Por Guido Macari MarimónLa Firme con Lorena Bosch: “Una vez un señor en la feria me dijo ‘oiga, ¡usted es igual a la de la comedia!... ¿o es usted?’”
Por estos días su pega está enfocada en La Baronesa, ya que terminó su etapa radial tras más de una década. La actriz hace un balance de su historia, cuenta su presente y se define: “Soy un poco ermitaña”, dice.

Lorena Bosch Silva (47) llega rauda a las grabaciones de La Baronesa (Mega), en la productora Mazal, comuna de Independencia, a pasos del Hipódromo, pasadas las 9 AM. Se maquilla mientras espera y alrededor pulula Etienne Bobenrieth, quien interpretaría a un fiscal que está medio enamorado de “Clara Faúndez”, el papel de ella en el melodrama de la tarde protagonizado por Loreto Valenzuela.
A lo lejos, la cordillera está toda cubierta de nieve, y entre medio del rodaje, Bosch se intriga con la imponente postal y comenta lo bonito de las montañas. Luego habla sobre esta nueva teleserie ya en proceso —y que se estrena el lunes 17 de agosto—, tras haber sido parte de Los Casablanca el año pasado; y revive, por ejemplo, a “Fabiola Meneses”, quizá su personaje más recordado junto con su relación con el “Turco” en Soltera otra vez (Canal 13). Sobre la persona detrás del papel, hace memoria:
—A mucha gente le pasaba en la época de la “Fabiola” que se desilusionaba un poco cuando me veía llegar a mí —Y se ríe.
—¿Por qué? —consulta el reportero de La Cuarta.
—Porque el personaje era exuberante y yo soy mucho más simple en general por la vida.

A propósito de ese mismo personaje, el diario pop encontró una añosa entrevista en una revista, que titulaba así: “Mi pecado favorito es la lujuria”, seguro en sintonía con la sensualidad de “Fabiola”.
—¿Sigue siendo la lujuria mi pecado favorito?... ¿Cuáles son? —se pregunta ella sobre los pecados capitales, y luego revisar su celular para contestar—: La gula, la lujuria, la avaricia... ¡La soberbia! Qué lata la gente soberbia. ¿La avaricia? ¡Horroroso! ¿La ira? Malo. ¿La envidia? La pereza tampoco me identifica. Con el que más me puedo identificar es con la lujuria, absolutamente.
En entrevista con La Firme, Bosch repasa su historia y cuenta sobre su presente, desde su infancia marcada por largos viajes con su mamá al Sur de Chile, y con su papá al Norte; el round familiar que le implicó decidir ser actriz; algunos de los personaje que la marcaron como la “Lucrecia” de El Señor de la Querencia (TVN, 2008); el reciente fin de sus años como conductora de Radio Concierto; su faceta como madre de dos retoños; sus ya 15 años emparejada con el francés Sylvain Eymard-Duvernay, a quien se refiere como “mi marido”, pero “no estamos casados”, aclara; su actual rol en teleseries; algo de su mirada política; entre otras cuestiones triviales y más fundamentales.
Todo eso y alguna que otra cosita, a partir de ahora…
LA FIRME CON LORENA BOSCH
¿Un recuerdo de niña? Se me vinieron a la cabeza dos cosas: la primera —ahora que estamos mirando la la la cordillera—, yo en la nieve, que subíamos a la montaña en Santiago, a esquiar, con mi familia. Y mi mamá es del Norte, entonces íbamos en auto hasta Antofagasta. Era un día y medio de viaje; parábamos en Los Vilos a comer erizos, jaja. Y ya pasado Copiapó, el tramo del segundo día: en los cerros no había nada que mirar, en teoría: iban cambiando de colores, y me quedaba pegada en los pigmentos de la tierra y las tonalidades.
Mi mamá me llevaba al Norte; y mi papá, al Sur, y bajábamos a pescar, lo que también implicaba un día entero: nos subíamos a un camión en la mañana, íbamos río arriba, tirábamos los botes y nos devolvíamos durante todo el día, pescando, hasta llegar al lago. Era un día completo, en silencio, “porque estamos pescando”. Siempre me pregunto: “Qué heavy la capacidad de niño de estar inmerso en la naturaleza, hacerse parte y no hacer ruido”, a la espera atenta, y contemplando las cascaditas que aparecían de repente en medio de la nada, en la Región de Los Lagos o Los Ríos, en verano.
Mis papás se separaron cuando yo tenía cuatro años. No me acuerdo nada. No me marcó mucho. Creo que, en general, las separaciones no marcan. Lo que marca, y que creo que en eso la sociedad ha mejorado un montón: las ausencias largas que se provocan entre el contacto entre uno y otro. Hoy, con la tuición compartida o la naturalidad con que se vive hoy la separación —que no era tan natural en mi época—, creo que permite que los niños no sientan que la familia se fractura, sino que es la pareja. Quiero creer que es así.

