Las andanzas del duende de Pitrufquén

En medio de anuncios del fin del mundo, en 1999 los habitantes de esta ciudad de La Araucanía fueron testigos de un extraño e inexplicable fenómeno, que sigue grabado a fuego en el subconsciente de la comunidad.

Es 1999 y un nuevo anuncio del fin del mundo, ante la inminente llegada del temido año 2000, tiene a muchos con el alma en un hilo. Y en Pitrufquén, los vecinos acrecientan esta alarma, ante la presencia de un extraño suceso que parece no tener explicación.

El sol comienza a caer en la multicultural ciudad de La Araucanía. En una polvorienta cancha de tierra emplazada tras el hospital local, un grupo de niños grita y corre detrás de un balón a punto de descoserse. A medida de que el tono anaranjado del ocaso va desapareciendo de la cancha, los menores comienzan la huida hacia sus hogares, a excepción de cuatro valientes que, ensimismados en el juego, siguen pateando la esférica en la oscuridad.

Entre las risas del partido en penumbras, un destello de luz aparece en lo más lejano del arco sur. El miedo se apodera de los niños, cuya primera reacción es tomar la pelota e intentar esconderla como el tesoro más preciado. Lentamente, el reflejo se va acercando a los menores. En cadena se organizan y se toman de las manos para no correr como locos.

Justo al medio de la cancha la luz se comienza a apagar. Los jóvenes se acercan a ver de qué se trata. La estela deja un polvillo negro que logran palpar con sus manos. Con miedo se miran a los ojos, en medio de la poca luz que refleja la cancha y, tras un eterno momento de incertidumbre, se van a sus casas.

Al otro día se reúnen como siempre. Todo el piño tras la pelotita, pero cuatro niños no pueden sacar de su mente lo sucedido la noche anterior. La rutina es parecida. Uno a uno se van yendo sus compañeros, hasta que los mismos quedan jugando casi sin luz.

Desde una mochila, uno de los chicos saca la linterna de su padre, que había llevado para prevenir. "No quiero que me vuelva a pasar", dice con temor. Sin embargo, otra vez la luz comienza a disiparse en la cancha, sólo que ahora el valor puede más y todos van hacía la estela.

Es tan potente que encandila las pupilas de los menores, y cuando al fin pueden abrir los ojos, estos se posan perplejos sobre "eso". Orejas grandes, boca prominente que brota de su cara, rostro vejatorio, baja estatura y un chillido ensordecedor. "Es un duende", grita uno de los niños, sin vacilación, antes de comenzar a llorar.

Asustados por el gruñido del pequeño gnomo, los niños toman piedras para armarse. Con sus manos, el extraño ser intenta taparse el rostro, mientras los camotes comienzan a caer sobre él. Fugaz, desaparece de la cancha, mientras los niños continúan gritando.

El rumor se expande rápidamente por el pueblo y la noche siguiente, varios vecinos curiosos esperan su aparición. Puntual, llega al caer el sol. Otra vez al centro de la polvorienta cancha, el duende aparece, mostrándose molesto ante la presencia de la gente. En vano, algunos de los más valientes intentan acercarse.

Con sacos y redes, pretenden dar caza al pequeño hombrecillo, sin éxito ante la agilidad del ser. Como si fuera una maratón, todos comienzan a seguirlo, mientras el duende sólo atina a correr, hasta que en la inmensidad del terreno su rastro se pierde.

A la siguiente noche no apareció. Algo hizo que se alejara del lugar, al que no volvió, aunque la gente lo esperó por noches en la polvorienta cancha. De eso han pasado 19 años, y sólo en contadas ocasiones, algunos habitantes de la comuna aseguran haber visto a esta extraña presencia en la misma cancha o en el hospital cercano.

Algunos asocian su "presencia" a que sucederá una desgracia. Otros se limitan a crear tibiamente la historia. Lo cierto es que el duende de Pitrufquén quedó en el subconsciente de la localidad y todos alguna vez han escuchado, y temido, las apariciones de este escurridizo ser.

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