La Firme con Josefina Fiebelkorn, actriz: “Uno se complica al tener un hijo; pero es tan rico, soy la más feliz, y tendría más”

Josefina Fiebelkorn, actriz y cantante chilena, posa para entrevista en el Teatro Nescafe de las Artes.

Foto: Luis Sevilla
Josefina Fiebelkorn, actriz y cantante chilena, posa para entrevista en el Teatro Nescafe de las Artes. Foto: Luis Sevilla

La actriz y cantante alista un concierto tributo a Luis Miguel y Chayanne en el Teatro Nescafé y, mientras, en entrevista con La Cuarta repasa su vida y carrera, desde penas y alegrías de juventud, su salto a las teleseries, su maternidad y matrimonio, hasta su devenir musical: “A veces uso las canciones para decir cosas que quizá no he sabido decir con palabras”, admite.

“Soy súper buena para responder corto”, lanza Josefina Fiebelkorn Correa (35), con humor, sentada en el hall vacío (por ahora) del Teatro Nescafé de las Artes, en Providencia, porque, en realidad —al menos hoy—, tiende a explayarse, contestando a cada pregunta, pero sin apuro, dando alguna vuelta en el trayecto. Luce una renovada y ondulada melena, con destellos rubios; y comenta que, en su caso, los cambios de look son una forma de “olvidar” personales, y pasar al siguiente.

La actriz y cantante será una de las protagonistas del Concierto Tributo Luis Miguel & Chayanne: una noche para cantarlo todo —junto a colegas como Vivianne Dietz, Francisca Walker, Montse Ballarin y Carmen Gloria Bresky—, show en que interpretaran hits de ambos vozarrones latinos en las funciones 31 de mayo, 1 y 2 de junio, a las 20:00.

“Parece que habrá una historia que ligará las canciones y que iremos atravesando un viaje”, aunque “no lo tengo muy claro aún”, advierte a La Cuarta quien ya lleva una década adentrada en la carrera musical; de hecho, aún busca concretar la banda con su marido y colega, Jorge Arecheta, mientras priorizan la crianza de su pequeño retoño, Borja.

En conversación con La Firme, junto con adelantar la nueva puesta en escena —y su vínculo con las voces de “La incondicional” y “Torero”—, Josefina repasa su propia historia, desde su infancia cantando con sus primas; la separación de su madre; el complejo reencuentro con su padre biológico cuando estudiaba para actriz; su salto a las teleseries, la exigencia de Vuelve temprano (TVN); las luces y oscuros de la actuación; su lado de cantante; la decisión de ser madre (marcada por Solange Lackington); su alejamiento de los melodramas; pormenores varios de su matrimonio en marzo; proyectos pendientes… Eso y más, acá.

LA FIRME CON JOSEFINA FIEBELKORN

Con mis primas maternas, que son mis hermanas, íbamos harto a la playa, a Concón. En los viajes, de ida y vuelta, cantábamos. Nos gustaba mucho un dúo que se llamaba Ella Baila Sola. Mis primas eran súper afinadas y secas. Un tiempo vivimos juntas; todos los ‘mini tormentos’ de infancia, como problemas de los papás, con la compañía de ellas fuimos dándole la vuelta. Entre shows, bailes, canciones y experimentos que hacíamos, está el corazón de mi infancia.

Aprendí mucho a cantar escuchando a mis primas, que lo hacían de manera muy intuitiva, a los ocho años. Fue muy bonito verlas cómo y lo que hacían cuando cantaban; viven juntas y se siguen nutriendo creativamente. Empecé a cantar en la forma de ellas. Al principio no me consideraba una persona afinada, para nada. Siempre he sido ronca. “Lo mío no va por la música”, pensaba, jajaja. Me metí más por el mundo del piano y sentí más conexión con la música. Siempre me gustó cantar pero no me consideré capaz.

JOSEFINA FIEBELKORN
Josefina recuerda cómo sus primas se fueron su primera influencia en el canto, siendo, al parecer, más afinadas incluso que ella misma. Foto: Luis Sevilla

La música, los juegos y el arte siempre fueron una fuga para mí, para salir de lo denso que podía ser mi entorno. Era un espacio de liberación. Cuando iba en el auto con mi mamá, en vez de meternos en conversaciones que uno no quiere tener, jajaja, poníamos música y cantábamos. Cuando íbamos en viajes largos, si nos íbamos al Sur, poníamos música. Me sabía los discos de corrido, enteros. Mi conexión con la música, el arte y la creación marcaron harto mi infancia y mi vida hoy.

Digo que era “denso”, porque mis papás son separados; uno vivía ese tipo de dramas y temas con hermanos y hermanas... En todas las familias se cuecen habas, como dicen, jajaja. Mi infancia en particular, fue el periodo más difícil de surfear. Pero hoy siento que de ahí saco mucha fortaleza y garra, y empatía con la gente que a veces no lo pasa tan bien. Y siendo parte de mi historia es lo que me forma y completa como artista.

Me portaba pésimo en el colegio... no tan mal, pero me catalogaban de “líder negativa” y esas cosas. Pero porque siempre me ha gustado hacer reír… Con mi pareja llevamos doce años; con el humor igual se surfean doce años, jajaja… Siempre me ha gustado hacer reír a mi mamá, a mi papá y amigos. Inventaba estupideces, llevaba a la gente a hacer huevás; pero nunca hacerle daño a alguien. Quizás ahí estaba mi fuga, jajaja, en hacer maldades y jugar con los límites. Me produce mucha gracia.

