Le salvó la vida a un chungungo recién nacido, lo reinsertó y todo cambió: “Fue una experiencia tremenda”

Chungungo. ILUSTRACIÓN: César Mejías / @gatoncomic

Javier Trivelli quería darle un giro a OBC Chinchimén, dedicada a la conservación de flora y fauna en la Región de Valparaíso. Sin embargo, una llamada telefónica cambió todo el plan: una cría de “gato de mar” estaba al borde de la muerte y nadie podía hacerse cargo. Él y su equipo aceptaron una tarea titánica, que implicó fugas, peleas, sustos y, sobre todo, un legado que perdura hasta hoy. “Abrió una ventana sensitiva en mí”, dice a La Cuarta. “Valió la pena todo este esfuerzo”.

“¿La recibimos o no la recibimos?”, se preguntó Javier Trivelli (40) junto a su equipo en OBC Chinchimén, organización que se esfuerza en la conservación de flora y fauna en la Región de Valparaíso. Un pequeño chungungo (Lontra felina), de apenas dos o tres semanas de vida, había sido sacado de su madriguera en las costas nortinas de Chañaral de Aceituno, Región de Atacama.

Su vida corría crítico peligro, lejos de los cuidados de su mamá.

Por aquel entonces, se rearmaban como institución tras haber asumido en el 2013, luego de dos temporadas de ausencia. El expresidente había salido del cargo tras unas acusaciones de abuso sexual. “En ese momento, estábamos viendo cómo hacer más nuestro el proyecto, porque estaba muy cargado al chungungo y a esta persona”, relata Javier a La Cuarta. “Había ganas de desmarcarse, de renovar energías”, por lo que “estábamos buscando nuestro norte”.

"Changuita" guagua

En resumen, “estaba la marca y teníamos que darle cuerpo otra vez”, por lo que, durante tres años, pusieron nuevamente en marcha los programas de acuarios, extensión en las playas, conservación del borde costero y los voluntariados. Eso sí, “siempre hemos tenido un animal emblema para nuestras actividades”, declara. “Desde ahí nos hemos agarrado para generar mayor empatía”.

A pesar de su nombre, Chinchimén —que es otra forma de decirle al chungungo— en aquellos días ya no trabajaba con esta especie de la familia Mustelidae, que engloba a mamíferos carnívoros dados a la tierra y al agua, como hurones, comadrejas y nutrias. El pariente más cercano del también denominado “gato de mar” es el huillín (Lontra provocax), físicamente muy parecido, pero vive en los ríos sureños y australes del país.

“En un minuto empezamos a transitar”, recuerda el conservacionista. “Nadie estaba tan marcado con los chungungos en ese entonces”.

Hasta que, a inicios del 2017, “ya cuando estábamos más paraditos”, Javier contestó la llamada de un funcionario del Servicio Nacional de Pesca (Sernapesca). Lo pillaron desprevenido.

Horas críticas

En las costas de Atacama, un fiscalizador municipal vio a la pequeña criatura que estaba en manos de una familia. “Esto es un chungungo”, les dijo quien le entregó al pequeño mamífero al Sernapesca, donde no tenían cómo hacerse cargo del caso; solo contaban con una jaula para transporte. “Ya, la recibimos”, aceptó Javier junto a sus compañeros, Carolina Yáñez y Rinaldo Verdi.

Él no olvida aquel 27 de enero del 2017. Ese día la fueron a buscar desde Maitencillo al aeropuerto de Santiago, en Pudahuel, tras un viaje en la bodega de LAN Cargo. Venía en la jaula, dentro de una caja de zapatos y solo con una toallita como cobijo. Sobre los días previos, “tenemos una caja negra de lo que fue esa historia: solo sabemos que una familia la tuvo dos días, y que no fue capaz de darle comida ni agua”. Desde 1995, la especie está protegida por la Ley de Pesca; no se puede cazar ni poseer.

Changuita

Empezaron de cero, improvisaron. Habilitaron una pieza de la casa y empezaron con los cuidados intensivos. Se asesoraron por el centro de rescate de la fundación Ñamku, “que fue de vital importancia, porque ellos nos brindaron toda la asesoría clínica”, destaca. “Y ahí estábamos preguntando”.

La criatura se encontraba con hipotermia, deshidratación severa, diarrea y parásitos. El panorama estaba lejos de ser auspicioso. No le lograban subir la temperatura, así que Javier, aunque no era lo óptimo, se la puso en la guata para darle calor. Se estaba muriendo. Al parecer, la medida dio resultado. Después le tuvieron que dar leche, pero no podía ser cualquiera; la especie, como tantas otras, no tolera la lactosa. Necesitaban una fórmula especial. “Le dábamos mantequilla con leche”, contó a LaderaSur. “Entonces se llenaba de gases y le dolía”.

