de mis primos: don Jorge y Karen. El club también cumplió un papel súper importante, el Defensor Escolar, que jugábamos a la pelota, hasta juveniles, e íbamos a las canchas de Renca, que teníamos que atravesar el puente Resbalón. Era una vida muy rica de personajes de barrio, de amigos de mi papá, todos buenos para los chistes, las tallas y los combos... Era una vida bien sana —diría yo—, de harta camaradería entre las familias; nos reuníamos y vivíamos todos en la misma casa (varios tíos que se casaban iban teniendo hijos), bajo del parrón de la abuelita: los dichos de campo, las anécdotas, puras peleas y cosas simpáticas, y Años nuevos con mucha gente y saludando a todos los vecinos (siempre me vanagloriaba de que conocía todas las casas de mi barrio).

Murió mi abuela, mi tía también falleció, y hoy queda un tío solamente viviendo en mi casa de infancia. Estuvimos hace unos domingos celebrando su cumpleaños. Es como un refugio, cuando inventamos algo, vamos pa’ allá, ni preguntamos: es el parrón de la abuelita y, si no está mi tío, abrimos nosotros nomás po’, y hacemos carretas los primos. Es la sede familiar.

Entre a estudiar en el Liceo Cervantes, en 1982 —que ya tenía diez años y entré a 6° básico—. Después vino el terremoto del 85, que cambió un poco el panorama, porque se nos cayó la casa; mi mamá —que estaba trabajando en Farmoquímica del Pacífico— la logró reconstruir y construyó una piececita donde puso una botillería. A la botillería empezaron a llegar los personajes. Se transformó en otra sede de barrio. Después no fue tan simpático, no eran los borrachitos del barrio: empezó a entrar la pasta baja y los patos malos. La cuestión se puso más brígida. Con los años le dije a mi mamá: “Ya cierra esta cuestión”, en el 1990 y tanto. “Basta, porque en cualquier momento asaltan”. Vi toda esa evolución. Antes les vendías unas cañas a los caballeros, gente simpática y conocida, de la población Barrancas, de la canción de “Luchín” (Víctor Jara). Pero empezó a llegar gente de otras partes.

"Me crié muy libre", relata Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Me crié muy libre. Mis papás se separaron, mi mamá se dedicó a trabajar, y yo iba a la casa de mi tía en el Norte y me criaba libre en Taltal, que era un pueblo perdido. En ese tiempo, de la dictadura, no pasaba ni la carretera, que seguía de Chañaral hacia Antofagasta, y había un desvío de 30 km hacia Taltal. Nadie se metía para Taltal, que en el siglo del salitre fue un gran puerto. Todavía quedan algunas grandes casas que tenían los ingleses. Hipódromo y trenes llegó a tener. Fue mi segundo hogar, donde mi tía y madrina. Me mandaron desde el año de vida para allá, desde que salía del colegio y hasta antes de entrar lo pasaba allá. Construí mi “Macondo” de personajes, que hasta hoy aparecen en mis sueños. Era una vida súper simple, mucho más que la de Santiago: desestresada, con gente que viajaba del sur para ser minero y trabajaban todo un mes y bajaban el fin de semana (iban a los prostíbulos, se gastaban el dinero y no mandaban la plata para el sur; y en ese tiempo no había teléfono, celular ni nada: era tu palabra contra la mía nomás). Hice hartos amigos, jugaba a la pelota, iba a la playa, peleaba, subía cerro y descubría nuevas playas. Andaba todo el día con un short, a guata y pata pelada; me tiraba en la arena, nunca usé toalla, bronceadores ni bloqueadores (no existían esos miedos); mis primeros amores y besos. Los amigos eran más vivarachos, hijos de pescadores y mineros, y a los 13 años los cabros estaban cargando sacos con minerales o en la pesca. Les daba la mano: mi manito finita, de secretario; y ellos, llenos de callos.

Voy muy poco a Taltal. Fui hace como tres años, cuando lancé un librito que escribí, El Pincoya: Taltal eterno, que es una historia mía de niño, una sensación, un recuerdo de cuando estaba en la casa de mi tía, caminé por una calle, fui a la señora de “El Capri”, me compré un helado de canela y pasé por el Club Taltal. Y cuando desperté de esa noche que lo escribí en Facebook, al otro día tenía 1.000 “me gusta”. Me llamó una profesora de Taltal y me dijo: “Daniel, es hermoso, se lo he hecho leer a los niños en el colegio y lo van a montar en danza y en teatro”. No lo podía creer. Y apareció otra profe que tenía una editorial, lo editamos, hicimos 500 ejemplares, y muchos están en la biblioteca de Taltal, se vendió en diferentes negocios y se compró mucho. Y me invitó el alcalde, el “Flaco” Hidalgo, a hacer el lanzamiento en la plaza, un verano, los primeros días de febrero, hace tres años. Fue la última vez que estuve en Taltal.

Mi abuelo era muy pinochetista y a mi abuela le daba miedo votar por el “No”. Era miedo. Siempre lo entendí. Nunca he generado rabia ni cosas, porque viví los dos lados de la moneda: mi familia Alcaíno es de derecha y mi familia Cuevas no se involucraba. No alcancé a votar para el “Sí” y el “No”, entonces escuchaba de las dos partes: cuando iba a la casa de mi abuelo paterno, Pinochet era un dios po’, que había hecho todo y nos había salvado del comunismo, lo típica perorata de siempre; y en mi otra familia no se metían en política, como mi abuela, “no se meta”, “calladito” y “no se identifique con nadie”. Una familia trabajadora, nunca se manifestaron con rabia ni fueron a una protesta. Nada.

Fueron muchas cosas las que me llamaron la atención. ¿Acostumbrarse a palabras como “degollados”? No tenía idea qué era la palabra “degollado”. Una vez estaba en el Centro, iba a ver a los dibujantes y me dijeron: “¿Vienes al mitin?”. “¿Qué es un ‘mitin’?”, pregunté. “Una protesta que se hará acá”. Me pregunté por qué y me dijeron que “porque aparecieron los profesores, degollados” (1985). “¡¿En serio?! ¡¿Eso ocurre aquí?!”, reaccioné. Fue muy fuerte, como “no puedo creerlo”. Empecé a escuchar a Víctor Jara y mi abuela me dijo: “Bájele el volumen”. “¿Por qué?”, pregunté. “Porque a ese hombre lo mataron”, respondió. “¿Por qué? ¿Por cantar? No puede ser”, pensé. Después, Carmen Gloria Quintana, quedamos vivos (Caso Quemados, 1986)... No podía ser indiferente ni no sensibilizarme con ese tipo de casos. Después, obviamente todo era para callado, con algunos compañeros afines, me acercaba; estaban leyendo la revista La Bicicleta, que nos emparentaba; y nos juntábamos en el recreo.

Tenía muy claro que una dictadura. Me llamó la atención la primera protesta, la de 1983. Salí a la calle Salvador Gutiérrez y escuché ese grito: “¡Si Somoza ya se fue que se vaya a Pinochet!”. Llegué a mi casa a averiguar qué era “Somoza”: dictador nicaragüense. “Ah, dictadura listo”, pensé. Después le dije a una profesora que “esto es una dictadura”, me mandaron a inspectoría y pensé: “Oh, esas cosas son como peligrosas”. Quizás, por ser niño, me envolvía una esfera de “poder”, y me aprovechaba un poco de eso, y de vez en cuando tiraba mi “peligrosidad”, como “es dictadura” o “pero no hay elecciones”. Quizás por eso me fui acostumbrando a esta cosa “peligrosa”, como: “¡Lo digo o no lo digo!”. Me gusta jugar con correr un poquito la línea para adelante.