Me he definido como “un poco rebelde” cuando chica: qué loco. El otro día conversaba sobre la percepción que tiene uno de cuando chica o joven, y tengo la percepción de haber sido bien desordenada y rebelde. Y alguien me dijo: “¡¿En serio?!”. Me quedé pensando y dije: “En realidad no creo que tanto”. Creo que tenía más que ver con que mi mamá tenía una una estructura súper rígida, y tenía que ver con que las normas que ella tenía no me acomodaban. Pero no sé si era una rebelde total. Para mi casa fui un poco rebelde.
Tengo una familia desmigajada. Hay algún gen de viajero que nos dejó un bisabuelo, porque mi hermana vive en Estados Unidos, mis papás están separados (y él ya murió), y la familia de mi marido está en Francia. No se arma el choclón. Es mucha gente dando vueltas. Siempre ha sido así. De repente en Santiago hacemos juntas en casa de algún tío o tía, y siempre es como bien achoclonado. Y cuando vamos a Francia siempre se hace un fin de semana de familia, nos juntamos todos y somos veintitantas personas. Es rico, pero no es cotidiano. Y a mis medio hermanos los veo muy poco.
Lo pasé bien en general en la adolescencia. Tenía muchas más restricciones que mis amigas del colegio, entonces tuve que pelear ciertas cosas para sentirme un poco libre. Y efectivamente me tocó desarrollarme un poquito antes que el resto de mis compañeras, estaba empezando a tener otro cuerpo, entonces eso llamaba la atención y habían comentarios, y de repente había una huevona pesada que te hacía un comentario en mala onda.
Hoy tenemos súper claro que no se habla de los cuerpos ajenos: un comentario muy sutil puede ser MUY GRANDE para algunas personas. Además no me tocó crecer en esta época donde Karol G la lleva, sino en la época en que Kate Moss era la regla, jaja, entonces tener más cuerpo no era tan “aceptado”. Y era complejo porque la gente hablaba mucho del cuerpo, o sea, iba caminando por la calle, y el piropo callejero —que mucha gente dice “era lindo”— no es tan lindo cuando estás creciendo y cambiando. De repente eran comentarios “pintorescos”, jajaja, y a veces eran súper soeces, lo que era muy incómodo. O era un bocinazo o un “¡grrrr!” al oído, o “ay, mamita”. Es súper violento, porque además vives experiencias violentas cuando joven (o al menos hasta que creces y pones límites), como un agarrón de poto en la micro. Todas esas cosas uno las vivía cuando chica, y te sientes súper vulnerable y ultrajada.
Creo que aprendí a responder relativamente rápido, a pegar el grito de vuelta; o sea, a los 12 años quedas paralizada, como a la amiga que un tipo le mostró (el aparato), y no sabes muy bien qué hacer. Creo que rápidamente saqué la voz y respondí: “¡¿Qué te pasa...?!”. Y ahí al tiro se cortan, si el placer es cuando pueden denigrar al otro. Puse límites en muchas cosas, en general, desde niña, y en otras no. Tengo de todo en mi biografía.

Partí estudiando Diseño y luego me metí a Teatro. Sabía que tenía una onda creativa, pero no sabía qué sería. Creo que en algún momento era quizás más introvertida (ahora estoy dudando de la percepción que tengo de mí joven), pero no creo que nadie en mi curso hubiera dicho: “La Lore será actriz”. Yo creo que todos dijeron: “¡¿Por qué está estudiando actuación?!”.
Tuve una primera noción: “Parece que quiero estudiar actuación”, que me da hasta plancha contarla, porque fue medio mágico. Había tomado unos cursos de pintura en la U. Católica. Estaba en el Parque de la Esculturas, había una piletita y pasó un pescadito koi, y dije: “¿Sabes qué? Quiero estudiar Teatro”... ¿De dónde salió eso? Ni idea. Por eso digo que fue medio místico y raro. Fue como un mensaje de la naturaleza. No tiene ninguna relación a nada. Me acuerdo que estaba con mi pololo de ese minuto y me miró como: “¡¿What?!”, como “¿qué tan perdida estás?”.
Cuando estaba estudiando Diseño, conocíamos a los circenses y empecé a hacer cosas con ellos. Me encantaba estar maquillada, entrar entremedio y hacer juegos y trucos con la gente; y después sacarme el maquillaje, vestirme, sentarme y que nadie supiera que esa sabía había sido yo. Lo encontraba demasiado entretenido, ese disfraz que te permitía hacer cosas que jamás harías. Y me subí a un par de escenarios algunas veces y dije: “Esto es. Me gusta demasiado y me quiero dedicar”.
Fui la primera generación que salió de Teatro en la U. Fines Terrae. Estaba estudiando Diseño, súper bien, contenta y me iba bien, y cuando estaba terminando dije: “No, me quiero cambiar”. Nadie en mi familia quería; ya era rebelde para mi casa, y estudiar actuación era ser “la niña perdida”. Para mi fue un drama, porque la tuve que pelear, fue difícil, y lo entiendo igual: uno quisiera que los hijos tuvieran cierta tranquilidad económica y sistémica, jaja. La tuve que pelear. Y cuando negocié con mi papá me dijo: “Si vas a estudiar una carrera artística y difícil, tienes que tener título, por si te quieres ir para algún lado, estudiar otra cosa o profundizar, tengas una base”. Justo se había abierto la Finis, fui y me encantó este proyecto de “la primera generación”, medio pioneros dentro de las escuelas privadas.
No había un prejuicio contra la televisión. Creo que efectivamente el teatro te entrega un oficio súper importante que lo puedes después aplicar a otros formatos: te entrega oficio. Pero no era un prejuicio, una cosa así como “los actores de la tele y yo soy actor de teatro” que uno de repente escucha y dice “qué antiguo”, jajaja. No sé si hay una validación mayor por un área u otra de la actuación (teatro, cine, serie o teleserie). Creo que la actuación se toma en serio en cualquiera de los entornos en los que estés.
Me daba miedo la televisión. Me daba miedo perder el anonimato. Me acuerdo que encontraba que te proveía de una cosa un poco injusta: entrar en un lugar y que las personas supieran quién eras tú, sin embargo tú no sabías nada de los otros. Me daba miedo entrar a un lugar y que la gente supiera quién quién era yo. Eso lo encontraba nervioso... ¿Y cuando eso ocurrió cómo fue? (Pregunta reportero) Es que no ocurrió mucho, jaja, porque en general todos los personajes más populares que tuve eran muy distintos a mí.

