Por Guido Macari MarimónLa Firme con Diego Muñoz: “A mí la sobriedad me ha hecho sólo ganar, desde que inicié este camino”
Tras su aplaudido rol en Reunión de Superados, y ahora protagonista nocturna Prohibida Obsesión (Mega), hace un balance de su historia, marcada por una serie de radicales cambios personales, y ahora por la orfandad: “Agradezco al cielo, a mis viejos muertos y a mi vida”, declara.

—¿Quién es Diego Muñoz?
— Chucha… —reacciona Diego Muñoz Erenchun (50) ante una interrogante tan profunda como amplia y, quizá, sobre todo, vacía.
Él, sentado frente al reportero de La Cuarta, en el mesón de una sala de reuniones en las profundidades de Mega, donde mismo fueron las primeras lecturas de guion de la teleserie nocturna (estrenada el 28 de septiembre) que hoy protagoniza, Prohibida obsesión, en su calidad de entrevistado, tras pensarlo un instante, finalmente, reflexivo, contesta:
—No sé, porque ni yo lo tengo claro. Hay tantos “Diego Muñoz”, es como un nombre y un apellido. Además uno es tan distinto a lo que fue. Creo que soy un momentito nomás.
El melodrama —en que él interpreta a “Luciano Palacios”, casado con “Antonia Arizmendi” (Sigrid Alegría) y que se ve envuelto en un romance con una joven y seductora “Bárbara Michelson” (Fernanda Finsterbusch)— se comenzó a rodar en abril. Pero arrancó a punta de golpes, como que Fernando Kliche murió abruptamente de cáncer cuando ya había grabado varias escenas (su lugar lo tomó Osvaldo Silva), y sólo unos días después fue Muñoz quien se vio directamente afectado: a su padre le dio un infarto y no se salvó: “La orfandad es heavy”, declara.
A sólo uno par de meses de aquella pérdida, Muñoz se califica a sí mismo como un tipo que ha “tenido muchísima suerte”, por ejemplo, porque en julio del 2019 fue impactado en su moto y salió con vida, e incluso ganó el juicio ante el automovilista que lo chocó. Igualmente, aunque se recuperó, reconoce que las secuelas quedan:
—Tengo un fierro metido aquí dentro —dice y muestra una cicatriz en su antebrazo— y toco piano. Hay veces que me duele muchísimo.

El actor también agradece que la noche del accidente no estaba bajo el efecto de ninguna sustancia, como alcohol, o marihuana, la cual consumió habitualmente desde sus veintipocos. De hecho, unos pocos años, cuando empezó un tratamiento con una sicóloga por razones aparentemente ajenas a su hábito, él le advirtió de entrada: “Yo los pitos no los dejo ni cagando”. Pero las sesiones transcurrieron y Muñoz decidió hacer un cambio: dejar la marihuana, e incluso el copete, ¿qué entre medio?
También, si de “suerte” se trata, Muñoz cumplió un sueño que lo acompañó desde siempre: ser papá, junto a su esposa, la publicista Sofía Heiremans. Y sucedió a los 46 años, después de que incluso había intentado adoptar solo, antes de emparejarse, cuando no lograba encontrar con quien proyectarse. Hoy, ve todo ese proceso como la etapa en que construyó el “nido” para su retoña e, inquieto, sobre la mesa, toma los palitos para revolver café y bolsitas de azúcar, y con estas basuritas ilustrar el “nido” que le armó a su pequeña Delia.
Antes, de hecho, en esa senda hacia quien es hoy, vivió una temporada en Francia, para estudiar cocina, entusiasmado por un romance con una bailarina francesa a la que conoció en una gira por Chile. Aprendió algunas lecciones y lo llamaron para volver: hacer el protagónico de la vespertina de TVN, Martín Rivas, del 2010. Regresó. Y le costó sentirse cómodo en su personaje, y ese trabajo lo compara con su terapia sicológica:
—“Martín Rivas” está al medio, y a un lado TVN y al otro yo: ¿cómo queremos al personaje? ¿Para dónde queremos que vaya? No es tuyo ni mío, ¡es de todos! —analiza haciendo el símil entre paciente y terapeuta.
—Se nota que estás muy terapeado —le comenta el reportero.
—Sí, más que la chucha —coincide él.

En entrevista con La Firme, Muñoz repasa su historia marcada por ser uno entre cinco hermanos, una madre cariñosa y un padre severo; una niñez media descarriada, pero que finalmente se enfiló en la actuación; al poco andar, en sus veintipocos, se hizo conocido, primero con Cerro Alegre y más adelante con el hitazo de Machos, en Canal 13; luego, algo de desenfreno viviendo con sus compadres de la época Gonzalo Valenzuela y Benjamín Vicuña; el fin de una largo pololeo poco antes de llegar al altar; el despecho y luego dar vuelta la página, el goce y los cuestionamientos en el departamento que se compró en Bellavista; su relación con la marihuana, a la que hoy ha dejado de lado; su último papel, “Coke”, que con su muerte en Reunión de superados remeció a un país; el esposo y el padre; la muerte de su padre, con quien había logrado saldar cuentas; entre otras cuestiones.
Él, en más de hora y media de conversación, se muestra bastante honesto, algo que, según dice, antes no hacía, prefería mentir, probablemente por una razón que adquirió en su infancia —¿por temor al padre?—, y recuerda qué hacía ante la prensa:
—Con las entrevistas, las preguntas, los periodistas y los medios ya vienes con la chiva bastante capacitado para hacerla, en vez de decir la verdad, por dolorosa que sea: mentir, po’. Y te preguntan “¿cómo te va en esto” y respondes “bien, la raja y está todo excelente”. Así es re fácil.
Cada tanto, toce. Le gustaría dejar el “pucho”, comenta, sin particular entusiasmo; eso sí, advierte que no fuma tanto…
LA FIRME CON DIEGO MUÑOZ
¿Un recuerdo de niño?... Chuta... Qué divertido: me imaginé una foto de cuando chico que tengo impresa en la casa de mis viejos, con un vestido puesto... Más que siempre me haya gustado disfrazarme, siempre me parecieron interesantes las “encarnaciones”, por así decirlo. Y lo sigo haciendo. Algunos le llaman “interpretar un personaje”. A mí se me viene a la cabeza: tomar posesión y encarnarlo.
Estuve en el Saint George’s College y después me fui al Francisco de Asís, porque me echaron. Me mandé puras cagadas, fumando cigarros en el baño, me agarré a mocha y me robé dulces del quiosco. No sé por qué. Era más chico, pero tenía compañeros de curso que no se mandaban esas cagadas ni se hacían los choros peleándose en la cancha de fútbol o robándose dulces... Hay un interés mío también por ir hacia esos lugares, que puede que tenga algo que ver con esta primera imagen de este niño vestido de mujer.
Siempre me ha parecido más interesante alejarme del camino más recto, trazado, o el que hay que supuestamente “transitar”. Me ha parecido más atractivo acercarme más a los márgenes o bordes. Quizás esas también pueden ser las razones por las que me echaron del colegio en un comienzo.