"Me gusta jugar con correr un poquito la línea", admite Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Una vez, como a los 18 años, estaba esperando micro, se atravesó un perro, ¡Y PA!... Y del pencazo, el perro cayó en mis brazos. El perro aparentemente no tenía nada y yo lo miraba con cara de decirle: “No sé cómo ayudarte”. Me sentí tan inútil. “¡No sirvo pa’ nada”, pensé: “No puedo tirarle una costilla, no puedo abrirlo, no sé si hay que hacerle respiración, ¡no sé qué chucha!”. ¡Se me murió el perro ahí!, en mis brazos. Me sentí, inutil, inutil, inutil (Se angustia)... ¡Es que vi la transición entre la vida y la muerte en segundos!

Siendo humanista, la oferta era ser profesor de historia, periodista o abogado. No me alcanzó el puntaje pa’ abogado, quedé en lista de espera; y quedé en Teatro en la U. de Chile, y me fue gustando, lo reconozco. Y después, ya en segundo o tercer año, algunos maestros como Ernesto Malbrán, Fernando González, Juan Pablo Donoso o Rodrigo Pérez, fueron sacando de mí ciertos talentos; no sabía que era bueno para los mimos, y Malbrán me lo hizo ver.

Tenía buena memoria, entonces me era fácil aprenderme los textos y hacer muchas cosas: hacía zancos, mimo, animaba cumpleaños e iba a restaurantes. Era capaz de hacer teatro en la micro y en todos lados. He hecho harto de todo, me he formado en todas partes. El lazarillo de Tormes y El Quijote de la Mancha lo montábamos en una semana, jaja, así de patudos: íbamos al colegio y le actuábamos a los cabros chicos para que se evitaran el libro. Lo pasábamos muy bien y esas cosas son muy buenas para formarte. Actuábamos arriba de una mesa del profe po’. Entonces, cuando llegas a un teatro y tienes todas las comodidades, dices: “Pff, la papa”.

Mis primeros profesores de teatro fueron Humberto Duvauchelle, la Diana Sanz, Fernando González y Horacio Muñoz. Me acuerdo cada palabra, cada dicho: “Todos los días, las 25 horas del día, lo más importante es el teatro”. Con la Diana Sanz tuvimos unas peleas, pero ahora nos encontramos en algunos estrenos, y es una gran actriz de la que no tengo nada que decir; me frustraba un poco a veces porque no le entendía mucho su método; y una vez también nos peleamos, pero con mucho respeto, obviamente: es una maestra y también parte de la historia del teatro chileno. “Ay, mi alumno”, me dice en algunos estrenos: “Me tenías mala, te peleabas conmigo”. Son cosas del pasado.

Era competitivo en el sentido de la arenga. Me gustaba la arenga cuando veía a colegas que estaban un poco inseguros, como “estoy nervioso”, y yo: “¿Quieres trabajar? ¡¿Sabes hacer algo?! ¿Sabes operar del corazón? ¿Del ojo? ¿Sabes cocinar? ¿Puedes trabajar en un restorán?... Esto es re fácil, compadre: apréndete el texto y llega a la hora.. Si Dios no te dio talento, es otra cosa; tú llega, persiste y haz lo que tienes que hacer, no pierdas el tiempo”. Y no ha cambiado mucho mi percepción. Yo soy actor, 100% actor. Nunca he querido escribir guiones, dirigir obras de teatro. No. Soy capitán de un sólo barco nomás: actor, actor, actor. No me veo fuera del escenario. Yo veía cabros tomando en la escuela y decía: “Más pega para mí”. Veía cabros fumando marihuana y pensaba: “Más pega para mí”. No me cansaba, no tenía hijos y no era nada. Hacía veinte funciones semanales.

Me gustó ser así porque me servía, porque la posibilidad que tuve de hacer teatro fue en festivales, y eran competitivos —se ganaba premio a “Mejor actor”— y los premios no venían nada de mal. Había que ponerle color. Y algunos compañeros me encontraban un poco soberbio. Íbamos a ver otra obra y yo decía: “Te apuesto que me gano el premio a ‘Mejor actor’”. Una vez le dije a la Trini González: “Si no me lo gano, estudio Computación”. Y me lo gané, con la obra Perversiones sexuales en Chicago, de David Mamet, en 1996. Me he dedicado las 25 horas del día; me quedó grabado. No hay otra: no te vendrá el personaje porque sí. Me encanta el teatro, no me da alergia venir a ensayar y quedarme. No me quejo.

Cuando hice Mala onda (del libro de Alberto Fuguet), que fue un éxito rotundo en el teatro de la U. de Chile, hacíamos dos funciones los lunes y dos los sábados; por lo tanto, hacíamos nueve funciones más la función del domingo que hacíamos Los monstruos; y a veces nos salía “El Lazarillo" a mediodía en la sala Isidora Zegers. Entonces tenía como cuatro o cinco platillos bailando en mi cabeza, ¡y me encantaba! Y hasta hoy me acuerdo de los textos, los digo, los repito y ensayo, como trabalenguas también, que me enseñaron en la escuela.

"Me encanta el teatro, no me da alergia venir a ensayar", comenta Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Hay aprendizajes también. Tuve úlcera a los 18 y un cáncer a los 27. Me tuve que hacer cargo muy chico de muchas cosas, decirle a mi mamá: “Para tu negocio”. Me acuerdo de a los 19 a 20 años haber tenido esa conversación con mi mamá: “Ya entendí este negocio, puedo vivir de esto”, pensé sobre el teatro: “Si me saco la cresta, podemos vivir todos”. Y eso fue. Y ha sido así. Tengo hermanos, por parte de madre, Cristina, seis años menor, y Cristian, 15 años menor; y por parte de papá, tengo otro hermano, como 30 años menor.

Empecé a hacer cosas. Me llamaron para obras, teleseries, personajes de humor. Después vino a los 27 años mi enfermedad, muchos amigos me ayudaron; y entre los que más me ayudaron estuvieron Rodrigo Bastidas y Magdalena Max-Neef: no hubo día en que no fueron a verme en la clínica, TODOS LOS DÍAS LAS MAGDALENA ESTUVO LA LADO MÍO. Los había conocido en la teleserie Rossabella, la primera que hizo Megavision. En Canal 13 me habían visto el director Herval Abreu y Ricardo Miranda, que se fueron a Mega y me invitaron a hacer un personaje que era el lazarillo (“Chamaco”) de Rodrigo, que hacía un ciego, y me postularon a un premio Apes como “Actor revelación”. Éramos parte del elenco estable de Mega. Después hice otras teleseries: A todo dar, Algo está cambiando… Hasta que en 1999 me dio cáncer.