JOSEFINA FIEBELKORN
"Quizás ahí estaba mi fuga, en hacer maldades y jugar con los límites", recuerda sobre sus tiempos escolares. Foto: Luis Sevilla

Competía en atletismo, en los 100 metros planos, salto alto y ganaba medallas. No perseveré, porque me puse a carretear. Encontré divertido salir con los amigos, en la noche; y no es compatible con el rendimiento de un atleta, por lo menos el que yo tenía, de acostarme temprano con competencia viernes, sábado y domingo, y casi todos los fines de semana. Quedaba fuera de un universo que también me atraía mucho.

Veo con la distancia y digo: “Qué tontera”. Quizás en ese minuto estaba más influenciable por mis compañeros y por mis pares, y necesitaba más aprobación de ellos, y dejé de lado esto otro que me apasionaba, que además me daba estructura, me permitía evolucionar, crecer; y lo otro es todo lo contrario. Se me aparecieron dos mundos: la disciplina y la perseverancia, y quizás seguir compitiendo en la universidad; y este otro, pertenecer a grupos, ser aceptada o no. Qué pena no haber tenido a alguien —o yo misma— que me hubiese dicho: “No, ahí de verdad no hay nada; por este otro lado puedes descubrir mucho más de ti misma y llegar a los límites que tanto te gustan”. Me fui perdiendo un poco, jajaja.

Hay deportes como el tenis, que son súper solitarios, pero el atletismo tiene equipo. Viajábamos juntos, en el colegio nos íbamos a concentraciones las dos semanas previas al interescolar a entrenar. Se armó un equipo muy bonito que lo vi reflejado cuando entré a estudiar Teatro. Son dos espacios muy parecidos: cada uno somete sus habilidades a una competencia o espectáculo. Tienes que estar para el otro compañero, recibiendo, escuchando, atento; lo mismo pasaba con la posta. Si te vas en la soledad, individual, haces perder el equilibro al resto. Por eso también agarró tanta fuerza esa decisión que tomé a los 18 años, de estudiar Teatro.

Decidí estudiar Teatro con una idea: era entretenido, estaba estudiando la carrera más entretenida que un ser humano podía estudiar. Lo pasaba muy bien, lo disfrutaba, a veces no; era ir a clases a bailar, actuar y cantar. Pero después te das cuenta cuando sales: “Wow, qué heavy, esta decisión la tomé para el resto de mi vida”. Tienes que encontrar una manera de sobrevivir en este mundo, haciendo teatro; no sólo es el “viaje” de estudiarlo. Pero ha sido significativo encontrarle, resignificarlo y darle vuelta para que sea un espacio todavía de crecimiento.

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Josefina repasa los episodios de su infancia (algunos menos felices que otros) que, de alguna manera, la llevaron hasta el Teatro. Foto: Luis Sevilla

Tengo un padre adoptivo; y uno biológico... Cuento corto: mis papás se separaron, la relación no avanzó muy bien, como muchas parejas que se separan en el mundo. Conocí a mi papá adoptivo muy chica, a los siete u ocho años; y perdí contacto con el biológico. Me cayó bien desde el principio, y siendo gringo, sin hablar tanto español, nos entendimos súper bien. Fue como amor a primera vista: me cuidó, acogió y preocupó de todo, sin que mi mamá ni yo se lo pidiera. Encontré un papá que necesitaba, súper presente, cariñoso y afectivo, atento y detallista, a su manera; los gringos tienen una manera muy distinta de demostrar cariño. Fui creciendo con él, y gracias a él llegué al mundo del escenario.

La primera vez que fuimos a San Francisco, Estados Unidos, de donde es mi papá, a conocer a mi abuela y tíos (adoptivos), fuimos a una obra musical. Yo nunca había visto un musical en mi país; llegué a este espectáculo y fue: “¡Wua!”. Era como presenciar un espectáculo divino, de dioses, una fiesta, un ritual, algo que sobre el escenario se volvía real. Hasta hoy me acuerdo de cómo salí, de la ilusión, del corazón cómo me latía.

Cuando nos fuimos a vivir con papá adoptivo en Chile, trajo cajas y cajas con discos, y teníamos un lugar para el equipo de música, con Carlos Santana, Los Beatles, Jimi Hendrix y toda la música icónica. Como no existía la tele, el teléfono ni nada, pasaba tardes metiendo estos discos y escuchando. Él me decía: “Vi que estabas escuchando esto, podrías escuchar este otro”. Empezó a nutrirme.

En la posibilidad que tuve de hacer arte y teatro, y estudiarlo, mi papá fue el que me apoyó. A veces en familias que los contextos son más precarios o más difíciles, es inimaginable decir: “Ya, dedícate al arte”. Vio que yo en el colegio hacía shows, espectáculos y organizaba bailes; confió y apostó por mí. Fue un camino que emprendí muy de la mano de él. Y mi mamá tuvo que convencerse nomás, le daba mucho más miedo que me metiera en este universo.

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"Mi mamá tuvo que convencerse, le daba mucho más miedo que me metiera en este universo", recuerda Josefina sobre su ingreso al Teatro. Foto: Luis Sevilla

Durante cuatro años, desde los diez a los quince, tuve que ir a terapia para que los sicólogos vieran si estaba siendo obligada o si era mi voluntad cambiarme de apellido. Fue antes del cambio de ley, que si una persona quería someterse este proceso de “mitad adopción” debía pasar por ese periodo largo como si te adoptaran ambos. Ahora es un proceso mucho más expedito. Al día de hoy sigo haciendo terapia, me encanta, no me imagino sin ella. Ahí inició un camino de descubrir “de qué se trata esto”. No me gustaba nada que mandaran a terapia, “qué paja, hablarle huevadas a él (el sicólogo), que no me conoce”. De a poco fui encontrándole sentido. En el periodo de adopción, como era muy largo, uno pasa por dudas, como “por qué estoy haciendo esto”. Sirve para que vayas encontrándole real sentido a la decisión que tomas, y que no sea un papá o mamá por ti. Finalmente terminó siendo algo positivo.... pero entiendo que para muchas personas se vuelve tedioso y diga “no hagamos esto, dejémoslo así”.