Mi viejo era un huevón de derecha, cuadrado, ingeniero comercial, de la Universidad Católica, ¡un cuadrado, cuadrado, cuadrado! Y mi vieja era muy distinta. Éramos cinco hermanos, entonces era una pega de siete personas todos los días. Le tenía harto susto a mi papá, porque él era muy severo, para retarnos. Nunca me pegó, pero sí nos castigaba; sí nos decía todo lo que a él se le ocurría, y nosotros de vuelta no le podíamos decir nada. Entonces te acostumbras a que mejor te lo guardas. Si lo que tú dices va a ser tomado en menos, minimizado, considerado menor, una ridiculez o estupidez, y además te fue mal en Castellano y te suspendieron, optas por quedarte callado.
Mi mamá era todo lo contrario. Era muy católica, pero era muy humana, muy amiga de mis amigos (¡y a mi papá le cargábamos!), y ella los recibía en la casa, no tenía problema. Pero no por eso iba a pasarle por arriba o a llevar, ¡no! Era súper pilla e inteligente. Con ella conversaba, me atrevía y hablamos de la marihuana y la sexualidad. Mi mamá era muy moderna, muy bacán, y me decía: “Te diría que fueras a hablar con un curita, pero sé que no te servirá; pero encontremos juntos un psiquiatra que te ayude”, a los 20 o 25 años. Tuve esa instancia de conversación abierta, por lo menos en mi casa, durante el día. Después en la noche llegaba mi viejo y era todo más tenso.
Te vas acostumbrando a mentir. Ahora que soy más grande, con la terapia me di cuenta de que ahí hay uno de los grandes problemas: aprender a mentir, ¡en todo! Desde la mañana hasta la noche. En el sentido de que no eres tú. Porque hubiera contestado cosas muy distintas; pero, con el papá, callado, piola o mintiendo. Y eso es una pésima forma después de enfrentar al mundo, porque te acostumbras un poco a eso, a que es mucho más fácil mostrar el mejor lado, po’, entonces te la pasas en eso, no eres tú y te acostumbras un poco a mostrar ese mejor lado.
Mi papá murió recién hace dos meses, de 80. Nuestra relación mutó con los años, de peor a mejor. Ahora último terminamos teniendo la mejor relación de nuestras vidas... Bueno, el psicoanálisis nuevamente hizo lo suyo... No fue obligado, para nada, súper natural. Había algo en esta relación y pensé:” Si tienes cinco hijos, ¿cómo lo haces para controlarlos? La severidad, ser dominante o un poco brígido”. Lo veía en el country, jugando golf, con sus amigos, y era OTRA persona. O lo veía en la oficina con sus papás o sus hermanos, (aunque) siempre muy serio, muy correcto y extraordinario profesional; no un tonto grave, PERO MUY CORRECTO.
Tengo un recuerdo bastante raro: Miguel Álex Schweitzer es uno de los abogados que sacó a (Augusto) Pinochet de Londres. Mi papá, completamente de derecha, pinochetista heavy (encontraba que Piñera era medio tibión). Es de ese tipo de papá. Y jugando al golf con Schweitzer, vio que el viejo corrió la pelota porque le tapaba un árbol, para pegarle. Y MI PAPÁ SE DESCOMPUSO. Llegó en la noche a la casa a contarnos esa huevada: su ídolo, el que había sacado a Pinochet de la cárcel en Londres, el hueón era un chueco, ¡no lo podía creer!... Le puedes pegar con un fierro, el que sea, ¡pero tienes que sumarte un palo al final!... Y mi papá se descompuso porque era demasiado derecho: las hueás se hacían bien o no se hacían.
Al final del día estoy seguro de que mi vieja terminó convenciendo a mi papá como: “¿Qué prefieres? ¿Tener un ingeniero titulado, pero deprimido; o uno que está contento con lo que hace?“. No sé qué le habrá dicho, juro que no tengo idea: supongo que ella lo convenció, en esa cama después de que todos nos íbamos a acostar, ¡supongo!, porque durante el día era demasiada pega tener cinco hijos.