Cuando te hablan de cáncer a los 27 años, y con todo este vértigo de las compañías, los festivales y las críticas teatrales, de repente fue como: “¿Me estás hueveando? ¿Qué es eso? ¡¿Quimioterapia yo?! ¿Andar pelado? ¿Yo?”. Y me dijeron: “Tómatelo con calma, te puedes morir”. “¿Pero puedo ensayar?”, preguntaba yo. “No, para, no, compadre”, me ordenaron. Ese fue el primer pencazo para decir: “¿Quién soy yo? Soy un ser humano nomás, no soy actor, ingeniero ni nada: soy un ser humano que tiene que salvarse; preocúpate de tomar agua, de comer bien, hacer todos los tratamientos, y que ojalá funcione, que vaya disminuyendo el cáncer”. Y tuve suerte: pude sacarlo en un año, en 1999.

Supe que tenía cáncer porque estábamos ensayando la obra innombrable de Shakespeare (Macbeth), y practicábamos peleas, entonces en ese entrenamiento, haciendo boxeo, un compañero me pegó en el testículo, y el dolor no se me pasó durante mucho tiempo. Fui a un urólogo y me dijo: “Esto es un tumor”. Fue fortuito. Fue una gracia que me haya pegado mi compañero, si no me lo habría descubierto mucho más avanzado; y con 27 años, si lo tenía en algún órgano hubiese sido terrible. Solamente me saltó a los ganglios y se pudo hacer con cuatro ciclos de quimioterapia, y después una operación.

Caszely se portó muy bien conmigo. Seguimos en contacto, y hasta hoy va a mis cumpleaños. Le tengo mucho afecto. Me llevó a su casa, donde unos monjes que ponían las manos y a todas partes; lo único que él quería era que me salvara. Fue muy buena persona conmigo, fuera de la figura de ídolo: un gran amigo. Lo conocí por hincha de Colo Colo porque yo trabajaba en Megavision en las teleseries, y la escenógrafa era la hija, Bárbara, que un día me encontró peladito en los pasillos y me dijo: “¿Tú eres colocolino”. “Sí”, le contesté, “fanático”. “¿Y te gustaría conocer a mi papá?”, me preguntó. “Cómo no po’”, respondí. Te invito para el miércoles y le respondí: “Feliz, ahí estaré”. Y me abrió (Iván) Zamorano. Al principio estaba tímido, me quedé mudo —yo que hablo mucho—, hablaban ellos nomás. Después, cuando saqué el habla, los hice reír, les conté historias de mi papá, del fútbol y del barrio. Y Zamorano se abrió también conmigo. Ver un ídolo, que baje al nivel tuyo, y que sea tan abierto contigo, fue muy emocionante. No lo he visto más, después que se fue a vivir a Miami.

"Caszely se portó muy bien conmigo", recuerda Alcaíno sobre su cáncer. Foto: Andres Perez Andres Perez

Me atendieron gratis dos doctores que trabajaban en la Clínica de Las Condes, porque me vieron que era actor, que no tenía muchos ahorros. Me acuerdo que me preguntaron: “¿Tienes ahorros?”. Y respondí: “Sí, $5 millones”. “Chuta, cada ciclo de quimio en la clínica, más otras cuestiones acá, son $25 millones”, me explicaron. “Y necesitamos cuatro ciclos, ¿tienes $100 millones?”. “Ustedes hagan lo que sea, yo veo cómo lo pago”, les respondí y, en eso, dijeron: “Lo atendemos gratis a este cabro”.

Los doctores que me trataron fueron Félix De Amestri y Werner Zanghellini, a quien iba a visitar, hasta que murió, el año pasado. Siempre muy agradecido de ellos. Félix murió antes, en su casa, viejito. Siempre se acordaban de mí, y yo más de ellos. Esa relación profunda se dio porque me atendieron gratis, y no tenían por qué, no me conocían. Me pareció extrañísimo. Ellos ni veían tele, les cargaba; eran doctores nomás. Y cuando salí de su consulta después que me dijeron que me atenderían gratis, ¡se me abrió el cielo! Siempre me he considerado una persona con mucha suerte: trabajo y suerte. Quizás les caí bien, se reían de mí, las cuestiones que les hablaba, y conversábamos. Me vieron con mucha pila, yo creo, y dijeron: “¿Cómo este cabro que hace teatro se va a ir? Ayudémoslo”.

No tengo idea en que quedó el proceso contra Werner Zanghellini, sindicado como un médico que había pertenecido a un organismo represor (DINA, habiendo sido director de la ex Clínica Santa Lucía, por la que pasaron mujeres y hombres provenientes de centros de reclusión clandestinos como Villa Grimaldi y Venda Sexy), cosa que nunca se aclaró. Pero yo iba a verlo porque estaba enfermo en un hogar, y estaba agradecido de lo que había hecho conmigo. No sé qué edad tenía. Había una parte judicial que él llevaba, y tenía que llevarla. Para mí es toda una historia, un contraste de cosas. Cuando lo supe recién, (quedé) revuelto entero; yo que me había sensibilizado muy tempranamente con esos caso, dije: “Chuta, estoy en manos de alguien que hizo esta barbaridad”. Algunas veces conversamos. Tuvimos conversaciones muy íntimas. Pero él siempre me dijo que no. Siempre lo negó... No sé... no soy quién para juzgarlo... Pero él lo negaba... Y si lo hizo, obviamente que debió haber merecido justicia. Pero no lo sabía en el momento en que me atendió. Después lo supe. Yo también veía que él conmigo era el vivo ejemplo de que había hecho una buena acción, me lo manifestaba y se emocionaba mucho cuando me veía.

Vi de todo en mi vida... Cuando a mí me diagnosticaron el cáncer a los 27, sentía que había vivido 80 años… He visto morir, he visto cogoteos, baleos, peleas, prostitución, he visto de todo... Lo cuento, y a veces —con mis parejas— suavizo mis historias. Saqué muertos una vez en un accidente, en 1990, que chocó un bus Ramos Cholele con un camión en el cruce de Taltal, hubo 23 muertos, y saqué a los 23 muertos, con un amigo de allá. Nos habían llevado presos porque le pegó a un carabinero, nos sacaron del furgón y nos hicieron estudiar. Con el tiempo (¡la vida!) me encontré con el hijo del “Gato” Alquinta y fuimos a tomar algo para conocer a Los Jaivas para un lanzamiento de Hippie (Canal 13) en la Quinta Vergara (habían cantado para la teleserie). Me había tocado hacer a Yerko (Puchento), y estaba el Eloy (Alquinta) y Alan (Caro). “¿Y tu papá?”, le pregunté. “Ya viene”, me dijo. “¿Y tu mamá también vino?”, quise saber". “No, mi mamá murió”, me dijo, “en un accidente: iba en un bus en el Norte, en el cruce de Taltal”. “¿En el bus Ramos Cholele? (...) Yo saqué a tu mamá entonces”, le dije... Nos quedamos toda la noche chupando, llamó al hermano, le dijo “ven acá”, lloramos, “¡mira, papá, el Daniel estuvo ahí!”.