¿Era enamoradiza? ¿Romántica? ¿Evasiva?... Era bastante libre. No sé si le tenía miedo al compromiso. Me gustaba gente, y a veces quería que me pescaran y no pescaban; a veces me inventaba que me gustaba alguien que no, jajaja. Creo que uno, en una cierta etapa de la vida, está “buscando” al compañero o compañera, por una especie de entre deber y deseo. Era enamoradiza. De repente me gustaba gente y encontraba que era una pérdida grande de tiempo “‘hacerse la difícil’, ¡¿por qué me tengo que ‘hacer la difícil?’! Qué tontera más grande”. En eso pude ser un poquito más avanzada, jaja: si alguien me gustaba no tenía problema en decir “¿sabes qué? Me gustai, ¡vamos!”, JAJA. ¿Cuál es el rollo con eso? Me parece súper bien que hoy no es ni tema.
En El Señor de la Querencia me sorprendió mucho que me entregaran la responsabilidad de hacer a “Lucrecia”. Siento que era una responsabilidad súper grande para el momento. A los actores nos gusta que los personajes tengan cuerpo, carne e historia. Me pareció súper bonito ser la voz de esa mujer que no tenía dudas, que no se estaba descubriendo y tenía plena certeza: “Me gustan las mujeres”. Me encantó que me la dieran. Cuando salí de la oficina de la Quena (Rencoret, directora) dije: “¡Oh!, wow, gracias...”, me fui hablando de espalda, y de repente me di vuelta, ¡Y PAM! Estaba el marco en la puerta, jaja.
La “Lucrecia” fue el primer personaje en la televisión que era lesbiana abiertamente, y además era lujuriosa, libre y estaba súper resuelta. Yo creo que llamaba mucho la atención y sí pasaba que muchos periodistas me preguntaban, y me imagino que mucha gente se hacía esa pregunta: “¿Será que es lesbiana que tomó ese rol?”. Me acuerdo que en ese momento yo le decía: “Una boca es una boca (...) Lore Bosch no siente deseos por su compañeros cuando le toca enamorarse de él”, que es la parte esquizofrénica de la actriz: la personaje es la que siente un deseo. Pero no me pasan cosas. Yo actúo esas cosas. Te pueden pasar, obvio, jaja, pero en el fondo tu boca es la misma boca de la Begoña (Basauri). Todos tenemos boca, ojo, cara y otras partes del cuerpo que cambian: pero son los personajes. Era divertido cuando me preguntaban (los periodistas): “¿Eres heterosexual?”. Y yo respondía: “Hasta ahora, sí”. Y quedaba esa veta de “hasta ahora”, que yo decía: “Te puedo hablar de lo que soy, y de lo que he sido...”. Jugar con esa ambigüedad en vez de (responder): “Qué te importa”, jaja.
En El Señor de la Querencia —que se dio después de que habíamos terminado de grabar— y yo tenía el pelo súper pegado a la cara, entonces me soltaba el pelo, andaba así y hacía la fila para subirme a la micro, y de repente había alguien que me miraba como: “Uy, la cara que suena”. Y me pasó durante mucho rato. Me acuerdo que estaba en Soltera y una vez en la feria un señor me dijo: “Oiga, usted es igual, igual a la de la comedia... ¿o es usted?”. Y yo: “¡No, cómo voy a hacer yo”, jaja. No me pasó mucho, hasta hace algunos años, como que de repente, por la radio, me decían: “Te caché por la voz”.
La “Fabiola Meneses”, de Soltera otra vez, atraviesa un periodo importante de mi vida, fueron tres temporadas. Algo pasa con algunos personajes que reactivan alguna memoria tuya, personal o una biografía pasada. Hay personajes que uno tarda más tiempo. Y hay otros que no hay ni que trabajarlos. Trabajé harto a la “Fabiola” en la previa; empecé a buscar referentes, imágenes, robarle un gesto a una amiga y a buscar por allá y qué sé yo. Entonces, cuando llegamos a trabajar, ya tenía muchas ideas de cómo era. Y encajó bien. Y la “Fabiola” llegó a convertirse en una segunda piel para mí, osea, me pongo en modo “Fabiola” y se me activa una percepción distinta de lo cotidiano: la “Fabiola” es mirona y crítica de detalles; hago un análisis con una mirada que no tendría en la vida cotidiana. Es muy raro.
En general soy más bien recatada, en cambio la “Fabi” era súper expuesta. Obviamente ella en mi intimidad no me desbloqueó nada, pero sí en lo social, todas esas cosas que tenía como “cachonda” y que estaba mucho más en el juego.
Gané un Copihue de Oro en el 2013 por “Fabiola”... ¡Por supuesto que lo tengo guardado! Está en mi escritorio. Es un premio muy importante porque es un reconocimiento del público y para eso trabajamos.