Toda mi vida, desde chico, he tenido muy buena suerte, y no la tiento, trato de no aprovecharme; pero me doy cuenta, me dicen que tengo suerte, ¿y qué hago? Agradezco. Por ejemplo, haber podido estudiar Teatro, cuando a la gran mayoría de los huevones de mi generación los papás le hicieron así: TAPA, por susto de los padres, ¡y mi papá tenía el mismo susto!
Primero estudié Historia en la Finis Terrae. Estaba en cuarto medio haciendo una obra musical en el Francisco de Asís, más linda que la chucha, Los Miserables (de Victor Hugo), y además hacía unos talleres en el Centro Cultural de Las Condes en que me pasaba las tardes y sábados. Y cuando llegó la hora de dar la Prueba de Aptitud me fue como en pico. Entregaron los resultados en febrero, veraneábamos con mi familia en un lago en el Sur, mi papá vio los resultados y me dijo: “Habíamos quedado que Teatro en la Católica o en U. de la Chile, y con esto no te da para ninguna”. Me fue realmente como el hoyo. Y me dijo: “Y de vago no te vas a quedar”. Y en ese mismo lago había un académico de la Finis, Adelio Pipino: me hizo una movida y me permitieron entrar a un plan común de Periodismo con Historia.
Podía estudiar Periodismo o Historia. No me gustó Periodismo, eran súper exigentes, me hacían pruebas todos los días y tenía unos profesores satánicos. Y en el segundo semestre pedí cambiarme sólo a Historia. Y durante ese segundo semestre, no sé qué habrá pasado, pero entré a la escuela de Fernando González. Creo que me dediqué a convencer a mi papá de que esa escuela era una súper buena y le mostraba actores egresados de ahí (muchos con trabajo).
Puedo estar carrileándome, porque fue hace demasiado años: pero di la prueba, me volvió a ir mal, postulé a la escuela Fernando González y quedé. Y ahí estudié hasta que egresé y me titulé, o sea, ni siquiera porque no es una escuela reconocida por el Ministerio: un certificado de egreso.
La primera teleserie que hice fue cuando estaba egresando: con Alfredo Castro hacíamos Kaspar de Peter Handke, y ese mismo semestre me ofrecieron hacer un bolo en Borrón y cuenta nueva (TVN, 1998), que fue un año antes de Cerro Alegre (Canal 13, 1999). Yo era el protagonista de esta obra que dirigía Alfredo y les dije a TVN: “No puedo hacer esta teleserie”. Y lo que después supe era que ellos me querían para la que viniera después (Aquelarre), entonces me dijeron que sí a todo, y me llamaban las pocas veces que podía ir y grababa. Era un mozo en una parrillada, ¡no hacía nada! Aparecía detrás para decir “la llaman por teléfono”.
Sebastián Arrau era mi compañero de curso y, cuando salí de la escuela, con la Coca Gomez, ese año, en un taller de Canal 13, escribieron Cerro Alegre. Termine de hacer Borrón y cuenta nueva en TVN para empalmar y hacer Aquelarre, y me fui a Cerro Alegre. Dejé botados a todos los del 7, que me habían dado la pega y las facilidades. Pero en Cerro Alegre me ofrecieron un súper personaje, el “Coke Thompson”, y una historia fascinante.
¿Me sentía como Brad Pitt? (Pregunta reportero en base a pasadas entrevistas de Muñoz), ¡imagínate! Viviendo en Valparaíso, rodando en el puerto con 20 años, con vestuarista, motorhome, moviéndome para allá, ganando buena plata, ¡y en el 99! Era una especie de Brad Pitt, ¡pero guagua!, a una escala chilena, ¡pero en esa época habían diarios! Llegaba la gente, sacaban fotos y estaban las revistas, la Miss 17, TV Gama, Vanidades, Paula y la no sé qué. Era otra televisión abierta.
Caí en un canal al que le fue muy bien con Cerro Alegre, con un personaje además muy querido, porque “Coke” era un huevón de una familia millonaria que les mentía, jajaja, que les decía que estudiaba Medicina y en verdad estudiaba Arte en Valparaíso en un cerro y se juntaba con todos los viejos y las chiquillas de allá. “Coke” es un personaje al que le tengo muchísimo cariño.

Yo estaba medio emparejado y en esa época tuvimos un “quiebre”, y pololeé con una actriz. Con la Rosalía habíamos pololeado desde los 18, ¡súper chicos!, como hasta 1999, y ahí terminamos el 2000 más o menos, y pololeé con la Francisca García-Huidobro, en toda la época de Cerro Alegre; pero duramos poco, como seis meses.
En el 2001 Canal 13 hizo una teleserie de fútbol, Buen partido, que le fue como las huevas, tan como las huevas que casi tuvieron que cerrar el Área dramática. Pero había una productora externa, Nueva Imagen, en Holanda como con Sucre, e hicieron la serie nocturna Más que amigos (2002), y la exhibió el 13, y le fue súper bien. Salvé ese año y el 2003 se trajeron a la Vero Saquel, hicieron Machos y ahí empezó todo.
Lo que pasa con Machos es que cuando estás dentro de un fenómeno es imposible hacerle el quite, po’. Yo además, soltero en esa época, hacía un poco lo que quería con mi vida. Y fue fenómeno cultural también, no solamente de rating: estábamos en el Canal 13 hablando de la homosexualidad y se nos acercaba un cura para decirnos: “¡Sigan así que El de Arriba se va a hacer el leso!”. Es un proyecto que imposible no te afecte. Íbamos a Vértigo, ganábamos autos, pasajes, viajes y todo era a una escala que nunca más se ha repetido. Era otra manera de entretenerse y todo giraba en torno a la televisión.
¿Llegaba con los libretos aprendidos?... Yo creo que se me pasaba un poquitito el tejo y tenía un personaje mucho más chico (“Amaro”). Los más protagónicos eran Jorge Zabaleta con sus problemas con Gonzalo (Valenzuela) y la Mane Swett y la Jose Prieto; y por otro lado estaba el papá (Héctor Noguera), que tenía el problema con (Cristián) Campos y la Carola Arregui entre medio. Dentro de los hermanos, pasaba más piola con la profesora (Adriana Vacarezza), con quien tenía una relación más romántica y en silencio. No la recuerdo como una época tan alocada en mi vida como “conchetumare, estaba citada a no sé dónde y no llegué”.
Gonzalo Valenzuela y Benjamín Vicuña son menores que yo, y vivimos juntos en la época de Machos. Por supuesto que carretéabamos mucho, ¡imagínate!, con trabajo, juventud, belleza y soltería. Del 2002 al 2003 estuve soltero en esa casa que vivíamos en Tranquila, en Providencia, y ahí hicimos las de “Quico y Caco”. La Rosalía se fue a vivir a Inglaterra, después tratamos de volver y al poco tiempo decidimos incluso casarnos, en el 2004. Pero no funcionó.
Al poco tiempo decidimos casarnos y fuimos a unas charlas matrimoniales. Fernando González nos decía en la escuela de teatro que “este oficio es como un matrimonio: uno se casa, le entrega sus horas libres, fines de semanas y vacaciones”. Y la verdad es que sí, es TAN cierto. Me he dado cuenta con los años. En estas charlas cachamos que todo lo que a mí me hacía feliz a ella le hacía más infeliz. Decidimos tomar caminos separados, porque si me quedaba con ella iba a ser yo el infeliz, tendría que dejar todo lo que más amaba, y viceversa: ella tendría que casarse con un hueón que la haría cada vez más triste.
¿Y la fama? Creo que todo influye y también esta huevada compartida de los tres amigos (con Vicuña y Valenzuela), los tres medios famosos, pinteados, cotizados por la prensa, los canales y marcas (una especie de trío muy potente en esos años), por supuesto que le afectó a ella. Si ya conmigo solamente era difícil bancárselo, ¡multiplicado por tres!... Y eran cosas que igual quería vivir a los veintitantos años.
Un día la Rosalía me preguntó: “Si yo estoy embarazada y te llama Pedro Almodóvar para irte a hacer una película a España, ¿qué le dices?”... Súper culeada la pregunta, pero súper buena, ¡buena!... Porque sin tener que ser tan explícita era “el teatro o yo”, y me costó responder al tiro: me quedé callado más tiempo del que debería... ¿Si me hicieran esa pregunta ahora qué respondería? (Consulta reportero)... Se pueden hacer las dos cosas. Hoy, si es que no hubiera podido viajar, y realmente hubiera sido mi hijo o Pedro Almodóvar, yo digo: mi hija.
Ese no casarme también significó muchísimo tiempo con mí, en el buen sentido. Va también por no tomar el camino tan tradicional. Me separé y estuve harto solo.