"He visto morir, he visto cogoteos, baleos, peleas, prostitución, he visto de todo", analiza Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Estaba saliendo del cáncer, llegué a la casa de Carlos Caszely, que me había invitado a comer, y me recibió Iván Zamorano a las 9 PM. Esa visita me cambió la vida. No paramos de hablar, yo con quimioterapia, hasta las 5 de la mañana; me fue a dejar Zamorano a mi casa y me regaló una camiseta con su nombre. Después me encontré con Cristián García-Huidobro, que me invitó a trabajar en televisión, me puse una peluca, y empecé a ser “Peter Veneno”, que era súper “Zamorano”, que se transformó en mi ídolo, y empecé a imitarlo y a meterle cantinfleo chileno. Fue un éxito el personaje: conocí los Viva el Lunes, los estelares, y a los grandes artistas; trabajé en el Venga conmigo, en diferentes cosas, y casinos. Y después vino el “Yerko Puchento”. Fue una gran llave conocer a Zamorano.

Yerko Puchento al principio no me gustó. Lo preparé, lo caminé mucho, en mi casa, y pensaba: “Soy pálido, y él moreno; no tengo cejas, me pongo mucha ceja...”, y ocupé palabras que no entendía cuando me hacía clases “Lucho” Advis de estética en la U. de Chile: “apolíneo, “dionisíaco”, “hermenéutico”, “háptico”... términos estéticos que no entendí cuando cuando leía, y los ocupaba como unas pequeñas joyitas.

¿El personaje que más me daba miedo cuando actuaba en Vértigo?... Siempre es difícil actuar frente a actores. Los actores son muy extraños, hay un ego extraño. Molestarlos, decirles “buen” o “mal” actor es un tema: son colegas, has compartido con ellos; hablarle de los amores, de su vida privada, algunos que no la abren mucho; pero tienen que ir al programa porque tienen una teleserie. Son medios complicados. En cambio cuando está el futbolista, ya han hablado de él en todos los programas, le han tirado todas las pololas encima... Hay gente que le gusta la fama, y le gusta que la nombren, y está ese principio de “no importa que hablen mal de ti o bien, lo importante es que hablen”... Con Paty Maldonado siempre se produce esa tensión, política también; pero ella es muy buena comediante y logra salir airosa del cuento. La Luli (Nicole Moreno) también fue un personaje icónico en nuestros libretos; (Arturo) Longton, generalmente los flojos; o Junior Playboy, que son personajes que van apareciendo constantemente en este imaginario.

Tuvimos muchas polémicas en que nos demandaron, como el caso de (Patricio) Tombolini, o de la familia de Sarita Vázquez; tuvimos el “affaire” cuando dijimos que Calama era “feo”; con la Mujer Fantástica (Daniela Vega); y con la Daniella Chávez también tuvimos encontrones. Y tuvimos el tema con el hijo de la Bachelet, el “Epidemia con aros” (Sebastián Dávalos), que fuimos a tribunales. Hemos tenido de todo, peleas con gente farándula y política. Pero eso nunca nos ha amilanado. Creo que eso hace crecer al personaje, darle vida propia: tiene un historial, una biografía.

Nos equivocamos cuando comparamos a la Cecilia Pérez con “Monga”; en el calor de la improvisación, porque no estaba en el libreto eso. Fue cuando Piñera fue a Fantasilandia, y las niñitas lloraban en la montaña rusa. Empezamos a hablar “del ‘Pulpo’... quién es más pulpo...”, que la cuestión acá, teníamos al Hugo Gutiérrez, y lo cambiamos a última hora, y fue fatal. Estuvimos bien al límite, pero salimos jugando; nos pedían disculpas. También ella exageró: pedían el cierre de la señal de Canal 13 por una semana, más una indemnización de 1 millón de dólares... “Tampoco soy Checho Hirane saltando en una cama elástica, haciéndole gracias a Pinochet... no soy Bigote Arrocet, haciendo reír mientras una dictadura hacía llorar”... Nos servía para ir diciendo cosas. Siempre le hemos ido encontrando el cuento y la forma de salir. También había mucha gente que decía: “Está bien, compadre; (con) el daño que le han hecho al país, equivale”. Es el costo a veces de ser la voz de los sin voz. Pero siempre creo, quiero y trato de estar del lado de la mayoría, la que sufre y reclama: nunca del lado del poder... Nunca hablamos personalmente (con Cecilia Pérez), pero he manifestado en otras entrevistas que se podría haber evitado. No era necesario.

En Vértigo nos prestaba los abogados Canal 13; cuando el libreto es aprobado por un canal, el canal responde en esa parte editorial. Pero si yo me arranco con los tarros, y digo algo yo que no tiene nada que ver —como tal actor “es drogadicto”—, ahí tengo que aperrar yo. Chequeamos mucho la información también; no es cosa de llegar y tirar a la bandada nomás. O hacer un juego de palabras, vamos jugando con eso; y todo es “en el límite”, qué se puede decir y no. Me gustan mucho esos juego de palabras. También se fue poniendo más político Yerko. Siempre hemos estado jugando al límite, pero la gente ya conoce el estilo de Yerko. Hemos vuelto, nos han echado, hemos vuelto a insistir y seguimos con el personaje. Cuando fue la pandemia, lo hicimos vía streaming, y nos hemos adaptado para hacerlo en carpa, casinos y todas partes.

"Siempre hemos estado jugando al límite, pero la gente ya conoce el estilo de Yerko", declara Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Una vez fui a hacer un show a Miami para Leonardo Farkas y me fue mal, no funcionó la muela, en un cumpleaños. Ya habíamos hecho uno en el Sheraton de Santiago, y fuimos a Miami, pedimos varias muelas, y no funcionó ninguna. Alcancé a hacer como diez minutos, paró la muela, pedí que presentaran otro número, salió Lucho Jara, no lograron arreglar la muela, y después pasaron al desayuno; y cuando lograron arreglar la muela, le dije: “Ahora sí podría hacerlo”, y me respondió el jefe de protocolo: “No, ya estamos en el desayuno, ya no estamos en esa parte; igual se te pagará tu parte”. Y me vine muy frustrado porque obviamente fue cahuín en Chile llegando. Farkas nos mandó un video: “Devuelve la plata”. Fue el hueveo de todo ese año: “Sin muela (Yerko) no existe”, y huevábamos con eso, y quemábamos la muela. Después hacía rutinas en el Vértigo como que sin muela era fome y que con muela era mejor.

Cuando leí el guion de Los 80, con “Exequiel Pacheco” me imaginé inmediatamente a mi papá: tenía su chispa y energía. Le dije a la vestuarista: “Quiero una chaqueta celeste”. Mi papá trabajaba en el supermercado Almac, era reponedor, y siempre llegaba con la chaqueta celeste. Y hablaba con mi papá: “¿Quiere tomar una agüita, un refresco?”, “tengo un malón” o “compadrito, vamos a ir a ver unas pérfidas”. Las mismas palabras de mi papá las ocupaba en su tono; y hacía los mismos gestos. Era yo, obviamente, pero suavecito, muy natural, y haciendo la personalidad de mi papá.

Una vez me invitaron los Quilapayún e Inti Illimani a hacer un homenaje a Víctor Jara en el Caupolicán, dos funciones a teatro lleno —yo personificada a Víctor—, y viajamos por todo Chile, logramos hacer unas diez o doce funciones, hasta que nos pilló el estallido y la pandemia. Pero mantengo esa amistad con ellos. Muy contento de las posibilidades que me dio la televisión, al ser conocido, para acceder a gente que admiro.