Que te cambien el apellido a los quince años es pajero, porque tus amigos están como “qué hueá, qué pasó”... Long story, ¿para qué te voy a contar?”, pensaba yo... Inventan cahuines y rumores, y tenía que aclarar “no, mi papá no se murió en la guerra”, jajaja... Pasa algo loco con la identidad, porque la gente te hace preguntas y más preguntas, y uno duda, y a los quince era pendeja. “¿Por qué lo hiciste?”, preguntaban. “¿Dónde está tu papá? ¿Está vivo?”. Se empujan preguntas que, quizá, no quieres contestar a un hueón x. Fue complejo lo que vino post cambio de apellido, integrarlo a esta nueva vida. Pero de a poco he sentido que mi papá biológico ha sido demasiado importante en lo que es lo que soy hoy día: me siento muy “Josefina Fiebelkorn”. Tengo mis hermanos que son Rodillo, y también me siento muy hermana de ellos, pero también de mi hermana chica, que es Fiebelkorn. Soy una suerte de puente entre mis hermanos, el pegamento de esta familia. Es bonito ese rol.

Los papás desean dejarte con una carrera que te deje más preparado para este mundo, económico, con los difícil que es, más aún en teatro, que nunca nos enseñaron gestión, producción ni cómo despegar del quehacer mismo a el business del teatro; sales súper atado de manos, y tienes que aprender ya en la máquina. Estás supeditado a que alguien te agarre y te contrate; a mí, que ya tengo 35, ya me tiene tostada. Necesito construir mi propio camino, invitar a la gente a que seamos parte de otra cosa y no siempre los “minios” de los que saben hacerlo, que generalmente no son actores, sino ingenieros.

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"Nunca nos enseñaron gestión, producción ni cómo despegar del quehacer mismo a el business del teatro", repasa sobre su carrera. Foto: Luis Sevilla

Me gustó mucho conectarme con mis emociones cuando partí con el teatro. En el colegio tenía pocas herramientas para hablar de qué me pasaba; las cosas solamente me pasaban, y con angustia nomás. No podía ponerle palabras. Hoy día que tengo un hijo, me preocupó harto de ayudarlo a poner en palabras la frustración, la rabia, el miedo o la pena. En ese momento no sabía; sentía miedo, angustia y todo, pero no tenía manera de ponerlo en palabras.

Me dio una amigdalitis brutal, que no se me iba. Terminaba siempre hospitalizada. Apareció alguien y me dijo: “Esto es todo lo que no puedes decir, hay un tapón de cosas que no puedes decir”. Me sacaron las amígdalas y, ¡fua!, empecé como un volcán... Y eso trae consecuencias, porque uno se enfrenta más, pelea más, dice cosas que no tiene que decir en momentos no oportunos. Me pasó eso, muy chica, y ya de más grande, terapeándome, poniéndome en el lugar de otro, encontré mejores maneras de comunicar mis emociones.

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"Encontré mejores maneras de comunicar mis emociones", destaca la actriz, que en algún momento explotó cual "volcán". Foto: Luis Sevilla

El tema de mi padre biológico me lo he reservado mucho y, cuando he dicho cosas, me he arrepentido mucho; siento que algo muy íntimo, y que no solamente me involucra a mí. Pero también pienso en toda la gente que puede estar viviendo algo así, que no conoce a su papá, no lo han visto, pero saben que existe... Estudiaba Teatro en la Universidad Católica y, en algún momento, trabajamos con las partes del cuerpo: “Empiecen a reconocer su cuerpo, sus pies, ¿de quién son? ¿de tu mamá?, ¿tu papá?”. Es un ejercicio que, creo, estaba un poco mal conducido, pero me sirvió como gatillante para hacerme preguntas: “¿Qué partes de mí son de mi mamá y qué partes de mi papá?”. Me miré las manos, sobre todo las uñas. Siempre he mirado las uñas de mi mamá, que son como de princesa; y siempre las he tenido más aplastaditas. Y mi mamá, en algún minuto, me habrá dicho: “Ay, tienes las uñas iguales a tu papá”. Me acuerdo de haberme encontrado con eso y decir: “Partes de mi cuerpo son de esta persona”. Sabía que estaba vivo y que andaba por ahí.

Fui arriesgada, me lancé y le pedí a uno de mis hermanos que me ayudara a contactarlo (a papá biológico); y estuvo muy dispuesto... No fue fácil. Fue para cagarse de susto; y después, incómodo; y después nos dejamos de ver. Pero ha sido un camino de sanación, súper importante y vital para construir la persona que soy. Siempre pensaba que tanto problema y cosa personal que te ocupa la cabeza, te da menos espacio para lo creativo. Si estás demasiado cagá porque te patearon, porque tus relaciones de pareja siempre son fiasco, o porque en tu familia tienes demasiados problemas, no tienes tanto tiempo para crear; tu cabeza está sumergida en necesidades que debes resolver. Estaba en la universidad, con 21 años, tenía el tiempo. Me lancé a comprender ese lado de mi vida. Ha sido una herramienta vital para entenderlo a él, las decisiones que a veces toman las personas, para pedir perdón; me pidió perdón y, para mí, fue la sanación. Quizás no se puede volver el tiempo atrás, pero pedir disculpas puede ser súper sanador.