Hace muchos años que no hago clases en la universidad. Me encantaba y volvería feliz. Pero no he hecho carrera ahí. Hice asistencias de dirección y cursos en otros lugares, pero lo abandoné.
Ser mamá no era una hito que tenía que cumplir en mi vida. No tenía esa formalidad —no porque no me la hubieran enseñado—, no sentía que tenía que casarme, tener hijos, tener una casita, un perro, un gato... no lo hice todo igual, jajajaja, pero no sentía que lo tenía que hacer. Era como: “Bueno, no sé, si se da”. Si no se hubiese dado no sé qué pensaría. Creo que hay distintas maneras de vivir la maternidad y hoy afortunadamente existen muchas maneras de hacer familia, y yo no quería ser mamá a toda costa como “da lo mismo si es que tengo pareja o no, si es con donante o si es con alguien que no va a estar”. Sentía que, para mí, tener un hijo era acompañada, de a dos. Así sentía que sería. Una vez me pregunaron: “¿Tú quieres ser mamá?”, y en ese momento entendí y respondí: “Siempre y cuando tenga con quien me den ganas de ser mamá”. Esa respuesta me salió así fácil.
Llevo quince años emparejada con Sylvain Eymard-Duvernay. No me da vergüenza contar la historia de cómo nos conocimos, pero efectivamente la he contado mucho (Resumen reportero: Ella fue a un restorán con una amiga, un garzón se tropezó con una bandeja y parte de la comida le cayó a la Lorena, quien se lo tomó con humor, lo que llamó la atención de Sylvian, que también estaba de cliente, y ella también le echó el ojo. Con unos pisco sour en el cuerpo, ella volvió a encontrarse con él en la calle, y resultó ser un francés que hablaba español. Para quedar en contacto, y como los teléfonos inteligentes recién partían, se pasaron el correo. Más tarde, de noche, ella, para hacerse la linda, le escribió un correo en francés con el traductor de Google. Todo muy de comedia romántica).
Que la gente ya no se conozca en persona me parece espeluznante, desde el romanticismo porque no viví la experiencia de Tinder. Me parece súper espeluznante que finalmente yo le entregué toda mi información —o a la creencia de mí— a una máquina para que me a otra persona que tiene una creencia propia más o menos parecida. Tiendo a creer que soy más orgánica. Me encantaba salir a algún lugar y de repente mirar a alguien y pensar: “Ay, me pasaron cosas”, sin saber mucho quién era, qué te gustaba o cuáles eran sus intereses. Encuentro bonito conocerse, mirarse, gustarse y después darse cuenta que “me gustabas ene pero no somos tan compatibles, tenemos principios muy distintos entonces prefiero no pasar esta parte de mi día contigo”. Pero tengo amigas que están emparejados así (por aplicaciones de citas) que están felizmente casados.
Hablo francés, pero cometo muchos errores. Si me dejan ahora parada en Francia, me hago amigos. En principio tomé unas clases de conversación con un profesor. Después nacieron los niños y una cosa maravillosa de Francia es que existe la cultura de la revista, y hay algunas específicas para la infancia; y mi suegro inscribió a los niños a una revista que les llega a la casa: aprendí con los niños. Y ahora ya hablo. Debo tener igual alguna facilidad con el idioma. Y Sylvain habla muy bien español, de hecho ya no tiene ese acento de los franceses cuando hablan español. Encuentro que no tiene acento, o te puedes demorar un rato en darte cuenta, o la chuchada no le sale bien, “el pucha” o “hueón” se aprende sólo siendo chileno.
Estuve un periodo largo con Sylvian en Francia, ¿pero vivir así. como dejar mi casa e irme? No. Viviría en Francia. Nunca se sabe.
¿Son mala onda los franceses? (Pregunta reportero). Mi experiencia en Francia es súper distinta. Los amigos de Sylvain son súper cercanos y la familia es súper unida. Dicen que los parisinos son terrible de pesados... No me pasa. Lo que pasa es que los parisinos son muy excesivamente educados, y los chilenos no lo somos tanto. No te puedes sentar en un café y decir “un café”, porque el señor no te atenderá: se dará media vuelta y se irá. No puedes tratar de “tú” a una persona, aunque tenga 24 años, si no la conoces. Tienes que saludar y dar las gracias. Y si crees que por estar en un país del “primer mundo” puedes llegar “I’m sorry, excuse me”... ¡no les caen bien los ingleses!, jaja. Hay gente pesada como en todos lados, pero yo creo que pasa un poco por ahí. Cosas es que uno va aprendiendo.

En Preciosas (Canal 13, 2016) fue mi primer hijo, Gael. Me acuerdo que fue el “baby boom” de las actrices, porque coincidió con un periodo en que el canal estuvo sin producciones. En Preciosas no iba a estar porque estaba embarazada, y al final entré porque había terminado el posnatal hace un rato. Fue súper bonito porque habíamos tenido todas guagua, la Pin (Montané), la Susana (Hidalgo), Loreto (Aravena) y la Paz (Bascuñán). Estábamos todas viviendo la sacada de leche compartida y las cosas que conversábamos. Era bonito que estábamos compartiendo una experiencia muy radical.
Les puse nombres cortos a mis hijos (Gael e Ian) porque los apellidos de Sylvian eran mis largos. Fue una decisión: “El nombre tiene que ser corto y se tiene que decir igual en francés y en español.
La maternidad es un cambio más radical en la vida de las mujeres, pero creo que hay que cambiar el foco, porque también hay ciertos constructos sociales que hacen que sea sólo radical con nosotras y no para ellos. Creo que es radical para ambos porque las responsabilidades son compartidas. Evidentemente el cuerpo de nosotras es el que sufre mayores modificaciones: te crece un hijo adentro y nace. Creo súper importante hablar con realidad de lo que pasa. Me parece importante también decir que hay ciertas dificultades.
A mí, afortunadamente, se me dio fácil la maternidad desde el principio: me quedé embarazada, y mi hijo nació naturalmente y sin mayores complicaciones; no me dio baby blues ni postparto ni ninguna de esos impactos emocionales que pueden provocar las hormonas. Se me dio súper y me gusta mucho ser mamá, jaja, me encanta. Pero también de repente es como: “¡Ay, déjenme en paz, cállense! ¡Necesito descansar”. Mi “marido” llegaba a la casa, le pasaba la guagua, me encerraba, me daba una ducha gigante de veinte horas, me lavaba el pelo y me sentada sola un rato. Pero me gusta mucho ser mamá y me encantan las guaguas.
Sigo siendo súper celosa de mi soledad. Se me agota la batería social. En las grabaciones de La Baronesa me molestan porque hablo ene, pero necesito tener mi tiempo de estar en silencio, sola. Soy un poco ermitaña, independiente de los hijos y de todo. No sé si siento que mis hijos me quiten mi entorno social. Pero de repente me pasa que subo y me encierro en mi pieza, escucho música, veo una serie o leo algo. De repente necesito estar en silencio.
El otro día escuchaba a la Pilar Sordo —perdón soy súper dispersa, jajaja— que decía que con sus hijos había arreglado un montón de las cosas que le habían puesto sus papás, y que se que había sido súper creativa, y que en esta “creatividad”, por supuesto, había cometido un montón de otros errores... Creo que es algo que siempre he sentido, que no es descubrir la rueda. Cuando hablamos con las amistades decimos: “La vamos a embarrar igual, o por mucho o por poco”. La maternidad igual es meter la pata.

