Roger Waters y el grito contra la opresión de un show extraordinario que no deja títere con cabeza

El músico británico realizó una espectacular presentación, pensada de principio a fin, para retratar su llamado a la resistencia y evaluar qué nos define como seres humanos. Foto: La Cuarta.
El músico británico realizó una espectacular presentación, pensada de principio a fin, para retratar su llamado a la resistencia y evaluar qué nos define como seres humanos. Foto: La Cuarta.

El músico británico realizó una espectacular primera presentación en el Estadio Monumental David Arellano, generando una combustión sonora marcada por los discursos que busca definir lo que fuimos y somos, pero también lo que podemos ser como seres humanos. Este domingo llevará a cabo su segundo show.

¿Qué es ser humano? ¿Qué nos depara el futuro si seguimos por la ruta del conformismo ante la opresión? Responder ese tipo de preguntas es la guía que impulsa a Roger Waters en sus presentaciones que forman parte del tour “This is not a drill”, el cuál actualmente lo tiene en suelo chileno para llevar a cabo dos shows en el Estadio Monumental.

Desde la teatralidad apocalíptica de sus primeros pasos cargando a un muñeco en silla de ruedas, marcando así el “entumecimiento cómodo” que habitualmente establece el inicio de sus conciertos, lo primero que hay que destacar es que el despliegue de Waters está marcado por una de las visiones artísticas más potentes que se pueden parar sobre un escenario.

Lo grita así desde el comienzo, aunque también bromea que no debería concretarlo tan fuerte, ya que este domingo tendrá su segunda presentación sobre suelo chileno. Sin embargo, Waters igualmente no da pie atrás y se establece sin concesiones con su crítica social, pues la suya es una perspectiva única que puede convocar a que los ricos tengan más impuestos y no se olvida de expresar su desazón por la brutalidad policíaca y la violencia estatal. En cada segundo se funden discurso y denuncia para plasmar un mundo tan oscuro como el lado que no vemos de la luna.

Por ello no debería sorprender que Rogers Waters también esté ahí para resonar su grito en favor de los derechos humanos e inclusive para no olvidar a aquellos crímenes estatales que se realizaron contra el canto por el derecho “a vivir en paz”. Claro está, con todo y un guiño a Víctor Jara durante los momentos en que se canta “The powers that be”, cada canción en el arsenal de Waters no está ahí solo para generar el regurgitamiento de un hit tras otro hit. Está para decir algo, para expresar algo. Como el arte es.

ROGER WATERS
Foto: Pedro Rodríguez

Como parte del contundente espectáculo, cada pieza musical cumple una función durante este vaivén musical, generando un todo que se expande como un llamado a la resistencia, contra el capitalismo y el fascismo. De igual modo, se retrae en un lamento sobre el estado actual del mundo, guerras y genocidios mediante.

Todo lo anterior no es una sorpresa para cualquiera que tenga claro quién es Roger Waters, aunque el músico igual no se olvida de dejarlo claro desde la apertura de su presentación. Tal como ha sucedido en sus conciertos previos en Sudamérica, el británico entrega un consejo claro en pantalla durante sus primeros segundos: “si eres de los que dicen: ‘Me encanta Pink Floyd, pero no soporto la política de Roger’, harías bien en irte a la mierda”.

Y así, con las cosas claras desde antes del primer acorde, Waters concreta un impecable recital que parte dejando las cosas en claro con un mundo en ruinas durante el despliegue de Comfortably Numb.

Desde la puesta en escena a su discurso artístico, pasando por el trabajo musical que reversiona los clásicos de Pink Floyd, cada elemento está absolutamente cuidado en su despliegue. Ya sea el uso de todo el escenario, la pirotecnia o el propio orden del setlist, todo está puesto ahí para generar una especie de combustión sonora que no deja títere con cabeza.

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Foto: DG Medios.

Lo anterior sucede en el inicio, con la sucesión explosiva de temas como The Happiest Days of Our Lives y su pie a Another Brick in the Wall, con el grito de que no necesitamos ninguna educación ni ningún lavado de cerebral, pero también en cada momento posterior, como en la ejecución que realiza en The Bar, una canción que realizó durante los peores momentos de la pandemia de COVID-19 y que habla sobre el negocio de las armas, momento en el que surgen las primeras imágenes de la muerte y destrucción sobre suelo palestino.

Ante ese contexto, y mientras el sonido se expande de forma impecable, Waters va adelante y atrás en el recorrido de su carrera, hablando por ejemplo de sus tiempos con Syd Barrett en Cambridge durante Wish You Were Here, estableciendo así una conversación sobre las pérdidas que incluyen a su fallido primer matrimonio. En el camino, inevitablemente surge una evaluación que refleja las luces y sombras que representan su relación personal con lo que fue Pink Floyd.

Por todo aquello esto logra instalarse como un concierto que puede llegar a ser íntimo, sacando el corazón del británico sobre el decorado, pero el músico paralelamente no se olvida del resto y se da el tiempo para explotar la espectacularidad de sus pantallas gigantes para complementar cada cosa que quiere dejar en claro. Es decir, ahí está su condena durante The bravery of being out of range, en donde apunta contra de cada uno de los últimos presidentes de Estados Unidos, calificándolos como criminales de guerra, o a la hora de establecer sus dardos contra las redes sociales y la proliferación de noticias falsas a través de un telón de tweets mentirosos.

Asimismo, recuperando sus impulsos como artista de hace más de cuarenta años, el músico da el espacio para el retrato de la inspiración que le valió la ciencia ficción distópica de autores como George Orwell y Aldous Huxley a la hora de concretar un disco como “Animals”, para plasmar su potente llamado de resistencia contra el poder del capitalismo, el fascismo y la guerra. Y aquél es el potente cierre de la primer set de canciones.

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Foto: La Cuarta.

El guiño al cerdo capitalista volador que recorre la cancha del Monumental, la camisa de fuerza de In the Flesh?, los martillos golpeantes para hablar contra el crimen de la violencia estatal en Run like hell, la mención a Julian Hassange o un cartel que clama para parar el genocidio durante Déja Vu. Toda la segunda parte de la presentación sigue la misma línea, estableciendo un show pensado de principio a fin que concreta una revisión de la carrera de Waters, así como la entrega de un mensaje sobre lo que el artista quiere decir en el aquí y en el ahora. Obvio está, lo hace dejando siempre en claro una máxima: debe existir una igualdad de derechos. Derechos de refugiados, palestinos, yemeníes, indígenas, reproductivos, trans. Derechos humanos.

Lo suyo a la larga es un show cargado de significado que nos lleva a cuestionar lo que es justo, lo que debe ser defendido e inclusive a expresar lo que nos define como seres humanos, retratando a un mundo lleno de sombras que nos permite reflejar sobre lo que fuimos, somos e inclusive lo que podemos ser. Para bien y para mal.

Pero aunque inevitablemente está todo el discurso que marca a canciones como Money o Brain Damage, Roger Waters igual se permite terminar con esperanza y no llevar el fatalismo o el lamento hasta el final.

La expresión comunitaria de sus coristas y la banda que lo acompaña, establecida en la performance de Outside the Wall, termina representando un contraste de optimismo en un espectáculo fenomenal que uno nunca quiere ver terminar. Mal que mal, presentaciones como esta no son habituales y Roger Waters, a sus 80 años, a cada momento deja en claro que seguirá clamando por algo de cordura en un mundo dementemente opresivo al borde de la destrucción apocalíptica.

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