Me iba a casar, habíamos buscado casa, después todo se fue a la chucha y me puse a buscar un departamento. “¿Qué voy a vivir solo con todo este proyecto frustrado?”, pensé: “¡El día del pico!”. Encontré un departamentito en Bellavista, al lado de los canales, que lo tengo hasta hoy y lo amo (lo tengo arrendado), y fue mi refugio durante quince años. Estaba muy tranquilo solo. Y me dediqué a lo que más quería: mi primer matrimonio, jaja, al teatro, a las teleseries, películas, programas, produje huevadas, le puse pino y llevé a cabo mis sueños de juventud, jeje.
Siempre me dieron ganas de ser papá. Tengo hartos ahijados, me encantan los niños, los encuentro muy interesantes, gente que va al callo y con la que aprendo mucho: no se andan con rodeos, te dicen la verdad y reaccionan de manera muy increíble. Eso es muy bacán de los niños. Nos vamos llenando de normas como “pienso esto, pero no se lo puedo decir porque al pobrecito quizás qué le va a pasar”, y lo vamos perdiendo, lamentablemente: esa frontalidad a todo evento, sin intención. Es una de las tantas razones por las que siempre me han gustado los niños.
Después de estar comprometido me costó mucho volver a pararme, la echaba de menos. Me arrepentí un poco. Después ella se emparejó y se terminó casando, ¡y eso me dolió más que la chucha! Y tenía esta pulsión paterna, si ya tenía cerca de 30 años, entonces la paternidad era algo más que natural pa’ un hombre de 30.
Quise tener hijos, quise adoptar y no pude. Fui al Sename, que tiene que haber sido entre el 2005 y el 2010.
Tuve mucho ahijados, que los tengo hasta hoy, los amo y con todos tengo una muy buena relación, universitarios ya y más chicos. Eso me sirvió de premio consuelo. También quise emparejarme, pero no lo logré. También fui donde una psicóloga para tratar de entender un poco a las mujeres, (un poco mi motivo de consulta), ¿y pololeaba? (Pregunta reportero). Fue más pinchar, huevear más que nada. En un principio no sé si buscaba algo, no lo tengo muy claro.

Cumplí todos mis sueños. Me siento súper realizado, como actor, artista, gestor y productor. Levantamos el centro Mori y fueron lindos años en todos los lugares donde trabajé. Hice un programa de cine más lindo que la chucha, Chile Corto (13C y Radio Horizonte). Después el Mori abrió una patita como audiovisual. Después apareció Fábula con la con todas las cosas que ha hecho Pablo (Larraín), y uno de sus hijos es mi ahijado, jaja. También, mucho tiempo para dedicarle a las cosas y conversar del todo, de fotografía, arte, poesía, política, hacer deporte, pasarlo bien e irme de viaje.
Puede que en Gatas y Tuercas haya sido mi primer protagónico, con la Carola Varleta, ¡pero era como Teatro en Chilevisión, po’! Entraba la Varleta y salía la la Mariana Loyola, y salía la Mariana Loyola y entraba la Esperanza Silva, que era mi vecina, y se culeaba a las tres este personaje, “Joaquín”, que le decían el “Jote” además. Entonces me tocó una demanda actoral y física mucho más grande. Era un personaje mucho más intenso, grande, cómico y malo; tenía más carne. Fue un personaje que marcó mucho más: me odiaban las minas y los hombres “¡buena, Jote!”.
El 2008 se hizo la teleserie Lola, la 1 y 2. Yo venía con muchas teleseries en el cuerpo, con una intensidad súper grande desde Cerro Alegre, Más que amigos, Machos, Hippie esto y lo otro; y Lola 1, también intenso, bacán, pero en Lola 2 empecé en una especie de velocidad crucero. Y ya estaba inventando una serie para el Mori: Karma, que la vendimos a Chilevisión, cuyo tema central era el sexo y cada capítulo se dedicaba a un subtema, y era bien chora, rica y quedó muy bien. Estábamos en la realización y actuamos también. Necesitaban que siguiera en Lola y yo estaba súper embalado y les dije: “Puedo, pero solamente el lunes y el martes”. Y tengo guardado hasta hoy ese contrato en que me dijeron: “Ya, bueno”, por tantas lucas.
Grababa lunes y martes, y el miércoles me iba a trabajar al Mori, ni siquiera por un sueldo, durante mucho rato yo poniendo plata para estar ahí. Había de todo: sacrificio, suerte, comodidad y se dieron las cosas. Pero cuando entregamos, dije: “No quiero hacer televisión un rato, y quedarme aquí en Chile será de todas maneras amarrarme”, y dije: “Necesito sacudirme, tengo las lucas, todos estos años los viví solo y siempre me ha fascinado la cocina, de chico”.
Ese verano una bailarina que vivía en París vino al Teatro a Mil, nos conocimos, pinchamos, tuvimos una especie de romance y le dije: “¿Sabes qué? Me iré a París un rato”. Y llegué donde ella, jajaja; ¡estaba embalado con vivir!... Porque después llegué para allá y no era lo que soñábamos, y todo siempre tiene un revés, y fue difícil separarse, terminar allá, solo, tirado, ¡pero pico! Tenía que aperrar nomás. Me había ido con la idea de estudiar cocina, con los cursos tomados y el profe cachado. Viví en Francia un año.
Mis cursos de cocina fueron bien hippies: era un hueón que tenía muchos años de circo y que se había aburrido de la academia, los restoranes y de las estrellas Michelin. En su departamentito chiquitito hizo dos comedores. Y saqué una especie de título, muy hippie, pero me sirvió bastante para perderle el miedo a la cocina, que no era algo de manual. Teníamos recetas, seguíamos ciertas cosas y el hueón no hablaba un carajo de inglés ni español, entonces se hacía más difícil (yo tampoco hablaba francés). Si de algo me acuerdo era que nos decía: “No le tengan miedo (...) La cocina francesa no es tan sofisticada como la pintan. Lo que pasa es que a Francia la salvó la papa, porque estaban bajo tierra, caían las bombas, destruyeron todas las casas, pero se salvó lo que estaba bajo tierra, ¡la papa y la cebolla salvaron a este país!”. Y de platos como el Coq au vin decía que “es un gallo y, como es tan duro, hay que aflojarlo en vinagre dos días, y parece un plato de larga (preparación), ¡pero es porque sino no te lo puedes comer, ¡no es que la huevada sea sofisticada porque nosotros somos enrevesados!”, ¡las hueas! Todo tiene un origen: LA GUERRA, la destrucción y lo difícil.
Un día, en el 2009, me escribió el productor de la Quena Rencoret, Pato López, para decirme que se venía el bicentenario en Chile, se iba a celebrar con tuti, que TVN era “el canal de Chile” y que la Quena quería hacer Martín Rivas, y que yo lo hiciera. Y me pareció una súper buena manera de volver a Chile.
Cerré mi vida en Francia, mis cursos, mi relación y mis maletas, y me vine a Chile... Con la bailarina no seguíamos por aquí y allá; teníamos unos poquitos vínculos, porque eran los chilenos que conocí en París, entonces si no la veía a ella era a algunos de sus amigos. Después de que nuestra relación se terminó, me aguantó un ratito hasta que encontré mi lugar. No era tan fácil solo. Fue buena onda. No tenemos ningún tipo de relación, tampoco la sigo en Instagram ni mucho menos, pero sé que es una extraordinaria profesional de flamenco. Tengo más que claro que lo que haga lo hará bien... La cagó: no hablaba ni me acordaba de ella hace mucho tiempo, jaja.