Nunca me ha interesado casarme. Siento que el amor es una cosa, que se da de manera natural entre los seres. Y siento que la construcción social de la familia es un concepto socioeconómico y político. No me hace sentido el “casémonos para que construyamos algo que selle lo que yo creo y reafirme tu palabra con la mía, juntos”. No. Me hacía mucho más sentido decirle al otro: “Estoy contigo, ¿y quiero estar el resto de mi vida contigo? ¡Quien sabe! No me hago ese compromiso”.
Tengo un compromiso en que estoy viviendo el presente y la maternidad, y la familia con mi pareja, que creo que ese compromiso está todavía. El acuerdo de vida en pareja o el matrimonio lo puedo romper mañana, ¿qué significa? Es un rito lindo, ¡y caro! Y lleno de estructuras, de que tiene que hacer esto, sacarse la foto con no sé quién, atender a todo el mundo y ser la mejor fiesta. Por supuesto que no tiene que ser así (necesariamente), ¡pero qué agote! Pero lo encuentro lindo, me encanta que me inviten a los matrimonios y celebro feliz que la gente lo haga, y ojalá me inviten a todos los matrimonios posibles porque lo paso demasiado bien.
¿O sea que no me casaré? (Corrobora reportero)... ¡Quizás! Creo que una de las cosas más maravillosas de la vida —y creo que te das la madurez— es entender que uno puede cambiar de opinión todo el tiempo; no de principios, pero sí de opinión.
Si me quedara soltera, creo que casi no me quedaría otra más que conocer a alguien por una aplicación. Lo que escucho un poco por otras personas es que la gente ya no habla, ya no conversa. De partida hoy la gente no habla por teléfono, o se manda un mensaje o un audio eterno contando todo lo que le pasa, pero sin dejar la posibilidad de interrupción, contrapregunta o reflexión; y son tres minutos que escuchas en “x2” y no escuchas bien lo que te contaron. Me gusta el contacto real y hablar un rato. Mi hermana vive fuera de Chile y hablo con ella por teléfono con mucha periodicidad, y largo. Hay algo rico en la interacción.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista y lo encuentro espantoso. Siento que nos estamos olvidando de quién es el otro, de dónde está el otro: mientras más alta sea mi reja, más lejos estoy del vecino, y de todo lo que hay, vive y está ocurriendo afuera de mi casa. Mientras más miedo tengo, menos te miro. Mientras más atrapado estoy, menos contacto hago contigo. Hablábamos de cuando uno era niña y que en la micro alguien te corría una mano: hoy es poco probable que alguien te defienda y que se entere de que eso está pasando porque estás ensimismado en tu scrolling. Estamos cada vez más encerrados en nosotros mismos, ya no dialogamos, cuando lo bonito de la vida y de la humanidad —creo yo— es lo colectivo, lo social, construir el conjunto, enterarme de qué te hace falta, de cómo puedo ayudarte y tú ayudarme: colaborar, que afortunadamente no se pierde en mi oficio.
La cultura del miedo es fabulosa, es el mejor negocio, “desconfiemos de todos los demás: más me encierro, más chapas pongo, rejas y perros que hagan guardia”. Es triste que caigamos. ¿Me he vuelto más temerosa? (Pregunta reportero) Con el tiempo empiezan a aparecer miedos que antes no tenía, porque la adolescencia y la juventud tienen en esa cosa maravillosa de uno se siente invencible, y la maternidad otorga miedos nuevos (como “no me puede pasar nada porque hay seres que te necesitan”). Pero sigo creyendo, aferrándome a creer, en la bondad de los otros. Quiero seguir viviendo así, saludando y conversando un rato con el señor que me vende la verdura y tomándome tiempo para conocer brevemente a las personas con quienes trabajo.
Me niego a creer que el otro siempre quiera cagarte. No quiero vivir así. Es una elección elegir cómo mirar. De una misma experiencia puedo sacar muchas conclusiones. Sacamos conclusiones súper rápido y opinamos de todo súper rápido. De repente como mamá uno colapsa y dice: “¡Ya, cállate! ¡Por favor!. Y alguien te mira al lado como: “Ay, esa mamá”. Hacemos una opinión muy rápida sin conocer los trasfondos; por ejemplo: ¿cuánto ha pasado esa mamá ese día que ese día se salió de su centro?

