Por Guido Macari MarimónLa íntima apuesta del cine chileno estelarizada por Helen Mrugalski: Daniela Ramírez cuenta su historia con una joven “indomable”
Son las protagonistas de Cuerpo Celeste, dirigida por Nayra Ilic, una delicada pero también dura trama que sucede en el Norte a principios de los 90. “Fuera de cámara, puse harto límite con la Helen, como “‘abrígate’ o ‘no hagas eso’, como la mamá“, recuerda sobre su vínculo filial.

Esta es una historia que sucede —y fue grababa— principalmente en el desierto de Atacama, sobre todo en torno a las costas de Bahía Inglesa y Caldera, marcada por un eclipse solar a inicios de los 1990. Se trata de una familia encabezada por los personajes de Daniela Ramírez y Néstor Cantillana, padres de la adolescente que interpreta Helen Mrugalski; además con una tía querida, Mariana Loyola también tiene su rol; entre otras figuras.
En medio de aquellas semanas de veraneo, posterior al Año nuevo, se gatilla una tragedia que quiebra la vida de la familia, mientras la joven de 15 años, “Celeste”, comienza su transición mental, hormonal y física hacia a la adultez, la que choca con las repercusiones del dolor del clan y, por supuesto, con su herida madre; mientras también asoman los horrores recientes del régimen de Pinochet.
En conversación con La Cuarta, Ramírez repasa lo que fue el proceso para concretar Cuerpo Celeste (2026), dirigida por Nayra Ilic, y que desde este 23 de abril está disponible en cines.
La historia se grabó en dos tramos, según explica la actriz, los exteriores en tierras nortinas, y los interiores en una casa de Santiago, que son “los momentos más íntimos”, detalla. “Fueron alrededor de dos o tres meses que estuvimos en rodaje, en el 2024”. Y reacciona a su propia respuesta:
—Cómo pasa el tiempo…
El norte según Daniela y su hija
—¿Cuál era tu relación con el Norte de Chile?
—Lo más al norte que había ido era Tongoy. No conocía el desierto. Había grabado en el norte una película, Romance policial, en San Pedro (de Atacama). Pero acá fue súper distinta mi experiencia. Nos fuimos a Bahía Inglesa, y fue espectacular. Grabamos en esas playas que si tomas el auto y te vas un poco más hacia dentro, o te pierdes un poco, encuentras paraísos. Y todo eso es como el escenario, además de las montañas y las rocas que hay, en la película. Es también el imaginario que tiene la directora, Nayra, de su infancia; ella se iba con su familia al norte, a descubrir playas, se introducían en el desierto, que parece raro porque es como: hay todo y no hay nada. Bien particular.
Ramírez y la protagonista ya se conocían, porque habían actuado juntas, por vez primera, en el 2018, Casa de muñecos (Mega), cuando la hoy adolescente era tan solo una niña, recuerda: “Había hecho de mi hija cuando chiquitita”. Mrugalski, por su lado en melodramas, también ha estado en Señores papis, Edificio corona, Demente y Hasta encontrarte.

—¿Ya tenían una afinidad?
—Sí, o sea, la Helen estaba súper distinta cuando yo la volví a ver ahora, ya preadolescente. Cuando la dejé, era una niña, chiquitita, ¡una ternura! Ahora ya está con más carácter, con esta característica media “indomable” de los preadolescentes.
—¿Está indomable?
—No, hay un salvajismo interior de los preadolescentes, que es “pura pulsión”, ¡todo nada, “quiero o no quiero”, o “me dejan o no me dejan”. Y la Helen es una exquisita, súper inteligente y, sobre todo, intuitiva. Y nos llevamos súper bien, nos caemos bien. Hay un humor que es una mirada y estamos pensando lo mismo. En ese sentido, fue muy divertido también trabajar con la Helen.
—¿Ese vínculo antes no existía?
—Es que era una niña po’, tenía como seis años, entonces era toda una ternura; me la quería comer. Ahora ya éramos cómplices: nos mirábamos, mirábamos lo que estaba pasando y nos reíamos de complicidad. Y también tuvimos que hacer un trabajo súper sutil: las relaciones ya están instaladas en el texto, y ya se ve cómo es la relación, si es más tirante o dócil. Y como teníamos hartos momentos más complejos de mamá e hija, tuvimos que generar esa soltura y confianza de decirnos las cosas. Fuera de cámara, puse harto límite con la Helen, como “abrígate” o “no hagas eso”, como la mamá.
—¿Y se enojaba con esos límites?
—Me transgredía. Transgredía los límites. Y eso era lo bueno, lo que nos servía a nosotros —Se ríe.
—Ustedes en todo momento están medio actuando…
—Es que como además hay un viaje de por medio, y hay todo un equipo que va a sólo contar esta historia, uno de alguna manera, igual, en alguna sutileza, uno genera esas relaciones. Con la Mariana Loyola somos muy amigas, pero aquí éramos hermanas, entonces la Mariana empezó a tomar un rol de decirme cómo hacer las cosas.
—¿Cosa que no hacía antes?
—Ahora, hasta hoy las hace —asegura y se ríe—. Nos quedamos con esa sensación de hermandad, que finalmente son los roles: pequeñas cositas que hacen que uno tenga más o menos confianza, o que transgreda al otro... Pero es verdad que con la Helen nos pasó que ya transgredía un poco los límites que yo le ponía, y desde la amistad, porque también a veces nos confundíamos: “No estamos grabando, pero igual tenemos esta relación”. Pero funciona para la historia, porque le da contundencia. Y cuando uno ve la historia, cree que esos personajes son esa familia. Era lo que necesitábamos.
—¿Qué te llamó más la atención de Helen como actriz?
—Creo que la Helen lo que más tiene es su fuerza en la mirada: la Helen en los silencios, y su mirada penetrante, y también muy débil, muy frágil, dice muchas cosas. Y no es fácil: mirar bien en el cine, que la cámara está acá (muy cerca del intérprete), y contar los procesos de las emociones, no es fácil. Y la Helen lo tiene, lo vive.