He construido una relación con mi papá biológico súper bonita, tenemos mucha confianza. Él confía en mí 100%. Nos vemos regularmente, va a mi casa; ha sido algo que jamás me imaginé. Bien pendeja, pensaba: “A este huevón jamás lo voy a perdonar”. Y sí existe la posibilidad del perdón; me da esperanza, porque todos la podemos cagar, todos nos podemos equivocar. Lo bacán es que no debemos ser perfectos, podemos pedir perdón; es como... (Suspira a modo de liberación). No tengo que ser 100% funcional, puedo pedir perdón.

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"No tengo que ser 100% funcional, puedo pedir perdón", expresó Josefina sobre la lección que le dejó el reencuentro con su padre biológico. Foto: Luis Sevilla

Me di cuenta que a veces las emociones del personaje no tenían nada que ver con las mías. Tenía que ponerme yo al servicio de esas emociones. A veces se produce en la actuación que los actores se engolosinan al sentir que la escena está rica, porque todo lo que están sintiendo está puesto ahí. Y a veces eso no sirve para nada; es algo un poco narcisista del actor de poner en escena aquello que “yo necesito poner”... y para eso, terapia.

El teatro es descubrir cuáles son las las necesidades que tiene la propia escena y, en base a eso, poner al servicio tus herramientas. Pero no al revés. No se trata de mí. Cuando me di cuenta que eso entorpecía a mi trabajo, dije: “Tengo que resolver esto en otro lado y dejar de llevar mis personajes a esos lugares, que a mí me gustan y acomodan”. Porque siento que se nota cuando se difumina el personaje y aparece el actor. No me gusta. Me gusta que la gente deje de verme y entre en esa historia, esa individualidad y se conecte; es más difícil conectar con un actor, porque los actores pareciera que están en otro universo que no tiene que ver con los mortales.

Me gusta hacerme hartos cambios de look, terminó un proceso, y empezamos otro. “Te encuentro cara de conocida”, me han dicho. “Sí, tengo una prima que es actriz”, contesto. Así logro olvidar al personaje pasado y abrir otro universo.

Salí de la universidad con mucho prejuicio de la tele y lo público. Creo que te los traspasan los profesores, como: “Si no te interesa esto (el teatro), te puedes dedicar a la televisión”, como si te fueras al tacho de basura de los actores, como un espacio que “eso no es actuar”, “ahí no están los discursos necesarios para un país” o “ahí no está la labor que tienes como actor”... En mi egreso, una profesora me decía: “Ay, qué te preocupas tanto de sacarte una buena nota, si te vas a dedicar a la tele”... Y para mí fue como “fuck it”... Quizá algo me estaba costando y, si eres medianamente guapa, era: “Ya, OK, puedes salvarte por ahí; me preocuparé de los otros que quizá les interesa más dedicarse al teatro, que es algo muy importante, muy serio”. Uno sale prejuiciado con la tele, en mi caso, por cosas que me decían algunos profesores.

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"Uno sale prejuiciado con la tele, en mi caso, por cosas que me decían algunos profesores", comenta sobre el mundo de los melodramas. Foto: Luis Sevilla

Salí de la universidad y me puse a garzonear, mucho... “¿Y ahora qué?”, me pregunté. “¿Cómo logro actuar? ¿Tengo que armar una compañía? ¿Tengo que pedirle a mis amigos que ya tienen armado una compañía?”. Mi universidad, además, se identificaba mucho por crear intérpretes, más que compañías, entonces el trabajo era súper solo. Conocí a Jorge (Arecheta, marido y colega); a él lo había llamado la Moira (Miller, actriz y directora teatral) para hacer un taller en TVN, en el que quizás había posibilidad de entrar. “Quiero vivir de lo que estudié”, pensé. “Hagámoslo”. Fui a la casa de Moira a dejarle un disco con un par de cosas audiovisuales que había hecho y mi currículum. Llegué a entregárselo, con Jorge, que ya la conocía, a las 8 de la noche... Estaba trabajando de nuevo en un café y me llamó la Moira: “Ya, dale, ven”. Fui a la reunión para el taller que duró como tres o cuatro meses, sin sueldo, y todos los días de las 8 de la mañana hasta las 2 PM. Partimos siendo caleta, todos los convocados, y terminamos tres.

Estuve tres meses haciendo un taller, clases de baile, yoga, entrenando y haciendo escenas, grabando y mirándome (actuar). Y pude grabar mi primera teleserie, Vuelve temprano (TVN, 2014). Ensayamos antes algunas escenas más difíciles. Era la raja, porque como no veníamos con el ritmo de televisión, pudimos subir al carro, que era un gran proyecto. Fue increíble. Pensé que todo sería así (de ahí en adelante), jajaja; pero fue una súper suerte. Eran guiones potentes, esperaba que llegara el capítulo para saber qué pasó. No me he sentido así de enganchada de otros guiones; y no solamente de mi personaje, sino de lo que le pasaba a los otros. Y teníamos muy buena onda, estábamos el grupo de los “jóvenes de la teleserie”, estaban saliendo los eventos de marcas, nos invitaban y vivíamos experiencias “¡wow!” todos juntos. Además que me tocó trabajar con la Amparo (Noguera) y Marcelo (Alonso), y pensaba: “Estas bombas del teatro están aquí y le dan otra calidad al producto y a la tele”. Fueron grandes maestros.