Río Oscuro (2019) fue la última teleserie que hice en Canal 13. Y antes, Dime con quién andas (CHV, 2023): en ese periodo estuve en la radio y haciendo teatro. Ya no estoy en Radio Concierto, ¿por qué? Yo creo que uno cumple ciclos.
Fueron trece años en la Concierto y ya había terminando mi momento. Feliz volvería a la radio, no es como “me cansé”. Es otro oficio: soy actriz, pero también hago radio. Pasó a ser parte de mí.
No le tengo miedo a los cambios, de hecho, me gustan y a veces los provoco: soy incendiaria, JAJAJA. Ahora no sé ninguno así como muy reciente, pero yo creo que de repente provoco un poco algunos cambios... está todo muy estructurado... Otra de las cosas que me he dado cuenta ahora último: yo sentía que era mucho más inestable, hasta que me di cuenta que no lo soy tanto: llevo 15 años de pareja, estuve 13 años en la radio y 10 años en el 13, o sea, digo: “Wow, al final era más estable de lo que yo creía que era”... A lo mejor soy menos incendiaria de lo que pienso, jejeje... Y tengo un gato que cumple 16 años, otra relación estable.
Fue súper frustrante que cambiaron de horario Dime con quién andas (CHV, 2023), porque lo pasamos demasiado bien. Pasó algo muy bonito a nivel grupal y de proyecto; había una energía rica. No soy ejecutiva, pero creo yo que cuando apuestas a hacer una producción, ¡apuesta! Y apáñala un rato. Si la cambias horario a los cuatro días es que nunca la quisiste. Sólo obecede a eso.
¿La mejor y peor teleserie en que he estado?... Qué difícil esa pregunta: paso... Lo que pasa es que la peor teleseries tiene que ver con lo mal que uno lo pasa, más allá del resultado escénico o hacerlo mal. La verdad no tengo una experiencia para olvidar, así que no tengo peor teleseries... ¿Y mejor? La que estoy haciendo ahora, La Baronesa, jajaja.

Hice la nocturna Los Casablanca y nunca había hecho una teleserie de la tarde, hasta ahora, con La Baronesa, que tiene una narrativa más melodramática, mas no la actuación: una de las cosas que yo creo que están persiguiendo los directores es que la forma de actuar sea superrealista. Tengo un súper buen equipo también, compañeros y compañeras actrices maravillosos.
Soy “Clara Faúndez”, la nuera de “La baronesa”, y la “Clarita” es una mujer súper reprimida por otros. Está casada con “Antonio” (Carlos Díaz), y se quedaron viviendo en la casa de su suegra, que tiene mucho volumen, hace mucha sombra. Y a “Clara”, la manera de cómo mejor la veo: vive dentro de un bosque y de pronto empiezan a aparecer estos rayitos que atraviesan los árboles, y empezará a descubrir ciertas cosas que no sabía que era posible que existieran. Ahí se desarrollará su trama.
He tenido la fortuna de que me ha tocado hacer muchos personajes distintos a lo largo de mi carrera. Pero un personaje como la “Clara”, no. Es muy loco el proceso que uno vive como actriz, porque empiezan a despertar áreas en uno cuando incorporas una vida que no te compete ni importa, y a meterla dentro de tu cuerpo. Y en ese ejercicio uno empieza a reflexionar y destrabar ciertas energías, colores, matices o emociones. Y en el caso de “Clara” es mucha la intensidad. Tendrá un viaje, y yo tengo la mitad de la historia, entonces no podría decir muy bien cómo se desarrollará este viaje...
Además de La Baronesa, estaba ensayando una obra, pero la dejaremos en stand by. Así que ahora estoy sólo en esta teleserie. Y mi salida de la radio no tiene nada que ver con la teleserie, si en 13 años pude hacer las dos cosas. Siempre logré compatibilizar, pero a veces puede llegar a ser bastante enloquecedor estar con las dos cosas.

