El dramón que encandila a las golondrinas de mar en el Norte: “Tienen el mismo efecto que en las polillas”

Golondrina de mar negra. ILUSTRACIÓN: César Mejías / @gatoncomic

Durante la última década, el crecimiento de las ciudades nortinas ha derivado en un problema para las aves más jóvenes de estas especies que pasan gran parte de su vida en el océano, pero que regresan a tierra firme para reproducirse: “El concepto de un desierto árido, sin vida, cambia completamente con todo lo que hemos encontrado”, dice el investigador Ronny Peredo. Hoy, en ciudades como Arica e Iquique, se estima que más de mil volantones caen por temporada, confundidas por las luces citadinas. “Lo que es mucho, demasiado”, advierte.

“Acá no hay nada”, pensaba el biólogo marino Ronny Peredo cuando, junto a otros investigadores de la Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre (ROC), empezaron a recorrer el desierto en las regiones de Arica y Tarapacá en el 2013.

El plan era hallar dónde ponían sus nidos las golondrinas de mar, también conocidas como petreles tormenta. “No se sabía de sitio de nidificación alguno, no se había encontrado nunca”, relata a La Cuarta sobre estas aves que pasan buena parte de su vida en alta mar y regresan al continente para reproducirse.

De hecho, en una de estas especies, la golondrina de mar negra (Hydrobates markhami), solo se conocía de un punto de nidificación descubierto a principios de los 90′ en Paracas, sur del Perú. “Después de eso, nada, había un vacío”, dice. “Y nos colocamos las pilas en empezar a buscar los sitios, porque ya se habían juntado suficientes antecedentes” de que esos lugares debían estar en territorio chileno.

Sucedía que cada vez se hacían “más patentes” las caídas de volantones (aves jóvenes que están aprendiendo a volar) que, aturdidos por la contaminación lumínica de ciudades cada vez más grandes como Arica e Iquique, aterrizaban equivocadamente en calles y domicilios. Los nidos debían estar cerca.

Golondrina de mar

Y así fue:

—Moviéndonos durante la noche hemos cambiado un poco esa idea del desierto sin vida —declara tras años de búsqueda—. En una pampa que ves de día y dices: “Acá no hay nada”. Pero en realidad hay miles de aves anidando bajo la tierra. El concepto de un desierto árido, sin vida, cambia completamente con todo lo que hemos encontrado.

Golondrinas tormentosas

Las golondrinas de mar son un puñado de especies que pertenecen al orden de los Procellariiformes, que abarca a las aves marinas oceánicas, es decir, que pasan prácticamente toda su vida en vuelo o nadando lejos de la costa. Solo regresan a islas o al continente durante los periodos reproductivos.

Los “petreles tormenta” son todos bastante pequeños, no superan los 25 centímetros; e hilando más fino, pertenecen a los géneros hermanos Hydrobates y Oceanites. Comen peces, cefalópodos como pulpitos, crustáceos y los bichos que pillen.

Golondrina de mar

Como pasan largas temporadas en alta mar, cuentan con una adaptación para consumir agua salada, llamado naricornio, que “es un tubito sobre el pico, que es bien característico”, y por ahí expele el exceso salino, cerca de los orificios nasales, explica el biólogo marino. Este aparato tiene conexión con la glándula salina que le permite al ave extraer y botar la sal, “como que la estornuda y sale por ahí”, precisa. Así permanecen hidratadas durante un extenso periodo en el océano.

Para lidiar con las fuertes ventoleras marinas, cuentan con largas alas. Eso sí, como pasan largos periodos en vuelo o nadando, cuando deben caminar en tierra son “bastante torpes”, detalla. “Prácticamente no caminan como otras aves”, incluyendo a algunas costeras como gaviotas o pelícanos; “se tropiezan o simplemente se quedan quietas porque lo suyo no es el caminar”, asegura.

Golondrina de mar

En el norte de Chile se pueden encontrar al menos cuatro especies distintas. De aspecto “son muy similares”, dice, todas con un predominante color negro. Es más, la golondrina de mar negra presenta “un café negruzco y varía dependiendo si es adulto o juvenil”, por lo que “es muy fácil de identificar”. De hecho, agrega, Ronny es “la principal y que más hemos estudiado”.

También está la golondrina de mar chica (Oceanites gracilis). Es algo más pequeña, no supera los 15 cms y en la parte de la rabadilla, sobre la cola, tiene una franja blanca que se extiende por los costados hacia la parte de vientre. Luego viene la peruana (Hydrobates tethys), que es similar a la anterior, “pero no tiene parte del vientre blanca, sino solamente la parte de la rabadilla”, describe. La otra es la de collar (Hydrobates hornbyi), que mide unos 21 cms y es de un gris más claro, y tiene bastante más blanca la cara.

Golondrina de mar peruana

En todo caso, “para el que no es muy conocedor, igual es complicado, no es tan simple”, advierte a la hora de reconocerlas.