En Martín Rivas me costó un poco adaptarme. Pero creo que está bien que las cosas cuesten un poco. Me hubiera creído menos a mí mismo si hubiera intentado “demostrarle” al mundo que me la podía. Prefería aceptar que no entendía muy bien lo que pasaba, hablar con la Quena y pedir ayuda. Sentirme perdido, estar extraviado, creo que es parte de los procesos creativos.
Uno necesita seguridad para pararse arriba en un escenario, no es solamente el texto y el vestuario: necesitas cierta certeza. Pero para llegar a esa certeza a haces ese camino; y por algo los ensayos son a puertas cerradas, privados, porque son de mucho error (por algo no se venden funciones de los ensayos). Y con las teleseries pasa lo mismo, sólo que a menor escala: ensayas muy poquito y te lanzas. Creo que llegar listo es medio sospechoso, ¡es imposible! Sentirse un poco perdido no es tan terrible y bastante natural.
¿Una teleserie favorita? Machos, sí, ¿pero sabes? Cerro Alegre también fue una teleserie súper marcadora, con todo esto de ser la primera vez, muy chicos y nos fue muy bien. Y había un elenco increíble: Jorge (Zabaleta), la Paz Bascuñán —con quien también éramos compañeros de Saint George’s— , la Ingrid Cruz, Estaba, Roberto Poblete, Remigio Remedy, Cristián Campos, María Izquierdo, Walter Kliche, Cata Pulido, Pancha Merino, Juan Pablo Sáez, Alejandra Herrera, “Pata” Guzmán, Malucha Pinto y en fin.
A mi señora, Sofía Heiremans, la conocí como a los 36 años. Yo siempre había estado en la parada de ser papá; pero también esto es de a dos (traté de hacerlo solo y no pude). Tuve mis años en el departamento, pero no encontré a una persona que me pareciera adecuada. Y la Sofía sí me pareció, y ella era súper joven, y no quería todavía, jaja; tampoco puedes obligar a nadie, pero me parecía una extraordinaria mujer. Y no me equivoqué. Es una fantástica madre, una gran compañera e hice bien en no presionarla, porque yo ya había vivido cosas que ella todavía no.
Después del accidente en moto siempre tengo un poquitito de tortícolis y un poquito cagado el hombro, el manguito rotador. Tengo un fierro metido aquí adentro (Muestra una cicatriz en su antebrazo) y toco piano, y hay veces que me duele muchísimo. Es imposible no quedar con secuelas si algo que era natural ahora ya en algunas partes es artificial. Si quiebras algo —aunque hay unos chinos que pegan con oro, jaja, igual pegas— no es lo mismo que había antes, que era algo limpio.
Dejé de andar en moto para siempre. Es que esta es la pyme (el cuerpo), jaja, hay que cuidarla. Me quebré tres costillas, una me pincho un pulmón, y me quebré once huesos de un golpe, entonces creo que tuve mucha suerte de que esa energía no fue mayor, porque si era un poquito mayor me mataba. Tuve mucha suerte de dónde me pasó, que mucha gente me pudo atender ahí mismo, y también de que entendí: suficiente. Había andado 20 años seguidos en moto.
El año del accidente ya había dicho: “¿Qué tal cómo me va sin fumar pito ni tomar trago?”. Todo me lo pagó el seguro obligatorio y le gané el juicio al hueón que se me cruzó, y todo GRACIAS A LA SOBRIEDAD. Y me saqué la chucha, me sacaron sangre por todos lados, todos los tests habidos y por haber, y en todos salió negativo. De partida, confirmé la importancia de la sobriedad, ¡en términos prácticos! Creo que esa fue una súper señal y sacada en limpio de decir: “Está bueno este camino”.

Mis papás estuvieron siempre casados, tenían casi la misma edad. Murieron los dos, juntos, en la playa, con un par de años de diferencia. Mi mamá, hace casi cinco, cuando mi mujer estaba embarazada, con una enfermedad neurodegenerativa hace varios años y se fue apagando de a poquito, pero súper acompañada, alegre y resiliente, y nunca quiso un bastón ni nada, y le metió hasta que ya no pudo más. Y murió de 76.
Mi mamá no pudo conocer a mi hija. Pero son del mismo signo, las dos Tauro, entonces quiero creer que hay algo en su manera de ser. No cacho muy bien cómo son las personas del signo Tauro, pero me gusta “aferrarme” a eso de que mi mujer favorita Tauro se murió y ahora me llegó una nueva mujer favorita que también es Tauro. Esa huevada me da un poco de alegría. Pienso que por ahí se comunican. No sé bien lo que estoy diciendo, pero como que hay algo ahí.
El reloj corrió, llegamos a un punto medio, tuvimos a la Delia y de verdad que es un regalo en que todos los clichés son verdad, jajajaja.
A mi hija le armé un nido, le fui trayendo los palitos, experiencias buenas, malas y más o menos, platita ahorrada, experiencias con amigos, el FOMO y millones de huevadas. Hoy se lo tengo armado a mi hija que, con todos sus defectos, ¡es un nido! A mi medida. No la abandoné. Hay hueones que dicen: “¡Puta madre!, me perdí la infancia de mi hija, por priorizar el trabajo”. Yo ya trabajé. Cuando nació mi guagua, le dije a mi mujer: “Este primer año no trabajaré, estaré en la casa, para lo que necesites: soy el mayordomo de esta casa”. Me ofrecieron cosas y les tuve que agradecer enormemente... ¿Qué hago yo con la buena suerte? Agradezco al cielo, a mis viejos muertos y a mi vida.
Hace cuatro años que soy papá, le saco 46 años a mi hija, pero es exquisito: me voy del canal a mi casa y no hay nada mejor que estar con mi hija. No tiene comparación ni precio. Llego cansado y todo, pero no salgo de noche, no tomo y no tengo caña. Dejé de tomar un poquito después de que fui papá. Además empecé a hacerme psicoanálisis, y ese fue para mí el mayor de los descubrimientos.
Había hecho muchas terapias y en algún momento descubrí a una sicóloga. Mi suegra, una gran psicoanalista, me recomendó a un gallo y con él no hicimos match. Esto se trata de tener confianza, porque al final lo que haces en una sesión es ir en búsqueda de lo que está más abajo y profundo, lo que te lleva a hacer tales cosas, que a lo mejor no te gusten, como las drogas, el alcohol, escapes y adicciones a millones de cosas, a las personas, ropa, compras o plata, que son el calmante de algo que duele de antes. Y las terapias sirven para eso; pero el terapeuta es muy importante, y salí a buscarlo, y nuevamente tuve muchísima suerte, porque hay gente que no encuentra o no tiene las lucas.