No he hecho cine. No se ha dado. Soy actriz de tele parece nomás, jejeje... ¡Ya se va a dar! Me han invitado algunas cosas. Desafortunadamente, o no he coincidido por agenda, o por la historia... Ojalá se dé.
A lo largo de mi historia he pasado por muchos por muchos estadios con mi cuerpo, porque crecí en los 90, con un montón de constructos de cómo debiéramos ser las mujeres, comportarnos, relacionarnos y ser; y dentro de esta estructura está la famosa “talla cero”, que es como decirte: “Tienes que ocupar el menor espacio posible en la vida, ojalá el cero” (Lo dice en voz baja), que es como: “¡Logré ser nada!, ¡desaparecer!”. Me parece que es súper dictaminante para el lugar que ocupamos las mujeres en el mundo.
Uno pasa por muchas etapas y empieza a ocurrir este momento de la adultez y la madurez. Pero el momento en que más reconciliación he tenido con mi cuerpo fue post maternidad: tienes una guagua y el cuerpo es fabuloso. Empiezas a gestar y tu cuerpo a vivir esta transformación profunda de que un ser se instala y hace una piscina dentro tuyo. Me parecía fascinante —y súper agobiante para otras—, y a veces es incómodo. Y esa guagua nace, y el cuerpo muta de nuevo, se devuelve y sale leche... Siento que pasan muchas cosas que me hicieron mirarme y decir: “No hay nada en ti que no esté bien”. Y si las mujeres guardamos más grasa en las caderas es porque esa grasa tiene que existir. Hay una cosa muy mágica en el cuerpo humano, ¡y está súper bien que te moleste, te dé lata y te cargue que cambie tu cuerpo porque no te gusta cambiar! A mí me encantan los cambios. Creo que es fascinante. Y nada vuelve nunca a ser lo que era porque viviste una experiencia transgresora.
Y las arrugas: hay un director de teatro que decía que una arruga es la repetición de un gesto. Y dentro del “uno elige qué mirar”: elijamos las arrugas que queremos tener. Si queremos tener el entrecejo así que no dé más de amargura, o no. Las cosas cambian porque hay experiencia de por medio, y eso es bonito. Todos vamos a llegar a viejos algún día.
De las intervenciones estéticas pienso que cada uno es libre de hacer la huevada que quiera. Encuentro que si hay algo que de verdad te provoque una incomodidad profunda, y crees que una cirugía estética puede aliviarte esa incomodidad profunda, ¡hágala! Qué me importa a mí... ¿Y en cuanto a mí? Nunca diré que de “esta agua no beberé”.
¿Me siento deseada?... Es raro pensar en que uno se siente una persona “deseada”... Creo que la “Fabiola” es súper deseada. Entonces me ha pasado muchas veces que la gente se desilusiona profundamente cuando me conoce a mí, jijiji. Una vez una persona se ofreció para irme a dejar a mi casa después de una función, y yo venía saliendo del teatro, con abrigo, pañuelo, gorro y desmaquillada recién, y a esta persona se le cayó la cara: creo que estaba esperando que llegara esta mujer, aminada, sexy, grande y deslenguada, y aparecí yo, con frío, como “llévenme a mi casa, me quiero ir a dormir”.

No he caído mucho en la preocupación de cuántos seguidores tengo. Pero me han hablado de eso, y lo he escuchado de actrices de Hollywood. Tengo una relación de amor y odio porque me captura el celular, me paso horas scroleando, y de repente hay algo que me interesa, pero ese interés dura tres minutos. Esa es la parte que me genera más odio. Me resulta más o menos dificultoso porque trabajo en las redes sociales, y me gusta, pero no soy nativa digital. Pero encuentro bacán tener también esa posibilidad de conectar y conversar de manera directa.
Me parece que son súper peligrosas las redes sociales. Caímos en un momento en que las personas pueden llegar a ser tremendamente odiosas a través de las redes, y tiran mierda con ventilador, sin que les importe nada. Finalmente todos esos comentarios, tanto positivos como negativos, igual una persona los recibe. Cuando le dices a alguien que es un tal por cual porque no piensa igual que tú o porque hiciste algo equivocado, creo que es súper delicado. En general tengo una relación súper sana con quienes me siguen e interactúo, pero siempre está la posibilidad de que digas algo que a algunas personas les guste y la mierda con ventilador llega sin filtro. Y son personas que, si te las encuentras a la cara, probablemente no se atrevan ni a saludarte.
¿Qué sensación tengo de estos primeros meses del gobierno de Kast?... Estábamos hablando sobre las redes sociales: cuando hablé sobre mi opinión política me hicieron (pebre), y no estaba preparada emocionalmente en ese minuto para el nivel de agresividad que recibí por parte de los adeptos. Estoy prefiriendo no tener opiniones tan directas. ¿Me da miedo? (Pregunta reportero). Tengo que tener energía para dialogar ciertas cosas para las cuales hoy no tengo ganas de dialogar.
¿Dónde me ubico políticamente? En la izquierda. ¿Me decepcionó el gobierno de Boric? (Pregunta reportero) Creo que hay muchas cosas que me han desilusionado en los distintos gobiernos. Es como las relaciones de pareja: no existe alguien perfecto, y no sé si existirá un gobierno. Sí siento que hay algunos que se acercan más a lo que yo quisiera como país. Pero sentada desde mi sillón, es súper fácil.
“Tengo una desilusión bastante importante respecto a la política”, dije en otra entrevista. No es que tenga una desilusión... (Se queda pensando)... En general siempre digo “no” a participar en campañas políticas, porque yo puedo creer en ti, pero en la política no estás solo. Entonces uno puede creer que salvará al mundo, pero no depende sólo de mi deseo y voluntad. Y en ese diálogo hay muchas cosas que se pueden llevar a cabo, y muchas que no. Siento que hay muchas promesas que no se cumplen y equipos que te defraudan. Finalmente uno siente una desilusión porque sueña siempre que las cosas puedan ser mejores para todos, y cada vez es más difícil que esas cosas se lleven a cabo... Aquí me puse pesimista, jajaja.
Me han dicho mucho que me parezco a la Maca (Ripamonti), y a ella también. De hecho las dos lo sabemos y en algún momento lo hemos comentado, como: “Tenemos que hacer un crossover, me muero de ganas”. No somos iguales, pero tenemos un aire. Nos conocemos, sabemos quiénes somos, pero nunca hemos compartido un café. Cuando ella hacía unos videos como abogada para explicar el proceso constituyente, mucha gente me escribía felicitándome y diciendo “qué buen personaje” y “qué bacán lo que estás haciendo”, y yo: “¿Qué cosa estoy haciendo? No sé”. La miré y, cuando está pintado con los labios rojos y yo también, hay un parecido. Somos del mismo país.
¿Cómo soy con la plata? Tengo mucho gasto hormiga, como en cafecitos y embelecos, pero en general soy ordenada. Además aprendí de chica a ser ordenada, porque entré a la televisión más o menos grande. Me fui de mi casa a los 24, estuve unos cuatro años viviendo sola, haciendo mis pegas, entonces cuando había trabajo juntaba plata para cuando me quedara sin. En general soy bastante ordenado en todo; por ejemplo, no puedo salir de mi casa sin hacer la cama.