En su estado, cualquier error podía convertirse en un paro cardiorrespiratorio. Javier incluso fue en busca de unas sondas a Valparaíso, por si ocurría una emergencia.

Chungungo

Pasó un buen rato sin nombre hasta que Marcela, pareja del presidente de Chinchimén, le puso “Changuita”, lo que de inmediato generó “un mayor vínculo”.

—En ese momento, como estábamos buscando nuestro espacio como equipo, “Changuita” nos dio eso de “no se vayan de los chungungos” —declara—. Desde ese entonces retomamos el trabajo con los chungungos y todo el cuento.

Lo que debe saber un chungungo

La primera meta no era reinsertarla en su hábitat, sino “que llegara viva a etapa de reinserción”, dice al diario pop. “En Chile los chungungos se morían cuando salían así de chiquititos”. Claro, el método que improvisaron tenía “una impronta gigante, o sea, una alto acostumbramiento al humano”, al punto de que si “Changuita” tenía hambre era capaz de acercarse a los pies de una persona.

En ese momento, la prioridad era mantenerla sana, “y que cumplieran todas sus habilidades para poder volver a su medio natural”. El resto, ya se vería después.

El “gato de mar” tiene su hogar en todo el borde marino desde el norte de Perú a Cabo de Hornos, aunque en algunas zonas, como las regiones de O´Higgins y Valparaíso, su presencia peligra por amenazas como la sobreexplotación de los recursos marinos, el deterioro del borde costero y la caza para la peletería (industria de las pieles)”, explicó el biólogo Agustín Iriarte en su Guía de los Mamíferos de Chile (Centro UC). En algunos puntos, se encuentra en peligro de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y el Ministerio del Medio Ambiente.

Changuita

Para que un chungungo pueda sobrevivir en su medio, debe saber una serie de habilidades, las cuales aprenden en la primera etapa de su vida con mamá, con quien viven hasta los 8 o 12 meses de vida.

Cuando más jóvenes, los depredadores “juegan mucho con las presas”, explica Javier sobre esta especie que se alimenta de equinodermos (erizos y estrellas de mar), crustáceos (cangrejos y jaibas) y, a veces, de aves. “Si tienes un chungungo o un animal que juega mucho con su presa, gasta más energía de la que consume”, por lo que la parte lúdica no debería durar más de un minuto.

También deben ser capaces de capturar más de un kilo y medio de comida al día; nadar de espaldas para poder transportar el alimento, o a una eventual cría; saber hacerle frente al oleaje fuerte; destinar tiempo a acicalarse, porque no tienen grasa como los lobos de mar, así que “lo que los mantiene secos es el pelaje que genera una capa de aire entre el pelo y la piel”, explica. En total, pasan algo así como el 20% del tiempo en el agua, dedicados al nado y al buceo entre algas y huiros.

Chungungo

A pesar de tener un cuerpo alargado —como un flexible torpedo—, orejas pequeñas y delgadas membranas natatorias entre sus dedos, “son los últimos mamíferos en volver al mar”; por eso tienen que tomar ciertas precauciones. Necesitan saber tomar agua dulce, ubicar puntos para abastecerse. Es importante que le teman a los “lugares abiertos”, que sientan “una atracción por las grietas” para refugiarse de peligros terrestres como los humanos, perros, gatos o visones.

“Un chungungo que no teme, no sobrevive”, dice.

Deben buscarse sus madrigueras a pocos metros del agua, “porque, de repente, cuando los tienes en cautiverio, y no te tienen susto, no se esconden”; así que la reinserción debe lograr “que no se dejen atrapar”.

Y no solo eso. Un chungungo necesita saber pelear, porque, de lo contrario, “no es capaz de defender su espacio”, declara. El problema es que “no hemos sabido todavía” cómo enseñarles. “Eso se desarrolla con la mamá en los juegos”, dice. “En algún momento que tengamos capacidad para más de uno, ahí podremos asegurar que desarrollen esa habilidad”, porque “necesitamos infraestructura más cotota”.

En Chinchimén, todas las lecciones las han aprendido sobre la marcha.

Changuita

Una lección “heavy”

Para devolver a “Changuita” a su mundo, le buscaron un lugar de difícil acceso, en los acantilados Quirilluca, unos kilómetros al sur de Maitencillo. Ahí le construyeron una madriguera, en un cerro alejado del borde costero.