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"No me he sentido así de enganchada de otros guiones", recuerda la actriz sobre Vuelve temprano (TVN). Foto: Luis Sevilla

“La gente que llega y no te pregunta nada y se saca una foto contigo sin siquiera preguntarte, me carga. (...) Uno se siente irrelevante, que lo único que importa es tu imagen”, dije hace años sobre el primer impacto en torno a Vuelve temprano. Fue muy fuerte, me da vergüenza que me reconozcan... Ahora estoy súper arreglada, pero no soy así; ando en la mía y se me olvida que la gente dice “ay, pero tú eres famosa”. No vivo sintiendo que soy famosa, no voy por la vida así. Cuando alguien me pide foto, es como”qué raro, qué extraño este contacto con la gente”. Además nos tocó muy fuerte el “sacarte una foto con un famoso (la selfie)”; éramos la “inyección juvenil”, y los jóvenes siempre quieren sacarse una foto, tener el trofeo como “cacha con quién me saqué una foto”. Fue muy chocante, no me lo tomé bien, no me gustó enfrentarlo. Jorge, por otro lado, se lo tomaba súper, muy generoso, “sí, dale, obvio”. Yo lo miraba y trataba de aprender de esa generosidad.

A ratos estábamos discutiendo, o estaba con mi familia, sobrinos, jugando en el parque, y a la gente le importaba nada y te pedía una foto... No era tan cómodo. Esa parte de la exposición no me gustaba. De a poco lo he ido entendiendo e integrando más. Y he sabido cuándo poner límites y no hacer algo que no quiero. De repente dijo que “no” porque estoy con el Borja, con mi mamá o en una celebración de cumpleaños. Y cuando uno no está en pantalla, bajan (las peticiones de fotos); viene y va, no es constante y estable para el resto de tu vida. Me reconcilié y ya no me importa tanto, le doy menos color. Uno madura esas primeras reacciones.

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De su debut en Vuelve temprano (TVN), Josefina recuerda que le costó entender que la gente le pidiera fotos. Foto: Luis Sevilla

Eran muy intensas las grabaciones de Vuelve temprano, teníamos que llorar todo el día. Era una temática muuuy heavy (el asesinato de un hijo que escondía una vida compleja oculta). Era mi primer proceso e involucré todo de mí, porque quería hacerlo súper bien. Usar imágenes y recuerdos es una técnica que nos enseñaron en la escuela, que está súper poco de moda, la “memoria emotiva”, en que utilizas escenas de la propia vida para emocionarte o conectar. A veces recurrí a eso y, ¡oy!, se me mezcló todo, se me hizo una majamama de emociones; y más encima con la sobreexposición de gente que se acercaba a para pedirme una foto. No fue, emocionalmente, mi mejor momento. Tenía que encontrar maneras de refugiarme; me juntaba con amigos en alguna casa a matarnos de la risa y olvidarnos. Lo único que quería era desconectarme. Fue un poco tormentoso.

Me salían muchas espinillas por el estrés. Investigué mucho qué hacer, desde la parte hormonal hasta cosmética y dermatológica. Una persona me dijo que tenía que ver con la exposición, porque la cara es la máscara, con lo que te presentas: “Sentías que estabas muy expuesta y tenías que encontrar maneras de protegerse un poquito más”, me dijo. Me hizo mucho sentido y, por otro lado, lo tuve que regular con hormonas, con pastillas anticonceptivas. Y como me maquillaba todos los días, no tenía manera de sanar la herida que ya me había dejado un grano. Para mi autoestima, era horrible.

Cuando veo a la gente que sufre de espinillas, digo: “esta persona la debe estar pasando pésimo”. Es una estupidez y uno puede decir “es algo que ya se pasará, es momentáneo”; pero para la persona que lo está sufriendo es horrible. Te pones neurótico, te aprietas, quieres sacarlas. Me desmaquillaba y veía toda mi carita hecha mierda; me daban ganas de llorar y lloraba. Llegaba a mi casa y no las soportaba, no me quería mirar al espejo. Se producen muchas cosas con que tu cara esté afectada por esto, que a veces son causas externas o internas; en mi caso era más interno. Siempre que he vuelto a grabar una teleserie, que he estado expuesta al maquillaje, vuelvo a vivirlo. Me preocupo de tener mi base, mi brocha y de protegerme de la exposición.

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"Me desmaquillaba y veía toda mi carita hecha mierda; me daban ganas de llorar y lloraba", revive Josefina sobre el acné en su vida. Foto: Luis Sevilla

Lo que más me ha costado en mi carrera es poner límites. A veces tiendo a decir lo que pienso y siento de manera algo abrupta. Siempre trato de hacer un paralelo de nuestra carrera con cualquier otra: la gente se dice las cosas, como “no me gustó lo que hiciste o dijiste”, pero parece que este ambiente requiere de otra sensibilidad. A veces me he topado con la necesidad de poner límites, pero lo hago mal, entonces la persona se afecta o enoja. He tenido que aprender a poner límites, porque la otra opción que encuentro es quedarme callada. No tiene que ver con ser mañosa, pero sí con hacerlo mejor, que el trabajo sea más increíble: no lo hagamos de manera pajera, dediquémosle un poquito más de atención y puede resultar bueno. De repente he dicho esas cosas y las personas no están tan dispuestas a escucharlas y se generan roces. Siempre mi jefe en Cultura Capital (productora teatral) me dice: “Tienes que encontrar la forma”... Me ha costado encontrar la manera, para trabajar bien y darlo todo.