"Cuando leí el guion de Los 80, me imaginé inmediatamente a mi papá", recuerda Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Para el Pinochet de Los mil días de Allende, hice a mi abuelo. Me gustaba vestirme de Pinochet: llegaba antes y las chiquillas me maquillaban; tenía que grabar a las 5 y me dejaban listo a las 2 de la tarde, y yo andaba puro: “¿No hay pan?... ¿Estai comiendo paltita? Ah, mira, estamos en dictadura, y hay paltita; mira, no hay trabajo, ah” (Imita a tono de Pinochet)... Andaba todo el día en eso, transmitiendo esas peroratas. Obviamente hacía el trabajo también de leerme las biografías de Pinochet, de escuchar marchas militares, ¡y de engrupirme po’! No tuve mucho tiempo a prepararlo porque te avisan todas estas producciones a última hora, pero los dos meses que tuve (los aproveché).

Creo que mi proyecto que más ha dejado huella es el Yerko (Puchento), sin duda: Los 80, diría después, el “tío “Exequiel”; y Peter Veneno. Depende del lugar donde vaya; cuando voy al estadio, todos: “¡Grande, Peter!”; cuando voy a un mall, las mujeres dicen: “Ay, dime ‘regia, apolínea’” y me hacen “¡boom, boom!”. Les encanta. Y después, trabajos que me han “consolidado” y han dicho: “Ah, este es actor”, como “no solamente hace maní confitado, también salado”, con 42 días en la oscuridad, la serie para Netflix, fue un personaje totalmente opuesto (Jaime Anguita) a todos los que hecho (se mueven mucho y son muy histriónicos).

¿Se me hace más difícil el personaje más histriónico y el más contenido? Aprendí las dos cosas en la Universidad de Chile. El problema es que no di para galán, no tengo otros personajes; entonces tengo que hacer comedia nomás en televisión. Pero cuando hago teatro, siempre estoy haciendo diferentes tipos de personajes, como cuando hice El rucio de los cuchillos; y hace dos años también ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, con la Trini González. He hecho de todo con todos los estilos. Pero en televisión el Yerko es el que más ha calado hondo en la gente. Y ahora estoy en La casa de los espíritus, que soy un curita español; muy pocas escenas, pero lo valoro. También estoy grabando otra serie, El hijo perfecto, para Netflix. Estuve también en la serie Vencer o morir, que me tocó hacer de Guillermo Teillier.

"El problema es que no di para galán", admite Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

¿El Festival de Viña? Siempre me interesan todos los escenarios. Como me gusta la adrenalina, el vértigo y soy competitivo, obvio que sí. Pero cuando a uno le faltan el respeto, no po’. Si contratas a una persona para tu cumpleaños y le dices “somos todos vegetarianos”, y los hueones llegan con un asado, dices: “¿Me estás hueveando? Te lo vengo diciendo desde septiembre, y estamos en febrero”.

En su momento Jorge (López) me convenció para ir al Festival de Viña. No quería. Encuentro que pagaban muy poco. Siempre el riesgo es el humorista, marca el desconocido o al conocido... Son unos cara de raja... Esta productora (Bizarro) que está haciendo toda la cuestión ahora, prioriza el show internacional; y el humorista busca una plataforma, y generalmente le sirve al que no es conocido. Siempre está el morbo de ver que se lo va a comer, porque la única vez que el “Monstruo” actúa es con el humorista.

Me interesa (el Festival de Viña), pero ya tengo 54 años, no puedo hacer humor para niños jóvenes, que no los entiendo. ¿Mi humor no es transversal? (Pregunta reportero). No, hay una cosa con la edad. A veces improviso cosas y digo: “¡Mira! Se parece a ‘Mandolino’”. “¿Quién es ‘Mandolino’?“, va a decir un compadre menor de 40 años? “¿Quién fue la ‘Tía Patricia’? ¿Qué es La cafetera voladora?”. En el humor, sobre todo en la improvisación, uno recurre a lo que a lo que conoció, a su imaginario, y las cosas que te hacen sentido. De repente veo a humoristas jóvenes en las redes sociales... y no sé ni qué significa la palabra “random”, jaja... ¿Qué es eso? Todavía no lo entiendo, jaja.

Jorge López siempre está en la muela cuando hago a Yerko y siempre hacemos un libreto juntos. Nos juntábamos previamente, lo desarrollamos, tipo: “Oye, llegó el hombre a la Luna”, “sí, se estacionaron mal”, “¿quién lo estacionó?”, “Junior Playboy”, “no, lo estacionó una mujer”, “no, va a ser muy machista, no se puede hoy ese chiste”... Tenemos que ir arreglando sobre la marcha, combinar el invitado que está (en Podemos hablar) con lo que pasó en la semana.

La muela no es importante para la improvisación (es mía la improvisación). Lo que pasa es que desarrollamos un libreto el mismo día: 42 páginas. generalmente un humorista en Viña —voy a inventar— hace 20 páginas; en cambio yo voy... (Se pone a mover la lengua muy rápido). Hago una hora y diez minutos en el programa PH, que queda en 45 minutos cuando lo cortan (edición para lo que aparece en pantalla). Me confirman al invitado el lunes y grabo el martes: imposible. O sea, si yo tuviera un mes, me aprendo 60 páginas; obvio, soy actor, tengo buena memoria y la sigo teniendo. Obviamente los shows que hacemos (fuera de la tele) ya me los sé prácticamente de memoria; pero para los programas, tengo que hacer un libreto, que Jorge lo deja listo, lo manda al canal a las 2 de la tarde, se aprueba, me llega a mí a las 6 PM y a las 8 estamos grabando. Participo en la factura del cuento, sé de que se tratará, sé para dónde va el viaje, y lo tengo que desarrollar, y el poquito rato que tengo es para entender los sarcasmos, ironías, tonos y subtextos. Ya nos conocemos de memoria, son 25 años haciendo el personaje, es un caballo que más o menos domino, y puedo improvisar.

Por supuesto que a Yerko lo proyecto por varios años, porque siempre hay material, como que el Presidente se fue a vivir a La Moneda: imaginarse qué pasa en La Moneda. Es un estilo distinto, no es stand-up. Soy un actor que hace un personaje, y ese personaje tiene una vida propia, y se llama “Yerko Puchento”.

"La muela no es importante para la improvisación", dice Alcaíno sobre Yerko. Foto: Andres Perez Andres Perez

Siento que lo estábamos haciendo súper bien (en Podemos hablar). Recibía puras felicitaciones en la calle. La gente siento que quedó mucho viuda de “Yerko”. Me escriben mucho en las redes sociales. Y teníamos buen fiato con la Diana (Bolocco) y con Jaime (Figueroa). Y había más público cada vez. Se había cambiado la escenografía. Creo que estaba todo ideal y nos iba bastante bien para competir con El Muro (Mega), que es un fenómeno. Creo que nos iba más que bien. No sé cómo le irá a la cosas que han puesto a competir después, pero no creo que las vaya tan bien como a nosotros... Pero ahora estoy enfocado con el estreno de Boîte Bijoux y solamente ahí tengo mi pensamiento.