Fumé marihuana como desde los 20 o 25. Siempre estuvo. Nunca sentí que fuera un problema. Eran otros tiempos, otro yo, tenía otra edad, no tenía cómo ver, prever y ni precaver, entonces era lo que tenía ganas de hacer y así lo hice. No es que diga “no me arrepiento”, en cambio: “Así lo hice y así está”. Podría haber tenido quizás más control sobre mi vida, o sobre mis personajes, y quizás haber hecho MEJORES interpretaciones de las que hice, porque creo que la marihuana — en vez de ser un impulsor— es un depresor. Esa huevada te cuesta entenderla cuando estás dentro. Además es una sustancia que te permite ser súper operativo, entonces es súper engañosa; puedes criar, manejar, actuar y “llevar una vida”.
La marihuana empezó a desorganizarme la vida. Fue mi máximo descubrimiento, porque estás súper acostumbrado, si vivía con la huevada. No me pasó nada tan heavy, pero me daba cuenta de que las ganas de hacer cosas después caían en una nada, en un una lista que ahí quedaba, y después al día siguiente decía: “Chucha, no las hice”, y en un olvido. Es como una escafandra: estás, me ves la cara, pero en verdad estás más bien solo. Además el consumo cambia con los años. Eso que pasaba a los 20 o 30, ya a los 40 no es lo mismo, no tiene un efecto tan “entretenido” o “agradable”; lo empiezas a dejar de sentir, pero aún así lo sigues haciendo.
Por el psicoanálisis dejé la marihuana. Llegué a donde mi psicoanalista por varias razones, no por un motivo preciso, y le dije: “Yo los pitos no los dejo ni cagando”. Así partí. Y ningún problema, seguimos conversando, diferentes temas, y de repente empezaba a ahondar, dejaba de dar vueltas; es re fácil ir a la sesión y orbitar el problema, en vez de entrar a picar, y después te das cuenta que los 45 minutos vuelan: hay que ser aplicado. Y me lo dice ella: “Te diste más vueltas”.
Llevo años de terapia con mi psiconalista. Feliz de hacer psicoanálisis toda mi vida. ¿No te da miedo volverte muy dependiente? (Pregunta reportero). No, jajaja. Venimos conversando de muchas cosas hace mucho rato, y básicamente es que entre los dos pensemos acerca de algo que me pasó, un sueño, un deseo o una persona. El psicoanálisis, más que “psico”, es análisis de cualquier huevada que traigas; y en ese sentido, los sueños sirven mucho porque hablan de tu inconsciente. Muchas veces pueden servir para divagar, indagar y asociar.
El psicoanálisis es una herramienta a la que creo que todos deberíamos, por lo menos alguna vez, tratar de acercarnos; hace muy bien y te ayuda a encontrar lo que no le has dicho a nadie. Uno le cuenta a los amigos, a la mamá o persona con mucha confianza, pero hay millones de cosas que uno no cuenta a nadie y que tienen MUCHO que decir, y es muy interesante cuando las sacas, porque, primero, no pasa nada, y uno cree que se acabará el mundo cuando dices lo que te has guardado durante 30 años; y al otro lado hay una persona que te dice: “Ah, mira, a raíz de eso...”. Y yo decía: “Chucha, no es tan heavy”. Y ahí está la clave, diría yo, para iniciar un camino de autoconocimiento, de búsqueda, fortalecimiento de ciertas debilidades o encontrar mecanismos para salir a la calle tranquilo, en paz. Y si la persona al frente te da confianza, te vas a abrir; y si te abres, tienes un alto porcentaje de éxito asegurado.
A mí la sobriedad —que tampoco tomo— me ha hecho sólo ganar, desde que inicié este camino. Es muy distinto el aprovechamiento del día, de las horas y el ciclo del sueño: acostarse y levantarse temprano básicamente. No tomaba tanto, pero por supuesto que si tomas el jueves te repercute en el viernes. Nunca tuve tantos problemas con el alcohol, no fue la razón por la que tuve que ponerle ojo a la vida. La marihuana era mi hábito.
Miro con el tiempo y me doy cuenta de que no existe mejor droga que la sobriedad… Pero también tuvo su momento, brillo, luz, sombra y un aprendizaje. Así como tuvo también cosas buenas y malas, hoy, gracias a que lo miro con distancia, es algo que creo que no volveré a hacer, porque no me trae ningún beneficio y de verdad que no se lo recomiendo a nadie.
Tiene buena prensa la marihuana, sin duda, es un tremendo negocio, está cada vez más normalizado y arriba de la mesa; hoy nadie se esconde para ir a fumarse un pito. Pero yo creo que es mucho más depresora de lo que la pintan. Y justo, cuando eres más joven, menos la necesitas: necesitas el impulso para levantarte en la mañana y no quedarte con esa lista culeada “de voy a hacer esto, después esto esto, después a comprar esto y después ir a ver a no sé quién”... y llega la noche y no has ido a ver ni siquiera a no sé quién... Es, quizás, para más viejo, cuando ya no tienes tanta responsabilidades y el impulso de hacer las cosas va bajando, más anciano, jajaja.