Javier, lleno de incógnitas sobre la especie, acompañaba a la joven criatura.

Se preguntaba qué se necesitaba para que una cría tenga “éxito”: ¿Cuándo empiezan a ir al mar? ¿Cuándo aprenden a nadar? ¿A los tres ¿A los cuatro meses? ¿Cómo le sacan las patas a las jaibas? ¿Qué hacen con la caca en la madriguera?...

Aunque, años atrás, este ingeniero en Recursos Naturales Renovables había estado a cargo de programas y de gestión con chungungos, nunca había creado un vínculo tan estrecho con uno. Hasta la llegada de “Changuita”. “Abrió una ventana sensitiva en mí en ser más sensible al sufrimiento animal”, declara. “Siempre he tenido cierta sensibilidad con los animales, obvio, pero después de la ‘Changuita’ se me abrió una puerta muy heavy”.

Javier Trivelli

Hoy, ve el dolor y le despierta “un sentimiento mucho más poderoso”. Piensa que eso ocurre “cuando uno se hace cargo de animales que no están en tan buen estado”, o derechamente “deteriorado”, y verlo “sufrir mucho también te hace cuestionarte cosas”.

Se le vienen algunas imágenes.

Cuando “Changuita” ya se encontraba bien, y estaba en su transición hacia la libertad, “cada vez que la pillaba en el mar para traerla de vuelta, era una pelea heavy”. Mientras subían hacia tierra firme, “se me venía gritando todo el rato como ‘¡déjame tranquilo, me estás encerrando otra vez, maldito!’”. O cuando estaba estresada, que no era capaz de “vincularse con el medio”, recuerda. Se quedaba como “ensimismada, se mordía las patitas y andaba en círculos”.

—Quizá uno aprende a observar estás emociones en los animales —reflexiona—. Algunos sonidos de los chungungos... “Chuta, el chungungo está mal”... Yo hoy miro un perro, que yo no soy animalista, soy conservacionista, pero igual esa mirada me llega. Siempre he tenido perritos y todo, pero siempre han estado en buen estado. Uno los cuida, están bien, no se estresan, los saca a pasear. Pero cuando te empiezan a relacionar con animales que no están tan bien, se te abre otra cosita. Aprendes a interpretar su estado emocional, y eso llega mucho.

Javier Trivelli

Fugas y libertad

La estrategia que aplicaron para devolver a “Changuita” a su hábitat fue con técnicas de semi-cautiverio, a pesar de que no es lo ideal, reconoce el presidente de Chinchimén.

“Cuando tienes animales muy improntados, no son capaces de volver al medio natural y cumplir su rol ecológico’’, explica sobre los riesgos que se corren. “No puedes devolver a un chungungo que le tiene susto a los chungungos y le tiene amor a los humanos”.

Aún recuerda las primeras noches que pasó en el exterior, en su madriguera, aunque igual vigilada por una cámara en vivo. Igual “te quieres morir, no sabes si está viva, o no”, relata. “Es súper potente, es heavy”. El primer día, Javier se pasó toda la noche mirando el monitor así como: “¿Estará?”.

Chungungo es revisado

Con casi un año de vida, cuando quisieron reinsertarla, al primer día volvió a la madriguera. Al segundo igual. Y al tercero apareció con un “amigo”. Sin embargo, después descubrieron que no era tal, sino una “invasión”. Y “Changuita” no volvió más.

Era un 30 o, quizá, 31 de diciembre, es decir, plena víspera de Año Nuevo en Maitencillo, con 30 mil personas en el balneario: “Las playas repletas; y la ‘Changuita’, perdida”, cuenta. “Me quería morir”, en medio de un sector que era una “locura, lleno de perros, gente, sin espacio”.

“¿Dónde va a dormir?”, se preguntaba Javier. Decidió quedarse de punto fijo en Quirilluca, donde estaba la madriguera de “Changuita”, y había otra persona instalada en Maitencillo por si veían algún chungungo pasar por mar o tierra. En algún lugar tenía que estar.

Hasta que apareció en el concurrido balneario emplazado en la comuna de Puchuncaví.