—¿Qué fue lo que más te atrajo de este proyecto?
—Lo que más me atrajo es trabajar con una directora mujer. Necesitaba eso, quería esa experiencia. Cómo estaba escrito me sedujo mucho, me pareció súper acertado, sutil, poético: vi el potencial que tenía la historia. Y trabajar con la Nayra, en realidad. Nos conocimos en un café hablando de la historia, y vimos que teníamos mucho en común de cómo percibimos las cosas; y es súper heavy cómo lo distinto que puede ser, en ritmo, en sutileza, en decisiones, que una mujer dirija y lidere.
—¿Algún ejemplo?
—Son puntos de vista, sutilezas, son cosas más delicadas. Son otras maneras, es otra estructura de cabeza. Cómo se cuentan las emociones. Son decisiones distintas.
Reflexiones y presente de Ramírez
—¿Qué mirada sientes que aporta esa película en su abordaje a los detenidos desaparecidos?
—Aporta reflexión y memoria, entender que el desierto no es sólo el desierto, y el imaginario del desierto y un paisaje: también es un cementerio. El desierto en nuestro país es un cementerio, y ahí está constatado, y hay personas que siguen buscando, minuciosamente, con lupa, huesos de sus familiares. Y eso, entenderlo; y que no tenga el acento, pero sí que exista. Así como existía la historia, que a veces uno si quería ver, veía; y si no, no veía —porque eso está—. Eso también pasa en la película: lo nombra, hace un acento, uno sabe lo que está pasando; pero depende de uno si es que quiere enterarse, o desarrollarlo más o no. Eso también es hacer memoria.
La actriz también reflexiona: “Hay que ser súper serios de que estamos en un país donde la reparación ha sido minúscula, y ha sido súper denigrante para las familias, y para todo ese suceso —seamos del color político que seamos—, hacer y generar un acto de reparación. Estamos hablando de derechos humanos, de personas muertas, de desestructurar familias; no estamos hablando de ‘me gusta el 1973 o no me gusta’. Es súper grave, y eso hay que instalarlo como cultura en las cabezas de los niños que están creciendo en nuestro país”.
—¿Qué fue para ti lo más complicado en este rodaje?
—Siempre hay algo complicado, y siempre un vértigo y un adrenalina gigante... Complicado creo que es ponerme en el lugar de la pérdida y de cómo uno se para después de eso. Eso es terrible, imaginártelo... como que te quiten un brazo.
—¿Y en esos casos trabajas con la famosa memoria emocional?
—No, me enfrento como si fuese verdad lo que está pasando, como si la Helen fuese mi hija, como si todo lo que está ocurriendo es así, “y yo tuve esa vida”; porque es difícil conectarlo con algo de mi historia, que son súper distintas. Me presto a la verdad de jugar.
—¿No te pasa eso de “quedarte pegada” en el personaje?
—Creo que igual los actores son unos animalitos raros —comenta y se ríe—, de que obvio que uno cree que entra y sale del personaje; pero, cuando uno vive situaciones, o presta el cuerpo para vivir emociones radicales y fuertes, algo pasa po’, ¡y algo queda! No me quedo con los personajes pegados, pero sí creo que mi cuerpo resiente un poco esa sugestión... Y qué loco, porque el el otro día me analizaba y siento he prestado más mi humanidad para interpretar otras emociones que las mías.
—¿Reprimes un poco tus propias emociones?
—No, pero me permito más drenar más por los personajes que por mí misma —se ríe.
—¿Tú eres más contenida?
—No sé si “contenida”, que quizá me escuchen mis amigos y digan: “¡A dónde!”. Pero sí siento que ocupo los personajes para (liberar) esa fuerza... Me ha tocado, y entre que me ha ayudado... Bueno, no sé... Pero no me quedo pegada, “en el personaje”; pero sí debe haber algo (que queda)... Es loco...
—Y lo último, ¿estás en algo más? ¿Terminaron de grabar Reunión de superados (Mega)?
—Seguimos, de aquí me voy para allá; nos queda un poquito, un ratito.
—¿Y algo más?
—Voy a hacer una peli ahora, sobre el caso Frei Montalva, que está inspirado mi personaje en la Mónica González, nuestra gran periodista; no es lo que debería ser, para mi gusto, (porque) deberíamos hacerle una serie a ella. Y es el caso de Carmen Feri intentando dilucidar qué pasó con su padre.

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