¿Tendría más hijos? (Pregunta reportero)... Hoy, por el momento, estamos súper bien.
¿La muerte de “Pancho” en Hippie (2004) fue más brígida que la de “Coke” de Reunión de superados? ¡No! Yo no tengo el recuerdo de que hayan sido ni siquiera comparables: aquí quedó la zorra. Nunca me había enterado. Quizás existía las redes sociales como hoy, en que cada persona te dice lo que siente y lo que le pasó.
“Coke”, de Reunión de Superados (Mega), que tenía una adicción con el alcohol, sin duda me generó reflexiones. Me pasó que es como verme en el futuro. Mi hija es súper chiquitita y yo decía: “Esto es lo que no quiero, ni cagando, para mi hija”, como tener que vomitar, lavarme la cara y después ir a atenderla y ayudarla. Fue una confirmación del camino que he tomado. Es nuevamente la suerte que te dice: “Es lo que podría haber pasado”... y es lo que podría pasar también, ¡si uno nunca está libre de nada! La vida es muy rara, y tiene vueltas insospechadas; pero es ahí donde creo que el psicoanálisis sirve mucho para estar preparado ante eventualidades —dolores, pérdidas, orfandad y millones de cosas— por las que uno podría decir: “Evadamos”.
Creo que nuestra relación con mi papá, para poder mantener a los cinco bajo control, era de arriba hacia abajo, y después la mantuvo. Y se acostumbró; y aunque uno creciera, y lo fuera pillando en edad, siempre la mantuvo. Y en la terapia me fui dando cuenta de que de que también yo lo estaba permitiendo. Hasta que un día fui y se lo dije: “Tenemos grandes diferencias, las tendremos siempre, pero tenemos que tratarnos y conversar como dos adultos, la altura y capacidad para salvar las diferencias e ir un poquito más allá: mirarnos a los ojos y conversar. Quiero saber tu opinión. Quiero saber qué opinás tú del ministro Quiroz”.
Fumé marihuana muchos años y eso creo que siempre fue una razón o manera para sostener esta visión del hijo como más un “niño”. Y cuando decidí dejarla, hace un par de años, por un lado, yo no tenía nada que esconderle a mi papá. Me senté en la mesa no como el “hijo volado” que está escondiendo algo. Eso ayudó mucho a que pudiéramos restaurar nuestra relación.
La orfandad es heavy. Tengo los teléfonos de mis dos papás en el mío: “Mamá”, con unos whatsapps del año de la goma; y mi papá en su último whatsapp me escribió una hueá más linda que la chucha... Y por mucho que le escriba “oye, huevón...”, nadie me responderá. Esa huevada: es súper heavy... Pero, como es irreversible, es como si se pone a llover, no tienes paraguas, y no hay de dónde chucha sacar uno, entonces tienes que cachar que al principio mojarse pa’ la cagá es incómodo, raro y no estás acostumbrado: pero se puede vivir, ¡se puede vivir bajo la lluvia! Y todo está en ti. Por eso insisto en que el psicoanálisis es mi gran paraguas interior que me permite vivir lo que me toca, po’, y no hacerle el quite, sino que darle a la tormenta, de cara a la lluvia, ¡y pico! Tampoco es pa’ siempre. Nada es para siempre.

Hay algo muy bonito que dicen unos monjes de no sé de dónde chucha (budistas o taoístas), que hablan de la “impermanencia”, que nada permanece. Tampoco esta tormenta permanecerá para siempre. Tendemos a querer refugiarnos en esos buenos recuerdos, en esa buena experiencia, y ahí quedarnos, tratar de que permanezca y estirar ese chicle lo más posible, haciéndole el quite. Y nada es permanente, ni lo bueno ni lo malo. Es bonito enfrentar la vida de esta especie de “impermanencia”. Ya no tengo el mismo cuerpo ni ganas que a los 20; hoy tengo 50 y soy otra persona. Soy fiel testigo de que ya no soy ese, todo mi cuerpo y mis células cambiaron, aunque me sigo llamando igual, tengo los ojos café y me reconocen por mi nombre y apellido. No soy NADA de lo que era ese huevón, el nombre nomás.
Entonces, es choro ser huérfano y mirar para adelante porque hoy me toca darle sombrita a mi hija. Mi mujer, la mamá de esta personita, tiene a sus dos papás vivos y yo los tengo a los dos muertos, entonces la vida va así nomás. Pero es bonita.
¿Lloraste lo que tenías que llorar? (Pregunta reportero). Por supuesto, sí, sí. Tengo mis bajones, y también hay que darle el espacio a la pena, y llorar, y llorar tranquilamente. Yo lloro con mi hija, lloro con mi mujer, y lloro con la familia de mi mujer, y lloro con mis hermanos. Y creo que hace bien, no hay que guardarse el llanto, sino que al revés: sirve mucho, porque hay un momento en que es una especie de masaje. Y después ya no queda más mucho más que llorar... ¡Ya lloraste heavy! Llorar es muy raro, y sale agua con sal. Es un fenómeno fisiológico muy particular. Esa huevada algo hace por dentro y de ahí, ¡pa’ adelante!
Mi familia “desapareció” porque mis hermana vive en Estados Unidos, mi hermano chico vive en Sur y mi hermana grande vive en la playa; y mis papás, muertos. De una familia muy abultada a una muy disminuida.

La televisión un poco te permite estar harto tiempo con el mismo personaje, entonces descubres varias aristas, o enfrentarlo a más situaciones que exclusivamente las que pueda tener en una película, obra de teatro o serie. Las teleseries tienen eso: los personajes se ven enfrentados a una gama de conflictos súper amplia. Y Prohibida obsesión no es la excepción.
Me gustan todos los formatos. Afortunadamente he podido hacer de todo en mi vida: muchas películas, series, obras de teatro, musicales, teleseries, radio, conducido programas, producido, dirigido, y hasta traducido obras que después he dirigido. Más que sentirme cómodo en un lugar, me siento muy agradecido de la vida que me ha permitido tanto actuar como estar delante, al lado y detrás. Hay harto trabajo, harto sacrificio y muchas ganas detrás, pero también hay mucha suerte.
¿Por qué me tenía tanta fe la Quena Rencoret con mi personaje en Prohibida Obsesión?... Habría que preguntarle a ella.
¿En qué he tenido suerte? Por ejemplo, Prohibida obsesión no es un proyecto que yo he sacado adelante: me llamaron. Para la mayor cantidad de trabajos en los que he trabajado me han llamado. Y para eso se necesita una cuota de suerte, porque hay un universo de actores de mi generación bastante grande. Creo que hay personas con más y menos suerte. Me considero un tipo con suerte.
¿La pinta y la facha aportan en esa “suerte? (Pregunta reportero). O sea, hay una cuestión que es el impacto estético, que es real. Uno no se puede desligar de eso: ves venir dos personas, niños o viejos, y el que estéticamente te parezca más interesante, bello, activo o impactante te llevará a abrirle los brazos o a inclinar tu mirada sobre él o ella. Sin duda también ha ayudado, y también es algo que yo no hice ni construí. Es suerte, po’. Es con lo que uno nació. Tampoco entraré en esa dinámica.