Tengo un contrato vigente hasta febrero, y tenía el programa PH; y en su defecto, ahora me están buscando un destino. Eso lo verá el canal, que lo determinará con una semana de anticipación. Todavía no tengo certeza. No sé en que programa de repente podré hacer una rutina de vez en cuando. Yo creo que como “Yerko”. No tengo ninguna claridad. Ya estoy en conversación. Pronto me dirán. Hasta el momento sigo siendo empleado de Chilevisión.

En Hasta encontrarte (Mega, 2022) me gustó mi desempeño... no sé si a la gente, jajaja, pero me gustó. Siempre lo tomo con seriedad y tratando de poner lo mejor; pero la verdad es que a veces requiero más tiempo, y todo es muy automático, muy rápido, escribiendo, y te vas encontrando con la cosa ahí mismo. En cambio, por ejemplo, en “42 días” si bien tenía mi cara, había un referente al cual mirar, una persona que existió (Anguita), entonces tenía que ver cómo se movía, qué pensaba, qué hacía, por qué se comportaba así, por qué no salía a buscar (a Viviana Haeger, su esposa), por qué estaba tan tranquilo, y llegar a mis propias conclusiones, habitarlo. Y en ese sentido, yo, con tiempo, puedo ser capaz de construir un personaje.

¿Volver a hacer teleseries? La verdad es que no me seducen; mucho trabajo, y tampoco siento que le haga falta a las teleseries; no me veo bueno haciendo teleseries. Me gusta más hacer personajes. Si me tocara un personaje, si tuviera que ser un gitano o el pato malo que tiene el tajo acá (en la cara), claro. Pero, con mi cara, (diciendo) “te amo”, y al otro día “no sé si te amo”, o “ya, niños, vayan para allá”, me da un poco de vergüenza.

"La verdad es que no me seducen", dice Alcaíno sobre las teleseries. Foto: Andres Perez Andres Perez

Pasaron los años, mantuvimos una amistad de siempre, y el año pasado me llamó Magdalena (Max-Neef) y me dijo: “Estamos escribiendo una obra sobre Tomás y Elena Vidiella, te la vamos a mandar”. La leí... Rayé y dije: “Quiero estar”. Me encantó. “Pensamos que tú puedes hacer a Tomás”, me dijeron... Quedé para adentro, porque Vidiella es un actor ícono de la historia del teatro chileno, empresario y vanguardista. Fue el primero en travestirse y creó siete teatros. Todos los actores se criaron y se formaron al alero del teatro universitario; y Tomás, si bien estudió teatro en la U. de Chile —con Víctor Jara como compañero de curso—, viajó a Europa y Argentina, vio el cabaret y el café concert, y rayó, llegó a ofrecerlo al teatro de la Chile y le dijeron “no”, y Tomás apostó: se fue a un segundo piso de una casa en Huérfanos e hizo café concert; vendían copete y actuaban después, muy cercanos. Armaron el teatro El Túnel e hicieron obras con Isabel Allende... Y fue haciendo varios teatros... Hasta que llegó a El Conventillo (1983), una casa antigua que la armo como teatro, uno pequeño y otro grande, y cobijó ahí a Rodrigo (Bastidas) y Magdalena, con las primeras obras, como De uno a diez, ¿cuánto me quieres? y ¿Quién me escondió los zapatos negros?: éxitos rotundos. Se dio el lujo de hacer teatro comercial, de cabaret, de revista y todas las obras clásicas.

A Tomás Vidiella lo conocí haciendo teatros del humor en Canal 13. Ahí fui testigo de su carácter también, de su forma; a veces no era muy amable, te decía unas opiniones y te hacía bolsa. Después que lo conocí caché que era su carácter y era muy divertido, con muchas anécdotas, muy asertivo en lo que decía y hacía. Era un apostador, diría yo: un hombre que le gustaba el vértigo de apostar a obras; en unas se hizo millonario y con otra perdió millones: ganaba, perdía, apostaba, construía, deconstruía y tenía que irse a otro lado; pero el Cabaret Bijoux fue siempre su caballito de batalla, a fines de los 1970 llenando el Teatro Caupolicán, con 6 mil personas diarias. Ahora eso no lo hace nadie, ni Chayanne. Un hombre que vivió el éxito. En muchas entrevistas él decía: “Yo me sentía en Broadway”. Y también se daba sus lujos, se compraba sus Jaguar y Mercedes; se ponía sus pantalones rojos y camisas de seda; se iba a 40 kms por hora a Viña, porque le gustaba que lo adelantaran y miraran quién iba manejando. Él que puede, puede. Nunca le pidió a nadie, apostaba su de su propio bolsillo, era curador de sus propias obras, hacía el casting de su propio elenco, elegía a sus actores, los tiraba para arriba y los hacía conocidos. Muy generoso en ese sentido. A veces cuesta encontrar gente generosa en el teatro, porque hay egos muy grandes; y si bien él lo tenía, también lo compartía.

En la obra “Tomás Vidiella” en un momento dice:Voy a hacer La muerte de un vendedor viajero”. Y la hermana le dice: “Pero el personaje de la mujer está pintado para mí, ¿has pensado en alguien?”. “Sí, en la Bélgica Castro”, le contesta. “Pero esa profesora en la escuela te ninguneaba, te decía que no tenías talento, que le dieras el lugar a un cabro que tuviera talento”, le contesta Elena. “Sí, pero eso pasó hace 1.000 años”, le responde Tomás: “Es una gran actriz”. Uno va madurando.

"Era un apostador, diría yo: un hombre que le gustaba el vértigo de apostar a obras", dice Alcaíno sobre Vidiella. Foto: Andres Perez Andres Perez

No sé hacer stand-up comedy, no me considero humorista. Soy un actor, que a veces le toca hacer maní salado y otras veces maní confitado. El stand-up tiene sus reglas y sus cosas; pero generalmente sacrificas tu personalidad. No me veo. Prefiero hacer un personaje que cojeé, que le falte un ojo, que diga algo con un tono, que sea gordo, o flaco. Eso me enseñaron, a hacer personaje, en la U. de Chile, y yo eso es lo que hago. Aparte, como Daniel, yo mismo me aburro, me encuentro la persona más aburrida del mundo. Jamás haría algo que fuera usarme a mí de material, ¡no! Fome, qué lata, soy muy latero. No se lo recomiendo a nadie.

Hay muchas cosas que me dan vergüenza, ¿cómo cuales? (Pregunta reportero). No sé, ir a lugares que no me corresponden, jejeje, o tener autos lujosos, vestir ropa lujosa. A veces andar con unos lentes oscuros me da cierto pudor; pero ya como estoy viejo y tengo poca pestaña, y el sol está más fuerte, hay que hacerlo. Hasta echarme bloqueador me da me da vergüenza, el cuidarme. Creo que a veces soy más generoso con los demás que conmigo mismo. Quiero cuidar a mi familia, a mi mamá y a mi papá, que estén bien ellos. Todo lo que hago es por mi hijo, por mi familia y mi pareja; por hacer feliz a los demás.

Me da nervio verme en pantalla. Lo mismo que cuando chico cantaba en un cassette y después escuchaba la cinta: “¡Oh!, no, no, no, no! ¡Hablo muy rápido, no se me entiende nada, pestañeo mucho, no es como lo imaginé!”. Generalmente no me reviso, no lo veo.