¿Sigo siendo mala para el ocio? Mi papá, que murió del 2021 (estaba enfermo), decía: descansar es cambiar de actividad. Y creo que heredé eso. Me encanta el ocio, creo que es fundamental, y siento que cada vez es más necesario que haya ocio. Los seres humanos crecemos justamente en esos espacios en que nos desarrollamos, gozamos y nos divertimos, conversando con amigos, yendo a la playa a leer un libro o la montaña.
Me gusta mucho el jardín con las manos en la tierra. Y siento que cuando meto las manos a la tierra, y estoy ahí sentada haciendo una actividad repetitiva, sacando malezas y no sé qué, solucionó nudos de mi cabeza. Todos esos espacios donde uno está no produciendo son súper fundamentales para la vida... ¡Ojalá hubieras más espacios para el ocio!
Hago deporte, pero justo ahora estuve enferma y con cuestiones laborales. KO, que es un entrenamiento que mezcla boxeo con música, y hago secuencias de golpes. Pero no peleo con nadie, ¡eso ni cagando! Que me pongan un cornete no podría; me daría tanta rabia que le pegaría de vuelta. Soy como niña chica.
Creo que soy muy perceptiva, entonces creo que ciertas cosas que suenan a predicción son percepciones de pequeñas cositas que me empiezan a armar el panorama. Pero sí: de repente tengo certezas que no sé de dónde salen. Una vez tuve un sueño, desperté en la mañana y le dije a mi marido: “Ella está esperando guagua”. Y nos juntamos al tiempo después y la vi a ella con una cerveza sin alcohol en la mano, y la quedé mirando y le dije: “Amiga...”. Pero fue hace un montón de años. No es que me pase cotidianamente.

¿He tenido alguna experiencia paranormal? Hace un par de años me pasó algo muy particular, que no sabría muy bien cómo describirlo, pero era una sombra. No la vi sólo yo. Tuve que despertar a mi pareja porque me cagué de susto. Al final me logré dormir, y él se quedó despierto mirando la sombra hasta que se hizo de día. No sabemos qué fue ni cómo fue. Nunca más lo volvimos a ver.
Creo que en algo después de la muerte. Pero me parece que la visión de que pasaremos al más allá, nos sentaremos al lado de no sé quién y que nos encontraremos con nuestros seres queridos, es súper ególatra: querer transcender yo como yo. Creo que hay algo. Que somos energía y que nos transformaremos en una energía, en un todo, y que seguiremos ese viaje entrando y viniendo, no sé hacia dónde o no sé si una reencarnación. Pero sí creo que esta energía muda hacia algún lugar.
Me siento, personal y profesionalmente, disfrutando.
Cuestionario Pop
Si no hubiera sido actriz me habría encantado hacer stop motion, de todas maneras. Ahora pienso: hubiera juntado el diseño, con la narrativa, lo cinematográfico y lo actoral. Me fascina.
En la universidad era trabajadora y en el colegio era poooorra.
¿Un apodo?... No tengo.
Un sueño pendientes es más viajes, a Oriente.
¿Una cábala? Al último que le doy “mierda, mierda” es al último que le tengo que dar “mierda, mierda” hasta el final de las funciones.
Una frase favorita que tengo es “ni aunque te den ni aunque te quiten”.
Un trabajo en mi vida que no se conoce es que un fin de semana atendí la tienda de ropa de una amiga porque no tenía vendedora. Le dije: “Yo te voy a atender la tienda”. Y ella hasta hoy no lo puede creer.
Algo de lo que me arrepiento es que no me fui a las Torres del Paine con una amiga, con la que ya lo teníamos todo organizado, porque tenía una alargue de teleserie. No lo supe pelear y me perdí mi viaje, hace tiempo. Y no lo he vuelto a hacer. Mi amiga fue, estaba todo armado y la dejé a mitad de camino.
Con mi primer sueldo le compré un chaleco a mi hermana, que debieron ser esas primeras 40 lucas que me gané con un pituto.

Una actriz chilena que admiro es María José Bello porque es versátil, seria, rigurosa comprometida y generosa. Y por todo eso y más, es mi amiga.
Una actriz que es mi amiga es la “Pepa” Bello.
Mi pertenencia más preciada es... ¡Ay!, soy súper cachurera... pero me quedo con los chalecos de lana que les tejió mi mamá a mis niños cuando nacieron.
Un pasatiempo oculto es que soy maestrera: arreglo una persiana en la casa, pinto los muro y arreglo muebles. Tengo mi caja herramientas.
¿Una película que te haga llorar? La última que me hizo llorar fue Hamlet.
Un miedo es que le pase algo a mi seres queridos.
¿Creo en el horóscopo? En la astrología, que no es lo mismo. Soy Libra. Obvio que me hice la carta astral y tomé cursos.
Si pudiera tener un superpoder me gustaría tener el de la transportación.
¿Un placer culpable? Los placeres no son culpables. No vienen con culta. De hecho tenía un programa que se llamaba Concierto placeres.
Si pudiera invitar a tres famosos de la Historia a un asado, me encantaría sentarme con Tilda Swinton, David Bowie, David Byrne.
Lorena Bosch es (me cargan las autodefiniciones) es una persona tratando de entender qué hacer en la tierra, jajaja, o tratando de descubrir algún secreto trascendental.
Imperdibles
Lo último
hace 13 min
hace 25 min
hace 30 min
hace 39 min
07:21
Lo más leído
1.
2.
3.
4.
6.



