Más en la tele que en el teatro, (pero) uno necesita ciertos espacios para concentrarse y, de repente, siento que hay mucho ruido en el set, mucha gente tonteando. De repente, soy demasiado sensible y necesito que estemos todos “vibrando”, que es un ambiente más teatral. “Vibremos todos y va a salir todo antes”, pienso. “A las una de la tarde terminaremos de grabar todo”. Pero si se diluye la energía para otros lados, es más difícil concentrarse, y crear escenas de calidad, bonitas, y que la gente se emocione y caigan las lágrimas.

Mi única relación biográfica con Luis Miguel es mi prima, que es fan mía. Ella lo escuchaba mañana, tarde y noche, y fuerte; cantaba todas sus canciones. Y lloraba, y fue al concierto, y volvió sin aire. Yo nunca había visto a una fanática de alguien. Nunca he sido fanática, hay artistas que me gustan, pero ¡jamás! iría a pedirle un autógrafo a mi cantante favorito; me da mucha vergüenza... Ahora me puse a enseñar las canciones y me acordé de mi prima cantando a todo pulmón “Ahora te puedes marchar”, que me toca cantarla ahora. Me gusta la colocación de la voz de Luismi, que es bien “maldita”: súper de pecho, profunda, pero de atrás y permite llegar a los agudos muy rápido. Es una colocación nueva para mí, y la raja. Entiendo lo genio que es.

Tenía una nana con quien pasé casi toda mi infancia. Ella era muy fanática de Shakira y Chayanne. Le gustaba escribir a mano las letras de las canciones, y las escuchábamos todas. Es entretenido Chayanne, me da una cosa más latina, prendida, rica y salsera. Ahora que toca más cantar sus baladas. Es un genio vocalmente. Se mantiene vigente hasta ahora, es un viejo minísimo todavía, pétreo. Como cantante es poderosísimo, seco. Me ha tocado cantar más canciones en inglés y siento que la gente se conecta menos con las letras; ahora, con este show en español podemos interpretar y darle color. Me toca cantar “Tu pirata soy yo”... Ojalá él pudiera escucharme.

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Josefina se alista para el concierto tributo a Chayanne y Luis Miguel del que será parte en el Nescafé de las Artes. Foto: Luis Sevilla

He hecho harto cover. Trato de rescatar la esencia de la canción y no pasármela por la raja: “¿Cómo puedo apropiármela”, pienso. La tomo y lo trato a convertirla en algo que me atraviese, y siento que “ya, esta es mi versión”. Ensayo mucho en mi casa. A veces, siento que uso las canciones para decir cosas que quizá no he sabido decir con palabras: las transformo en mías, es como un “semi robo”, jaja; pero siempre respetando al artista y su obra. Ha sido muy bacán, ya tengo mucha expertise en hacerlo. Me llamaron para cantar la canción de una teleserie (Juego de ilusiones, Mega), que es de Buddy Richard, y la gente me decía que “es una canción de hombre”... ¡Y no! La canción habla de un humano que sufre. Es lo mismo que con un texto clásico: agarras a un personaje que se ha hecho 200.500 veces, lo pasas por dentro tuyo y sale. Ya no me es tan difícil, puedo conectarme más rápido con las canciones.

Mi alejamiento con las teleseries tiene que ver con que tuve mi guagua; y este último tiempo la cosa no está tan fácil, hay un canal (haciendo melodramas, Mega); los elencos que están contratados tienen prioridad. He decidido darle durante uno o dos años la prioridad (a la maternidad). Tampoco he salido tanto a buscarlo, y quizás debería. Por otro lado, estoy bien en el lugar que estoy. Si se abre la posibilidad, buenísimo, bacán. Pero no es una decisión que siento que he tomado yo; tiene que ver más con el contexto y con que quizás no sean se han abierto tanto las posibilidades para actores que no contratados. No se lo quiero atribuir a nada más, jajaja.

Me gustaría hacer un personaje más de humor, más pinganilla. Siempre en la tele me toca representar mujeres más cuicas.

Me siento actriz/cantante o cantante/actriz, jaja, de todas maneras; bailarina también. Llevo casi diez años trabajando en musicales, he hecho muchos. Hoy día me toca cantar una canción y mis miedos (no van en cantar), sino en construir un personaje atractivo, sensible, y en los textos, que suelen ser lo más débil en los musicales. Por ahí van más mis preocupaciones.

Solange Lackington dijo que soy una de sus “hijas putativas”. Nos sometimos a un proceso creativo muy heavy, una obra, El cómo y el porqué (2017), en que actuamos juntas. Era una madre que había dado a su hija en adopción, una científica potente, con una carrera importantísima, y que había dicho “no me puedo hacer cargo si quiero triunfar en lo laboral”. Fue un tema de conversación demasiado grande. Solange tiene cinco hijos, y para ella era como: “Imagínate no hubiera tenido cinco hijos, quizá hasta dónde habría llegado… y por otro lado, amo a mis hijos, son lo mejor que me ha pasado”. Y yo estaba cuestionándome, mucho, si ser mamá o no. A través de la Solange, y de ver cómo son sus hijos con ella, en su casa, cuando llega, cómo la cuidan, pensé: “la carrera es muy importante, es muy gratificante tener éxito profesionales; pero hay un ítem —también por mi biografía— que es súper importante, y es la familia, y la posibilidad de construir mi propia familia”.

