Espectáculos

Soda Stereo y los ecos de Gustavo Cerati: el truco es muy bueno

El show que pasó por Santiago deslumbra con una reconstrucción impactante del músico que falleció en 2014. Por supuesto que sus quiebres dejan ver el límite de la ilusión. Aún así, logra funcionar.

El arte musical en vivo, en su esencia más profunda, no admite segundas oportunidades. Una vez que ocurre, no se rehace ni se corrige. Lo que ocurre en un momento creativo -ese instante irrepetible en que una voz se quiebra, una guitarra se adelanta o un público responde- sucede una sola vez.

Sin embargo, la tecnología sonora ha fomentado un intento persistente por capturar y revivir esos momentos.

Desde la irrupción de los primeros aparatos que antecedieron al vinilo, pasando por las videograbadoras, el CD y la era del streaming, hemos construido una ilusión de permanencia que fue mejorando hasta llegar a la mayor fidelidad sonora y visual posible.

La tecnología ha conservado el arte para que generaciones enteras accedan a interpretaciones que, de otro modo, se habrían perdido en el tiempo.

Y hoy la frontera entre la experiencia original y su reproducción también se desdibuja más allá de los límites de la reproducción de un registro. Ya no solo escuchamos las grabaciones de artistas fallecidos: ahora podemos “verlos” nuevamente sobre un escenario.

Es ahí en donde la virtualidad, las proyecciones avanzadas o la manipulación de archivos permiten reconstruir una presencia que, aunque ilusoria, se siente inquietantemente cercana.

En ese terreno se instala el proyecto ECOS de Soda Stereo, que recientemente concretó cinco shows en el Movistar Arena del Parque O’Higgins y cuya propuesta es, en términos técnicos, notable.

De partida, la proyección en escena del difunto Gustavo Cerati -guitarra en mano, en plena performance- está construida a partir de material real: registros de conciertos y grabaciones de voz se funden en fragmentos visuales que se integran con precisión en un espectáculo diseñado para emocionar. Y lo logra desde que el telón se levanta.

Por supuesto, la recreación visual se mueve como debería moverse, hace los gestos que debería hacer y cuenta con el suficiente manejo técnico para que no se vea como una imagen plana. De hecho, en muchos momentos logra completamente crear la ilusión de presencia.

En base a aquello, lo que se despliega desde el comienzo es una celebración: un ejercicio colectivo de nostalgia que conecta con una memoria emocional profundamente arraigada en un público que sigue disfrutando la música de la legendaria banda argentina.

Pero es esa misma eficacia la que abre una incomodidad inevitable, ya que lo que está en juego no es solo la evocación de un artista, sino que también su utilización en un contexto donde ya no puede decidir, improvisar ni equivocarse.

Por eso para muchos en la previa el espectáculo bordeaba la delgada línea entre el homenaje y la explotación.

Sin embargo, visto lo visto, sería injusto reducir la propuesta de ECOS a una mera operación comercial.

No solo el nivel de ejecución técnica es muy bueno, sino que también el respeto por el material original evita que el espectáculo se transforme en una simple simulación vacía, con componentes en vivo de Zeta Bosio y Charly Alberti. En muchos alcance realmente la condición de ser una fiesta por y para Soda.

Dicho lo anterior, igual debo decir que el artificio inevitablemente no es perfecto. Hay fisuras pequeñas en la ilusión, las cuales crean disonancias entre lo que nuestros ojos ven y lo que nuestro cerebro ya sabe: que Gustavo ya dijo su último “gracias totales”.

Basta decir que en las primeras filas, por supuesto, el truco queda más expuesto. Por ejemplo, desde ahí note que la escala de Cerati durante momentos parece levemente desproporcionada - y pequeña - respecto a sus compañeros.

También se puede sumar el tratamiento de luces y sombras en la cara y el cuerpo del legendario vocalista, lo que genera una pequeña ruptura debido a la iluminación menos contrastada que se ejecuta sobre Zeta y Charly.

Más allá del propio efecto, agreguen el uso reiterado de recursos escénicos, como el telón que sube y baja en más de una ocasión o el uso de segmentos con lentes 3D. Esos son momentos que refuerzan la conciencia del artificio y la idea de que la recreación de Cerati necesita ocultarse un poco más de la cuenta para funcionar.

Por todo eso es claro que el espectáculo oscila entre la inmersión emocional y una distancia inevitable que emerge cada vez que se hacen visibles los recursos destinados a sostener la ilusión del “en vivo”. Algo que incluye el cambio de guitarra de Cerati, con un “técnico” en sombra que la recibe de vuelta al final de una canción.

En contraste a los artilugios visuales, el show alcanza su mayor verdad en su cierre. Cuando Bosio y Alberti abandonan el escenario principal y se integran físicamente con el público, mientras la proyección de Cerati se esfuma, su voz permanece y la imagen pasa a las pantallas como un recuerdo. En ese instante emerge algo más palpable y honesto como espectáculo en vivo.

Ese es el límite insalvable. Por más sofisticado que sea el recurso, por más convincente que resulte la imagen, nada puede reemplazar la posibilidad de lo inesperado. La recreación de Cerati, en ECOS, no puede improvisar, no puede fallar, no puede transformarse. Está condenado a repetir, con perfección técnica, lo que alguna vez fue espontáneo.

Ahí reside la paradoja central de este tipo de espectáculos con hologramas o proyecciones de primer nivel. La tecnología puede acercarnos como nunca antes al arte del pasado, pero también nos recuerda, con igual fuerza, que ese pasado es irrecuperable.

Porque lo que vemos no es una resurrección, sino un reflejo: uno muy bien construido, profundamente emotivo, incluso necesario, pero reflejo al fin y al cabo, incapaz de escapar de su propia condición de simulacro.

De todas formas, más allá de esa evidencia, este espectáculo encuentra su lugar en el cruce entre la conciencia de la ilusión y el deseo de creer en ella.

Aunque todos sepamos que Cerati se fue hace más de una década, hay momentos en que la ilusión de ECOS se impone y permite que más de alguien pueda sentir que de alguna forma sí está. Y es en esa suspensión de la incredulidad -breve, pero suficiente- en donde el truco logra su objetivo y alcanza su magia.

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