Si bien los esfuerzos de estudio se han concentrado entre Arica y Atacama, en el último tiempo se ha indagado en una especie que anidaría en la Cordillera de Los Andes, en la Región Metropolitana, conocida como golondrina de mar de Wilson (Oceanites oceanicus). Pero esa es una pega que recién comienza, porque no se han encontrado nidos, solo indicios.

Aún hay mucho por explorar.

Los nidos ocultos

Los primeros acercamientos de Ronny Peredo a estas aves fueron cuando era estudiante de biología marina en la Universidad Arturo Prat, en Iquique. Por aquel entonces, a mediados de la década de 1990, “caían un par de ejemplares” de golondrina negra y de collar por la ciudad y alrededores. “Eran muy poquititas”, recuerda.

Sin embargo, recién en 2013, cuando los aterrizajes fallidos se masificaron, con la ROC partieron con un “trabajo más serio” enfocado en las golondrinas. “Empezamos a recorrer todo el norte, el desierto de Atacama completo, a ciegas al principio, porque prácticamente era nada lo que se sabía”, relata. Encontraron algunos rastros como plumas o restos de alas. A veces, alguien les pasaba el dato de que había oído sus vocalizaciones en medio de ese árido paisaje durante la noche.

Así arrancaron con salidas a terrenos que podían durar una o dos semanas, “perdidos en el desierto, acampando, día y noche”, dice sobre esa búsqueda de los sitios de nidificación.

Golondrina de mar

Tras una larga búsqueda, en Arica, específicamente en la Pampa Camarones, hallaron el primer nido, que se encontraba en un costrón de sal en medio de un salar. “Escuchamos un pequeño piar, muy débil, bajo la tierra”, recuerda. “Ahí supimos que había algo”. Ese fue el inicio de una serie de hallazgos, porque, de partida, notaron que estas cavidades que alojan a los nidos tienen “un olor muy característico”.

Esas golondrinas —sobre todo la negra— ponen sus nidos en las cavidades naturales que encuentran en medio del desierto, y muchas veces no lejos de las ciudades. De hecho, aquel estilo de vida le ha significado un drama particularmente a una de las especies, la que más ha estudiado Ronny. En 2018 el Ministerio del Medio Ambiente declaró su estado de conservación como “En peligro de extinción”, mientras que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la calificó en “Casi amenazada”.

Eso sí, también se ha remarcado que falta información para tener un escenario claro.

Con el tiempo, los investigadores afinaron el ojo y, por ejemplo, se percataron de las patitas marcadas en el suelo que había afuera de las cavidades en cierta época del año. Luego, notaron que, también en determinado periodo, se oían sus vocalizaciones dentro de las cavidades. La tecnología les permitió acceder a estos agujeros a través de cámaras: “Las empezamos a ver adentro, cómo vivían en el interior de las cavidades”, cuenta.

Golondrina de mar

Estas golondrinas ponen tan solo un huevo por temporada y, por lo tanto, “todo el esfuerzo” de ambos padres en un solo polluelo resulta un factor de riesgo para la conservación de estas aves, plantea el biólogo marino.

Para los investigadores, el trabajo en terreno implica trabajar día y noche. Es durante la oscuridad que estas aves se encuentran más activas y, por lo tanto, es posible monitorear su comportamiento. En cambio, durante el día, y en medio del calor, resulta más fácil revisar el sitio de nidificación. Buena parte de esa pega implica estar agachados, por lo que deben recurrir a rodilleras y guantes, ya sea para meter las cámaras u oler.

En cada cavidad suele solo haber una pareja, salvo que el hueco sea muy grande y permita que dos puedan convivir. En Arica, específicamente en Pampa Chaca, está el sitio de nidificación más grande del mundo de golondrina de mar negra, lo que implica de 35 a 45 mil pares de machos y hembras. Durante el 2020, el veterinario Rodrigo Silva, que por aquel entonces lideraba el proyecto “Golondrinas del desierto” de la ROC, estimó que el 95% de la población mundial de esta especie se reproduce en Chile, según consignó Ladera Sur.

Hasta hace unos pocos años, en cuanto a la golondrina de collar, ni siquiera se conocían lugares donde nidificaba, hasta que encontró uno en la pampa del Indio Muerto, en Atacama. “Así hemos ido poco a poco”, dice.

Golondrinas de mar

Los distintos sitios se encuentran extendidos por el desierto de Atacama, desde Antofagasta por el sur hasta Paracas, en Perú, aunque este último es más pequeño. Estos lugares se distribuyen a lo largo de toda la pampa, específicamente donde hayan costrones de sal, “que no son uniformes, no es todo un gran salar, sino que hay parches”, precisa Ronny. A veces pueden haber 500 cavidades juntas, y a veces solo un par. Estos agujeros deben tener un tamaño adecuado, es decir “ni muy grande ni muy chico”, agrega, “para que no puedan entrar depredadores” y, a su vez, que dentro haya un “espacio que les acomode”.