Tomé la decisión (de ser madre) y me trajo consecuencias en lo profesional. Me bajé de la máquina para dedicarme, porque quería; y después hay que volver a subirse. Y ese trabajo es más difícil, sobre todo cómo están las cosas; por eso no sé si es decisión mía no estar en teleseries hoy. Pero decidí darle prioridad, por lo menos un año (a la maternidad). Es heavy para cualquier persona, pero las mujeres tenemos que someternos a eso, y ahí está el triple desafío.Y vuelves con un hijo, que nunca puede ser una excusa para faltar. Y tienes que tener tiempo para él; y los tres primeros años de su vida son súper importantes porque desarrollan un montón de cosas súper básicas, entonces tampoco quieres no estar.

Jorge ha estado más en teleseries (como co-protagonista en Hijos del desierto). Nos podemos complementar bacán, con la “mapaternidad”: puede estar full trabajando, y después yo. Ahora haremos un musical en Las Condes, así que entraré en un periodo que son dos meses así (a full), en que él se queda más con el “Borji”. Podemos ir tejiendo un ritmo laboral en equipo, que quizás no tiene tanto que ver con mi desarrollo laboral, pero nos permite seguir haciendo lo que sabemos hacer. Pero igual es complicado, uno se pone complicaciones al tener un hijo; pero es tan rico, soy la más feliz y tendría más, de verdad, me encantan. Aparte, Borja, nuestra guagua, es demasiado gracioso. Tiene demasiado desarrollo del lenguaje, tiene dos años y medio y habla como niño de cuatro... “¡No puedo creerlo, mamá”, dice. Es un caballero, un señor. Hay días difíciles en que uno dice “me gustaría estar rompiéndola en esto”, y llega él con sus risas y tonteras, y pienso “cosa más rica, me encanta”.

JOSEFINA FIEBELKORN
La actriz comenta que lo la ha mantenido lejos de las teleseries es, entre otros factores, la maternidad... por ahora. Foto: Luis Sevilla

Con Jorge estábamos armando una banda, Mutante. Queremos retomarla, pero nuestro tiempo libre se ha visto muy perjudicado por la “mapaternidad”. Son las cosas que tenemos pendientes que nos pesan un poco. Tenemos ganas de seguir. Los proyectos personales se estacan un poco. La pega es muy importante y, con todas las amigas que he conversado y han tenido hijos, como la Elisa Zulueta, que me dice: “Con tu hijo de dos años y medio quizá no es el momento para la banda, pero tranqui que después lo harás, no tengas esa preocupación, exitista, de ‘lograrlo ahora porque soy joven y después ya no’. Tranqui”. Uno siente que después de ser mamá como que lo que viene para adelante es el deceso, jaja. Pero no. Una cosa a la vez. Y cuando aparezca un poco más de tiempo, “vamos, retomemos”... Tenemos todas las ganas, de hacer nuestros videoclips, tocar en vivo y el look de la banda; que no tenga que ver con nosotros como actores, crear algo distinto.

Nos casamos en marzo con Jorge. Alguna vez dije, en el 2014, que “no sé si me gustaría casarme”. Quizá no me veía tan capaz de anclar un compromiso. Ya llevábamos doce años juntos, y el compromiso ya estaba... Así como me gusta el teatro, que está lleno de ritos —y yo igual—, siento que la vida, así como existe Semana Santa, la Navidad, Día del Trabajador o de la Mujer, también creo que a lo largo de una relación de pareja es importante que haya ritos que marquen momentos.

Nunca he ido a un matrimonio tan increíble como el mío; es lejos el mejor al que he ido en mi vida. Hubo un sol (precioso), nos acompañó todo, en la casa de mi mamá en la playa: el clima y la gente. Estuvimos en enero y febrero con toda mi familia organizando. Con mi hermana chica íbamos a Independencia a comprar las telas y flores; fuimos a mirar para hacer las mesas; fui a comprar las ampolletas para iluminar el jardín; mi papá y mi mamá arreglaron la casa completa y pintaron. Fue un trabajo de meses para que ese día la casa y el matrimonio estuvieran luminosos. Toda esa energía que fuimos cultivando fue demasiado importante y bacán.

Después del matrimonio soñaba como matrimonios-desastre míos. Siempre mis desastres están asociados a que cae un avión, hay un terremoto o un volcán. “No salió nada mal, qué raro”, pensaba. “Siempre algo falla”. Todo perfecto, como un relojito. Tenía miedo que se generaran roces... ¡y nada! Contratamos a un muy amigo de Jorge, para el que trabajé cuando fui garzona, como wedding planner (organizador de boda); apagaba los incendios y nos dio ritmo, no teníamos que preocuparnos de nada; yo solamente tenía mi copita en la mano. Fue fluir, maravilloso.

Josefina Fiebelkorn - Jorge Arecheta
Josefina y Jorge Arecheta se casaron con doce años de relación, un hito que resultó "maravilloso", según ella cuenta. Foto de archivo

Siento que han pasado cien años desde marzo a ahora. Siempre hablamos con Jorge: “¿No sientes que nos casamos hace tres años?”. Fue muy intenso, y ahora vino la vida, que es como neee (rutina). Cobró todo el sentido que queríamos: marcar un hito de algo maravilloso. Se llenó de amor nuestra relación y, después de doce años de pareja, es rico volver a inyectarle amor, esa chispita rica. Nos dio un nuevo motorcito.