No tengo ningún complejo con el peso, simplemente que, como estoy hueveando a los demás (“es feo”, “es cabezón” o porque “es gordo”), porque hago un humor de 54 años, también me río de mi mismo, como “ya no me cruza la chaqueta”, porque el “Yerko” antes era flaquito, apolíneo, dionisíaco; y hoy, que estoy viejo, recurro también a mi propia historia, y a lo que la gente también conoce de mí. Refresca. “Diana (Bolocco), estoy yendo al gimnasio”, le dijo, y la otra me echa la talla: “Pero anda cuando esté abierto”. “Ya, Diana, por favor”, le contesto. Creo que eso también le da cierta enjundia al cuento.

No hago ningún ejercicio. No hago nada. A veces ando en bicicleta, pero por Santiago no tiene ningún brillo.

Ya no actúo volado, jajaja. Hace mucho tiempo que dejé a esa niña, porque me hace mal para la garganta, mucho evento, mucho grito; y ya muy viejo también. Quiero estar lúcido, consciente. Mi primer pito lo fumé a los 30 años, y llevaba como dos años en que paraba un mes, y en contextos de fiesta, cuando no tenía nada que hacer al otro día, lo hacía. Pero hoy no lo hago. Creo que debo llevar varios meses sin.

" Hace mucho tiempo que dejé a esa niña", dice sobre la marihuana. Foto: Andres Perez Andres Perez

La gente conmigo en la calle es súper buena onda, me saludan. Son cariñosos. Estuve de cumpleaños el lunes pasado, y todavía debo tener (mensajes): “Grande, Daniel”, “Gracias por hacernos reír”, “Gracias por hacer reír a Chile”, “Gracias por decir lo que todos pensamos”, “Sigue por el lado bueno”; o historias como “Daniel una vez nos quedamos encerrados en ascensor y, si no es por ti, nos ponemos a llorar, pero nos hiciste reír” u “oye, una vez te conocí en tal parte y fuiste súper buena onda conmigo y mi mamá”, o “una vez nos conocimos en el Mundial de Sudáfrica”. Las redes me sirven para puro recordar cosas buenas que la gente me recuerda.

Hace unos años en la Clínica de Las Condes una mujer me dijo: “¿Tú sabes que a ti aquí no te corresponde aquí?”. Muy pocas veces tengo esas interacciones. Fue en la pandemia, que justo el dentista mío, porque yo tenía una emergencia, me dijo que estaba atendiendo, “pero en la Clínica de Las Condes”. “Ya, voy pa’ allá”, le respondí. Me estacioné y, cuando iba por el pasillo del estacionamiento, vi una señora —éramos las únicas dos personas ahí—, muy Pérez-Cotapos, y me dijo: “¿Tú sabes que a ti no te corresponde aquí?”. “Lo sé”, dije, “Es lo mejor que me han dicho en el día”. Me cagué en la risa... No se rió. No me voy a pelear con una mujer... A veces cuando es un hombre, respondo con la típica bronca. Y a veces ni contesto, ¿para terminar en combos? Ya tengo 54 años, jaja, capaz que me saquen la cresta, JAJA. Es lo más probable.

Lo más insólito que han dicho de mí fue que era ayudante de la CAM (Coordinadora Arauco Malleco), terrorista y cosas así... Generalmente no me molesta nada que digan de mí. Estoy viejo ya. ¿Pero lo de la CAM era más delicado? (Pregunta reportero). Por supuesto que era delicado, porque si estoy financiando una organización que el Estado considera terrorista (habían quemado dos señores de edad, el matrimonio Luchsinger-Mackay), ¿y que ese acto había sido financiado por mí? Es cárcel, po’. Pero menos mal que se desbarató toda esa banda de delincuentes, que eran carabineros, que hacían montaje y que escribían diálogos que no existían y en teléfonos insertaban conversaciones. Se pudo demostrar... Obviamente queda el tajo en la cara, porque finalmente después sale chiquitito el desmentido... Pero fue un montaje de la operación Huracán.

No soy ordenado con la plata, soy botarate (alborotada y de poco juicio): ayudo, voy, estoy, me piden, “vamos”.... Soy confiado en que voy caminando en al aire y Dios me va poniendo las manos. Nunca me ha faltado, siempre he vivido. Nunca tuve mucho y, mientras tenga voz y las manos buenas, voy a estar bien porque ya domino algo que sé hacer: me puedo parar en cualquier esquina a entretener. No soy actor porque me da pega a Canal 13, o porque me llaman de una obra; soy actor porque puedo aprenderme un texto, parárme en una esquina y hacerlo. Porque puedo ir a un colegio a contar la historia de no sé quién, porque puedo aprenderme la vida de Víctor Jara y hacerla en teatro si quiero. Porque ya conozco las herramientas y puedo hacerlo. No quiero hacer otra cosa.

No apuesto y no hago comerciales de casino ni de cuestiones. Los de casino son los que más te ofrecen. Pero no lo hago porque me quiero ganar mis lucas, mucha, poca, harta o mediana, actuando. Yo cobro por actuar... Si es para Coca Coca (el precio) es diferente que para la “Señora Juanita” o que para el club de viejitas en Cerro Navia, que voy gratis, po’, ¿cómo les voy a cobrar si una señora que se la acaba de quemar la casa? O si para el cumpleaños de una persona: “¿Cuánto tienes?”, pregunto. “Listo, vamos pa´allá, cuéntame un poco los datos del cumpleañero para agarrarlo pal huevo”. Nos juntamos, hacemos el cumpleaños y sale la raja. Si el cumpleaños es para Farkas, es diferente el precio, JAJAJA. Es eso: ley de la oferta y la demanda nomás, que no lo digo porque me guste la ley de la oferta y al demanda, porque sino te dicen: “¡Ah! Comunista pero viviendo de la cuestión...”. Compadre, no hay ningún precio, ningún sindicato me ha dicho “esta es la tarifa”. Si el sindicato me dice, “esta es la tarifa”, nos acomodamos todos a la tarifa. Pero como no hay tarifa, yo me encierro con alguien en particular y, por ejemplo, es como: “Compadre, ¿qué hay que hacer?”, y me contesta: “saludar a esa persona”, y yo digo: “¡oh!, qué desagradable saludar a ese político”, y propongo “eso tendría que hacerlo por tanto (dinero)”, “es que es muy caro, Daniel”, digo, y contesto: “Es que es caro saludar a ese compadre”.

"No apuesto y no hago comerciales de casino ni de cuestiones", declara Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Nunca he mititado en un partido político. Me escribí recién en 1999 para votar, porque conocí a la Gladys Marín. La conocí en la calle, nos conversamos y dije “voy a votar por usted”. Fui al Servicio Electoral y me inscribí. Debe haber sacado como el 1% la Gladys... Y después anulé, anulé, anulé, anulé; o ponía “asamblea constituyente”. Siempre. Y después ya he empezado a votar por alguno o por otro; pero por el menos malo.

¿Chile está mejor o peor que previo al estallido social? (Pregunta reportero). Peor, sobre todo con este gobierno, una incertidumbre que hay... ¡Es casi farándula! No puede ser que a los ministros los saquen del programa Sin Filtros. No puede ser. Es un show. Todo esto es un gran show mediático. Un gran show. Cero respeto. Me da lata hablar de eso.