En el caso de la negra, los sitios pueden estar en islotes en medio del océano, pero dentro del continente se los ha hallado hasta a 70 kilómetros del mar; pero, en promedio, se lo encuentran a una distancia que ronda entre 25 y 20 kms de la costa.

Las golondrinas son bastante vocales, comenta el biólogo marino, y emiten un sonido “muy característico”. Suelen estar más silentes durante el año, hasta que llega la temporada de reproducción, cuando se desatan en sonidos para cortejar a su potencial pareja durante abril y mayo.

Y después, silencio.

Golondrina de mar

Ya en junio y julio se acomodan en las cavidades para poner los pequeños huevos, en que los padres se turnan para cuidar al suyo. Al principio, a veces lo dejan solo y regresan al mar, confiando en el calor que brinda el desierto desde la superficie. La incubación dura entre 45 y 50 días. Ya en la etapa previa a la eclosión y en los primeros días posteriores al nacimiento, uno de los cuidadores siempre está con el polluelo, día y noche.

Luego empiezan a dejarlo sola durante su crecimiento, que dura entre 75 y 85 días. Así, en octubre los volantones empiezan a ensayar solitos el vuelo en busca de su independencia, periodo que se extiende hasta enero. Cuando aún son pequeños, evitan salir de la cavidad para no quedar indefensos ante depredadores como zorros chilla (Lycalopex griseus) o rapaces nocturnas como el pequén (Athene cunicularia). También, en los sitios que están más cerca de las ciudades, aparece la amenaza de los perros (Canis lupus familiaris). “Por eso prácticamente no salen”, dice.

Por esa razón también dentro de las cavidades, donde están los nidos son “muy basureros; incluso si se muere un pollo, al año siguiente anidan sobre el cadáver que quedó de la vez pasada”, dice. Puede parecer sucio, pero guardarlo todo es su técnica “para no atraer a los depredadores”, o sea, “no dejan ningún rastro afuera”.

Golondrina y zorro chilla

Un problema brillante

Ahora, una incógnita importante para los investigadores es saber cuáles son los desplazamientos que realizan las golondrinas de la tierra hacia el mar, ya que, al moverse de noche, es más difícil seguirles la pista. Eso sí, dice Ronny, en Arica ingresan por la quebrada de Vítor. Además, “sabemos poco de dónde se alimentan durante el año, y a dónde se van”, plantea.

Otra preocupación es el problema de la contaminación lumínica, en que los más perjudicados son los volantones que sobrevuelan por primera vez el territorio y, encandilados por las luces de ciudades como Arica, Iquique y Antofagasta, caen: “Tienen el mismo efecto que en las polillas, que se ven atraídas por las luces y se desorientan”, explica. Una vez en el suelo, “se quedan quietos ahí nomás, no hacen nada, son aves súper inofensivas, uno las pueda tomar fácilmente”, comenta. “Son súper vulnerables en ese aspecto”.

Golondrina de mar

Entre Arica e Iquique caen entre mil y tres mil volantones por temporada, según el integrante de la ROC. “Lo que es mucho, demasiado”, remarca, “y estos obviamente se rescatan, se llevan al mar y se hace todo un operativo”.

Los adultos también sufren por estas luces, pero aprenden “cómo guiarse un poco más hacia el mar y no perjudicarse tanto por las luces; igual a veces cae algún adulto, pero es un porcentaje menor, chiquitito”, detalla. Es posible que el vuelo nocturno haya surgido como una estrategia de supervivencia para evitar depredadores, pero el crecimiento y modernización de los centros urbanos les ha traído complicaciones

Además, hoy en día, con el incremento de la luminosidad en las ciudades a través de las luces LED, “que son frías o azules, y muy intensas”, describe. En el pasado, en el norte predominaba “esta luz que es más bien cálida, amarilla o media naranja” y “no se producían estas caídas de volantones tan masivas”, recuerda Ronny. Pero en la última década se ha masificado este cambio de luminarias, sobre todo en los sectores costeros y de los balnearios.

Para el investigador la gran pregunta es “cómo evitar que esta especie se vea perjudicada”, una interrogante que han intentado resolver junto a las autoridades municipales y de gobierno. “Es muy difícil el cambio de luminarias, porque la gente lo que quiere es más luz, por el tema de la delincuencia y la seguridad”, advierte. “Y vemos que las ciudades están creciendo, y se están expandiendo hacia los sitios donde están las golondrinas”, a lo que se suman proyectos energéticos, tanto eólicos como solares, y tendidos de alta tensión.

Golondrinas de mar

Por último, otra duda “importante” es saber dónde anidan las demás especies de golondrinas, porque se han encontrado “muy pocos sitios de collar”, mientras que con la chica y la peruana tampoco han tenido mucha suerte. En el último tiempo han empezado a colaborar con colegas del sur de Perú; de hecho, recientemente dieron con un sitio que, a pesar de solo tener unos veinte nidos, es un hallazgo y pronto será publicado.

“Las especies no tienen fronteras”, cierra, “así que por uno u otro lado las tenemos que proteger”.

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