En doce años uno pasa por todo (de relación de pareja). Nos pasa mucho que ya no le tenemos tanto tiempo a encontrarnos, desencontrarnos, hacer cosas juntos o separados, de repente a sentir que vamos por caminos muy paralelos, de repente vamos por el mismo... y hay libertad. Para estar harto tiempo con alguien debes tener libertad; y es súper difícil con hijos, porque debes tener una agenda en común para saber si realmente puedes ir a hacerte las uñas, jajaja, o juntarte con tu amiga a tomar un café. Las prioridades son las pegas y después metes lo otro. De esa manera hemos podido mantener la “libertad”.

Me encantaría vivir en el Sur. Pasé casi todos mis veranos cuando chica, desde diciembre a marzo en el Sur. Ahora que empezó a hacer frío, y sale como un olorcito a leña de algún lado, pienso: “Qué ricooo”, y bajo las revoluciones. Cuando me voy a la playa, a la casa de mi mamá, le encuentro otro sentido a la vida, otro ritmo, me gusta y encanta. Y de vuelta a Santiago siempre voy con una cosa en el pecho un poquito angustiosa, con rendir, lograr, juntarme con tal persona por los proyectos; uno debe empujar una especie de excavadora llena de tierra para para lograr las cosas. Pero cuando me voy de Santiago, me conecto con otras cosas y me gusta. La vida se trata un poco de solo vivirla, también, y de no estar empujando tanto, también habitando el momento que toca vivir. Me cuesta mucho conectarme con eso en Santiago; estoy más desde la ansiedad, fumo más, me dan ganar de salir más con mis amigos y fugarme un poco. Me encantaría encontrar una manera de llevar mi carrera y no necesariamente en Santiago.

Encuentro bacán Valdivia, porque igual se generan más cosas a nivel creativo; está la escuela de cine o el festival; pasan cosas, es entretenido. Y le he dicho a Jorge: “Nos podríamos ir Punta Arenas y proponer un proyecto para el teatro de la ciudad”. También tenemos ganas de irnos a México, porque hay una industria más grande, está Amazon y Netflix, más alternativas de personaje, de casting. Es otra opción. Sólo hice una película con Pablo Larraín, Ema; pero series no he hecho, me encantaría.

JOSEFINA FIEBELKORN
"Pero cuando me voy de Santiago, me conecto con otras cosas y me gusta", comenta la actriz sus periodos fuera de la capital. Foto: Luis Sevilla

Cuestionario Pop

Si no hubiera sido actriz/cantante me habría gustado estudiar Medicina. Mi mamá quería que estudiara eso, y me iba bien en el colegio. Últimamente me ha pasado que me arrepentí un poco, jajaja, de no estudiar Medicina... ¡Puta la huéa! Jajaja.

En mi época de estudiante de Teatro era estudiosa, aunque creo que me gustaba más carretear. Pero me la tomaba muy en serio (la carrera), siempre trataba de superarme.

Siempre quise un apodo, y traté de metérselo a mis amigos, como “díganme ‘Jota’ o ‘Jo’”. “¡No! Nadie quiere decirte un sobrenombre”, me contestaban... Mi mamá cuando chica me decía “Chinita” y mi papá me decía “Joséphine Baker”, que era una modelo/cantante increíble.

Un sueño pendiente es vivir fuera del país.

Una cábala que tengo es que me traigo a la diosa del arte, de la creatividad y el lenguaje, la diosa india (Saraswati); me traigo una velita siempre; aceites que me ayudan a conectarme; y cuando hacemos el “¡mierda, mierda!” le doy un besito al teatro para agradecerle todo lo que me ha dado, y conectar con el presente, con la tierra.

JOSEFINA FIEBELKORN
Josefina Fiebelkorn cuenta que tiene como "sueño pendiente" vivir en el extranjero, y una opción sería México. Foto: Luis Sevilla

Me encanta la coctelería. Hay un copete con café, súper antiguo, que es como un espresso martini: carajillo. Es increíble, increíble.

Mi primer sueldo lo gasté en mi arriendo, para vivir sola, en el barrio Lastarria.

Un hobby que tengo es la sicología, de hecho, tengo muchas ganas de estudiarla, me encantaría; o ser coach... después de tantos años de terapia, jajaja, algo he aprendido.

Una actriz chilena que admiro es… Mariana Loyola, Solange Lackington y Amparo Noguera.

Un tanto oculto es... la gente siempre me dice “¿por qué no haces stand up?”, y yo digo: “ni cagando”; pero creo que es el humor.

Una película que me hace llorar es Close (2022), de unos niños, francesa. Uff, no podía parar de llorar.

Un placer culpable es la Britney Spears. Me encanta.

JOSEFINA FIEBELKORN
"Creo en el horóscopo, más que la mierda", admite la actriz sobre su faceta astrológica. Foto: Luis Sevilla

Si pudiera tener un superpoder me gustaría poder ayudar a la gente, solucionarles un problema chasqueando los dedos.

Creo en el horóscopo, más que la mierda, JAJAJA. A veces delego demasiados responsabilidades en él, demasiado; es brígido. Es como “ah, OK, hoy día hay que gastar plata, bien, vamos, se viene abundancia”, jajaja. Soy Piscis.

Si pudiera invitar a tres personas de la Historia a un asado, me gustaría invitar a Philip Seymour Hoffman, actor; a Freddie Mercury; y a Whitney Houston.

Josefina Fiebelkorn no tiene muy claro quién es; siempre cambia y trata de no fijarse ni establecerse en algo. Pero sí es una persona que le gusta hacer las cosas bien, perfeccionista. Es cálida, cariñosa, le gusta que la gente vaya a su casa, recibirla. Y pone a su familia en primer lugar.

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