Me considero amigo de Gabriel Boric, varias veces estuvo en mi casa. Me cae muy bien. Es una buena persona.

No he participado en campañas de nadie. Mientras exista la Constitución de Pinochet, yo ninguna campaña.

No tengo nada ningún rencor con nadie. Tengo las cosas claras de siempre, en lo político, digo. No me obnubila ninguna luz.

Soy papá de un hijo de 17 años. No es que antes no haya querido tener hijos: no me lo cuestionaba, no me interesaba. Como no lo había vivido, y estaba tan embalado en mis cosas, no lo necesitaba. Pero cuando nació mi hijo fue el momento más feliz de la vida: es mis ojos y mi luz.

Mi hijo... es lo único que me podría volver loco de que le pase algo (Toca madera). Está en cuarto medio. Lo veo la mitad del tiempo, una semana aquí y otra allá (con su madre, Berta Lasala). Estudia a la vuelta de mi casa, y se queda conmigo; viajes, vamos a todas partes, y está en todos mis acontecimientos importantes. ¿Le gusta la actuación? (Pregunta reportero). No lo sé, no le gusta mucho; todavía no se manifiesta con nada, pero tiene muchos talentos para la danza y la música; sabe inglés increíble. Lo que él quiera hacer puede hacerlo. Pero no le gusta que le toque este tema. Cuando estuve de cumpleaños llegó y me dijo: “Ahí está tú regalo: fui el mejor puntaje de mi curso en (ensayo) de la PAES, y en otra prueba me saqué un 7”. No lo he visto nunca tomar un libro ni nada y es muy inteligente, sabe mucho, muchas más cosas que yo.

Me habría gustado tener más hijos. En la relación que tuve (con Lasala) también perdimos muchos hijos también, varios embarazos que no llegaron a puerto. Pero estoy contento con un hijo…. 54 años ya... No sé si me de (para pagar) los colegios.

"No he participado en campañas de nadie", asegura Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

En mi juventud no pololeé tanto. Tuve una polola de los trece a los veinte; después de los veinte a los 29; después de lo 29 a los 50; y ahora. He tenido cuatro mujeres en mi vida.

Llevo tres años emparejado (con Catalina Infante, enfermera de profesión)... ¿Dónde la conocí? (Pregunta reportero)... No, eso no. Chao.

Tampoco, sin comentarios (A propósito de los dichos de su exseñora Berta Lasala en el reality El Internado de que es es muy mujeriego, infiel. Perdoné mucho, me autoflagelé (...) Él no se quería separar. El chileno miente hasta la muerte, son infieles y mentirosos”).

¿Me complica hablar de lo amoroso? (Pregunta reportero). Es que nunca le he dado mucho a eso; con Berta porque era conocida nomás. ¿Pero ahora? Respeto que la otra persona no quiera estar en este circo. Me es más tranquilo, mejor, no hay pa’ qué. No hay para qué. Piolita, calladito más bonito, todo lindo, jaja.

No me gusta mucho viajar. Yo feliz de estar en mi casa, con mis primos Y amigos. Me desconecto harto yendo al bar Cantares, en Bellavista, donde está mi amigo Daniel Cantillana, de los Inti Illimani. Me gusta mucho ese tipo de música; me crié con folklore, Víctor Jara, Harrry, Inti Illimani y Quilapayún, Pato Manns y Violeta Parra. Me remonta al patio de mi casa y a mis tíos. Siempre los coleccioné, me gustaron y fueron mis artistas favoritos. Después llegó la democracia, estudié Teatro, fui conocido, los conocí en camarines y fue un sueño conocer a mis ídolos de chico.

"Llevo tres años emparejado", actualiza Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

¿Me veo viviendo en Santiago para el resto de mi vida? Es que acá está el trabajo. Me encantaría estar en Puerto Varas, en una casita, en el campo; que la única preocupación sería echar un palito a la chimenea; leerme un libro, una novelita, y escribir otra, jaja. Me encantaría, pero no tengo tantos fondos ahorrados como para eso.

Me siento en el mejor momento profesional, haciendo a Tomás Vidiella; si sale la mitad de lo que soñé que iba a salir esta obra, será un muy buen resultado. Siento que Chile necesita esta obra, reírse, tener noche, trasnoche, cabaret, glamour y espectáculo; y valorar a Tomás que se nos fue en un momento donde no pudimos abrazarlo (en pandemia), despedirlo; la gran despedida que se merecía él y Eliana por todo lo que aportaron al teatro chileno. ¿Y en lo personal? Feliz, realizado, muy contento, muy tranquilo, muy enamorado, muy queriendo a mi hijo y muy agradecido de todo lo que la vida me ha dado.

Cuestionario Pop

Si no hubiera sido actor me habría gustado ser editor o escritor.

En mi época universitaria era mateo y carretero, miti y mota.

Un apodo que tengo es “El Pincoya”; “Cabeza de tele”, en el colegio; y cuando mi hijo me decía “Señor Fome”, porque yo lo hacía estudiar.

Un sueño pendiente es hacer alguna obra sobre Víctor Jara.

¿Una cábala?... Ensayar mucho nomás.

Una frase favorita es “valooor”.

"Ensayar mucho nomás" es la cábala de Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Un trabajo mío que no se conoce es que trabajé en SKF, en rodamientos, como dos años. Tenía que pescar los pallets grandes y ordenar en unos casilleros, diferentes modelos. Era bien matador, en uan sede en Vicuña Mackenna, con unos primos y amigos. También fue empaquetador de Almac, para la época de la Navidad. Cante en la micros. Baile break dance en la calle. Y después ya puras cosas relacionadas con el teatro.

Un actor que admiro es Roberto Farías.

Un actor que es mi amigo es Rodrigo Soto, por nombrar uno; Felipe Zepeda también, pero es más de teatro, está recién dándose a conocer. Dependo de ellos. Todo el rato estamos los tres.

Un pasatiempo oculto es armar rompecabezas. Me encanta. Generalmente por cada proyecto hago un rompecabezas. Todas las cosas que hago, en mi cabeza, son como armar un rompecabezas.

Una película que me hace llorar es La lista de Schindler y Birdman, que me encanta porque es un actor cuestionándose su rollo.

Un libro favorito es El gran cuaderno, de Agota Kristof. Leo harto. Javier Cercas también me encanta, Anatomía de un instante o El impostor. La Nona Fernández me encanta, el último: Marciano. Y hay un libro que me encantó mucho, El último, de Omar Saavedra.

"Me encanta armar rompecabezas", dice Alcaíno. Foto: Andres Perez Andres Perez

Un miedo es que le pase algo a mi hijo.

No creo en el horóscopo. Soy Aries.

Si pudiera tener un superpoder me gustaría hacer vivir a los perritos atropellados... ojalá con los seres humanos también tuviera ese poder.

Un placer culpable, últimamente, es comprar helado de piña, y echarle chocolate. Me he transformado en un fanático de esa huevada... Mira cómo estoy... Puedo no almorzar, y comer helado y echarle chocolate bañado.

Si pudiera invitar a tres famosos de la Historia a un asado le diría a Víctor Jara, al Che Guevara y a Salvador Allende.

Daniel Alcaíno es un niño de diez años, sentado con su abuela, tomando té, bajo el parrón de su casa.

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