Changuita

Ya en febrero, se mandó otra “emancipación”, aunque esa fue más extensa. Los primeros dos días la esperaron, punto fijo, en el lugar inicial de su reinserción. Al no tener noticias, pusieron una alerta en Facebook que decía algo así como: “Atentos, chungungo en rehabilitación perdido”. La publicación se compartió miles de veces. Además, se hicieron una red de contactos con gente de la zona, vía WhatsApp, por si alguien se cruzaba en el camino de “Changuita”. Consultaron con quien fuera: la persona que vendía dulces de La Ligua y cuchuflís, al personal de las cafeterías, a funcionarios en las municipalidades, a los salvavidas…

Con el paso de las jornadas, a Chinchimén empezaron a llegar reportes de chungungos que mordían personas.

Solo podía ser “Changuita”.

Changuita

“Porque, claro, se ve tierno, la gente lo va a tocar y ¡pa!”, comenta Javier, “les pega el masticón”. Se fueron dando cuenta que, cada mediodía, avanzaba una playa hacia el norte por la comuna de Puchuncaví. Luego se le perdió el rastro entre el sector rocoso que hay entre Cachagua y Zapallar, de difícil acceso.

Tuvieron que pasar ochos días para que apareciera de nuevo. Se subió al kayak de un desconocido, cerca de la madriguera de otro de su especie, aunque completamente silvestre, en Zapallar. En cualquier momento se podía desatar una disputa. Diez minutos después, le informaron a Javier: “Están peleando los chungungos”.

Él supone que la pelea fue más o menos cotota, porque “Changuita” emprendió su regreso a Maitencillo. En ese momento, con toda esa experiencia en el cuerpo, en la organización pensaron: “Bueno, si se emancipó, hay que respetarle su decisión”. Tras diez días de desaparecida y de haber recorrido 19 kms, quedó libre, oficialmente.

Chungungo en el agua

Eso sí, a través de cuatro monitores y por radio, seguían sus pisadas, desde la 7:00 a las 19:00 horas. “Íbamos viendo dónde se quedaba, dónde comía, íbamos defendiendo la playa de los perros y educando a la gente”, cuenta. Pero todo se torció cuando se metió dentro de autos para refugiarse. Era una alerta. Y ya cuando se puso a cruzar la calle, fue: “¿Sabí qué? Hay que rescatarla”.

Contactaron a Javier para informarle que “Changuita” se había metido en un vehículo y partió por ella. Él le tenía un silbido, el cual, confundida, ella escuchó y salió. Se metió entre los pies de la gente y de nuevo se escondió. El hombre la esperó sentado en una escalera mientras le silbaba. En eso, ella corrió hacia él, se le encaramó y empezó a emitir un sonido que Javier describe como de “sumisión” o de “necesito ayuda”. La agarró y era pura pellejo: “No pesaba nada, como un kilo menos, deshidratada a más no poder”.

Listo, de vuelta para la casa.

Javier Trivelli

Tras un mes libre, sacaron una lección: “La importancia del agua dulce”, porque antes creía que este mamífero se hidratada a través de lo que come. Pero no. “Así que la pobre ‘Changuita’ tomó agua como por diez días, y no quiso ni salir de su jaula”, mientras antes, como buen mamífero curioso que es, siempre luchaba por escaparse. En ese periodo, ni se levantaba, simplemente se limitaba a mirar a Javier. “Deshidratada a más no poder, había que despertarla para que tomara agua cada cierto rato y para que comiera”, cuenta.

Tuvieron que pasar quince días para que de nuevo saliera de su confinamiento y, a fines de febrero, retomaron las salidas al mar. Hasta que en julio del 2018, se fue definitivamente. “De ahí no supimos nada”, dice. Solo se enteraron que andaba por Papudo, unos 25 kms al norte: “Y vivía allá, súper bien”.

Al menos hasta hace cuatro años.

El legado

Y su partida abrió un legado porque, tras ella, llegó “Kalfu”, que ya se encuentra reinsertada. La última noticia que tuvieron de ella es que vivía por las costas de Reñaca. También “sé que estuvo por acá, que le anduvo quitando unos pescados a unos pescadores”, comenta. “Pero no se acercaba mucho, como que se los quitaba por atrás, y se iba”. Es decir, había cierto receso, lo que sería una buena señal.

“A la ‘Kalfu’ le tengo mayores esperanzas porque le tenía más miedo a los humanos”, dice. “O sea, es la segunda, ya hay un aprendizaje”, por lo que “tuvo mucho menos impronta”, a diferencia de “Changuita”, que, como estuvo a punto de morir, en cuidados intensivos, requirió mayor manipulación: “La ‘Kalfu’, estaba más desapegada a mí”.