Hay una cuestión cultural también: a los hombres se nos trata distinto con el tiempo, menos severamente, en lo social, cultural y artístico. La mujer entra también en esa misma dinámica machista, lamentablemente: tener en el inconsciente el terror al paso del tiempo porque vendrá una mujer más joven a ocupar su lugar, en el trabajo, la pareja, la familia y relaciones. Eso también es una suerte: es algo a lo que no me he tenido que enfrentar.
Pasé a ser un “galán maduro”. Pero también pasa en la casa, más allá de lo artístico, es cultural, un machismo instalado en el planeta, aquí, en Estados Unidos y en Asía: el hombre se ve bien o tincudo con guata o canas. Es algo que a los hombres no nos molesta y a las mujeres tampoco: está instalado. Viene desde siempre y creo que hoy, recién, con la gran oleada feminista está empezando a instalarse un poco el intentar que nos sintamos cómodos con el cuerpo que tenemos. Falta mucho todavía, las mujeres compiten entre ellas. Nos compete a todos, pero lo padecen muchísimo más las mujeres.
Ya tengo 50 años, ¿siento la presión de verme joven? (Pregunta reportero)... ¡Es que no tendría ni una arruga, estaría así (estirado), y tengo mis canas y mis años, ¡y no me he operado nunca de nada! Y nadie me ha mandado, porque acá la hueá es indirecta como “oye, ¿y? ¿Las canitas cuándo?” o “la guatita, ¿cuándo te operas?”.
El paso del tiempo lo siento en mi cuerpo. Antes tenía mucha más resistencia, para todo. Antes era mucho más fácil estudiar, sostener, y estar en dos o tres proyectos. Pero eso, por lo menos a mí, me ha llevado a un autocuidado mayor, a hacer terapia, a dejar ciertas cosas, tomar otras y amoldarme a mi edad. Y esta misma suerte me permite estar tranquilo, no estar con ese FOMO tan particular del ser humano cuando joven, como “estoy aquí, ¿qué me estoy perdiendo allá?”.

¿Sólo estoy con la teleserie? Y con un par de cosas más, pero las tenía ya pactadas antes de empezar esta, entonces cuando salí de la otra (Reunión de superados), y entré a esta, eran dos películas en las que estaría —que ya las filmé las dos—, entonces ahora estoy solamente con esta. Y me invitaron a participar en un musical en homenaje a mi maestro, Fernando González, y lamentablemente tuve que decir que no, porque ya era demasiado, y el poquito el ratito libre me tendría que ir a ensayar para estrenar ahora. Y se echa de menos un homenaje, el teatro y un musical (me fascinan los musicales, que además son un género que lleva a mucha gente a las salas).
Íbamos a hacer una película de Machos, pero se murió el “Tito” (Noguera) y después a (Cristián) Campos le quedó la cagada, entonces se ha ido aplazando el proyecto. Pero puede ser que se haga. Este huevón de Zabaleta se llevó a la Vero Saquel (productora ejecutiva) a Mkzeta, entonces quién sabe lo que pueda salir de ahí... quizá no es la película, pero es “Machos 20 años después” en Canal 13.
No creo que haya ni Cielo ni Infierno. Creo que la vida es una, que está aquí en la Tierra; y que uno decide si uno se la hace un infierno o un paraíso.

La muerte creo que se hace más latente, sin duda, cuando las bombas empiezan a caer más cerca de uno. Y aprovecho más los días, agradezco más la vida que tengo y la hija que tengo. Ese momentito, la raya que hace en una pared: en vez de enojarme, ¡me encanta!, porque digo “esta pendeja en dos segundos ya no va a estar acá y esta rayita me recordará este momento que fue tan lindo”. Prefiero vivir más así, porque la vida es un suspiro.
Me siento en el mejor momento de mi vida, con más pega, con una guagua exquisita, con mis hermanos cerca, familia, amigos, proyectos, un nido armadito y con ahorros, preparado también por si se viene un invierno muy crudo.
Cuestionario Pop
Si no hubiera sido actor me habría gustado ser doctor.
Un apodo es “Yeyo”, que es como “Diego” pero en fácil.
Un sueño pendiente es recorrer Australia.
¿Una cábala?... No tengo.
Una frase favorita es... “nada como el psicoanálisis”, jajaja.
Un trabajo mío que no se conoce es que fui “Viejo Pascuero”.
Mi primer sueldo lo gasté en una filmadora, una handicam.
Algo de lo que me arrepiento... es de no haber reaccionado antes, a todo.
¿Un actor o actriz que admiro?... Varios, pero admiro mucho, por su talento y verdad, a Roberto Farías.
Un actor chileno que es mi amigo es Gonzalo Valenzuela, ¿y Benjamín Vicuña? Es que el Benja vive mucho más en Argentina que acá. Con Gonzalo tuvimos un taller de boxeo, pero yo vendí mi parte para la pandemia y vendió ahora la suya.

¿Un talento oculto?... Tengo muchísimos, jajaja... La cocina, toco piano, dibujo bien, juego golf, buceo y hago puras huevadas. Heredé el gusto por el golf. Me encanta.
Una película que me hace llorar es... ¡millones!... No sé.
Un miedo es a extraviarme.
No creo en el horóscopo. Creo en el ser humano.
Si pudiera tener un superpoder me gustaría poder sanar.
¿Un placer culpable?... Puede ser el cigarro, pero no sé; es raro el concepto. Sería la raja dejar el cigarro. Fumo entre cinco y diez puchos al día.
Si pudiera invitar a tres famosos de la Historia a un asado invitaría a Kissinger, Gabriel Valdés y Alejandro Goic.
Diego Muñoz ni él tiene claro quién es. Hay tantos “Diego Muñoz”, es como un nombre y un apellido. Además uno es tan distinto a lo que fue. Cree que es un momentito nomás.
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