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Crítica de series: Alguien tiene que saber y el vacío desaprovechado del caso Matute Johns

La serie de Netflix reconstruye uno de los crímenes más emblemáticos del país, pero en su intento por abarcar todas sus aristas evita profundizar en el vacío que lo define, quedándose lejos de convertir la incertidumbre en una verdadera fuerza narrativa.

Crear ficción sobre un hecho que no tiene respuestas concretas siempre es una tarea difícil. Tradicionalmente, algunos cineastas optan por construir una verdad, armando una interpretación que intenta explicar el caso, mientras otros prefieren explorar múltiples versiones y dejar que el espectador complete los vacíos con su propia mirada.

Alguien tiene que saber, la nueva serie limitada de Netflix basada en el emblemático caso Matute Johns, intenta moverse entre ambas veredas, aunque sin afirmarse con claridad en ninguna.

De hecho, cada cierre de sus ocho episodios está marcado por una advertencia bastante explícita: “esta serie está inspirada en hechos reales. Los personajes, escenas y diálogos han sido ficcionados, combinados o creados con fines dramáticos. El caso judicial en el que se inspiran los hechos de esta serie no cuenta con una sentencia condenatoria al momento de su estreno”.

Pero este tipo de historias también ofrece una tercera vía mucho más atractiva. Una en la que un caso policial sin respuestas funciona como excusa para indagar en los aspectos más oscuros de la condición humana, explorando sus contradicciones, miedos y miserias. El mejor ejemplo es lo que logra la obra maestra Memorias de un asesinato, de Bong Joon-ho (director de la también célebre Parásitos).

Esa película -centrada en un asesino en serie que, al momento de su estreno, aún no había sido atrapado- inevitablemente surge como punto de comparación frente a la producción de Fábula, no solo por su temática, sino por la forma en que enfrenta la incertidumbre.

En el caso de la serie de Netflix, lo primero que queda en evidencia es que en su entramado surgen una serie de oportunidades desaprovechadas que no terminan de cuajar al momento de reflejar la angustia emocional y las incógnitas propias de una historia marcada por desprolijidades investigativas, luchas de ego policiales y, por supuesto, las maniobras de quienes callan, mienten y encubren.

En esa línea, lo que en la película de Bong Joon-ho era una clase magistral sobre la falibilidad de la condición humana -aprovechando el vacío existencial de enfrentarse a una historia en la que nadie realmente sabe nada-, en la serie termina diluyéndose, abrumada por la necesidad de escudarse constantemente en la falta de una respuesta comprobada.

En ese sentido, aunque Alguien tiene que saber cuenta con una producción de primer nivel, incluyendo varias secuencias con drones que retratan los parajes de la zona de Concepción, su narrativa nunca logra explotar del todo la nebulosa propia de un caso sin resolución.

Todo eso responde, evidentemente, a decisiones propias del relato. Por ejemplo, la más relevante es que la serie no profundiza en el peso del paso del tiempo, en un caso en el que transcurrieron años antes de encontrar el cuerpo de Matute Johns. En su camino, en cambio, la serie prefiere optar por centrarse en un equipo de detectives para indagar y confrontar las diversas teorías que van consolidándose en el tablero. Y, a la larga, terminan favoreciendo a una como la más probable.

A eso se suman aspectos de su puesta en escena, como un uso poco arriesgado del lenguaje audiovisual y una construcción atmosférica que rara vez se permite incomodar o tensionar al espectador, lo que termina restándole fuerza a la experiencia.

A diferencia de ello, y como eco de lo diferente del tratamiento de ambas producciones, Memorias de un asesinato abraza la incertidumbre como motor dramático, permitiendo que la frustración, el error y el desgaste de sus protagonistas se conviertan en el verdadero centro del relato. Eso solo es tanteado en los investigadores de la serie.

Adicionalmente, la película no busca respuestas, sino que construye una experiencia donde el desconcierto es parte esencial de una propuesta que termina mirando de frente al culpable que, de seguro, está viendo detrás de la pantalla.

De ese modo, mientras una obra convierte la falta de certezas en su mayor fortaleza narrativa, la otra parece temerle constantemente, optando por subrayarla en lugar de habitarla. En ese contraste, la serie de Netflix evidencia sus mayores debilidades.

En esa línea, la producción del streaming claramente pierde la oportunidad de trascender más allá de la reconstrucción de un caso. Es decir, no logra convertirse en una reflexión más profunda sobre quienes lo rodearon.

Eso último es lo clave, ya que los componentes clave están en una serie que opta por una propuesta más coral y que destaca por las actuaciones, especialmente la de Paulina García en el rol de la madre de la víctima.

De ahí que tenemos la angustia familiar, el punto fuerte de esta propuesta, además de las marchas ciudadanas, la intriga sobre lo que ocurría en la discoteca La Cucaracha y hasta lo que rodeó a su dueño, aunque este último rápidamente desaparece del foco, pese a que mediáticamente estuvo en el ojo del huracán durante años.

También está la tesis sobre el grupo de jóvenes que podrían haberlo matado a golpes, e incluso aparecen el barbitúrico y la posibilidad de un abuso sexual. Se suman los problemas del equipo investigador, el engaño de un vidente como factor extra en este tipo de casos y, por último, el silencio de un sacerdote frente a un secreto de confesión, lo que en última instancia termina transformándose en un elemento protagónico para sostener la idea de que alguien sí sabe.

Pero lo que en última instancia se refuerza es que, frente a un caso sin respuestas, no basta con acumular piezas ni exponer teorías: lo verdaderamente decisivo es cómo se construye ese vacío. Y es ahí donde la serie pierde la oportunidad de transformarse en algo más que la suma de sus partes.

Alguien tiene que saber ya está disponible en Netflix.

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