Kalfu

De ahí llegó “Pellín”, que era un macho viejo y fue “una experiencia maravillosa”, declara. Lo trataron desde su madriguera; comía con ganas, pero estaba deshidratado y con hipotermia. Tiempo después abandonó el lugar, pero volvió a aparecer varado. “Fue bien interesante ese proceso porque hicimos todo el monitoreo por cámara en vivo, con muy poca interacción”, destaca. “Es el primer chungungo (adulto) que ingresa a una rehabilitación y sale vivo”.

En el presente, este individuo también “está feliz”, reinsertado, al menos no ha aparecido, “y nosotros siempre recolectamos a los chungungos muertos”, comenta. “No ha aparecido todavía, así que le dimos unos cuantos años más de vida”.

Ahora, están con otro chungungo que aún no tiene nombre. “Está esperando su estrellato”, comenta. Todavía le queda un año y medio para volver a su hábitat, tras ser salvado de un perro. Con este, adelanta, “estamos bien enfocados en viabilizar un nuevo sistema de rehabilitación, buscando los recursos, diseñando el proceso que tendrá este chungungo, que esperamos que sea reinsertado”.

Una “muy buena señal”

Aunque son animales curiosos, también suelen ser tímidos. Javier cultivó una relación especial con “Changuita”, un poco contra la voluntad de él. “A las otras personas no se les subía”, recuerda. “Jamás”. En vista de que aún no cuentan con la infraestructura, le tenía que dar mamadera: “Es súper complicado no tener impronta, la tienes como una guagüita”.

Así y todo, rescata que todos los chungungos de Chinchimén (@chinchimen) han buscado la independencia. “Ese ha sido uno de los logros importantes”, destaca. “Es una muy buena señal”.

Kalfu

Desde el principio, han tomado pequeñas decisiones que marcarían una diferencia: evitar el contacto visual, los movimientos bruscos o apuntarlos con el dedo. “Cuesta porque el animal te pide todo el rato interacción, son mamíferos, son mamones”, explica. Incluso, si las criaturas son agredidas por algún chungungo silvestre, “no puedes intervenir, hay que dejar que esas cosas ocurran”, comenta. “Es un vaivén emocional súper cototo”. Pero también hay que tener el “temple” para estar todo el día sentado en una roca, mirando al mar, y dejar que la vida siga su curso.

—La experiencia me hizo crecer un montón, en observación, en entender la conducta de estos animales —dice sobre “Changuita”—. Fue una experiencia tremenda, tremenda, tremenda...

Kalfu camina

Un reencuentro “eterno”

Un día del 2019, diez meses después de que “Changuita” oficialmente quedó en libertad, él bajó con “Kalfu”, la segunda, hasta un roquerío frente al mar.

De repente Javier vio hacia adelante y una figura llamó su atención. “Parece que es la ‘Changuita’”, pensó. Aún no sacaba a “Kalfu” de su jaula, así que la dejó en el suelo. Miró, y el animal lo miró a él. El chungungo desapareció entre las piedras, y apareció a los pies del presidente de Chinchimén. El hombre se agacho y, de inmediato, ella se metió debajo de su chaqueta “como un torbellino”, cuenta. “Nos abrazamos en un momento que duró, nada, diez segundos, pero para mí fue eterno”.

Luego, Javier agarró a “Changuita” y la revisó. Todo parecía en orden. Puso especial atención en sus patas, “porque, en general, los chungungos cuando pelean se muerden ahí” y “puedes cachar más o menos si le han pegado mucho”. También estaba hidratada. Buen síntoma. Y la soltó. Luego el “gato de mar” se acercó a Marcela, la pareja de Javier, que estaba en otra roca. La olió y se fue. “Nunca más supimos de ella”, asegura. “Ese fue el último encuentro”, pero “ahí supimos que estaba viva”.

—Valió la pena todo este esfuerzo —pensó.

Changuita comiendo

Aunque, a tres años de ese fugaz reencuentro, “no tengo mucha esperanza de que esté viva, porque, al no tenerle miedo a los humanos y a los perros, está mucho más expuesta a la amenazas”, confiesa. A eso se suma que, con el tiempo, se han dado cuenta de lo territoriales que son los chungungos, por lo que no le sorprendería que “Changuita” haya buscado su madriguera en un sector “antropizado y humanizados”, donde no se topara con otros de su especie, pero sí con otros riesgos.

Javier cruza los dedos para que esté viva, que haya partido de viaje por ahí y que, algún día, aparezca una noticia informando, por ejemplo, que 300 kms al norte, en La Serena, encontraron un chungungo durmiendo en un auto.

—Ojalá —dice—, ojalá...

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